Jim Palmer y mi fanatismo a los Orioles


Siempre me preguntan por qué soy fanática de los Orioles de Baltimore.

Todo comenzó en la Serie Mundial de 1979 , hasta el sol de hoy.

Aquellos Orioles de 1979, si bien perdieron en siete desafíos, jugaron una Serie Mundial emocionante, de buena pelota, desafiantes lanzadores y bateadores poderosos.

Pasados los primeros cuatro juegos, Baltimore ganaba 3-1 y parecía imposible que no se llevaran a casa el trofeo de Tiffany, pero el poder de los bateadores de los Piratas se impuso al pitcheo oropéndola y ello les permitió ganar los tres que faltaban para ser los campeones mundiales.

Jim Palmer abrió el sexto juego, por lo que era lógico pensar que hasta ese día llegarían los Piratas. Durante seis episodios no permitió carreras, pero  en el séptimo y octavo fue bateado, mientras que Ken Tekulve completaba la blanqueada que había iniciado John Candelaria.

También perdimos el séptimo…

Para mí ya era tarde; Jim Palmer, Earl Weber y compañía me ganaron para siempre.

El pitcher que jamás permitió un grand slam, se retiró en 1984, con tres premios Cy Young, tres anillos de Serie Mundial, y cuatro Guantes de oro. En ocho temporadas logró ganar 20 o más juegos. Estuvo en tres décadas del béisbol de Grandes Ligas (1960, 1970 y 1980). Y además es el único lanzador que ha ganado un juego de Serie Mundial en cada una de las tres décadas. Sólo jugó para Baltimore y fue exaltado al Salón de la Fama en 1990 con más del 92 por ciento de los votos. Su número, el 22, fue retirado en ceremonia especial.

Una vez lo conocí…

Ya no era el mismo de la publicidad de calzoncillos “Jockey” donde quedaba demostrado que era uno de los hombres más guapos del universo que yo recordaba…

Fue en la primavera de 1999. Rubén Mijares era el “jefe guía” de un grupo entre quienes estaba David Concepción, quien jugó en la misma época que Jim.

Tenía el brazo derecho inmovilizdo en un cabestrillo, usaba una Lacoste azul marino y unos bermudas blancos que dejaban ver sus interminables pantorrillas.

David se acercó a él y se dieron un cariñoso abrazo, de esos que terminan con palmadas que suenan en las espaldas. Jim Palmer recordó que a Concepción no se le podía pitchear alto porque era peligroso.

En lo que pude le dije que me lo presentara. David no me la hizo bien, porque enseguida le gritó: “Palmer, ella muere por tí”. Me di media vuelta, apenadísima.

No me hizo gracia el chiste de Concepción, mi pana y todo, pero en aquel momento lo detesté, sentía que su broma me quitaba seriedad pero al rato

me repuse e hice las entrevistas que había que hacer.

Un poco más tarde vi que Palmer estaba solito en el dougout y sin pensarlo mucho entré en la cueva y me senté a su lado.

Me presenté y de inmediato le conté la historia de mi admiración por él y por los Orioles. Fue una grata conversa,  al final, aunque las credenciales de prensa prohíben expresamente a quien la porta pedir autógrafos o tomarse fotografías con los jugadores, como él no estaba uniformado me atreví a invitarle a que nos tomáramos una foto, y además, como le había contado de la pelota donada a Guillén, le pedí que me firmara otra pelota. Él aceptó de mil amores, así que llamé a un amigo que estaba cerca, para que me tomara la foto con mi admirado Jim Palmer.

Al salir del douguot uno de los del personal de seguridad me detuvo y me dijo de inmediato que había violado las reglas.

La consecuencia de ser pillado pidiendo autógrafos es la expulsión del estadio, previo despojo de la credencial.

Antes de que dijera nada, Jim Palmer se acercó y le dijo: “¡Its ok, she is my friend!”

El momento forma parte de mi inventario personal cuando pienso en las cosas que debo agradecerle a la vida…

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Siempre me preguntan por qué soy fanática de los Orioles de Baltimore.

Todo comenzó en la Serie Mundial de 1979 , hasta el sol de hoy.

Aquellos Orioles de 1979, si bien perdieron en siete desafíos, jugaron una Serie Mundial emocionante, de buena pelota, desafiantes lanzadores y bateadores poderosos.

Pasados los primeros cuatro juegos, Baltimore ganaba 3-1 y parecía imposible que no se llevaran a casa el trofeo de Tiffany, pero el poder de los bateadores de los Piratas se impuso al pitcheo oropéndola y ello les permitió ganar los tres que faltaban para ser los campeones mundiales.

Jim Palmer abrió el sexto juego, por lo que era lógico pensar que hasta ese día llegarían los Piratas. Durante seis episodios no permitió carreras, pero  en el séptimo y octavo fue bateado, mientras que Ken Tekulve completaba la blanqueada que había iniciado John Candelaria.

También perdimos el séptimo…

Para mí ya era tarde; Jim Palmer, Earl Weber y compañía me ganaron para siempre.

El pitcher que jamás permitió un grand slam, se retiró en 1984, con tres premios Cy Young, tres anillos de Serie Mundial, y cuatro Guantes de oro. En ocho temporadas logró ganar 20 o más juegos. Estuvo en tres décadas del béisbol de Grandes Ligas (1960, 1970 y 1980). Y además es el único lanzador que ha ganado un juego de Serie Mundial en cada una de las tres décadas. Sólo jugó para Baltimore y fue exaltado al Salón de la Fama en 1990 con más del 92 por ciento de los votos. Su número, el 22, fue retirado en ceremonia especial.

Una vez lo conocí…

Ya no era el mismo de la publicidad de calzoncillos “Jockey” donde quedaba demostrado que era uno de los hombres más guapos del universo que yo recordaba…

Fue en la primavera de 1999. Rubén Mijares era el “jefe guía” de un grupo entre quienes estaba David Concepción, quien jugó en la misma época que Jim.

Tenía el brazo derecho inmovilizdo en un cabestrillo, usaba una Lacoste azul marino y unos bermudas blancos que dejaban ver sus interminables pantorrillas.

David se acercó a él y se dieron un cariñoso abrazo, de esos que terminan con palmadas que suenan en las espaldas. Jim Palmer recordó que a Concepción no se le podía pitchear alto porque era peligroso.

En lo que pude le dije que me lo presentara. David no me la hizo bien, porque enseguida le gritó: “Palmer, ella muere por tí”. Me di media vuelta, apenadísima.

No me hizo gracia el chiste de Concepción, mi pana y todo, pero en aquel momento lo detesté, sentía que su broma me quitaba seriedad pero al rato

me repuse e hice las entrevistas que había que hacer.

Un poco más tarde vi que Palmer estaba solito en el dougout y sin pensarlo mucho entré en la cueva y me senté a su lado.

Me presenté y de inmediato le conté la historia de mi admiración por él y por los Orioles. Fue una grata conversa,  al final, aunque las credenciales de prensa prohíben expresamente a quien la porta pedir autógrafos o tomarse fotografías con los jugadores, como él no estaba uniformado me atreví a invitarle a que nos tomáramos una foto, y además, como le había contado de la pelota donada a Guillén, le pedí que me firmara otra pelota. Él aceptó de mil amores, así que llamé a un amigo que estaba cerca, para que me tomara la foto con mi admirado Jim Palmer.

Al salir del douguot uno de los del personal de seguridad me detuvo y me dijo de inmediato que había violado las reglas.

La consecuencia de ser pillado pidiendo autógrafos es la expulsión del estadio, previo despojo de la credencial.

Antes de que dijera nada, Jim Palmer se acercó y le dijo: “¡Its ok, she is my friend!”

El momento forma parte de mi inventario personal cuando pienso en las cosas que debo agradecerle a la vida…

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