
Fue hace un año, el DÃa de la Juventud. Las calles de Caracas se llenaron de jóvenes descontentos con la inseguridad y con el desabastecimiento. A su lado marchábamos sus padres, sus profesores, sus compañeros de trabajo. La Plaza Venezuela recogió la multitud procedente de distintos rincones de la ciudad. Los oradores más llamativos fueron los lÃderes estudiantiles. Todo fue entusiasmo y camaraderÃa.
A primeras horas de la tarde muchos nos retiramos. HabÃamos participado de una hermosa jornada en la que el reclamo por una vida mejor era eco colectivo. El compromiso de las nuevas generaciones llenaba la atmósfera de esperanzas por una lucha que no cesarÃa.
Al caer la tarde Bassil habÃa sido asesinado en las inmediaciones de la FiscalÃa. Los dedos acusadores señalaban a funcionarios policiales del horrendo crimen. Antes de finalizar el dÃa, dos venezolanos más rendÃan sus vidas ante balas arteras.Â
El paÃs salió a las calles. En el Táchira. En Mérida. En Valencia. Caracas rugÃa de dolor por los muertos que se multiplicaban dÃa a dÃa. La indignada protesta era la voz del pueblo. La represión  fue la del gobierno. Detenidos, torturados, asesinados. Asà se fue consumiendo Venezuela en una de sus horas negras.
Las autoridades perdieron el rumbo. La Guardia Nacional actuaba asociada a bandas criminales para sembrar el terror. La llamada Sala Constitucional convertÃa en delito el derecho a manifestar. Centenares de estudiantes eran secuestrados con el método del régimen de presentación. Jueces que debÃan administrar justicia se vestÃan de verdugos. Estudiantes presos. Torturadores y criminales sueltos. La impunidad enseñoreada.
Hoy, al año, resalta la indeleble marca del abuso y del atropello: decenas de familias enlutadas; 61 estudiantes presos, como si se tratase de delincuentes peligrosos; centenares con libertad precaria, sin derecho a expresarse, a asociarse, a manifestar. CiudadanÃas disminuidas por el autoritarismo.
No hay buenos augurios. Autoridades acobardadas por un paÃs que protesta la mala conducción creen guarecerse en la amenaza, en el terror. Anuncian con una repugnante resolución que dispararán a matar a quien ose protestar.Â
Cuando un gobierno advierte que va a violar los derechos humanos ha traspasado los lÃmites. Han perdido el control. Son una amenaza pública.
@claudioefermin
@claudiocontigo

Fue hace un año, el DÃa de la Juventud. Las calles de Caracas se llenaron de jóvenes descontentos con la inseguridad y con el desabastecimiento. A su lado marchábamos sus padres, sus profesores, sus compañeros de trabajo. La Plaza Venezuela recogió la multitud procedente de distintos rincones de la ciudad. Los oradores más llamativos fueron los lÃderes estudiantiles. Todo fue entusiasmo y camaraderÃa.
A primeras horas de la tarde muchos nos retiramos. HabÃamos participado de una hermosa jornada en la que el reclamo por una vida mejor era eco colectivo. El compromiso de las nuevas generaciones llenaba la atmósfera de esperanzas por una lucha que no cesarÃa.
Al caer la tarde Bassil habÃa sido asesinado en las inmediaciones de la FiscalÃa. Los dedos acusadores señalaban a funcionarios policiales del horrendo crimen. Antes de finalizar el dÃa, dos venezolanos más rendÃan sus vidas ante balas arteras.Â
El paÃs salió a las calles. En el Táchira. En Mérida. En Valencia. Caracas rugÃa de dolor por los muertos que se multiplicaban dÃa a dÃa. La indignada protesta era la voz del pueblo. La represión  fue la del gobierno. Detenidos, torturados, asesinados. Asà se fue consumiendo Venezuela en una de sus horas negras.
Las autoridades perdieron el rumbo. La Guardia Nacional actuaba asociada a bandas criminales para sembrar el terror. La llamada Sala Constitucional convertÃa en delito el derecho a manifestar. Centenares de estudiantes eran secuestrados con el método del régimen de presentación. Jueces que debÃan administrar justicia se vestÃan de verdugos. Estudiantes presos. Torturadores y criminales sueltos. La impunidad enseñoreada.
Hoy, al año, resalta la indeleble marca del abuso y del atropello: decenas de familias enlutadas; 61 estudiantes presos, como si se tratase de delincuentes peligrosos; centenares con libertad precaria, sin derecho a expresarse, a asociarse, a manifestar. CiudadanÃas disminuidas por el autoritarismo.
No hay buenos augurios. Autoridades acobardadas por un paÃs que protesta la mala conducción creen guarecerse en la amenaza, en el terror. Anuncian con una repugnante resolución que dispararán a matar a quien ose protestar.Â
Cuando un gobierno advierte que va a violar los derechos humanos ha traspasado los lÃmites. Han perdido el control. Son una amenaza pública.
@claudioefermin
@claudiocontigo