Indiscutiblemente, Latinoamérica está viéndose seriamente afectada ante las contingencias polÃticas y económicas. Particularmente, desde los mismos inicios de la segunda década del siglo XXI. Aquellos paÃses que vivieron del apoyo prestado por el régimen venezolano, se encuentran hoy en difÃciles disyuntivas que devinieron en profundas crisis algunas de las cuales provocaron en ellos graves contradicciones entre la posibilidad de continuar supeditados a los auxilios que pudiera brindarle el gobierno venezolano, o de forzar ciertos lÃmites que determinarÃan el despegue necesario para imponerse a las dificultades propias del desarrollo y asà zanjar las diferencias que se acumularon como problemas de penetrante impacto.
Estas tendencias, tal como estaban suscitándose en la región, obligaron al régimen bolivariano a revisarse para asà sincerar el retraso que le produjo el hecho de haber actuado con el desaforo de creerse el epicentro de un supuesto gobierno latinoamericano. No obstante, dicha auscultación no entendió el desplazamiento que iba a ocurrirle luego del pasado 6-D cuando la Unidad Democrática superó las expectativas alcanzando la mayorÃa calificada en la Asamblea Nacional.
Fue el momento para que el gobierno nacional advirtiera las fracturas que afectaron la movilidad de su organización polÃtico-partidista. Esa situación incitó la urgencia de un ejercicio de realineación cuyo propósito fue reestructurar el poder, pero que realizó al margen de una metodologÃa organizacional que garantizara el éxito de la operación. De esa manera, pasaron por alto importantes problemas de razón ideológica, motivacional, conductual, de coordinación y de identidad. Sobre todo, de naturaleza teórico-conceptual lo cual revirtió consideraciones ya dirimidas que derivaron en conflictos cuyo alcance tocó los cimientos de la correspondiente organización polÃtica. Y también, de la administración de gobierno. En consecuencia, esos reveses hicieron que se evidenciaran debilidades funcionales frente a pretendidos procesos de planificación que, además, carecÃan del análisis necesario que permitiera superar la situación de anomalÃa que ya venÃa padeciéndose. Esto explica, de alguna forma, las razones que devinieron en la crisis polÃtica que hoy apalea la vida del paÃs. No sólo en su economÃa. También en todo lo que toca la polÃtica.
Esa nueva estructura de poder, enfermiza en su genética polÃtica desde sus inicios, fue profundamente sectaria, resentida, revanchista y chantajista. Por tan fútiles razones, puede decirse que su gestión polÃtica se dirigió a intentar neutralizar y paralizar a la oposición. Sin embargo, aunque este comportamiento habÃa sido divisado internamente, tuvo repercusiones internacionales por repetidos, aunque disimulados, exabruptos cometidos en nombre de la revolución bolivariana. Esto indujo reacciones que, con el tiempo, fueron explayándose al punto que causaron significativos reacomodos entre factores polÃticos que, en un principio, le habÃan manifestado al gobierno venezolano los mayores halagos y exaltaciones. Exaltaciones éstas que rayaron en adulaciones que, inclusive, coadyuvaron a elevar el subjetivismo que ya definÃa la actitud de altos funcionarios del régimen bolivariano.
La derrota sufrida por el proceso eleccionario legislativo por el oficialismo, hizo que el régimen cambiara sus socarronas tácticas polÃticas hasta entonces puestas en práctica. Fue asà como radicalizaron las maniobras que venÃa pretendiendo. Sin embargo, el problema estalla cuando tal extremismo sobrepasa los propios controles trazados con el fin declarado de emprender la recomposición del régimen toda vez que se sabÃa perdido y confundido. Sobre todo, agotado. Por supuesto, es acá cuando muchas propuestas polÃticas, económicas y sociales comienzan a revertirse en función de sus elaborados objetivos. Es el momento cuando todo empieza a salir mal. Las decisiones gubernamentales dirigidas a terminar de fortalecer la gestión emprendida desde el inicio del segundo perÃodo del actual gobierno, se atropellan unas con otras.
Fue asà como la ideologÃa sobre la cual se configuraron las ideas y propuestas que luego se transformaron en programas gubernamentales, comienzan a perder la fuerza dialéctica que avaló cada discurso de carácter proselitista que sirvió a las facciones revolucionarias a obtener el respaldo necesario para alcanzar el poder polÃtico ansiado. La inercia que dicho debilitamiento acarrea, es irradiada al resto del mundo a través de canales de comunicación o vÃas como, por ejemplo, la diáspora forjada por la inseguridad, la desvastada economÃa nacional y la tirantez polÃtica que, como factores de crisis, se instalan en el paÃs.
La anemia polÃtica que sufre el proyecto polÃtico, estimula la corrosión de la base polÃtica. Por consiguiente, esto empieza a engullir ideales que obligan a emerger contradicciones que buscan allanar los vacÃos que van surgiendo sin que ello subsane los nuevos conflictos que aparecen en el plano polÃtico. Precisamente, es lo que entre tanto problema que salta a la palestra, hace que se magnifique la crisis que hoy se tiene. Sin duda que esto permite responder ¿por qué se fundió el socialismo del siglo XXI?




