Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró V - Runrun
Cuentos de cuarentena | Relatos de cuando el mundo se paró V

Una rumba sin distanciamiento social, una carta para alguien que jamás la leerá, un pedido por Amazon que pasó por demasiadas manos: estos son algunos de los Cuentos de Cuarentena que leerás en Runrun.es, El Pitazo, Tal Cual y las rrss de El Bus TV. Todos ilustrados por Crack Estudio y Meollo Criollo.

Este es el quinto lote de relatos verídicos sobre el momento en el que el mundo se detuvo.

¿Quieres formar parte de este recuerdo colectivo? Echa tu cuento. Haz click aquí 

 

 

Querida F:

 

Escribo esta carta sin pretender que la recibas o que la llegues a leer de algún modo. Esto de la cuarentena me afecta las fibras, la calle se ha vuelto un universo paralelo, pareciera que el asfalto se torna personal y con las mascarillas parecemos sospechosos. 

En este encierro “voluntario” me he leído a Ossott, Cadenas y Rojas Guardia en pro de afectar mi lenguaje: te doy las gracias por haberme acercado a la poesía, con tu voz.

Los labios se han vuelto tabú, la policía molesta en mi cuadra a los comerciantes, cobran vacuna, cierran temprano, ya es cotidiano todo esto: Venezuela es casi un guion de Mad Max.

Quedé esperando la respuesta de la vacante como fotógrafo en esa ONG que te había comentado. Me hicieron la entrevista unas semanas antes de caer en cuarentena; ahora me quedan las dudas acerca de cuándo terminará este exilio y de si habré obtenido el trabajo.

He ayudado más a mi mamá, que no ha podido dormir y tampoco trabajar como antes en su consultorio. Abren el edificio como si fuera por selección natural. Ella ha podido entrar, atender a uno que otro paciente y de ahí se va a trabajar a un bodegón de una de sus amigas. He estado cuidando a Juan, mi hermano, ¿te acuerdas de él? Toma el sol por la ventana y la luz que atraviesa los barrotes forma una especie de prisión de sol en la casa.

Ha llegado el Día de las madres, feliz día a tu mamá. ¿Sigue yendo a tu casa a darle comida a Clara? ¿Cómo está ella? ¿Has dormido mejor? Mi mamá ha estado haciendo arreglos para este día, la he acompañado hacer entregas, una locura total: nos hemos ido en moto hasta Caurimare y con todo ese perolero luchando contra el viento. Esa mañana me queme las manos con el agua del colado, así que fue una odisea mantener el arreglo en toda la carrera.

Christian Mijares.

 

Desayuno, almuerzo y rumba

Cuentos de cuarentena

 

Día 45, sábado: me despierto a las 7:20 am, no por gusto sino porque me llegó el mensaje del pago móvil de alguien que quería comprar cinco cigarros. Me visto rápido, abro la puerta y hago la entrega. Prendo el televisor para ver qué hay (todavía no me familiarizo con la programación de la Televisión Digital Abierta). Desayuno, almuerzo, ceno. Otro pago móvil, otra venta en efectivo y el correspondiente “fiao” que no puede faltar. El café de la tarde, revisar el Twitter, el Facebook y el Instagram. Conversar con el nuevo cliente acerca de los beneficios de una marca de cigarrillo o del otro. 9:30 pm, sacar el colchón a la sala por  que se dañaron el aire acondicionado y el ventilador. Tener todo listo para dormir y escuchar a la vecina prender su equipo de sonido que suena como si estuviese en mi sala. Abortar la misión, cambiar la sala por el patio en vista de que la rumba será hasta el domingo en la noche. La fiesta incluye 15 invitados, sin distanciamiento social ni tapabocas. 

Repetir todo este procedimiento de lunes a domingo, hasta el infinito y más allá. 

Birmania Rondón

 

Amazon

 

Dos cajas que llegan de China, con cuatro clics previos, descansan en Miami, mientras Trump revuelve el discurso de la higiene. Ocho manos cansadas se rotan el empaque de un pedido en espera. Doce horas en un buzón, encerrado, como gran parte del mundo, separado por paredes oscuras. “Nuestro servicio garantiza manos limpias” y sin embargo, qué miedo. 

El señor alto y negro acaba de dejar a su mujer obesa y triste, cansada en un sofá malherido; mientras ella escucha el discurso de Trump, él recorre varios kilómetros con la caja a cuestas y abraza la baranda con una angustia ancestral. 

El paquete vuela a Bogotá. En la oficina de recepción cuatro personas miran las noticias sobre el aislamiento, mientras empujan sin ganas el pedido casi cerca a su destino; esta noche los cuatro empleados llegarán sin fuerzas a sus casas, se sentarán en otros sofás malheridos y pensarán en un salario mermado, con virus o sin él. Un puente aéreo, dos oficinas más, otras diez manos cansadas y cinco tapabocas cuestionados. 

El señor del piso 2 no recuerda si necesita aquello que solicitó desde su computador; la incertidumbre llegó más rápido, sin régimen fiscal. De pronto se imagina la llegada de un virus advertido, anunciado. Suena el timbre. Llega el paquete. Qué miedo.

Ysabel Briceño

 

De kaijus y gotículas

 

Podría decir que gran parte de mi infancia la pasé en cuarentena: pocas veces me dejaban jugar en la calle así que lo del distanciamiento social fue casi que una regla para mí. Ahora entiendo que, como todo aislamiento, era para mantenerme al margen, protegerme de algo, cuidarme; sin embargo, no crean que eso evitó que sorteara ciertos peligros, que me enfrentara al miedo, que sintiera la cercanía de presencias malignas en mi reducido entorno.

Cada tarde, al alejarme del televisor, iba con cuidado, revisando al extremo cada rincón, oteando el ambiente, poco a poco, atento. Sentía miedo de ser tomado por sorpresa desde la retaguardia por Gomora, flanqueado por Zetton y Keronia, o encontrarme de frente con el mismísimo King Galtan.

Claro que esperaba que pudiera, luego de ciertos gestos, convertirme en un ser del espacio, alcanzar gran tamaño y arremeter con un poder letal contra cualquiera de esos kaijus. Y si no podía, pues que apareciera el propio Ultraman y me salvara.

Hoy día me veo nuevamente encerrado, limitado. La sentencia “¡Quédate en casa!” ha vuelto a ser parte de mi cotidianidad, de mi rutina. Son tantas las advertencias e informaciones que llegan a través de cualquier pantalla que han regresado los temores, el peligro.

Vuelvo a andar con cuidado, y no solo en casa. La extrema precaución la llevo también a la calle. Las pocas veces que salgo recurro a una vestimenta seudo espacial para enfrentar cualquier malignidad: gorra, lentes, máscara, guantes y pistola que arroja líquido anti kaijus.

Sí, esta cuarentena impuesta otra vez para cuidarme, para protegerme de algo, me ha transportado a mi infancia. Acá estoy, resguardándome, porque a la ciudad han llegado la temible Gotícula y la cruel Covid-19, cuyos poderes infernales podrían ocasionar la muerte. Y al parecer todavía no llega un Ultraman para enfrentarlos, quizás aún no sale de Nebula un ser capaz de derrotarlos.

Juan Carlos Zamora

 

La aventura del optimista

 

En la acostumbrada tertulia mañanera mi vecino me decía: “No tenemos DirecTV, no tenemos trabajo, no tenemos nada qué hacer y, si nos quedamos en la casa, vamos acabar con el poquito de comida que queda en la nevera”.

Esos eran los argumentos que esgrimía para luego invitarme cordialmente a que lo acompañara hacer la cola para la gasolina. De verdad no estaba muy convencido, pero al final accedí. Me dijo entonces: “Nos vamos esta noche como las 8”. Y así fue. Nos preparamos con un termo de café, unos pancitos y un potecito con agua.

Al llegar a la cola entendimos que muchos habían pensado como nosotros y que la noche seria larga.

Hicimos muchos amigos. Hablamos de política y de mujeres, tomamos café, nos comimos los panes, dormimos por turnos, empujamos carros, hasta llegamos acordar lo primero que haríamos cuando esta tormenta terminara.

Regresamos a la casa al día siguiente como las 4 de la tarde sin haber logrado echar gasolina. En el camino no cruzamos palabra. Al llegar, el siempre optimista de mi vecino alcanzó a decirme, en voz baja, que no todo se había perdido: por lo menos lo menos nos ahorramos la comida de la nevera.

José Modica