Los derechos de las personas están en peligro

El pasado 24 de mayo la Universidad Central de Venezuela galardonó con el Premio Alma Mater 2012 a Simón Alberto Consalvi. A continuación las palabras de este ilustre escritor, comunicador venezolano, quien también hace vida dentro de Runrun.es, a propósito de este reconocimiento:

(I)

El 2 de agosto de 1855, la Junta de Gobierno de la Universidad de Caracas se dirigió a don Fermín Toro proponiéndole que escribiera la biografía del doctor José Vargas, ex Rector de la Universidad y primer Presidente civil de Venezuela, derrocado por los militares poco después de su toma de posesión, a través de un movimiento de título futurista, pero de propósitos retrógrados, conocido como la Revolución de la Reformas.

¿Cuáles eran estas reformas? Simplemente, la restauración de los fueros militares y eclesiásticos, es decir, la vuelta a los privilegios militares que reclamaban como albaceas de las guerras. Una verdadera contrarrevolución.

Fermín Toro declinó cortésmente el encargo, luego de encomiar la figura y la personalidad de Vergas, su obra educacional y social, y de llamarlo “mártir de la política venezolana”. Pero añadió con ruda franqueza:

-“No creo que conviene hoy a la paz pública tratar estas cuestiones, que envenenarían las pasiones porque todavía lastiman muchas heridas y despiertan aún más rencores”.

Una biografía de Vargas, respondió Toro, “no convendría a la paz de la tierra y a la tranquilidad de los ánimos una mirada retrospectiva a los acontecimientos políticos en que ha figurado el doctor Vargas desde 1831”. Habían transcurrido veinte años (1835-1855) de la (contra) Revolución de las Reformas y mencionar al Rector Vargas “no le convendría a la paz de la tierra”. El poder civil se convirtió en tabú, y bajo ese signo transcurrió el siglo de los caudillos militares. Desde 1835, la (contra) Revolución de las Reformas no ha cesado en su avance. Hoy vivimos bajo una sociedad militarizada, y para volver al Rector Vargas, ya se comenta que le cambiarán de nombre a su estado natal.

(II)

 Desde hace un siglo se inició la explotación petrolera en Venezuela. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez otorgaron las concesiones que se prolongaron hasta 1975. El historiador inglés Brian S. McBeth llevó a cabo una investigación a mi juicio fundamental sobre lo que significó el petróleo en aquella época: Juan Vicente Gómez y las compañías petroleras en Venezuela / 1908-1935. No se trata de un tema no explorado, ni analizado por investigadores y políticos venezolanos. Al contrario, pero McBeth tuvo acceso a fuentes documentales privilegiadas, como los papeles de las propias compañías. “En 1915, el Táchira ya estaba mucho más cerca de Caracas que en 1899 cuando él llegó a lomo de mula”. Si bien Gómez destinó recursos para la construcción de carreteras, manejó el petróleo como algo tan personal

Para ilustrar la vorágine de concesiones, baste retener las cifras que da McBeth: de 181concesiones en 1920, se pasó a 2.374 en 1921; a partir de entonces, entre 1922 y 1935, Gómez otorgó un promedio de 323 anualmente. Brian McBeth analiza de modo pormenorizado cada uno de los casos, (de los nombres conocidos) a quienes la generosidad del general les concedió gracias sin límites. Gómez usó los ingresos del petróleo en las más variadas formas: para consolidar y armar al Ejército, para construir carreteras, para enriquecerse y enriquecer a sus familiares, para beneficiar a la vasta red de sus amigos, y, sin duda, para conjurar todo riesgo extranjero, mediante una política de amistosa aquiescencia con Estados Unidos y la Gran Bretaña que, ni siquiera en los días un poco inquietos de su neutralidad en la I Guerra Mundial fue perturbada. Lo más inverosímil es la forma como se otorgan las concesiones, como se negocian, cómo los norteamericanos conspiran contra los ingleses, y viceversa, y cómo el régimen de Gómez juega un papel de espectador que, unas veces, decide a favor de unos, otra de los otros, y cómo el gran negocio se convierte en un negocio familiar, cuando en 1923 fundó su propia Compañía Venezolana de Petróleo. En materia de petróleo, el fantasma de Gómez parece haber retornado. El petróleo se ha convertido en el instrumento financiero de un proyecto político personal.

(III)

¿De dónde veníamos cuando amanecimos a la afluencia fiscal y a la era del petróleo? Veníamos de ser uno de los países más pobres de América Latina. Para comprender la situación económica y social de Venezuela en los tiempos de la República de Páez, las memorias ministeriales constituyen una referencia primordial. Para 1831 el ingreso total fue calculado en 1.551.000 pesos, y el de gastos en 1.637.613. Los cálculos fueron perturbados porque en Oriente se alzó el general Monagas y la guerra altero las deudas. A partir de entones, la nación estuvo condenada a financiar las guerras civiles. Y si al dato le añadimos otro, la población que oscilaba en menos de un millón de habitantes, obtenemos un diagnóstico aterrador: el ingreso fiscal se reducía tanto que no llegaba a un peso por habitante.

A ese país paupérrimo, le tocó asumir la deuda de la Gran Colombia de las guerras de Bolívar que, prorrateada entre Nueva Granada, Ecuador y Venezuela le correspondió a Venezuela la suma de treinta millones de pesos que sólo pudo ser cancelada un siglo después, en 1930, con la ayuda del petróleo.

Cuando la democracia se restableció en 1959, los precios del petróleo oscilaban entre 1.50 y 2 dólares el barril. Nunca en el siglo del petróleo disfrutó Venezuela la singular bonanza fiscal de la primera década del siglo XXI, con un término medio de 100 dólares el barril. Trágicamente, los ingresos públicos se usan como premios o castigos, como armas para destruir o someter instituciones históricas como la Universidad Central de Venezuela, o para controlar el poder de modo indefinido.

(IV)

 El 29 de junio de 1960, el Consejo permanente de la Organización de Estados Americanos eligió a Rómulo Gallegos miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Era un ex Presidente de la República, apenas regresaba a su país de una década de exilio, reconocido como uno de los grandes novelistas de la lengua castellana, y, por sobre todo eso, un hombre de principios éticos y morales.

El novelista no era amigo de involucrarse en organismos de esa naturaleza por su talante de escritor que prefería su estudio y sus papeles. No obstante, consideró que nada era tan perentorio en América Latina como la lucha por los derechos humanos. Sólo esta persuasión lo llevó a aceptar el encargo. Si tenía que combatir las dictaduras, también era preciso señalarles a las democracias lo que para el bienestar de los pueblos significaba la libertad de conciencia y su ejercicio. No fue extraño que reunida la Comisión, sus otros miembros lo eligieran presidente.

El 13 de octubre, el Consejo de la OEA hizo una sesión extraordinaria para recibir a los miembros de la Comisión. Tomó la palabra Gallegos, pronunció un discurso que significó un hito en la historia de las luchas por los derechos humanos y por las prerrogativas del individuo en América Latina. El discurso de Gallegos marcó época y definió el futuro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

La tesis fundamental del novelista puede sintetizarse en estas palabras: “La soberanía nacional es materia de obvia y primordial importancia, pero no lo es menos la persona humana en sí, objetivo final –muchas veces olvidado- de la acción del Estado y de todas las empresas de engrandecimiento colectivo”. Gallegos se adelantó a quienes ya entonces invocaban la soberanía como burladero de sus desmanes

Gallegos reaccionó contra una anomalía inaceptable para él: en el seno de la CIDH sólo tenían voz los gobiernos. Sobre esto dijo Gallegos: “Lamentable es -cabe aquí mencionarlo- que las personas, sujetos reales de los derechos que se nos ha encomendado proteger, no hayan sido dotadas de la capacidad requerida para denunciar los atropellos de que hayan sido víctimas”.

El escritor definió lo que iba a ser propósito de su misión como presidente: “Abrigo la esperanza de que la institución que integramos progresará en este y otros aspectos hasta coincidir con lo que los pueblos nuestros reclaman y necesitan”. Notó que el propio Estatuto de la Comisión señala caminos para su perfeccionamiento. “De nosotros, de nuestro tesón y de nuestro valor moral, dependerá en mucho el porvenir de esta conquista, aún incipiente, que han puesto en nuestras manos los gobiernos del Hemisferio. Pues el respeto a la dignidad del hombre, la efectiva defensa de sus fueros debe ser la ocupación fundamental de nuestros propósitos”.

Me parece indispensable citar in extenso algunos de los principios postulados por el gran escritor en ese momento, porque contribuyen a definirlo a él y al encargo que se ponía en sus manos.

“En las altas esferas del espíritu, donde se mueve el pensamiento conductor de la experiencia humana hacia las realizaciones de la fraternidad universal por encima de las aspiraciones mezquinas, de los egoísmos intransigentes y más aún de las apetencias de zarpazo y dentellada que todavía puedan estar permitiendo que el hombre sea lobo para el hombre, tanto en el orden individual como en el colectivo de los pueblos… Toda actividad que sea ejercicio de buena calidad responsable debe dedicarse a procurar que la inmensa familia humana, sin distingos de razas, de credos religiosos o políticos, tenga una igual, una misma posibilidad de disfrutar del bien de la vida, al amparo del orden jurídico estrictamente respetado en todos los pueblos”.

Rómulo Gallegos no se rindió en su propuesta de abrir la CIDH a la gente. En un momento manifestó su decisión de renunciar al organismo si no se avanzaba y si la CIDH no abría sus puertas para que la gente, los ciudadanos comunes pudieran “denunciar los atropellos de que hayan sido víctimas”. No cabe duda de la significación del paso de Gallegos por el órgano destinado a velar por los derechos humanos. En el principio estaba la Decla­ración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre aprobada en 1948 en Bogotá, -simultáneamente con la Carta de la OEA-, cuyo texto consagra las normas de la convivencia democrática y del respeto al individuo como sujeto de derecho.

“De donde proviene, agregó, que en la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, figure con carácter impositivo esta aspiración que a la letra copio: “Que la protección internacional de los Derechos del Hombre debe ser guía principalísima del derecho americano en evolución”.

Reconozcamos la gran deuda de los latinoamericanos y caribeños con don Rómulo Gallegos. Su palabra ejemplar se alzó contra la barbarie sobreviviente en la región, barbarie que en el curso del tiempo se fue metamorfoseando sin dejar de ser barbarie. 50 años después, el Gobierno del país de Gallegos pretende abolir tan extraordinaria conquista. Ignoran, simplemente, que estos derechos no dependen de la voluntad de los gobiernos.

(V)

Concluiré con una advertencia de Juan Jacobo Rousseau. En el Discurso sobre el origen de la desigualdad, el escritor ginebrino dijo que “los indios caribes vendían el chinchorro en la mañana, y en la tarde regresaban llorando a tratar de rescatarlo, porque habían olvidado que lo necesitaban para dormir”. Temo que en esta etapa de la historia venezolana nos esté ocurriendo lo mismo.

(24 de mayo 2012)

TelegramWhatsAppFacebookX

El pasado 24 de mayo la Universidad Central de Venezuela galardonó con el Premio Alma Mater 2012 a Simón Alberto Consalvi. A continuación las palabras de este ilustre escritor, comunicador venezolano, quien también hace vida dentro de Runrun.es, a propósito de este reconocimiento:

(I)

El 2 de agosto de 1855, la Junta de Gobierno de la Universidad de Caracas se dirigió a don Fermín Toro proponiéndole que escribiera la biografía del doctor José Vargas, ex Rector de la Universidad y primer Presidente civil de Venezuela, derrocado por los militares poco después de su toma de posesión, a través de un movimiento de título futurista, pero de propósitos retrógrados, conocido como la Revolución de la Reformas.

¿Cuáles eran estas reformas? Simplemente, la restauración de los fueros militares y eclesiásticos, es decir, la vuelta a los privilegios militares que reclamaban como albaceas de las guerras. Una verdadera contrarrevolución.

Fermín Toro declinó cortésmente el encargo, luego de encomiar la figura y la personalidad de Vergas, su obra educacional y social, y de llamarlo “mártir de la política venezolana”. Pero añadió con ruda franqueza:

-“No creo que conviene hoy a la paz pública tratar estas cuestiones, que envenenarían las pasiones porque todavía lastiman muchas heridas y despiertan aún más rencores”.

Una biografía de Vargas, respondió Toro, “no convendría a la paz de la tierra y a la tranquilidad de los ánimos una mirada retrospectiva a los acontecimientos políticos en que ha figurado el doctor Vargas desde 1831”. Habían transcurrido veinte años (1835-1855) de la (contra) Revolución de las Reformas y mencionar al Rector Vargas “no le convendría a la paz de la tierra”. El poder civil se convirtió en tabú, y bajo ese signo transcurrió el siglo de los caudillos militares. Desde 1835, la (contra) Revolución de las Reformas no ha cesado en su avance. Hoy vivimos bajo una sociedad militarizada, y para volver al Rector Vargas, ya se comenta que le cambiarán de nombre a su estado natal.

(II)

 Desde hace un siglo se inició la explotación petrolera en Venezuela. Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez otorgaron las concesiones que se prolongaron hasta 1975. El historiador inglés Brian S. McBeth llevó a cabo una investigación a mi juicio fundamental sobre lo que significó el petróleo en aquella época: Juan Vicente Gómez y las compañías petroleras en Venezuela / 1908-1935. No se trata de un tema no explorado, ni analizado por investigadores y políticos venezolanos. Al contrario, pero McBeth tuvo acceso a fuentes documentales privilegiadas, como los papeles de las propias compañías. “En 1915, el Táchira ya estaba mucho más cerca de Caracas que en 1899 cuando él llegó a lomo de mula”. Si bien Gómez destinó recursos para la construcción de carreteras, manejó el petróleo como algo tan personal

Para ilustrar la vorágine de concesiones, baste retener las cifras que da McBeth: de 181concesiones en 1920, se pasó a 2.374 en 1921; a partir de entonces, entre 1922 y 1935, Gómez otorgó un promedio de 323 anualmente. Brian McBeth analiza de modo pormenorizado cada uno de los casos, (de los nombres conocidos) a quienes la generosidad del general les concedió gracias sin límites. Gómez usó los ingresos del petróleo en las más variadas formas: para consolidar y armar al Ejército, para construir carreteras, para enriquecerse y enriquecer a sus familiares, para beneficiar a la vasta red de sus amigos, y, sin duda, para conjurar todo riesgo extranjero, mediante una política de amistosa aquiescencia con Estados Unidos y la Gran Bretaña que, ni siquiera en los días un poco inquietos de su neutralidad en la I Guerra Mundial fue perturbada. Lo más inverosímil es la forma como se otorgan las concesiones, como se negocian, cómo los norteamericanos conspiran contra los ingleses, y viceversa, y cómo el régimen de Gómez juega un papel de espectador que, unas veces, decide a favor de unos, otra de los otros, y cómo el gran negocio se convierte en un negocio familiar, cuando en 1923 fundó su propia Compañía Venezolana de Petróleo. En materia de petróleo, el fantasma de Gómez parece haber retornado. El petróleo se ha convertido en el instrumento financiero de un proyecto político personal.

(III)

¿De dónde veníamos cuando amanecimos a la afluencia fiscal y a la era del petróleo? Veníamos de ser uno de los países más pobres de América Latina. Para comprender la situación económica y social de Venezuela en los tiempos de la República de Páez, las memorias ministeriales constituyen una referencia primordial. Para 1831 el ingreso total fue calculado en 1.551.000 pesos, y el de gastos en 1.637.613. Los cálculos fueron perturbados porque en Oriente se alzó el general Monagas y la guerra altero las deudas. A partir de entones, la nación estuvo condenada a financiar las guerras civiles. Y si al dato le añadimos otro, la población que oscilaba en menos de un millón de habitantes, obtenemos un diagnóstico aterrador: el ingreso fiscal se reducía tanto que no llegaba a un peso por habitante.

A ese país paupérrimo, le tocó asumir la deuda de la Gran Colombia de las guerras de Bolívar que, prorrateada entre Nueva Granada, Ecuador y Venezuela le correspondió a Venezuela la suma de treinta millones de pesos que sólo pudo ser cancelada un siglo después, en 1930, con la ayuda del petróleo.

Cuando la democracia se restableció en 1959, los precios del petróleo oscilaban entre 1.50 y 2 dólares el barril. Nunca en el siglo del petróleo disfrutó Venezuela la singular bonanza fiscal de la primera década del siglo XXI, con un término medio de 100 dólares el barril. Trágicamente, los ingresos públicos se usan como premios o castigos, como armas para destruir o someter instituciones históricas como la Universidad Central de Venezuela, o para controlar el poder de modo indefinido.

(IV)

 El 29 de junio de 1960, el Consejo permanente de la Organización de Estados Americanos eligió a Rómulo Gallegos miembro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Era un ex Presidente de la República, apenas regresaba a su país de una década de exilio, reconocido como uno de los grandes novelistas de la lengua castellana, y, por sobre todo eso, un hombre de principios éticos y morales.

El novelista no era amigo de involucrarse en organismos de esa naturaleza por su talante de escritor que prefería su estudio y sus papeles. No obstante, consideró que nada era tan perentorio en América Latina como la lucha por los derechos humanos. Sólo esta persuasión lo llevó a aceptar el encargo. Si tenía que combatir las dictaduras, también era preciso señalarles a las democracias lo que para el bienestar de los pueblos significaba la libertad de conciencia y su ejercicio. No fue extraño que reunida la Comisión, sus otros miembros lo eligieran presidente.

El 13 de octubre, el Consejo de la OEA hizo una sesión extraordinaria para recibir a los miembros de la Comisión. Tomó la palabra Gallegos, pronunció un discurso que significó un hito en la historia de las luchas por los derechos humanos y por las prerrogativas del individuo en América Latina. El discurso de Gallegos marcó época y definió el futuro de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

La tesis fundamental del novelista puede sintetizarse en estas palabras: “La soberanía nacional es materia de obvia y primordial importancia, pero no lo es menos la persona humana en sí, objetivo final –muchas veces olvidado- de la acción del Estado y de todas las empresas de engrandecimiento colectivo”. Gallegos se adelantó a quienes ya entonces invocaban la soberanía como burladero de sus desmanes

Gallegos reaccionó contra una anomalía inaceptable para él: en el seno de la CIDH sólo tenían voz los gobiernos. Sobre esto dijo Gallegos: “Lamentable es -cabe aquí mencionarlo- que las personas, sujetos reales de los derechos que se nos ha encomendado proteger, no hayan sido dotadas de la capacidad requerida para denunciar los atropellos de que hayan sido víctimas”.

El escritor definió lo que iba a ser propósito de su misión como presidente: “Abrigo la esperanza de que la institución que integramos progresará en este y otros aspectos hasta coincidir con lo que los pueblos nuestros reclaman y necesitan”. Notó que el propio Estatuto de la Comisión señala caminos para su perfeccionamiento. “De nosotros, de nuestro tesón y de nuestro valor moral, dependerá en mucho el porvenir de esta conquista, aún incipiente, que han puesto en nuestras manos los gobiernos del Hemisferio. Pues el respeto a la dignidad del hombre, la efectiva defensa de sus fueros debe ser la ocupación fundamental de nuestros propósitos”.

Me parece indispensable citar in extenso algunos de los principios postulados por el gran escritor en ese momento, porque contribuyen a definirlo a él y al encargo que se ponía en sus manos.

“En las altas esferas del espíritu, donde se mueve el pensamiento conductor de la experiencia humana hacia las realizaciones de la fraternidad universal por encima de las aspiraciones mezquinas, de los egoísmos intransigentes y más aún de las apetencias de zarpazo y dentellada que todavía puedan estar permitiendo que el hombre sea lobo para el hombre, tanto en el orden individual como en el colectivo de los pueblos… Toda actividad que sea ejercicio de buena calidad responsable debe dedicarse a procurar que la inmensa familia humana, sin distingos de razas, de credos religiosos o políticos, tenga una igual, una misma posibilidad de disfrutar del bien de la vida, al amparo del orden jurídico estrictamente respetado en todos los pueblos”.

Rómulo Gallegos no se rindió en su propuesta de abrir la CIDH a la gente. En un momento manifestó su decisión de renunciar al organismo si no se avanzaba y si la CIDH no abría sus puertas para que la gente, los ciudadanos comunes pudieran “denunciar los atropellos de que hayan sido víctimas”. No cabe duda de la significación del paso de Gallegos por el órgano destinado a velar por los derechos humanos. En el principio estaba la Decla­ración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre aprobada en 1948 en Bogotá, -simultáneamente con la Carta de la OEA-, cuyo texto consagra las normas de la convivencia democrática y del respeto al individuo como sujeto de derecho.

“De donde proviene, agregó, que en la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, figure con carácter impositivo esta aspiración que a la letra copio: “Que la protección internacional de los Derechos del Hombre debe ser guía principalísima del derecho americano en evolución”.

Reconozcamos la gran deuda de los latinoamericanos y caribeños con don Rómulo Gallegos. Su palabra ejemplar se alzó contra la barbarie sobreviviente en la región, barbarie que en el curso del tiempo se fue metamorfoseando sin dejar de ser barbarie. 50 años después, el Gobierno del país de Gallegos pretende abolir tan extraordinaria conquista. Ignoran, simplemente, que estos derechos no dependen de la voluntad de los gobiernos.

(V)

Concluiré con una advertencia de Juan Jacobo Rousseau. En el Discurso sobre el origen de la desigualdad, el escritor ginebrino dijo que “los indios caribes vendían el chinchorro en la mañana, y en la tarde regresaban llorando a tratar de rescatarlo, porque habían olvidado que lo necesitaban para dormir”. Temo que en esta etapa de la historia venezolana nos esté ocurriendo lo mismo.

(24 de mayo 2012)

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.