Mantequilla por Rodolfo Izaguirre

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La destrucción del llamado aparato productivo y las expropiaciones que ordenó el autócrata, responsable del actual desastre que ahoga al país, provocan la permanente y angustiosa carestía de alimentos, productos básicos e insumos para la industria y la agricultura, además de las inseguridades de todo orden que padecemos; pero sus seguidores, sumisos e incapaces de reaccionar y de reconocer el fracaso, siguen recitando la cartilla culpándome de hacer compras nerviosas, de desestabilizar al Gobierno y atribuyendo a la oposición y a los medios de comunicación la ineficacia y desatinos que son exclusivos de la estupidez bolivariana y de su ineficacia para gobernar. Por eso, sintiendo con justificada aprehensión la cercanía del empobrecido mar cubano de la felicidad, tomé distancia de tan incierto e inmediato futuro de privaciones y convertí un pequeño cuarto al fondo de mi casa en despensa, en una alacena en la que voy guardando productos no perecederos.

Me apresuro a hacerle saber a Indepabis que no trato de almacenar alimentos; no sea cosa que se presenten en mi casa algunos funcionarios hoscos y mal vestidos acusándome de acaparador. Se trata de pequeñas reservas que hago pensando en mi familia.

Tengo, por ejemplo, papel para enfrentar la humillante situación que nos ha convertido en el país más ridículo del mundo. Sin embargo, desde hace algún tiempo no tengo mantequilla en la despensa: un verdadero contratiempo porque en casa soy el cocinero; me gusta la cocina francesa, y ya sabemos que sin la mantequilla Francia no sería la gloria culinaria que es.

Hubo un tiempo en el que varios amigos economistas trataron de explicarme sin éxito alguno por qué la mantequilla Maracay que se produce a hora y media de Caracas era más cara que la que venía de Nueva Zelanda. Pero eso era antes de que llegara el autócrata y su régimen desastroso, porque en la hora actual no se encuentra en el mercado ninguna de las dos.

¡Y ocurrió algo que no dudo en considerar como un milagro! Mientras ordenaba la despensa descubrí entre el atún y la leche condensada una latica de mantequilla Maracay oculta tras la harina PAN y dos litros de aceite. “¡Belén! ­grité­, ¡tengo mantequilla!”.

Belén se asustó porque en lugar de “mantequilla” creyó oír que había llegado la siquitrilla y que los de Indepabis ya estaban en la casa dispuestos a destruirnos pública y moralmente. Yo no podía creer lo de la mantequilla y con el mismo júbilo que invade a los cubanos cuando llegan al imperio escapando de la felicidad yo seguía gritando: “¡Mantequilla! ¡Tengo mantequilla!”. ¡Los vecinos se enteraron! Unos, llamaron por teléfono para saber qué estaba pasando; otros, se acercaron a la casa y algunos celebraron ondeando las banderitas que quedaron de la última marcha.

Pero no acerté a valorar lo que ocurría y dudé entre abrir de inmediato la latica y usarla; guardarla en la nevera o ponerla de adorno para que la gente “pregunte y uno conteste”, como hicieron las Ancízar con las botellas de vino y de champagne la vez que, en Caracas, Carlos Gardel cantó “El día que me quieras” en el patio de la casa del general Ezequiel Ancízar, mejor conocido como “el tigre de San Rafael”. Y allí está la latica sobre una mesita en la sala de mi casa con el nombre de Maracay muy destacado junto a las orquídeas de Belén y el retrato de mi mamá, como elocuente testimonio de un país democrático y productivo que alguna vez estuvo y ocupó el mismo lugar de este que hoy se derrumba estrepitosa pero bolivarianamente.

Publicado en El Nacional

 

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La destrucción del llamado aparato productivo y las expropiaciones que ordenó el autócrata, responsable del actual desastre que ahoga al país, provocan la permanente y angustiosa carestía de alimentos, productos básicos e insumos para la industria y la agricultura, además de las inseguridades de todo orden que padecemos; pero sus seguidores, sumisos e incapaces de reaccionar y de reconocer el fracaso, siguen recitando la cartilla culpándome de hacer compras nerviosas, de desestabilizar al Gobierno y atribuyendo a la oposición y a los medios de comunicación la ineficacia y desatinos que son exclusivos de la estupidez bolivariana y de su ineficacia para gobernar. Por eso, sintiendo con justificada aprehensión la cercanía del empobrecido mar cubano de la felicidad, tomé distancia de tan incierto e inmediato futuro de privaciones y convertí un pequeño cuarto al fondo de mi casa en despensa, en una alacena en la que voy guardando productos no perecederos.

Me apresuro a hacerle saber a Indepabis que no trato de almacenar alimentos; no sea cosa que se presenten en mi casa algunos funcionarios hoscos y mal vestidos acusándome de acaparador. Se trata de pequeñas reservas que hago pensando en mi familia.

Tengo, por ejemplo, papel para enfrentar la humillante situación que nos ha convertido en el país más ridículo del mundo. Sin embargo, desde hace algún tiempo no tengo mantequilla en la despensa: un verdadero contratiempo porque en casa soy el cocinero; me gusta la cocina francesa, y ya sabemos que sin la mantequilla Francia no sería la gloria culinaria que es.

Hubo un tiempo en el que varios amigos economistas trataron de explicarme sin éxito alguno por qué la mantequilla Maracay que se produce a hora y media de Caracas era más cara que la que venía de Nueva Zelanda. Pero eso era antes de que llegara el autócrata y su régimen desastroso, porque en la hora actual no se encuentra en el mercado ninguna de las dos.

¡Y ocurrió algo que no dudo en considerar como un milagro! Mientras ordenaba la despensa descubrí entre el atún y la leche condensada una latica de mantequilla Maracay oculta tras la harina PAN y dos litros de aceite. “¡Belén! ­grité­, ¡tengo mantequilla!”.

Belén se asustó porque en lugar de “mantequilla” creyó oír que había llegado la siquitrilla y que los de Indepabis ya estaban en la casa dispuestos a destruirnos pública y moralmente. Yo no podía creer lo de la mantequilla y con el mismo júbilo que invade a los cubanos cuando llegan al imperio escapando de la felicidad yo seguía gritando: “¡Mantequilla! ¡Tengo mantequilla!”. ¡Los vecinos se enteraron! Unos, llamaron por teléfono para saber qué estaba pasando; otros, se acercaron a la casa y algunos celebraron ondeando las banderitas que quedaron de la última marcha.

Pero no acerté a valorar lo que ocurría y dudé entre abrir de inmediato la latica y usarla; guardarla en la nevera o ponerla de adorno para que la gente “pregunte y uno conteste”, como hicieron las Ancízar con las botellas de vino y de champagne la vez que, en Caracas, Carlos Gardel cantó “El día que me quieras” en el patio de la casa del general Ezequiel Ancízar, mejor conocido como “el tigre de San Rafael”. Y allí está la latica sobre una mesita en la sala de mi casa con el nombre de Maracay muy destacado junto a las orquídeas de Belén y el retrato de mi mamá, como elocuente testimonio de un país democrático y productivo que alguna vez estuvo y ocupó el mismo lugar de este que hoy se derrumba estrepitosa pero bolivarianamente.

Publicado en El Nacional

 

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