Cuando la tierra se abre, el país se junta

El primer sonido no vino del suelo.

Vino del celular.

En Maracaibo, a esa hora donde el calor se pega a las paredes y el ventilador ya suena como un electrodoméstico cansado, los mensajes empezaron a repetirse con una insistencia casi nerviosa: “¿Estás bien?”, “Contesta”, “Tembló fuerte en Caracas”, “Dicen que fue grande”.

Después llegaron los videos.

Edificios partidos como si fueran de cartón, calles cubiertas de polvo, gente corriendo sin dirección fija, sirenas, gritos. Y algo más difícil de explicar: el silencio posterior. Ese silencio digital que no es ausencia de ruido, sino ausencia de respuestas.

En cuestión de minutos, el país entero ya estaba en dos lugares a la vez: el que había resistido el sismo y el que intentaba entender cuánto había perdido.

A más de 500 kilómetros del epicentro, el Zulia empezó a moverse de otra forma. No por la tierra, sino por la urgencia.

El país que no se cayó, pero se volcó

El Rectorado Nuevo de la Universidad del Zulia, en Maracaibo, no estaba diseñado para esto.

Pero en Venezuela rara vez espera diseño. *Sandra, vecina del oeste de la ciudad, llegó temprano con una bolsa plástica que parecía pequeña, pero pesaba más de lo que aparentaba. Dentro llevaba medicamentos, gasas, analgésicos, lo que había conseguido en farmacias del barrio.

—Aquí estamos trabajando con Cáritas —dice, mientras señala las mesas improvisadas—. Se pide de todo: agua, toallas húmedas, alimentos no perecederos, colchones… lo que la gente pueda.

Las donaciones empezaron a llegar desde la madrugada del día posterior al sismo. Primero pocas, tímidas. Luego en oleadas.

Cajas de cartón cerradas con cinta adhesiva. Bolsas negras de basura llenas de ropa. Botellas de agua apiladas como si fueran ladrillos de emergencia. Medicamentos clasificados a ojo, con nombres escritos en marcadores.

Las colas, según relatan varios voluntarios, comenzaron a extenderse hasta las calles cercanas. No eran filas ordenadas. Eran ríos humanos.

—Había gente que venía solo a dejar algo y se quedaba ayudando —dice una estudiante que prefiere no dar su nombre—. Pero también había caos. Mucho caos. Demasiada necesidad junta.

A ratos, el ambiente parecía una mezcla extraña entre feria improvisada y hospital de campaña sin médicos suficientes.

Alguien gritaba que faltaba agua. Otro pedía cajas. Un tercero organizaba sin saber bien si alguien lo obedecía.

Y en medio de todo, la sensación de que el país estaba funcionando sin manual.

Donar en Venezuela: colas, desorden y una solidaridad que no se rinde

En distintos puntos de Maracaibo —Bella Vista, Circunvalación 2, zonas populares— se replicó el mismo fenómeno: centros improvisados de acopio que crecían más rápido que su capacidad de organización.

En un local comercial de Bella Vista, *Pedro describe una escena que se repetía con variaciones.

“Era una mezcla rara. Gente cargando cajas como si fuera mudanza colectiva, y otras normalizando esto, porque no está mal que la gente de afuera ayude, pero qué se hace en un país que no tiene cultura de absolutamente nada, es simplemente un atraso, uno que unos asumen y otros que lo niegan”.

Las donaciones incluían agua potable, leche en polvo, ropa, medicinas básicas, alimentos enlatados. Pero también objetos inesperados: linternas, cargadores portátiles, mantas térmicas, incluso herramientas de construcción.

Las colas, según varios testimonios, podían extenderse varias cuadras. Y no siempre en orden.

—Había momentos en los que no se sabía quién estaba donando y quién estaba organizando —resume una voluntaria—. Todo el mundo quería ayudar, pero nadie sabía exactamente cómo.

Pero también llegaba otra cosa: la puesta en escena.

—Pero vimos a gente que se grababa todo el tiempo —cuenta—. Como si ayudar necesitara cámara obligatoria. Otros cargaban una caja y ya. Era raro, porque convivían las dos cosas.

Las filas, según varios testimonios, se extendían por varias cuadras. El calor hacía el resto: convertía la espera en prueba física.

En algunos puntos, las donaciones incluían cantidades importantes de agua potable, leche en polvo, medicamentos para dolor, antibióticos básicos, alimentos enlatados. En otros, aparecían aportes más estructurales: colchonetas, mantas térmicas, herramientas de construcción ligera.

Pero la logística no siempre acompañaba.

—El problema no era la gente ayudando —dice una voluntaria—. Era que todo llegaba al mismo tiempo y sin estructura suficiente.

En ese desorden apareció también la tensión.

Algunos voluntarios relatan —sin poder confirmarlo de forma independiente— discusiones sobre el control de las donaciones. Otros hablan de “desapariciones puntuales” de cajas. Son versiones, rumores que circulan en voz baja, en pausas, en conversaciones que nadie quiere firmar del todo.

Pero incluso el rumor tiene un papel aquí: refleja la desconfianza acumulada de años donde la gestión de crisis nunca fue solo humanitaria.

Jazmín, estudiante universitaria, lo resume con una frase que se repite en distintos tonos:

—Ayudamos, pero con miedo.

En algunos centros de acopio, según relatan asistentes, se vivieron momentos de tensión por el control de las donaciones. En otros, la preocupación era más básica: que no alcanzara.

—Esto me recuerda a Vargas, a todo eso —dice Jazmín—. Siempre sentimos que estamos improvisando sobre tragedias anteriores.

La referencia no es casual. Venezuela arrastra una memoria sísmica que no es solo geológica, sino social: Vargas 1999, Cariaco 1997, y otros episodios donde la tierra se movió y el país, también, pero sin estabilidad institucional suficiente para sostener el golpe.

A cientos de kilómetros, el paisaje es distinto. Más brutal. Más urgente.

En La Guaira, los rescatistas internacionales —más de 1600 según datos oficiales— trabajan entre estructuras colapsadas donde el concreto se ha convertido en un laberinto.

Ahí, cada sonido importa.

Un golpe. Un silencio. Un perro que se detiene.

Porque entre los escombros no todo es pérdida. Los rescatistas hablan poco en los videos. Gritan lo justo. Aplauden cuando toca. Y el país, desde la distancia, mira esos rescates como pequeñas derrotas de la muerte.

Trabajar mientras tiembla: horarios que no esperan al país

En Maracaibo, mientras las colas de donaciones crecen y las cajas se multiplican en patios universitarios y locales improvisados, otra discusión se abre paso entre el murmullo: el trabajo.

No como sustento, sino como obligación.

En algunos casos —según relatan trabajadores consultados— hubo empresas que mantuvieron la jornada laboral con normalidad o con ajustes mínimos, incluso en medio de la emergencia nacional. La queja no siempre se formula en voz alta, pero aparece en frases sueltas, en conversaciones de pasillo, en mensajes reenviados.

“Uno no entiende cómo el país se está cayendo en otra parte y aquí te piden llegar a la hora igual. No es solo que haya un terremoto afuera. Es que uno siente que todo se está rompiendo al mismo tiempo: las ciudades, los sueldos, la paciencia, la confianza. Y aun así te dicen que la vida sigue normal. Como si lo normal no estuviera también hecho pedazos desde hace años”, dice un zuliano que prefirió resguardar su identidad.

No es un debate nuevo en Venezuela: la frontera entre productividad y crisis se ha vuelto difusa con los años. Pero en momentos como este, esa frontera se vuelve más visible.

Porque afuera hay cajas de comida acumulándose mientras que adentro, hay computadoras encendidas como si nada.

En paralelo, circulan versiones —no confirmadas de forma independiente— de que en algunos puntos de concentración de ayuda se habría solicitado control de registro de quienes participaban, bajo el argumento de “ordenar la colaboración” en un contexto de emergencia. En otros relatos, se habla de presencia de funcionarios o supervisión de actividades de acopio.

Nada de esto aparece como un sistema homogéneo ni verificable en su totalidad, pero en el ambiente se instala una sensación: la ayuda también es observada, pero en los bordes de la conversación aparece también la política, pero no como discurso estructurado, sino como cansancio acumulado.

Algunos voluntarios lo dicen sin énfasis, casi como comentario de paso:

“Aquí mandan los mismos de siempre, pero la ayuda la pone la gente de abajo.Y lo más raro es que ya ni siquiera se menciona al dictador de Nicolás Maduro como antes, como si se hubiera vuelto parte del ruido de fondo, como si el propio poder se estuviera tragando sus propios nombres. Se olvidan de él por momentos, pero no porque no exista, sino porque la gente está demasiado ocupada sobreviviendo como para seguirle el hilo a quién manda exactamente. Y al final es eso: se están comiendo entre ellos mismos, mientras el país sigue igual de asfixiado. Nadie sabe cuándo va a cambiar el clima político, ni si va a cambiar de verdad, porque lo único constante es que seguimos atrapados en lo mismo, con distintos rostros, pero la misma presión encima”, expresó un voluntario bajo condición de anonimato.

La oposición tampoco aparece como salvación unánime en esas conversaciones fragmentadas. Más bien como otro actor con sus propias fisuras, incapaz de convertirse en respuesta total para una sociedad que ya no cree en respuestas totales.

Lo que sucede hoy

El terremoto dejó cifras, escombros, rescates y pérdidas. Pero también dejó otra cosa menos medible: una narración simultánea, un país ocurriendo en varias capas al mismo tiempo.

Mientras en La Guaira los equipos siguen buscando vida bajo el concreto —con perros que se detienen, manos que excavan sin horario y bebés rescatados que en minutos pasan de la oscuridad a convertirse en símbolo— en el resto del país se organiza otra escena más silenciosa pero igual de constante: la de un pueblo que intenta sostener lo que puede, como puede, con lo que tiene. Donaciones de agua, medicinas, alimentos, colas largas y centros de acopio improvisados donde la ayuda circula entre el orden precario, el cansancio y una solidaridad que no espera permiso.

Y en medio de todo eso, el periodismo.

Precario, cuestionado, interrumpido, saturado de ruido digital, pero todavía presente. Este 27 de junio, Día Nacional del Periodista, parte del gremio zuliano se reunió en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, en Maracaibo. 

No hubo celebración: hubo concentración. Un encuentro sobrio, de oficio más que de acto, donde la fecha sirvió para mirarse entre colegas en medio de un país que no da tregua.

Un reportero lo comentó sin rodeos: hoy no estamos celebrando el periodismo, lo estamos sobreviviendo. Y en paralelo, mientras las voces oficiales intentan ordenar la emergencia desde arriba —teniendo como presidenta a Delcy Rodríguez, persona que nadie eligió y que intenta lavarse la imagen como si la gente no supiera su pasado—. Pero nada de esto está cerrado.

Todavía siguen aumentando la cifra de personas fallecidas y desaparecidas, aún están los edificios que siguen siendo revisados y las zonas donde el polvo no termina de asentarse.  Y quizá por eso esto no suena a final, sino a tránsito.

Entre lo que se sabe y lo que todavía no aparece, queda una esperanza extraña, casi obstinada: la de un país que, incluso golpeado, insiste en recomponerse sin manual.

Cuando la tierra se abre, el país se junta. Sin discurso. Sin rueda de prensa. Sin versión que alcance. Y ahí queda la ironía, sin necesidad de explicarla: cuando la tierra se abre, el país se junta, pero el que llega primero no es el Estado. Es la gente que está igual de golpeada, pero también de pie.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Tras el doble terremoto que golpeó Venezuela, la emergencia no solo se mide en escombros. Mientras en La Guaira equipos internacionales y voluntarios buscan sobrevivientes, en el Zulia la tragedia toma otra forma con centros de acopio improvisados, colas interminables y solidaridad desbordada.
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El primer sonido no vino del suelo.

Vino del celular.

En Maracaibo, a esa hora donde el calor se pega a las paredes y el ventilador ya suena como un electrodoméstico cansado, los mensajes empezaron a repetirse con una insistencia casi nerviosa: “¿Estás bien?”, “Contesta”, “Tembló fuerte en Caracas”, “Dicen que fue grande”.

Después llegaron los videos.

Edificios partidos como si fueran de cartón, calles cubiertas de polvo, gente corriendo sin dirección fija, sirenas, gritos. Y algo más difícil de explicar: el silencio posterior. Ese silencio digital que no es ausencia de ruido, sino ausencia de respuestas.

En cuestión de minutos, el país entero ya estaba en dos lugares a la vez: el que había resistido el sismo y el que intentaba entender cuánto había perdido.

A más de 500 kilómetros del epicentro, el Zulia empezó a moverse de otra forma. No por la tierra, sino por la urgencia.

El país que no se cayó, pero se volcó

El Rectorado Nuevo de la Universidad del Zulia, en Maracaibo, no estaba diseñado para esto.

Pero en Venezuela rara vez espera diseño. *Sandra, vecina del oeste de la ciudad, llegó temprano con una bolsa plástica que parecía pequeña, pero pesaba más de lo que aparentaba. Dentro llevaba medicamentos, gasas, analgésicos, lo que había conseguido en farmacias del barrio.

—Aquí estamos trabajando con Cáritas —dice, mientras señala las mesas improvisadas—. Se pide de todo: agua, toallas húmedas, alimentos no perecederos, colchones… lo que la gente pueda.

Las donaciones empezaron a llegar desde la madrugada del día posterior al sismo. Primero pocas, tímidas. Luego en oleadas.

Cajas de cartón cerradas con cinta adhesiva. Bolsas negras de basura llenas de ropa. Botellas de agua apiladas como si fueran ladrillos de emergencia. Medicamentos clasificados a ojo, con nombres escritos en marcadores.

Las colas, según relatan varios voluntarios, comenzaron a extenderse hasta las calles cercanas. No eran filas ordenadas. Eran ríos humanos.

—Había gente que venía solo a dejar algo y se quedaba ayudando —dice una estudiante que prefiere no dar su nombre—. Pero también había caos. Mucho caos. Demasiada necesidad junta.

A ratos, el ambiente parecía una mezcla extraña entre feria improvisada y hospital de campaña sin médicos suficientes.

Alguien gritaba que faltaba agua. Otro pedía cajas. Un tercero organizaba sin saber bien si alguien lo obedecía.

Y en medio de todo, la sensación de que el país estaba funcionando sin manual.

Donar en Venezuela: colas, desorden y una solidaridad que no se rinde

En distintos puntos de Maracaibo —Bella Vista, Circunvalación 2, zonas populares— se replicó el mismo fenómeno: centros improvisados de acopio que crecían más rápido que su capacidad de organización.

En un local comercial de Bella Vista, *Pedro describe una escena que se repetía con variaciones.

“Era una mezcla rara. Gente cargando cajas como si fuera mudanza colectiva, y otras normalizando esto, porque no está mal que la gente de afuera ayude, pero qué se hace en un país que no tiene cultura de absolutamente nada, es simplemente un atraso, uno que unos asumen y otros que lo niegan”.

Las donaciones incluían agua potable, leche en polvo, ropa, medicinas básicas, alimentos enlatados. Pero también objetos inesperados: linternas, cargadores portátiles, mantas térmicas, incluso herramientas de construcción.

Las colas, según varios testimonios, podían extenderse varias cuadras. Y no siempre en orden.

—Había momentos en los que no se sabía quién estaba donando y quién estaba organizando —resume una voluntaria—. Todo el mundo quería ayudar, pero nadie sabía exactamente cómo.

Pero también llegaba otra cosa: la puesta en escena.

—Pero vimos a gente que se grababa todo el tiempo —cuenta—. Como si ayudar necesitara cámara obligatoria. Otros cargaban una caja y ya. Era raro, porque convivían las dos cosas.

Las filas, según varios testimonios, se extendían por varias cuadras. El calor hacía el resto: convertía la espera en prueba física.

En algunos puntos, las donaciones incluían cantidades importantes de agua potable, leche en polvo, medicamentos para dolor, antibióticos básicos, alimentos enlatados. En otros, aparecían aportes más estructurales: colchonetas, mantas térmicas, herramientas de construcción ligera.

Pero la logística no siempre acompañaba.

—El problema no era la gente ayudando —dice una voluntaria—. Era que todo llegaba al mismo tiempo y sin estructura suficiente.

En ese desorden apareció también la tensión.

Algunos voluntarios relatan —sin poder confirmarlo de forma independiente— discusiones sobre el control de las donaciones. Otros hablan de “desapariciones puntuales” de cajas. Son versiones, rumores que circulan en voz baja, en pausas, en conversaciones que nadie quiere firmar del todo.

Pero incluso el rumor tiene un papel aquí: refleja la desconfianza acumulada de años donde la gestión de crisis nunca fue solo humanitaria.

Jazmín, estudiante universitaria, lo resume con una frase que se repite en distintos tonos:

—Ayudamos, pero con miedo.

En algunos centros de acopio, según relatan asistentes, se vivieron momentos de tensión por el control de las donaciones. En otros, la preocupación era más básica: que no alcanzara.

—Esto me recuerda a Vargas, a todo eso —dice Jazmín—. Siempre sentimos que estamos improvisando sobre tragedias anteriores.

La referencia no es casual. Venezuela arrastra una memoria sísmica que no es solo geológica, sino social: Vargas 1999, Cariaco 1997, y otros episodios donde la tierra se movió y el país, también, pero sin estabilidad institucional suficiente para sostener el golpe.

A cientos de kilómetros, el paisaje es distinto. Más brutal. Más urgente.

En La Guaira, los rescatistas internacionales —más de 1600 según datos oficiales— trabajan entre estructuras colapsadas donde el concreto se ha convertido en un laberinto.

Ahí, cada sonido importa.

Un golpe. Un silencio. Un perro que se detiene.

Porque entre los escombros no todo es pérdida. Los rescatistas hablan poco en los videos. Gritan lo justo. Aplauden cuando toca. Y el país, desde la distancia, mira esos rescates como pequeñas derrotas de la muerte.

Trabajar mientras tiembla: horarios que no esperan al país

En Maracaibo, mientras las colas de donaciones crecen y las cajas se multiplican en patios universitarios y locales improvisados, otra discusión se abre paso entre el murmullo: el trabajo.

No como sustento, sino como obligación.

En algunos casos —según relatan trabajadores consultados— hubo empresas que mantuvieron la jornada laboral con normalidad o con ajustes mínimos, incluso en medio de la emergencia nacional. La queja no siempre se formula en voz alta, pero aparece en frases sueltas, en conversaciones de pasillo, en mensajes reenviados.

“Uno no entiende cómo el país se está cayendo en otra parte y aquí te piden llegar a la hora igual. No es solo que haya un terremoto afuera. Es que uno siente que todo se está rompiendo al mismo tiempo: las ciudades, los sueldos, la paciencia, la confianza. Y aun así te dicen que la vida sigue normal. Como si lo normal no estuviera también hecho pedazos desde hace años”, dice un zuliano que prefirió resguardar su identidad.

No es un debate nuevo en Venezuela: la frontera entre productividad y crisis se ha vuelto difusa con los años. Pero en momentos como este, esa frontera se vuelve más visible.

Porque afuera hay cajas de comida acumulándose mientras que adentro, hay computadoras encendidas como si nada.

En paralelo, circulan versiones —no confirmadas de forma independiente— de que en algunos puntos de concentración de ayuda se habría solicitado control de registro de quienes participaban, bajo el argumento de “ordenar la colaboración” en un contexto de emergencia. En otros relatos, se habla de presencia de funcionarios o supervisión de actividades de acopio.

Nada de esto aparece como un sistema homogéneo ni verificable en su totalidad, pero en el ambiente se instala una sensación: la ayuda también es observada, pero en los bordes de la conversación aparece también la política, pero no como discurso estructurado, sino como cansancio acumulado.

Algunos voluntarios lo dicen sin énfasis, casi como comentario de paso:

“Aquí mandan los mismos de siempre, pero la ayuda la pone la gente de abajo.Y lo más raro es que ya ni siquiera se menciona al dictador de Nicolás Maduro como antes, como si se hubiera vuelto parte del ruido de fondo, como si el propio poder se estuviera tragando sus propios nombres. Se olvidan de él por momentos, pero no porque no exista, sino porque la gente está demasiado ocupada sobreviviendo como para seguirle el hilo a quién manda exactamente. Y al final es eso: se están comiendo entre ellos mismos, mientras el país sigue igual de asfixiado. Nadie sabe cuándo va a cambiar el clima político, ni si va a cambiar de verdad, porque lo único constante es que seguimos atrapados en lo mismo, con distintos rostros, pero la misma presión encima”, expresó un voluntario bajo condición de anonimato.

La oposición tampoco aparece como salvación unánime en esas conversaciones fragmentadas. Más bien como otro actor con sus propias fisuras, incapaz de convertirse en respuesta total para una sociedad que ya no cree en respuestas totales.

Lo que sucede hoy

El terremoto dejó cifras, escombros, rescates y pérdidas. Pero también dejó otra cosa menos medible: una narración simultánea, un país ocurriendo en varias capas al mismo tiempo.

Mientras en La Guaira los equipos siguen buscando vida bajo el concreto —con perros que se detienen, manos que excavan sin horario y bebés rescatados que en minutos pasan de la oscuridad a convertirse en símbolo— en el resto del país se organiza otra escena más silenciosa pero igual de constante: la de un pueblo que intenta sostener lo que puede, como puede, con lo que tiene. Donaciones de agua, medicinas, alimentos, colas largas y centros de acopio improvisados donde la ayuda circula entre el orden precario, el cansancio y una solidaridad que no espera permiso.

Y en medio de todo eso, el periodismo.

Precario, cuestionado, interrumpido, saturado de ruido digital, pero todavía presente. Este 27 de junio, Día Nacional del Periodista, parte del gremio zuliano se reunió en la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá, en Maracaibo. 

No hubo celebración: hubo concentración. Un encuentro sobrio, de oficio más que de acto, donde la fecha sirvió para mirarse entre colegas en medio de un país que no da tregua.

Un reportero lo comentó sin rodeos: hoy no estamos celebrando el periodismo, lo estamos sobreviviendo. Y en paralelo, mientras las voces oficiales intentan ordenar la emergencia desde arriba —teniendo como presidenta a Delcy Rodríguez, persona que nadie eligió y que intenta lavarse la imagen como si la gente no supiera su pasado—. Pero nada de esto está cerrado.

Todavía siguen aumentando la cifra de personas fallecidas y desaparecidas, aún están los edificios que siguen siendo revisados y las zonas donde el polvo no termina de asentarse.  Y quizá por eso esto no suena a final, sino a tránsito.

Entre lo que se sabe y lo que todavía no aparece, queda una esperanza extraña, casi obstinada: la de un país que, incluso golpeado, insiste en recomponerse sin manual.

Cuando la tierra se abre, el país se junta. Sin discurso. Sin rueda de prensa. Sin versión que alcance. Y ahí queda la ironía, sin necesidad de explicarla: cuando la tierra se abre, el país se junta, pero el que llega primero no es el Estado. Es la gente que está igual de golpeada, pero también de pie.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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