Existe en nuestra sociedad (y probablemente en la generalidad de occidente), una concepción de la civilidad como virtud amistosa, relacionada con la sociabilidad, de benevolencia, de buen oficio ciudadano y amabilidad. Se percibe al ciudadano solidario y bondadoso, sujeto a la moral y las buenas costumbres, como dotado de civilidad. Jeremy Waldron, en sus disertaciones sobre el punto, plantea que esa concepción de la civilidad como virtud amable, es más bien restrictiva, pues al final, no se puede ser amigo de todo el mundo. En Venezuela, no es infrecuente escuchar que el problema social fundamental de hoy es la pérdida de la bondad, de la sociabilidad, y de la civilidad, pero entendida como la virtud del solidario.
La civilidad, deberíamos concebirla como una virtud para relaciones antipáticas, no afectivas y en la que existe un desinterés mutuo entre los que se relacionan. Es la idea de una civilidad conectada con la formalidad de las relaciones comerciales y sociales, de individuos que no se conocen, ni son amigos, y de estos con el Estado. Nuestra idiosincrasia de hombres amables quizás ha exacerbado todo lo contrario; la virtud de la camaradería y la benevolencia del y hacia el prójimo, en la exaltación de esa idea de amigos y compinches por encima de la urbanidad y la formalidad. La civilidad, como base de la convivencia social, tiene una relación directa con la formalidad; con esas propuestas contractuales de todos los días y su consecuente cumplimiento; con las reglas acordadas entre las partes, más allá de los sentimientos mutuos y de lo chévere que pueda ser el otro. Y es que la formalidad, así, fría y hasta odiosa, ha sido una gran respuesta ante la desigualdad. El establecimiento de reglas que nos obligan a todos por igual, o que nos dan derechos a todos por igual. Someter las relaciones sociales y comerciales necesarias en la modernidad al reducto de la confianza y de los amigos, implicaría una paralización social espeluznante. El derecho, las normas, las leyes, en su formalidad, sustituyen esa intimidad y hacen posibles y confiables las relaciones frías con extraños.
En lo político y en los procesos de creación del derecho, el planteamiento es el mismo. La civilidad formal, de los procedimientos parlamentarios, es la que permite que adversarios políticos, enemigos incluso, divididos ideológicamente, establezcan un espacio de diálogo que permita la discusión entre todas las partes. Es la función de los parlamentos; es la republicanidad. Admitir la presencia, y mantenerse presente incluso con aquellos que recalcitrantemente nos llevan la contraria y hasta nos ofenden. Es admitir espacios para todos, aunque ello signifique soportarles, pues es la única forma de convivencia. Parafraseando al mismo filósofo citado antes, es la formalidad la que nos rescata del horror de los antagonismos, cuando nos permite vivir en la existencia de antagonismos.
Lo que ocurre en Venezuela es, precisamente, el exterminio de la civilidad. Pero no el de la bondad y las buenas gentes, sino el de esa formalidad que mal que bien existía para admitir que adecos, copeyanos, socialistas y comunistas se gritaran cuanto querían en el Congreso, y en ese otro gran espacio que eran los periódicos y otros medios de comunicación. Al destruir el aparato institucional formal, y a sus reglas, se instauró ese reino de desconfianza absoluta de leyes que existen a veces y sólo para algunos, según el caso; de procesos que no se cumplen; de diálogos que no son tal cosa, porque no hay procedimientos ni cánones. Porque todo funciona sólo para los que son amigos y camaradas.
Por asuntos que no vienen al caso, tenía algún tiempo sin escribir lo que acostumbraba a ser una columna semanal, publicada en las webs de El Universal y runrun.es. El Universal, como ya se sabe, nos comunicó a varios articulistas que se acabó lo que se daba debido a “cambios editoriales”, en otro paso hacia la decapitación (por una módica suma de euros, según dicen), de esa institucionalidad formal que son también los medios de comunicación, y que, en el caso de El Universal, a pesar de su evidente línea de oposición, un día daba espacio a Arias Cárdenas, y al siguiente a Yon Goicoechea, admitiendo la civilidad de algún debate. Con el cambio de su postura después de su venta, y el silencio paulatino de tantos otros medios y voces que persistan en hacer antagonismo al proyecto del gobierno, son cada vez menos los que están, porque no se les deja estar, mientras muere la civilidad. Pero olvidan algo sus asesinos: no se puede ser amigo de todo el mundo, y si quiere evidencias, que le pregunte Nicolás al Teniente Capitán.




