El agravio a los derechos en las últimas semanas ha sido evidente. Excesos policiales, represión desmedida, e impunidad total para aquellos grupos armados que baten el hierro a sus anchas. Hechos que repercuten escandalosamente en el Twitter y otras redes sociales, y también lo hacen en medios internacionales, aunque en los últimos puedan verse opacados por lo que pareciera el renacer de una guerra fría que nunca terminó
Ya lo hemos comentado aquí en oportunidades anteriores. América Latina y su liderazgo político que mucho pregona la integración continental, poco hace para exigir que elementos esenciales se mantengan y se respeten – como la protección de los derechos humanos- para que la unión sea un hecho real y no un simple mito de palabrería bolivariana. Es como si fuese intrínseco en nuestro sentir latinoamericano, el sabotear nuestro propio futuro en esa constante manifestación tan colonial, tan poco independentista y de pueblos sometidos, de doblar rodilla ante la voluntad de quien detenta el poder y de perseguir la riqueza como el producto de la proximidad con ese poder. Y por poder, entiéndase barriles de petróleo. Se impone, como suele ser natural, la solución más práctica: mirar al otro lado.
Ese es nuestro desafío a nivel latinoamericano; No hacer que la comunidad latinoamericana vea, porque la comunidad está viendo, sino esgrimir argumentos que hagan evidente, tanto para la centroderecha como para la centroizquierda latinoamericanas, que su actitud frente al desenfreno del gobierno venezolano, sólo puede terminar jugando en su contra. Cuando se desvirtúan esas ideas embebidas en nuestro instrumentos de integración, como la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho, que también se desarrollaron por el nuevo constitucionalismo continental de las últimas dos décadas, tan aplaudido por ellos mismos, el único resultado posible es el del poder ejercido ilimitadamente, el de un Leviatán que hace lo que le da la gana cuando le da la gana, porque es él y sólo él quien dice lo que es Ley y lo que es paz. Valga el recordatorio: por más cerca del poder que pueda estarse, por más riquezas que puedan devengarse, la destrucción del derecho no deja sino un espacio llano, sin obstáculo alguno para aquellos que pretenden imponerse a la fuerza sobre los demás, que si bien hoy convienen, mañana, quizás, no tanto. Pero entonces será demasiado tarde, y tendremos todos que someternos a quien pegue más duro con el garrote, porque ante un monstruo tan poderoso y omnipotente no será posible ni eso: ni la solicitud de un desafío para que todo acabe dignamente.




