Todos Somos Venezuela Por Santiago Montenegro

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El régimen de Maduro heredó una situación calamitosa de la economía, el desmantelamiento de la separación de poderes, el cierre y la persecución de los medios de comunicación independientes y la entrega al régimen cubano de la inteligencia, el sistema de inmigración, las notarías y parte de las fuerzas armadas. Chávez también polarizó al país, dividiéndolo entre buenos y malos, utilizando un lenguaje agresivo con el calificaba de fascistas, vendepatrias, pitiyanquis o escuálidos a quienes no comulgaban con su régimen autocrático. Por supuesto, Maduro recibió esta herencia perversa y la profundizó. Pero, pese a que Chávez cometió esos y otros despropósitos y abusos, siempre se ha reconocido que no utilizó la violencia y las balas contra sus adversarios, como lo argumenta Enrique Krauze en su magnífica biografía del comandante. Sin embargo, durante los sucesos de las últimas cuatro semanas, el régimen de Maduro cruzó una raya que Chávez jamás se atrevió a traspasar. Las cámaras de la televisión han mostrado a los llamados colectivos, a los motorizados y a la misma Guardia Nacional disparándole al pueblo, a los estudiantes y a los padres de familia. Por esta razón, no cabe duda de que el proceso venezolano ha entrado en una fase nueva y completamente impredecible. Pese al matoneo y a la agresividad verbal de las antiguas manifestaciones, las marchas y mítines a favor y en contra de Chávez siempre tenían algo de fiesta. Ya no. Las calles de Caracas y de muchas ciudades de Venezuela se han teñido de sangre.

Esta crisis también está destapando el verdadero talante de muchos grupos, políticos e intelectuales a lo largo y ancho del continente y, por supuesto, entre nosotros. En general, es alarmante el silencio y, cuando no, la complicidad de muchos estamentos y personas con la tiranía de Maduro. Frente a la presión internacional, finalmente la OEA fue forzada a actuar, llamando a una reunión privada para analizar la situación de Venezuela. Pero lo que ya ha quedado claro es la ineptitud e incompetencia de su secretaría general, algo jamás visto en la historia de esa institución. En forma semejante, esta crisis está destapando el talante de varios intelectuales, como los que han defendido al régimen de Maduro con el estrambótico argumento de que los muertos de Venezuela son aún poquitos, pues, argumentan, en dos meses matan más en Quibdó y en Buenaventura, o que los muertos de la Unión Patriótica superan la cifra de muertos de las últimas semanas de Venezuela. Es decir, están argumentando que los principios que definen la democracia, que protegen los derechos humanos o valores éticos fundamentales no son relevantes para gobernar. Todo está autorizado mientras una macabra contabilidad, que compara los muertos de Venezuela con los de otras partes, esté a favor del régimen de Maduro. La buena noticia es que, contrario a estos deplorables argumentos, los demócratas del continente han comenzado a movilizarse. Así, hay que resaltar la campaña de los periódicos afiliados a Andiarios, al Grupo de Diarios de América (GDA) y al grupo de Periódicos Asociados Latinoamericanos (PAL) para divulgar información sobre lo que ocurre en Venezuela. No nos podemos equivocar: la extinción de la democracia venezolana es también la nuestra y, por eso, es el deber de todos los demócratas colombianos ayudar a su restitución.

Santiago Montenegro 

El Espectador

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El régimen de Maduro heredó una situación calamitosa de la economía, el desmantelamiento de la separación de poderes, el cierre y la persecución de los medios de comunicación independientes y la entrega al régimen cubano de la inteligencia, el sistema de inmigración, las notarías y parte de las fuerzas armadas. Chávez también polarizó al país, dividiéndolo entre buenos y malos, utilizando un lenguaje agresivo con el calificaba de fascistas, vendepatrias, pitiyanquis o escuálidos a quienes no comulgaban con su régimen autocrático. Por supuesto, Maduro recibió esta herencia perversa y la profundizó. Pero, pese a que Chávez cometió esos y otros despropósitos y abusos, siempre se ha reconocido que no utilizó la violencia y las balas contra sus adversarios, como lo argumenta Enrique Krauze en su magnífica biografía del comandante. Sin embargo, durante los sucesos de las últimas cuatro semanas, el régimen de Maduro cruzó una raya que Chávez jamás se atrevió a traspasar. Las cámaras de la televisión han mostrado a los llamados colectivos, a los motorizados y a la misma Guardia Nacional disparándole al pueblo, a los estudiantes y a los padres de familia. Por esta razón, no cabe duda de que el proceso venezolano ha entrado en una fase nueva y completamente impredecible. Pese al matoneo y a la agresividad verbal de las antiguas manifestaciones, las marchas y mítines a favor y en contra de Chávez siempre tenían algo de fiesta. Ya no. Las calles de Caracas y de muchas ciudades de Venezuela se han teñido de sangre.

Esta crisis también está destapando el verdadero talante de muchos grupos, políticos e intelectuales a lo largo y ancho del continente y, por supuesto, entre nosotros. En general, es alarmante el silencio y, cuando no, la complicidad de muchos estamentos y personas con la tiranía de Maduro. Frente a la presión internacional, finalmente la OEA fue forzada a actuar, llamando a una reunión privada para analizar la situación de Venezuela. Pero lo que ya ha quedado claro es la ineptitud e incompetencia de su secretaría general, algo jamás visto en la historia de esa institución. En forma semejante, esta crisis está destapando el talante de varios intelectuales, como los que han defendido al régimen de Maduro con el estrambótico argumento de que los muertos de Venezuela son aún poquitos, pues, argumentan, en dos meses matan más en Quibdó y en Buenaventura, o que los muertos de la Unión Patriótica superan la cifra de muertos de las últimas semanas de Venezuela. Es decir, están argumentando que los principios que definen la democracia, que protegen los derechos humanos o valores éticos fundamentales no son relevantes para gobernar. Todo está autorizado mientras una macabra contabilidad, que compara los muertos de Venezuela con los de otras partes, esté a favor del régimen de Maduro. La buena noticia es que, contrario a estos deplorables argumentos, los demócratas del continente han comenzado a movilizarse. Así, hay que resaltar la campaña de los periódicos afiliados a Andiarios, al Grupo de Diarios de América (GDA) y al grupo de Periódicos Asociados Latinoamericanos (PAL) para divulgar información sobre lo que ocurre en Venezuela. No nos podemos equivocar: la extinción de la democracia venezolana es también la nuestra y, por eso, es el deber de todos los demócratas colombianos ayudar a su restitución.

Santiago Montenegro 

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