La noche en que los banqueros alzaron la voz por Juan Carlos Zapata

Las críticas al gobierno de Chávez no tardaron en llegar. Había inversiones, sí, pero también miedo por el futuro. ¿Y dónde estaba el plan económico? Ya se anticipaba lo que vendría después.

I
Más papel sanitario

Bastó un semestre de gobierno de Chávez para que ocurriera el vuelco. Ya los ganaderos, con Reinaldo Cervini a la cabeza, se convencían de lo que estaba en marcha. Carlos Sequera Yépez decía en una reunión de Fedecámaras que Chávez es un monstruo.  Alejandro Delfino, presidente de Manpa, opinaba que de seguir la situación por el mismo rumbo había que vender las empresas. Es que las papeleras como Manpa estaban en crisis. Venepal, no podrá superar la situación después de haber discutido con la banca un plan de salvamento, ni después de los intentos de la mexicana Copamex por adquirirla. Por los miedos, las operaciones en marcha se le cayeron a Venepal, y terminó en manos del chavismo que errando, más que inventando, con los esquemas de cogestión, la colocaron en posición de pérdida total. Ese miedo del inversionista que no quería quedarse en el país, de la clase media que vendía sus casas para huir de Venezuela e instalarse en Miami, Panamá, Madrid, Bogotá, Costa Rica, esos temores, fueron, por el contrario, la salvación para Manpa, que de pronto vio subir las ventas en el segmento de papel sanitario. ¿Iban los venezolanos más al baño? ¿Había una relación directa entre situación política, miedo, y el papel sanitario?


II
¿Cuál modelo?

Desde la trinchera de Corimon –que pasaba también por su propia crisis- Carlos Gill apuntaba que “Chávez está creando un nuevo modelo económico”, y Delfino, respondía: “No creo que podemos apartarnos del mundo y crear un concepto venezolano”. En privado, Delfino se reía de las declaraciones de Gill, y Mezerhane, en posición intermedia, apuntaba que las palabras de Gill “había que saberlas interpretar”. En todo caso, lo único posible de interpretar, terciaba Juan Calvo, vicepresidente de Venepal, era que lo político privaba sobre lo económico, y que el gabinete hasta ese momento se mostraba inexperto, sin rumbo, sin medidas, sin un plan. Ese era el momento en que empresarios y banqueros, agotados de tanto reto, tanta presión, tanto insulto, empezaban a hacer públicas sus observaciones. Gustavo Marturet, presidente del Banco Mercantil, recomendaba prudencia a la hora de invertir. Ignacio Salvatierra, presidente del Unión, esperaba que a finales de año (1999) se asomaran los signos positivos. Juan Carlos Escotet, presidente de Banesco, justificaba que si los recursos del  nuevo impuesto al débito bancario se canalizaban hacia la inversión, ello iba a tener un efecto multiplicador de la economía. Michell Goguikian preveía la entrada del capital para el 2.000.

III
Una noche muy linda de banqueros

Como si los ecos y los espejos estuviesen al punto para confirmar las palabras y la realidad, el evento de los 75 años del Banco Mercantil –noviembre de 2000- sería propicio para que los banqueros abordaran la crudeza de la situación. Desde principios de los 90’ no se había visto a tanto banquero junto. La pugna bancaria y luego la crisis de 1993-1994 y 1995, los había separado, los había distanciado. Ahora, no obstante, estaban otra vez juntos. Marturet, Edgar Dao, Salvatierra, Goguikian. Goguikian se robó el show de aquella noche. El presidente del Banco de Venezuela-Caracas-Grupo Santander Central Hispano, resultó enfático, menos diplomático que de costumbre: “Deben cambiar las perspectivas de negocios en el país”, señaló, y enseguida clamó por el retorno de la confianza para que ello se traduzca en mayor demanda de créditos. La escogencia de Goguikian para dirigirse al público estaba más que calculada. Era el presidente del grupo financiero líder del ranking nacional, y era el representante de un grupo global en crecimiento, el grupo de Emilio Botín. Además, hasta ese momento, Goguikian jamás había ocultado sus simpatías con el gobierno de Hugo Chávez, y el Santander había sido uno de los grandes contribuyentes de la campaña de 1998. Goguikian había sido uno de los pocos en defender el seudo programa económico presentado por el ministro Jorge Giordani. Sin embargo, en el evento volteó las expectativas al decir que:

-Queremos pensar que el Gobierno tiene algo planificado para ir mejorando con el tiempo.

La frase tronó. Era un cambio de apreciación indudable. Era poner las dudas sobre el tapete, y las dudas significan incertidumbre. Ya no estaba seguro Goguikian del plan-Chávez, ni del plan económico, ni del llamado plan con rostro humano tan cacareado por el gobierno.

Para su tranquilidad, Goguikian no estaba solo. Por esos días, Salvatierra, a la sazón presidente de la Asociación Bancaria y líder del Unión-Caja Familia, había señalado  que “el problema es que el Ejecutivo no le ha proporcionado suficiente confianza a los empresarios para que se produzcan las inversiones que estimulen la actividad económica, que a su vez impactarían positivamente la demanda crediticia en el sistema bancario”. Edgar Dao, previamente le había reclamado al gobierno que ejecutara los proyectos anunciados.

Esa noche, en el aniversario del Mercantil, lo cumbre era escuchar a los banqueros en los pasillos. El silencio se había roto. Se tenía la impresión de que el pacto de convivencia entre Gobierno-Banca se rompía, un pacto que había comenzado con la baja compulsiva de las tasas por parte del Banco Central. En efecto, vendrían tiempos de conflicto. Faltaba poco.

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Las críticas al gobierno de Chávez no tardaron en llegar. Había inversiones, sí, pero también miedo por el futuro. ¿Y dónde estaba el plan económico? Ya se anticipaba lo que vendría después.

I
Más papel sanitario

Bastó un semestre de gobierno de Chávez para que ocurriera el vuelco. Ya los ganaderos, con Reinaldo Cervini a la cabeza, se convencían de lo que estaba en marcha. Carlos Sequera Yépez decía en una reunión de Fedecámaras que Chávez es un monstruo.  Alejandro Delfino, presidente de Manpa, opinaba que de seguir la situación por el mismo rumbo había que vender las empresas. Es que las papeleras como Manpa estaban en crisis. Venepal, no podrá superar la situación después de haber discutido con la banca un plan de salvamento, ni después de los intentos de la mexicana Copamex por adquirirla. Por los miedos, las operaciones en marcha se le cayeron a Venepal, y terminó en manos del chavismo que errando, más que inventando, con los esquemas de cogestión, la colocaron en posición de pérdida total. Ese miedo del inversionista que no quería quedarse en el país, de la clase media que vendía sus casas para huir de Venezuela e instalarse en Miami, Panamá, Madrid, Bogotá, Costa Rica, esos temores, fueron, por el contrario, la salvación para Manpa, que de pronto vio subir las ventas en el segmento de papel sanitario. ¿Iban los venezolanos más al baño? ¿Había una relación directa entre situación política, miedo, y el papel sanitario?


II
¿Cuál modelo?

Desde la trinchera de Corimon –que pasaba también por su propia crisis- Carlos Gill apuntaba que “Chávez está creando un nuevo modelo económico”, y Delfino, respondía: “No creo que podemos apartarnos del mundo y crear un concepto venezolano”. En privado, Delfino se reía de las declaraciones de Gill, y Mezerhane, en posición intermedia, apuntaba que las palabras de Gill “había que saberlas interpretar”. En todo caso, lo único posible de interpretar, terciaba Juan Calvo, vicepresidente de Venepal, era que lo político privaba sobre lo económico, y que el gabinete hasta ese momento se mostraba inexperto, sin rumbo, sin medidas, sin un plan. Ese era el momento en que empresarios y banqueros, agotados de tanto reto, tanta presión, tanto insulto, empezaban a hacer públicas sus observaciones. Gustavo Marturet, presidente del Banco Mercantil, recomendaba prudencia a la hora de invertir. Ignacio Salvatierra, presidente del Unión, esperaba que a finales de año (1999) se asomaran los signos positivos. Juan Carlos Escotet, presidente de Banesco, justificaba que si los recursos del  nuevo impuesto al débito bancario se canalizaban hacia la inversión, ello iba a tener un efecto multiplicador de la economía. Michell Goguikian preveía la entrada del capital para el 2.000.

III
Una noche muy linda de banqueros

Como si los ecos y los espejos estuviesen al punto para confirmar las palabras y la realidad, el evento de los 75 años del Banco Mercantil –noviembre de 2000- sería propicio para que los banqueros abordaran la crudeza de la situación. Desde principios de los 90’ no se había visto a tanto banquero junto. La pugna bancaria y luego la crisis de 1993-1994 y 1995, los había separado, los había distanciado. Ahora, no obstante, estaban otra vez juntos. Marturet, Edgar Dao, Salvatierra, Goguikian. Goguikian se robó el show de aquella noche. El presidente del Banco de Venezuela-Caracas-Grupo Santander Central Hispano, resultó enfático, menos diplomático que de costumbre: “Deben cambiar las perspectivas de negocios en el país”, señaló, y enseguida clamó por el retorno de la confianza para que ello se traduzca en mayor demanda de créditos. La escogencia de Goguikian para dirigirse al público estaba más que calculada. Era el presidente del grupo financiero líder del ranking nacional, y era el representante de un grupo global en crecimiento, el grupo de Emilio Botín. Además, hasta ese momento, Goguikian jamás había ocultado sus simpatías con el gobierno de Hugo Chávez, y el Santander había sido uno de los grandes contribuyentes de la campaña de 1998. Goguikian había sido uno de los pocos en defender el seudo programa económico presentado por el ministro Jorge Giordani. Sin embargo, en el evento volteó las expectativas al decir que:

-Queremos pensar que el Gobierno tiene algo planificado para ir mejorando con el tiempo.

La frase tronó. Era un cambio de apreciación indudable. Era poner las dudas sobre el tapete, y las dudas significan incertidumbre. Ya no estaba seguro Goguikian del plan-Chávez, ni del plan económico, ni del llamado plan con rostro humano tan cacareado por el gobierno.

Para su tranquilidad, Goguikian no estaba solo. Por esos días, Salvatierra, a la sazón presidente de la Asociación Bancaria y líder del Unión-Caja Familia, había señalado  que “el problema es que el Ejecutivo no le ha proporcionado suficiente confianza a los empresarios para que se produzcan las inversiones que estimulen la actividad económica, que a su vez impactarían positivamente la demanda crediticia en el sistema bancario”. Edgar Dao, previamente le había reclamado al gobierno que ejecutara los proyectos anunciados.

Esa noche, en el aniversario del Mercantil, lo cumbre era escuchar a los banqueros en los pasillos. El silencio se había roto. Se tenía la impresión de que el pacto de convivencia entre Gobierno-Banca se rompía, un pacto que había comenzado con la baja compulsiva de las tasas por parte del Banco Central. En efecto, vendrían tiempos de conflicto. Faltaba poco.

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