Pajaritos preñados

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El aparataje gubernamental persiste en la negación de realidades del tamaño de las torres de Parque Central. En su empeño, procura la creación de ficciones que hagan digerible la destrucción del pasado, y no sólo el de la mal llamada cuarta república, sino del suyo propio, el de esa vaca gorda que repartía lo que tenía y lo que no, y con la que se llenaron de dinero e hicieron casi absoluto su poder durante los últimos 15 años.

La estrategia les ayudó a consagrarse; no en vano la repiten. La alteración histórica a conveniencia, la tergiversación de lo evidente, lo excesivamente normal de las calles llenas de sangre, y la conversión de su movimiento político en un hecho independiente del pasado reciente y decadente, han sido, gracias a la capacidad comunicacional y propagandística, los pilares de eso que vendieron como proyecto, tan carente de fundamento. Necesitó en su momento, romper con la decadencia de la cuarta: Y es que, ¿cómo puede venderse un redentor como la consecuencia de la decadencia? Para hacerlo, habría de formar parte de ella y pretender su conversión. Tales ataduras implicarían la nostalgia, la internalización, y la calma de un cambio inevitable. Imposibilitarían cualquier grito, aunque falso, de revolución. De allí que se postularan, sin querer y queriendo, como iguales a todas las antítesis de la decadente cuarta república: lo militarista, lo perezjimenista, lo bolivariano, lo nacionalista, lo sectario. El resultado fueron (son) los 15 años de recaudación de poder, negando la existencia de parte importante de la sociedad, que en un principio, convencida de lo irreparable, optó por quién sería igual al hacedor de autopistas. El militar que pondría orden.

Frente a la ficción gubernamental, parte importante del otro bando puso sus ficciones, desconectadas también del crepúsculo adeco-copeyano y de hechura sospechosa, por lo idénticas que fueron a las del gobierno: nuevos redentores inútiles, conspiraciones militares inexistentes, magnicidios y llamadas a enfrentamientos sociales constantes, cimentadas en el odio entre ciudadanos. Así, se complementaron ficciones de lado y lado. La ficción del socialismo que jamás ha existido, la de lucha contra la corrupción llevada por corruptos, la del fin de la oligarquía que pasó a ser en 15 años, sólo, más rica. Y en medio de la retroalimentación de quimeras, la enorme mayoría ciudadana, con menos poder, menos democracia y menos libertad, que frente al horror de la realidad, se refugia en las ficciones que vendieron los unos y los otros, porque además, aquello del realismo mágico, es cosa de la idiosincrasia.

Las ficciones gubernamentales de hoy sin embargo, no niegan al pasado reciente, sino que lo resaltan. Sus promotores, representan a la decadencia de su propio movimiento, pues la gran ficción que usan de sustento, la del Comandante Supremo, es superior y mejor que ellos, porque nada puede estar por encima de él. Han inventado una vara que no puede ser superada, puesto que la continuación de lo máximo, sólo puede ser peor. No es gratuita la admisión de sus propios errores, de sus dólares malversados, de su indolencia total ante la inseguridad. A pesar de esos guiños a la verdad, insisten en otras utopías, pues sin ellas no podrían justificar lo injustificable. Del otro lado, hay millones de realidades que se expresan hoy con admirable contundencia, pero también ficciones, que no hacen sino alimentar al poder haciéndolo más poderoso. El planteamiento debe partir de esa realidad: a pesar del asidero mito-maníaco, el gobierno es muy poderoso, cuando, como sabemos, controla a su antojo a la institucionalidad y todas las esferas de poder. Cualquier bosquejo para socavarlo, tiene que pasar por entender su dimensión. Sin mitos ni leyendas; sin pajaritos preñados. Persistir en lo real maravilloso podría ser, a su vez, una condena a cien años de soledad.

Miguel E. Weil Di Miele

@weilmiguel

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El aparataje gubernamental persiste en la negación de realidades del tamaño de las torres de Parque Central. En su empeño, procura la creación de ficciones que hagan digerible la destrucción del pasado, y no sólo el de la mal llamada cuarta república, sino del suyo propio, el de esa vaca gorda que repartía lo que tenía y lo que no, y con la que se llenaron de dinero e hicieron casi absoluto su poder durante los últimos 15 años.

La estrategia les ayudó a consagrarse; no en vano la repiten. La alteración histórica a conveniencia, la tergiversación de lo evidente, lo excesivamente normal de las calles llenas de sangre, y la conversión de su movimiento político en un hecho independiente del pasado reciente y decadente, han sido, gracias a la capacidad comunicacional y propagandística, los pilares de eso que vendieron como proyecto, tan carente de fundamento. Necesitó en su momento, romper con la decadencia de la cuarta: Y es que, ¿cómo puede venderse un redentor como la consecuencia de la decadencia? Para hacerlo, habría de formar parte de ella y pretender su conversión. Tales ataduras implicarían la nostalgia, la internalización, y la calma de un cambio inevitable. Imposibilitarían cualquier grito, aunque falso, de revolución. De allí que se postularan, sin querer y queriendo, como iguales a todas las antítesis de la decadente cuarta república: lo militarista, lo perezjimenista, lo bolivariano, lo nacionalista, lo sectario. El resultado fueron (son) los 15 años de recaudación de poder, negando la existencia de parte importante de la sociedad, que en un principio, convencida de lo irreparable, optó por quién sería igual al hacedor de autopistas. El militar que pondría orden.

Frente a la ficción gubernamental, parte importante del otro bando puso sus ficciones, desconectadas también del crepúsculo adeco-copeyano y de hechura sospechosa, por lo idénticas que fueron a las del gobierno: nuevos redentores inútiles, conspiraciones militares inexistentes, magnicidios y llamadas a enfrentamientos sociales constantes, cimentadas en el odio entre ciudadanos. Así, se complementaron ficciones de lado y lado. La ficción del socialismo que jamás ha existido, la de lucha contra la corrupción llevada por corruptos, la del fin de la oligarquía que pasó a ser en 15 años, sólo, más rica. Y en medio de la retroalimentación de quimeras, la enorme mayoría ciudadana, con menos poder, menos democracia y menos libertad, que frente al horror de la realidad, se refugia en las ficciones que vendieron los unos y los otros, porque además, aquello del realismo mágico, es cosa de la idiosincrasia.

Las ficciones gubernamentales de hoy sin embargo, no niegan al pasado reciente, sino que lo resaltan. Sus promotores, representan a la decadencia de su propio movimiento, pues la gran ficción que usan de sustento, la del Comandante Supremo, es superior y mejor que ellos, porque nada puede estar por encima de él. Han inventado una vara que no puede ser superada, puesto que la continuación de lo máximo, sólo puede ser peor. No es gratuita la admisión de sus propios errores, de sus dólares malversados, de su indolencia total ante la inseguridad. A pesar de esos guiños a la verdad, insisten en otras utopías, pues sin ellas no podrían justificar lo injustificable. Del otro lado, hay millones de realidades que se expresan hoy con admirable contundencia, pero también ficciones, que no hacen sino alimentar al poder haciéndolo más poderoso. El planteamiento debe partir de esa realidad: a pesar del asidero mito-maníaco, el gobierno es muy poderoso, cuando, como sabemos, controla a su antojo a la institucionalidad y todas las esferas de poder. Cualquier bosquejo para socavarlo, tiene que pasar por entender su dimensión. Sin mitos ni leyendas; sin pajaritos preñados. Persistir en lo real maravilloso podría ser, a su vez, una condena a cien años de soledad.

Miguel E. Weil Di Miele

@weilmiguel

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