Carta Democrática, un sueño por el que no se debe caer dormido

OEA

 

Esta semana de transición entre los meses quinto y sexto de un año que ya pesa al país por tanta violencia, tanta miseria y tanto atropello desde el poder comenzó con un hecho allende nuestras fronteras que llamó la atención de los venezolanos como pocos o ningún otro recientemente. Demasiados venezolanos están sumidos en un interminable paseo entre la furia, la tristeza, la angustia y el cansancio, que le impide alzar la cabeza más allá de su entorno social más próximo, ni hablar de lo que ocurre en otras latitudes.

Pero hace cuatro días fue distinto. El inicio oficial de las gestiones del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, para aplicar la Carta Democrática a Venezuela puso a la gente inusualmente pendiente del juego geopolítico regional, que en otras circunstancias despierta un mínimo interés frente a, por ejemplo, un juego entre el Real Madrid y el Barcelona F.C.

La razón es sencilla: embriagados por ese coctel de sensaciones negativas previamente aludido, los venezolanos tratan de aferrarse a algo, lo que sea, que les haga pensar que la cosa pudiera mejorar, y así tener ánimo para seguir adelante día tras día. Por ahora ese destello de esperanza no lo encuentran dentro de la tan mentada (y en realidad malherida) patria. El apoyo a la Asamblea Nacional sigue siendo mayoritario, según las últimas encuestas, pero nadie la sigue viendo como un motor del cambio urgente. Luego vino la activación del revocatorio que, como en el 6 de diciembre, movilizó a una cantidad de ciudadanos que nadie sospechó. Pero precisamente por eso la jerarquía chavista, que se sabe perdida en cualquier escenario electoral, usa su control sobre los demás poderes para inventar trabas y lograr que la consulta no se dé, al menos este año. A pesar de que la MUD ha intentado varias veces derribar este muro con protestas de calle en territorio discriminatoriamente prohibido, las convocatorias no han sido lo suficientemente grandes como para conmocionar al Gobierno y obligarlo a ceder.

Ahora aparece la Carta Democrática como el siguiente proceso de salvación. Pero pregunto a todos los que se entusiasman ante el pensamiento de su activación si tienen alguna idea sobre las probabilidades de que eso se concrete, o de lo que implicaría. Comencemos por lo primero.

Luis Almagro, agente de la CIA que se introdujo en el gobierno de Pepe Mujica sin que el viejo guerrillero contra el imperialismo lo oliera (Delcy Rodríguez dixit), solo puede solicitar que el mecanismo se ejecute. Depende de una  votación de los países asociados. En la primera ronda una mayoría simple (mitad más uno) decidirá si aprueba o no el informe del secretario general. De ser así, se designará una comisión de diplomáticos que vendrá a Venezuela a evaluar la situación y hacer sugerencias. Si las autoridades ignoran las recomendaciones o, peor aún, ni siquiera permiten al grupo de trabajo “hollar el suelo sagrado con su planta insolente” (para la historia versión roja, ese reyezuelo llamado Cipriano Castro fue un héroe nacional por su patriotería imprudente que casi nos llevó a una verdadera catástrofe imperialista), la OEA podrá hacer una nueva votación, esta vez para suspender al país infractor. Pero para ello es necesaria una mayoría de dos tercios.

Supóngase que se llega a esta instancia. Debo decir que no es imposible que el “sí” a la expulsión alcance el soporte suficiente. Es más, lo veo más probable que nunca. Pero sigue siendo enormemente difícil. El Gobierno venezolano solo necesita 13 votos de 35 para detener la iniciativa. Cuba no participa, aunque es incluida en el cómputo. Bolivia, Ecuador y Nicaragua, los otros tres amigos incondicionales, de seguro rechazarán la carta. Si El Salvador, cuyo gobierno también es “filochavista”, más seis naciones insulares de Petrocaribe se alinean con Venezuela, hasta ahí llega el juego.

Ahora bien, la sesión del Consejo Permanente de la OEA que se realizó el miércoles, en la que se esperaba sondear las posiciones de los países sobre la pertinencia de la propuesta de Almagro, oscureció más que aclarar. Por un lado, el apoyo del Caribe a nuestro Gobierno, vital por los votos que aporta, no fue tan marcado como antes. En líneas generales se reconoció que hay una crisis muy grave en Venezuela, algo que el chavismo siempre negó. Sin embargo, la resolución aprobada por todas las naciones, menos Paraguay, manifiesta poca disposición a aplicar la Carta Democrática, al menos por ahora. El Gobierno lo celebró como una gran victoria, pero ese tampoco parece ser el caso. Su propia propuesta, una suerte de afirmación de que todo está bien en el país y que se debe apoyar a Maduro, fue desechada por casi todos. Ahora los ojos del mundo podrían estar más que nunca puestos sobre Venezuela, y eso al chavismo no le agrada.

Pero imagínense que a pesar de todo sí se da la suspensión. ¿Cómo se come eso? Por más que fantaseen los opositores cuyos tuits son siempre descalificaciones y señalamientos contra chavistas escritos de cabo a rabo con mayúsculas, no se va a intervenir militarmente a Venezuela, ni se enviará a Maduro a La Haya. Tampoco se impondrán sanciones económicas comunes. Consiste solo en un castigo moral y la prohibición de participar en actividades de la organización.

Claro, el desprestigio de ser un reconocido régimen autoritario e inconstitucional puede llevar a varios Estados, dentro y fuera de América, a tomar acciones individuales más duras en términos prácticos, desde el desconocimiento del gobierno de Maduro hasta la eliminación de relaciones comerciales. Esto último sería particularmente traumático para un país dependiente de las importaciones y en el que la escasez de productos de primera necesidad ya es tan grande como para producir las consecuencias desastrosas que experimentamos actualmente.

¿Es todo esto lo que hace falta para que haya un cambio a Miraflores? No se sabe. El nacionalismo en su versión chavista es tan irracional que podría más bien asumirlo como una aventura romántica, un capítulo más de su propia epopeya. Tal vez su respuesta sea algo así como “A esta revolución no la para nadie, diga lo que diga el resto del planeta” (una suerte de versión perversa del “hombre más fuerte del mundo porque es el más solo” con el que Ibsen bajó el telón en Un enemigo del pueblo). Es más, pudiera usar a su inspiración más recurrente, Cuba, como referente histórico.

La Carta Democrática data de 2001, pero antes de que ella se redactara se podía expulsar a miembros de la OEA. Eso fue lo que pasó con la isla de los barbudos en 1962, tres años después del triunfo revolucionario ahí. En el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos buscó las mil y un maneras de acabar con un régimen abiertamente comunista a pocas leguas de su propio suelo. El aislamiento fue una de ellas. La mayoría de los vecinos latinos suscribió la tesis de que “el marxismo-leninismo era incompatible con el sistema interamericano” y apoyó expulsar a Cuba en una votación.

No hace falta decir que como estrategia para sacar a los Castro esta medida geopolítica fue un fracaso rotundo. El régimen prosiguió con la estatización radical de la economía y la eliminación práctica de la oposición. Muchos países en todo el mundo, aliados con Estados Unidos, rompieron relaciones con Cuba. Pero el aislamiento no fue total. Venezuela reanudó los lazos en 1974, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, lo que produjo una relación bastante cordial entre él y Fidel, de la cual al chavismo no le gusta hablar.

Lo más importante fue contar con el apoyo de la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental. La ayuda de estos impidió que la economía cubana colapsara, con el problema de que la isla nunca alcanzó la autarquía tan pregonada por la revolución en sus primeros años. Cuando la Guerra Fría concluyó con la desaparición del bloque comunista europeo, Cuba estuvo en serios aprietos. Fue el llamado “período especial” de los años 90, caracterizado por una fuerte escasez. La salvación llegó a partir de 1999 desde la acera del frente en el Caribe. Imagino que saben a quién me refiero.

De manera que nadie puede asegurar que la improbable activación de la Carta Democrática será el factor que obligará a un cambio de gobierno en Venezuela. No necesariamente todo el mundo cortará los lazos con la nación. Los amigos gigantes (Rusia y China) podrían brindar un apoyo vital en esas circunstancias. Si esto no ocurre, el resultado podría ser un desabastecimiento todavía mayor al actual, con el terreno para que el Gobierno dicte más medidas autoritarias bajo el argumento de atender una emergencia  agravada.

La presión internacional es importante, nadie lo niega. Pero no es una solución mágica. Tiene que ir acompañada de mucho empeño interno para llevar a la salida de este hueco en el que la nación ha sido sepultada viva. ¿Cómo? Al igual que en veces anteriores, digo que con manifestaciones de calle pacíficas, constantes y sistemáticas. Cierro con esta cita atribuida a Rómulo Betancourt: “Venezuela no importó libertadores, los parió”.

@AAAD25

OEA

 

Esta semana de transición entre los meses quinto y sexto de un año que ya pesa al país por tanta violencia, tanta miseria y tanto atropello desde el poder comenzó con un hecho allende nuestras fronteras que llamó la atención de los venezolanos como pocos o ningún otro recientemente. Demasiados venezolanos están sumidos en un interminable paseo entre la furia, la tristeza, la angustia y el cansancio, que le impide alzar la cabeza más allá de su entorno social más próximo, ni hablar de lo que ocurre en otras latitudes.

Pero hace cuatro días fue distinto. El inicio oficial de las gestiones del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, para aplicar la Carta Democrática a Venezuela puso a la gente inusualmente pendiente del juego geopolítico regional, que en otras circunstancias despierta un mínimo interés frente a, por ejemplo, un juego entre el Real Madrid y el Barcelona F.C.

La razón es sencilla: embriagados por ese coctel de sensaciones negativas previamente aludido, los venezolanos tratan de aferrarse a algo, lo que sea, que les haga pensar que la cosa pudiera mejorar, y así tener ánimo para seguir adelante día tras día. Por ahora ese destello de esperanza no lo encuentran dentro de la tan mentada (y en realidad malherida) patria. El apoyo a la Asamblea Nacional sigue siendo mayoritario, según las últimas encuestas, pero nadie la sigue viendo como un motor del cambio urgente. Luego vino la activación del revocatorio que, como en el 6 de diciembre, movilizó a una cantidad de ciudadanos que nadie sospechó. Pero precisamente por eso la jerarquía chavista, que se sabe perdida en cualquier escenario electoral, usa su control sobre los demás poderes para inventar trabas y lograr que la consulta no se dé, al menos este año. A pesar de que la MUD ha intentado varias veces derribar este muro con protestas de calle en territorio discriminatoriamente prohibido, las convocatorias no han sido lo suficientemente grandes como para conmocionar al Gobierno y obligarlo a ceder.

Ahora aparece la Carta Democrática como el siguiente proceso de salvación. Pero pregunto a todos los que se entusiasman ante el pensamiento de su activación si tienen alguna idea sobre las probabilidades de que eso se concrete, o de lo que implicaría. Comencemos por lo primero.

Luis Almagro, agente de la CIA que se introdujo en el gobierno de Pepe Mujica sin que el viejo guerrillero contra el imperialismo lo oliera (Delcy Rodríguez dixit), solo puede solicitar que el mecanismo se ejecute. Depende de una  votación de los países asociados. En la primera ronda una mayoría simple (mitad más uno) decidirá si aprueba o no el informe del secretario general. De ser así, se designará una comisión de diplomáticos que vendrá a Venezuela a evaluar la situación y hacer sugerencias. Si las autoridades ignoran las recomendaciones o, peor aún, ni siquiera permiten al grupo de trabajo “hollar el suelo sagrado con su planta insolente” (para la historia versión roja, ese reyezuelo llamado Cipriano Castro fue un héroe nacional por su patriotería imprudente que casi nos llevó a una verdadera catástrofe imperialista), la OEA podrá hacer una nueva votación, esta vez para suspender al país infractor. Pero para ello es necesaria una mayoría de dos tercios.

Supóngase que se llega a esta instancia. Debo decir que no es imposible que el “sí” a la expulsión alcance el soporte suficiente. Es más, lo veo más probable que nunca. Pero sigue siendo enormemente difícil. El Gobierno venezolano solo necesita 13 votos de 35 para detener la iniciativa. Cuba no participa, aunque es incluida en el cómputo. Bolivia, Ecuador y Nicaragua, los otros tres amigos incondicionales, de seguro rechazarán la carta. Si El Salvador, cuyo gobierno también es “filochavista”, más seis naciones insulares de Petrocaribe se alinean con Venezuela, hasta ahí llega el juego.

Ahora bien, la sesión del Consejo Permanente de la OEA que se realizó el miércoles, en la que se esperaba sondear las posiciones de los países sobre la pertinencia de la propuesta de Almagro, oscureció más que aclarar. Por un lado, el apoyo del Caribe a nuestro Gobierno, vital por los votos que aporta, no fue tan marcado como antes. En líneas generales se reconoció que hay una crisis muy grave en Venezuela, algo que el chavismo siempre negó. Sin embargo, la resolución aprobada por todas las naciones, menos Paraguay, manifiesta poca disposición a aplicar la Carta Democrática, al menos por ahora. El Gobierno lo celebró como una gran victoria, pero ese tampoco parece ser el caso. Su propia propuesta, una suerte de afirmación de que todo está bien en el país y que se debe apoyar a Maduro, fue desechada por casi todos. Ahora los ojos del mundo podrían estar más que nunca puestos sobre Venezuela, y eso al chavismo no le agrada.

Pero imagínense que a pesar de todo sí se da la suspensión. ¿Cómo se come eso? Por más que fantaseen los opositores cuyos tuits son siempre descalificaciones y señalamientos contra chavistas escritos de cabo a rabo con mayúsculas, no se va a intervenir militarmente a Venezuela, ni se enviará a Maduro a La Haya. Tampoco se impondrán sanciones económicas comunes. Consiste solo en un castigo moral y la prohibición de participar en actividades de la organización.

Claro, el desprestigio de ser un reconocido régimen autoritario e inconstitucional puede llevar a varios Estados, dentro y fuera de América, a tomar acciones individuales más duras en términos prácticos, desde el desconocimiento del gobierno de Maduro hasta la eliminación de relaciones comerciales. Esto último sería particularmente traumático para un país dependiente de las importaciones y en el que la escasez de productos de primera necesidad ya es tan grande como para producir las consecuencias desastrosas que experimentamos actualmente.

¿Es todo esto lo que hace falta para que haya un cambio a Miraflores? No se sabe. El nacionalismo en su versión chavista es tan irracional que podría más bien asumirlo como una aventura romántica, un capítulo más de su propia epopeya. Tal vez su respuesta sea algo así como “A esta revolución no la para nadie, diga lo que diga el resto del planeta” (una suerte de versión perversa del “hombre más fuerte del mundo porque es el más solo” con el que Ibsen bajó el telón en Un enemigo del pueblo). Es más, pudiera usar a su inspiración más recurrente, Cuba, como referente histórico.

La Carta Democrática data de 2001, pero antes de que ella se redactara se podía expulsar a miembros de la OEA. Eso fue lo que pasó con la isla de los barbudos en 1962, tres años después del triunfo revolucionario ahí. En el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos buscó las mil y un maneras de acabar con un régimen abiertamente comunista a pocas leguas de su propio suelo. El aislamiento fue una de ellas. La mayoría de los vecinos latinos suscribió la tesis de que “el marxismo-leninismo era incompatible con el sistema interamericano” y apoyó expulsar a Cuba en una votación.

No hace falta decir que como estrategia para sacar a los Castro esta medida geopolítica fue un fracaso rotundo. El régimen prosiguió con la estatización radical de la economía y la eliminación práctica de la oposición. Muchos países en todo el mundo, aliados con Estados Unidos, rompieron relaciones con Cuba. Pero el aislamiento no fue total. Venezuela reanudó los lazos en 1974, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, lo que produjo una relación bastante cordial entre él y Fidel, de la cual al chavismo no le gusta hablar.

Lo más importante fue contar con el apoyo de la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental. La ayuda de estos impidió que la economía cubana colapsara, con el problema de que la isla nunca alcanzó la autarquía tan pregonada por la revolución en sus primeros años. Cuando la Guerra Fría concluyó con la desaparición del bloque comunista europeo, Cuba estuvo en serios aprietos. Fue el llamado “período especial” de los años 90, caracterizado por una fuerte escasez. La salvación llegó a partir de 1999 desde la acera del frente en el Caribe. Imagino que saben a quién me refiero.

De manera que nadie puede asegurar que la improbable activación de la Carta Democrática será el factor que obligará a un cambio de gobierno en Venezuela. No necesariamente todo el mundo cortará los lazos con la nación. Los amigos gigantes (Rusia y China) podrían brindar un apoyo vital en esas circunstancias. Si esto no ocurre, el resultado podría ser un desabastecimiento todavía mayor al actual, con el terreno para que el Gobierno dicte más medidas autoritarias bajo el argumento de atender una emergencia  agravada.

La presión internacional es importante, nadie lo niega. Pero no es una solución mágica. Tiene que ir acompañada de mucho empeño interno para llevar a la salida de este hueco en el que la nación ha sido sepultada viva. ¿Cómo? Al igual que en veces anteriores, digo que con manifestaciones de calle pacíficas, constantes y sistemáticas. Cierro con esta cita atribuida a Rómulo Betancourt: “Venezuela no importó libertadores, los parió”.

@AAAD25

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Esta semana de transición entre los meses quinto y sexto de un año que ya pesa al país por tanta violencia, tanta miseria y tanto atropello desde el poder comenzó con un hecho allende nuestras fronteras que llamó la atención de los venezolanos como pocos o ningún otro recientemente. Demasiados venezolanos están sumidos en un interminable paseo entre la furia, la tristeza, la angustia y el cansancio, que le impide alzar la cabeza más allá de su entorno social más próximo, ni hablar de lo que ocurre en otras latitudes.

Pero hace cuatro días fue distinto. El inicio oficial de las gestiones del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, para aplicar la Carta Democrática a Venezuela puso a la gente inusualmente pendiente del juego geopolítico regional, que en otras circunstancias despierta un mínimo interés frente a, por ejemplo, un juego entre el Real Madrid y el Barcelona F.C.

La razón es sencilla: embriagados por ese coctel de sensaciones negativas previamente aludido, los venezolanos tratan de aferrarse a algo, lo que sea, que les haga pensar que la cosa pudiera mejorar, y así tener ánimo para seguir adelante día tras día. Por ahora ese destello de esperanza no lo encuentran dentro de la tan mentada (y en realidad malherida) patria. El apoyo a la Asamblea Nacional sigue siendo mayoritario, según las últimas encuestas, pero nadie la sigue viendo como un motor del cambio urgente. Luego vino la activación del revocatorio que, como en el 6 de diciembre, movilizó a una cantidad de ciudadanos que nadie sospechó. Pero precisamente por eso la jerarquía chavista, que se sabe perdida en cualquier escenario electoral, usa su control sobre los demás poderes para inventar trabas y lograr que la consulta no se dé, al menos este año. A pesar de que la MUD ha intentado varias veces derribar este muro con protestas de calle en territorio discriminatoriamente prohibido, las convocatorias no han sido lo suficientemente grandes como para conmocionar al Gobierno y obligarlo a ceder.

Ahora aparece la Carta Democrática como el siguiente proceso de salvación. Pero pregunto a todos los que se entusiasman ante el pensamiento de su activación si tienen alguna idea sobre las probabilidades de que eso se concrete, o de lo que implicaría. Comencemos por lo primero.

Luis Almagro, agente de la CIA que se introdujo en el gobierno de Pepe Mujica sin que el viejo guerrillero contra el imperialismo lo oliera (Delcy Rodríguez dixit), solo puede solicitar que el mecanismo se ejecute. Depende de una  votación de los países asociados. En la primera ronda una mayoría simple (mitad más uno) decidirá si aprueba o no el informe del secretario general. De ser así, se designará una comisión de diplomáticos que vendrá a Venezuela a evaluar la situación y hacer sugerencias. Si las autoridades ignoran las recomendaciones o, peor aún, ni siquiera permiten al grupo de trabajo “hollar el suelo sagrado con su planta insolente” (para la historia versión roja, ese reyezuelo llamado Cipriano Castro fue un héroe nacional por su patriotería imprudente que casi nos llevó a una verdadera catástrofe imperialista), la OEA podrá hacer una nueva votación, esta vez para suspender al país infractor. Pero para ello es necesaria una mayoría de dos tercios.

Supóngase que se llega a esta instancia. Debo decir que no es imposible que el “sí” a la expulsión alcance el soporte suficiente. Es más, lo veo más probable que nunca. Pero sigue siendo enormemente difícil. El Gobierno venezolano solo necesita 13 votos de 35 para detener la iniciativa. Cuba no participa, aunque es incluida en el cómputo. Bolivia, Ecuador y Nicaragua, los otros tres amigos incondicionales, de seguro rechazarán la carta. Si El Salvador, cuyo gobierno también es “filochavista”, más seis naciones insulares de Petrocaribe se alinean con Venezuela, hasta ahí llega el juego.

Ahora bien, la sesión del Consejo Permanente de la OEA que se realizó el miércoles, en la que se esperaba sondear las posiciones de los países sobre la pertinencia de la propuesta de Almagro, oscureció más que aclarar. Por un lado, el apoyo del Caribe a nuestro Gobierno, vital por los votos que aporta, no fue tan marcado como antes. En líneas generales se reconoció que hay una crisis muy grave en Venezuela, algo que el chavismo siempre negó. Sin embargo, la resolución aprobada por todas las naciones, menos Paraguay, manifiesta poca disposición a aplicar la Carta Democrática, al menos por ahora. El Gobierno lo celebró como una gran victoria, pero ese tampoco parece ser el caso. Su propia propuesta, una suerte de afirmación de que todo está bien en el país y que se debe apoyar a Maduro, fue desechada por casi todos. Ahora los ojos del mundo podrían estar más que nunca puestos sobre Venezuela, y eso al chavismo no le agrada.

Pero imagínense que a pesar de todo sí se da la suspensión. ¿Cómo se come eso? Por más que fantaseen los opositores cuyos tuits son siempre descalificaciones y señalamientos contra chavistas escritos de cabo a rabo con mayúsculas, no se va a intervenir militarmente a Venezuela, ni se enviará a Maduro a La Haya. Tampoco se impondrán sanciones económicas comunes. Consiste solo en un castigo moral y la prohibición de participar en actividades de la organización.

Claro, el desprestigio de ser un reconocido régimen autoritario e inconstitucional puede llevar a varios Estados, dentro y fuera de América, a tomar acciones individuales más duras en términos prácticos, desde el desconocimiento del gobierno de Maduro hasta la eliminación de relaciones comerciales. Esto último sería particularmente traumático para un país dependiente de las importaciones y en el que la escasez de productos de primera necesidad ya es tan grande como para producir las consecuencias desastrosas que experimentamos actualmente.

¿Es todo esto lo que hace falta para que haya un cambio a Miraflores? No se sabe. El nacionalismo en su versión chavista es tan irracional que podría más bien asumirlo como una aventura romántica, un capítulo más de su propia epopeya. Tal vez su respuesta sea algo así como “A esta revolución no la para nadie, diga lo que diga el resto del planeta” (una suerte de versión perversa del “hombre más fuerte del mundo porque es el más solo” con el que Ibsen bajó el telón en Un enemigo del pueblo). Es más, pudiera usar a su inspiración más recurrente, Cuba, como referente histórico.

La Carta Democrática data de 2001, pero antes de que ella se redactara se podía expulsar a miembros de la OEA. Eso fue lo que pasó con la isla de los barbudos en 1962, tres años después del triunfo revolucionario ahí. En el contexto de la Guerra Fría, Estados Unidos buscó las mil y un maneras de acabar con un régimen abiertamente comunista a pocas leguas de su propio suelo. El aislamiento fue una de ellas. La mayoría de los vecinos latinos suscribió la tesis de que “el marxismo-leninismo era incompatible con el sistema interamericano” y apoyó expulsar a Cuba en una votación.

No hace falta decir que como estrategia para sacar a los Castro esta medida geopolítica fue un fracaso rotundo. El régimen prosiguió con la estatización radical de la economía y la eliminación práctica de la oposición. Muchos países en todo el mundo, aliados con Estados Unidos, rompieron relaciones con Cuba. Pero el aislamiento no fue total. Venezuela reanudó los lazos en 1974, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, lo que produjo una relación bastante cordial entre él y Fidel, de la cual al chavismo no le gusta hablar.

Lo más importante fue contar con el apoyo de la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental. La ayuda de estos impidió que la economía cubana colapsara, con el problema de que la isla nunca alcanzó la autarquía tan pregonada por la revolución en sus primeros años. Cuando la Guerra Fría concluyó con la desaparición del bloque comunista europeo, Cuba estuvo en serios aprietos. Fue el llamado “período especial” de los años 90, caracterizado por una fuerte escasez. La salvación llegó a partir de 1999 desde la acera del frente en el Caribe. Imagino que saben a quién me refiero.

De manera que nadie puede asegurar que la improbable activación de la Carta Democrática será el factor que obligará a un cambio de gobierno en Venezuela. No necesariamente todo el mundo cortará los lazos con la nación. Los amigos gigantes (Rusia y China) podrían brindar un apoyo vital en esas circunstancias. Si esto no ocurre, el resultado podría ser un desabastecimiento todavía mayor al actual, con el terreno para que el Gobierno dicte más medidas autoritarias bajo el argumento de atender una emergencia  agravada.

La presión internacional es importante, nadie lo niega. Pero no es una solución mágica. Tiene que ir acompañada de mucho empeño interno para llevar a la salida de este hueco en el que la nación ha sido sepultada viva. ¿Cómo? Al igual que en veces anteriores, digo que con manifestaciones de calle pacíficas, constantes y sistemáticas. Cierro con esta cita atribuida a Rómulo Betancourt: “Venezuela no importó libertadores, los parió”.

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