Invasión inca en territorio soviético #Rusia2018

La Pizarra del DT

@LaPizarraDelDT_

Por: Gonzalo Rodriguez Barboza (@rodriguezbar7)

Cuando uno escucha, lee o piensa que le esperan 30 horas sentado es probable que el desánimo lo invada. Pero cuando se trata del último de los múltiples sacrificios llevados a cabo para cumplir un sueño se transforma en gratitud, emoción, entusiasmo y hasta ansiedad -de la buena, claro-.

A diferencia de la mayor parte de los países participantes, quienes bañaron de colores las ciudades que correspondieron a los debuts de sus representantes, cerca de 60.000 peruanos arribaron Moscú cual invasión sobre frontera enemiga; como pasacalle en día de independencia; como hormigas ante un resto de comida olvidado en el suelo: de un momento a otro, cientos se transformaron en miles y estos en decenas de miles.

“¿Por qué hay tanto peruano en Moscú?”, se preguntan, anonadados, los hinchas argentinos y colombianos. “Camino y veo peruanos, peruanos y peruanos… ¡están en todos lados!”, tuiteó el periodista Fernando Palomo.

La capital rusa los acogió con dificultades para la comunicación y las paciencias locales colmadas hasta el cien, pero eso no significó un problema mayor para el establecimiento de la cultura incaica en territorio soviético.

12.636 kilómetros separan a Moscú de Lima, mientras que, para llegar de la capital rusa hasta Saransk, ciudad donde la selección peruana haría su primera aparición, la distancia es de 646 kms. Es lo mismo que un viaje en auto de Caracas a Táchira; de Lima a Chiclayo; o de Madrid a Murcia (¡ida y vuelta!).

El debut de Perú en Rusia 2018 después de 36 años de ausencia en el torneo más importante de selecciones nacionales trasladó a 38.000 hinchas blanquirrojos a una ciudad de solo 314.000 habitantes (ni la tercera parte del distrito más habitado de Lima, San Juan de Lurigancho, que cuanta con un millón de personas).

La conquista de la periferia

Habiendo tomado la ciudad principal del imperio de Rusia, los incas fueron por más. Después de viajes en avión -cuya suma total teniendo en cuenta las conexiones es de 20 horas en promedio- al ejército inca le esperaban 12 más sobre cuatro ruedas.

Una de las tres barras organizadas de los sudamericanos, “Sentimiento Blanquirrojo”, contrató, desde Lima, nueve buses con una capacidad de 50 personas cada uno para llegar a la pequeña Saransk. 

El destino de todo el que portara una camiseta blanca y roja antes de abordar el bus era la lejana estación de Alma – Altinskaya, la última de la línea verde oscuro.

Cánticos, golpes a la armazón de los trenes al ritmo del cajón y las percusiones opacaron al ruidoso sistema vial ruso e, incluso, provocaron que el penúltimo conjunto de vagones del día tuviera que detenerse.

Un puñado de preocupados y ‘tardones’ peruanos iban en el último tren del día 15 y, cuando este se frenó por cuatro minutos (a causa del desalojamiento de quienes iban en el bullicioso vagón anterior), el alma huyó de sus cuerpos: no iban a alcanzar a tomar los buses.

Pero la esperanza se asemejó como cuando Perú inició su impresionante racha de imbatibilidad en eliminatorias sudamericanas. El tren siguió su curso y se detuvo una estación antes de la referida X, donde cientos de peruanos esperaban al último recurso para llegar a su destino.

El recorrido fue una fiesta y la estación de buses también. Si bien el desorden y la tenue organización de “Sentimiento Blanquirrojo” fastidiaron a los viajeros, el buen ánimo por continuar con la política imperialista de conquistar cuanta ciudad fuera sede de un partido blanquirrojo pudo más.

Todos los buses iniciaron su recorrido de las 13 horas y media que, finalmente, duró el trayecto.

Dos paradas para ocupar baños y comer algo bastaron para escuchar en coro el cántico que ha cautivado a extranjeros y expertos: “Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer… si eres mi Perú querido…el país bendito que me vio nacer”. Aunque también para escuchar frases de resignación como “todo sea por ver a Perú, carajo” o “la vengo pasando mal en el bus, pero solo de pensar en cantar mi himno se me hace la piel de gallina (…), definitivamente lo vale”.

Ni la incomodidad de los asientos (reclinables, pero inflexibles) ni el cansancio que ello provocó durante tanto tiempo se vieron reflejados en la horda que se formó camino al Mordovia Arena. Cadenas internacionales de mucho renombre como resaltaron mediante videos la llegada del imperio incaico a tierra prometida. De a montones y en cruzadas, los ‘blanquirrojos’ arribaron al recinto deportivo.

Una vez dentro. Se calculó un 95% de presencia peruana frente a un 3.5% de danesa y lo restante entre rusos y de otros países. Cuando la canción “Contigo Perú” y el himno nacional fueron entonados, todos los que se transportaron en buses, trenes, aviones y autos alzaron una sola voz y cumplieron su sueño: conquistar tierras foráneas a partir del deporte rey.

38.000 cumplieron su sueño y el de 30 millones más. Las 30 horas de asiento que parecían interminables, aunque se sabían ineludibles, finalmente, valieron la pena.

 

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Por: Gonzalo Rodriguez Barboza (@rodriguezbar7)

Cuando uno escucha, lee o piensa que le esperan 30 horas sentado es probable que el desánimo lo invada. Pero cuando se trata del último de los múltiples sacrificios llevados a cabo para cumplir un sueño se transforma en gratitud, emoción, entusiasmo y hasta ansiedad -de la buena, claro-.

A diferencia de la mayor parte de los países participantes, quienes bañaron de colores las ciudades que correspondieron a los debuts de sus representantes, cerca de 60.000 peruanos arribaron Moscú cual invasión sobre frontera enemiga; como pasacalle en día de independencia; como hormigas ante un resto de comida olvidado en el suelo: de un momento a otro, cientos se transformaron en miles y estos en decenas de miles.

“¿Por qué hay tanto peruano en Moscú?”, se preguntan, anonadados, los hinchas argentinos y colombianos. “Camino y veo peruanos, peruanos y peruanos… ¡están en todos lados!”, tuiteó el periodista Fernando Palomo.

La capital rusa los acogió con dificultades para la comunicación y las paciencias locales colmadas hasta el cien, pero eso no significó un problema mayor para el establecimiento de la cultura incaica en territorio soviético.

12.636 kilómetros separan a Moscú de Lima, mientras que, para llegar de la capital rusa hasta Saransk, ciudad donde la selección peruana haría su primera aparición, la distancia es de 646 kms. Es lo mismo que un viaje en auto de Caracas a Táchira; de Lima a Chiclayo; o de Madrid a Murcia (¡ida y vuelta!).

El debut de Perú en Rusia 2018 después de 36 años de ausencia en el torneo más importante de selecciones nacionales trasladó a 38.000 hinchas blanquirrojos a una ciudad de solo 314.000 habitantes (ni la tercera parte del distrito más habitado de Lima, San Juan de Lurigancho, que cuanta con un millón de personas).

La conquista de la periferia

Habiendo tomado la ciudad principal del imperio de Rusia, los incas fueron por más. Después de viajes en avión -cuya suma total teniendo en cuenta las conexiones es de 20 horas en promedio- al ejército inca le esperaban 12 más sobre cuatro ruedas.

Una de las tres barras organizadas de los sudamericanos, “Sentimiento Blanquirrojo”, contrató, desde Lima, nueve buses con una capacidad de 50 personas cada uno para llegar a la pequeña Saransk. 

El destino de todo el que portara una camiseta blanca y roja antes de abordar el bus era la lejana estación de Alma – Altinskaya, la última de la línea verde oscuro.

Cánticos, golpes a la armazón de los trenes al ritmo del cajón y las percusiones opacaron al ruidoso sistema vial ruso e, incluso, provocaron que el penúltimo conjunto de vagones del día tuviera que detenerse.

Un puñado de preocupados y ‘tardones’ peruanos iban en el último tren del día 15 y, cuando este se frenó por cuatro minutos (a causa del desalojamiento de quienes iban en el bullicioso vagón anterior), el alma huyó de sus cuerpos: no iban a alcanzar a tomar los buses.

Pero la esperanza se asemejó como cuando Perú inició su impresionante racha de imbatibilidad en eliminatorias sudamericanas. El tren siguió su curso y se detuvo una estación antes de la referida X, donde cientos de peruanos esperaban al último recurso para llegar a su destino.

El recorrido fue una fiesta y la estación de buses también. Si bien el desorden y la tenue organización de “Sentimiento Blanquirrojo” fastidiaron a los viajeros, el buen ánimo por continuar con la política imperialista de conquistar cuanta ciudad fuera sede de un partido blanquirrojo pudo más.

Todos los buses iniciaron su recorrido de las 13 horas y media que, finalmente, duró el trayecto.

Dos paradas para ocupar baños y comer algo bastaron para escuchar en coro el cántico que ha cautivado a extranjeros y expertos: “Cómo no te voy a querer, cómo no te voy a querer… si eres mi Perú querido…el país bendito que me vio nacer”. Aunque también para escuchar frases de resignación como “todo sea por ver a Perú, carajo” o “la vengo pasando mal en el bus, pero solo de pensar en cantar mi himno se me hace la piel de gallina (…), definitivamente lo vale”.

Ni la incomodidad de los asientos (reclinables, pero inflexibles) ni el cansancio que ello provocó durante tanto tiempo se vieron reflejados en la horda que se formó camino al Mordovia Arena. Cadenas internacionales de mucho renombre como resaltaron mediante videos la llegada del imperio incaico a tierra prometida. De a montones y en cruzadas, los ‘blanquirrojos’ arribaron al recinto deportivo.

Una vez dentro. Se calculó un 95% de presencia peruana frente a un 3.5% de danesa y lo restante entre rusos y de otros países. Cuando la canción “Contigo Perú” y el himno nacional fueron entonados, todos los que se transportaron en buses, trenes, aviones y autos alzaron una sola voz y cumplieron su sueño: conquistar tierras foráneas a partir del deporte rey.

38.000 cumplieron su sueño y el de 30 millones más. Las 30 horas de asiento que parecían interminables, aunque se sabían ineludibles, finalmente, valieron la pena.

 

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