Todos estamos consternados. El crimen siempre es un acto de irracionalidad. No está en nuestros planes que nuestras certezas se vean conmovidas y que seamos nosotros los que tengamos que ver la cara terrible del prójimo transformado en nuestro ejecutor. Cuando el crimen se convierte en homicidio tiene la connotación de lo irreversible. Y así lo fue para 24.763 venezolanos y sus familias que lloraron a sus muertos en el 2013.
Pero la consternación no acaba allí. Porque Venezuela se ha convertido en el país más peligroso del hemisferio, pero también el que tiene el peor desempeño económico. Aquí no solo se corre peligro y nadie garantiza el derecho a la vida, sino que el hecho de vivir se ha envilecido por el odio y una economía devastada por la ideología, la corrupción y la ineficiencia. Nos matan, y si tenemos la suerte de ir sobreviviendo, estamos sometidos a los estragos de la inflación, la escasez, el desempleo y la descomposición social. Así como hay cifras que acumulan muertes violentas también hay otras que hablan de la desolación económica. La mitad de las empresas manufactureras que teníamos a finales de la década de los 90 del siglo pasado, un 20% menos de empresas comerciales, la parálisis de las inversiones, la reversión de los atractivos en desincentivos para colocar nuevas empresas en el país, un crecimiento económico casi rastrero, la inflación más alta del mundo y el irrespeto más flagrante a los derechos de propiedad, que se ha llevado para el flanco de las empresas públicas a mas de 1400 empresas privadas y aproximadamente 5 millones de hectáreas productivas. Se desangran las oportunidades del país y se desangra la vida de los venezolanos.
Tenemos dos versiones de la misma crisis: El crimen y la decadencia económica. Y es que no puede ser de otra manera porque los países funcionan como sistemas sociales en los que todo tiene que ver con todo. Una mala economía trastorna lo social y la criminalidad es un torniquete para el desarrollo económico. Y una sociedad sometida a los embates del hampa y las carestías de ninguna manera tiene acceso al bienestar. Pero, ¿tendrán las mismas causas?
El caso venezolano es casi inédito. Porque lo que está ocurriendo no es el producto de una catástrofe sino de la acción deliberada de quince años continuos de socialismo. ¿Cuál socialismo? El que puede producir la coalición de los militares y los comunistas, empeñados en entregarle el país a Cuba y en reproducir el anti-milagro cubano en Venezuela. Es inédito porque ningún otro país del mundo ha pasado del mero coqueteo sentimental con la revolución cubana. Solo nosotros hemos pasado esa línea para entregar el país en sus brazos. Los otros van, aplauden y se hacen los locos. Los venezolanos fueron y se hincaron. Esos venezolanos que nos gobiernan.
Alguna mente febril compró la idea de que el socialismo requiere de un “borrón y cuenta nueva” en los que la delincuencia puede ser una gran aliada. Tal y como varias veces lo ha dicho Diosdado Cabello, ahora capitán, “al que no le guste que se vaya”. Y en eso han estado poco más de millón y medio de venezolanos, en una fuga de talento que ya lamentamos porque su ausencia se ha transformado en buena parte de la decadencia que debemos soportar los que aquí quedamos. El régimen decidió invertir la ética y proclamar como buenos a los malos y definir que el resto eran los malos. El término “apátrida” se llenó de contenidos cada vez más perversos. No solo eximidos de la comunidad de los que creen tenerla, sino también excluidos de los derechos ciudadanos. Nos dan lo mínimo indispensable, entre lo que no está precisamente el resguardo de la integridad y tampoco la preservación de nuestros derechos de propiedad. Somos “apátridas” y en esa misma medida carne de cañón de la delincuencia que se sabe impune, más allá de las manos de la justicia, en el útero maternal de la revolución, donde basta la declaración de adhesión incondicional al líder para ser parte de los invictos sin tener que pagar ningún otro precio. Esa relación de mutua impunidad, en la que se ceban y retroalimentan un gobierno incapaz y una delincuencia envalentonada, no deja de dar señales para que se enrolen nuevas generaciones de venezolanos a la manguangua que significan las vías de hecho sin tener que pagar los costos. La edad promedio de delincuentes y asesinados es un indicio de lo que está ocurriendo en el inframundo del delito.
El régimen se asombra a veces de los excesos. No le gusta tener problemas de costo político y por eso siempre le ha parecido mejor “trabajar” este trapiche de sangre y ruina con ciudadanos anónimos y no con nombres célebres. Cuando eso ocurre teme la reacción popular y activa un control de daños en los que se muestran más dispuestos a cooperar y muchos más abiertos al diálogo. Lamentablemente sus principios y precedentes nos indican que esta “contrición” solo permanece mientras pasa la tormenta de opinión pública. Lo mismo ocurre cuando no le cuadran los reales y con cara de circunstancia se muestran dispuestos a discutir devaluaciones y aumentos, siempre y cuando no entre en la discusión la fraternal cooperación con Cuba. Se sorprenden del crecimiento pertinaz de la “boliburguesía”, se muestran perplejos ante la soltura y arrogancia que esta clase ha desarrollado, y no entienden cómo la corrupción haya llegado a ser la nueva sangre de la revolución. Dicen sorprenderse pero a la vez no entienden que todo tiene el mismo origen en una forma de gobernar en la que ellos no pueden prescindir de la impunidad. Ellos han sido los parteros de este estado de cosas y sin dudas, el monstruo que ellos mismos han parido en algún momento se volverá contra ellos y los devorará.
Porque esta revolución de la impunidad no es viable. No es factible ni siquiera apostando al miedo que deliberadamente provocan para intentar la resignación desesperanzada de la población. La sociedad tiene mucho miedo y el temor obliga a una reacción que la mayor parte de las veces es del tipo “o corres o te encaramas”. Pero la historia también indica que es factible que en algun momento se cuele una interrogante crucial entre la disyuntiva de morir asesinados o morir de hambre. Esa posible pregunta siempre ha estado allí, agazapada, y no es otra que si ha llegado la hora de exigir un cambio. Estas crisis políticas nos muestran siempre que el régimen no aguanta una embestida de la opinión pública. Que inmediatamente recula y empieza a pedir cacao.
El reto de esta revolución, que poco a poco se está quedando sin cartuchos, es la mera sobrevivencia. La economía está rebosada de populismo y ya no da para más. Quedan los anaqueles vacíos y las promesas sin cumplir de volverlos a llenar como testimonio del hartazgo. Y la violencia sigue sumando realidades irreversibles y tenebrosas como lo es la muerte de alguien querido por alguien que ahora lo llora sabiendo que nunca más va a volverlo a ver. Pero quedamos los que por ahora sobrevivimos, con el único compromiso de reivindicarlos. Se impone la vida como lucha, esperanza y determinación a no darnos por vencidos. El mal no puede ganar. El mal nunca gana definitivamente.




