La sabiduría popular nos recuerda, en el laberinto de los tiempos, que «el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra», sentencia que resalta el origen de los errores humanos, de los cuales también se aprenden lecciones de experiencia para intentar evitar frustraciones y desengaños.
¿Cuántos diálogos van?
En nuestra Venezuela del siglo XXI se han convocado no dos, sino que, según algunos, 18, y según otros, nueve. Al consultar a la inteligencia artificial, esta responde: «Nueve es el conteo de las grandes etapas históricas estructuradas, mientras que 18 refleja la totalidad de los intentos y reuniones formales de negociación que se han convocado de forma intermitente para buscar una transición o salida política».
Desde la primera gran cita formal al diálogo en la Venezuela chavista, ocurrida en abril de 2002 de la mano del presidente Hugo Chávez tras los sucesos del golpe de Estado del 11 de abril, han transcurrido numerosas convocatorias hasta la reciente de agosto de 2026, con la particularidad de que todas han finalizado con ganancia de tiempo para la tiranía gobernante.
El diálogo no debe desecharse
¿Esto podría llevarnos a pensar que el diálogo debe desecharse? En absoluto, pues es el terreno propicio para evitar que escalen los conflictos.
Claro, siempre que la calidad del encuentro reúna, por un lado, a las partes que representan el poder y, por el otro, al que tiene el reconocimiento legítimo de la población. En el caso venezolano, esta manifestó en julio de 2024, mediante el voto soberano, sus deseos de cambio y de desalojar del poder al mandatario usurpador por la vía democrática.
¿Qué nos dicen otras transiciones?
Veamos otros procesos políticos en Hispanoamérica. En la transición chilena hacia la democracia participaron principalmente la Concertación de Partidos por la Democracia, el régimen militar de Augusto Pinochet y los movimientos sociales y ciudadanos, en un proceso que derivó en el plebiscito de 1988 y el fin de la dictadura. Este culminó el 11 de marzo de 1990 con la asunción del presidente socialcristiano Patricio Aylwin.
Otro caso fue la Transición española: tras la muerte de Francisco Franco, en noviembre de 1975, participaron el rey Juan Carlos I; el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez; Manuel Fraga, exministro franquista, y los líderes de la oposición democrática Felipe González, del PSOE, y Santiago Carrillo, del PCE. Ese proceso culminó con la aprobación de la vigente Constitución de 1978 y la posterior elección parlamentaria de las Cortes.
La legitimidad ausente
Si bien es cierto que no existen paralelismos ni analogías entre las transiciones hacia la democracia, sí hay una constante: la legitimidad de los actores políticos y sociales participantes, sin la cual esos procesos fracasan.
Lamentablemente, ese no es el caso del tinglado orquestado y convocado para esta semana, con integrantes de la Asamblea Nacional de 2015 por el lado opositor y de la actual Asamblea Nacional de 2026 por el régimen.
De todas las convocatorias al diálogo efectuadas en el siglo XXI, esta es la que peor calificación merece de los actores participantes (oposición y gobierno). Desde la última, convocada en Barbados en 2023, hasta la mesa de negociación y acuerdos (2002-2004), los actores mencionados disfrutaron, por el lado del régimen, de la mano dura del poder y del sostén de sus proxies; y, por el lado opositor, del apoyo de una población que siguió de forma incondicional todos los llamados de un liderazgo sin escrúpulos que traicionó las mayoritarias ansias de cambio.
Dos bates quebrados en la mesa
Esa no es la realidad de hoy. Por el lado del rodrigato en el poder, este no es más que un engendro usurpador carente de todo reconocimiento popular, producto de la derrota de Maduro en julio de 2024 a manos del presidente electo Edmundo González, con el 71 % de la votación. Y, por el lado opositor, carece de toda legalidad, pues culminó su período constitucional en enero de 2021 y fue desechado por el frustrado pueblo, que lo repudió en las primarias de octubre de 2023 al votar por María Corina Machado como candidata presidencial, con un 92 % de respaldo popular.
¿Qué tenemos entonces? Vemos a dos bates quebrados en una «mesa» cuya agenda irresoluta le es impuesta a un régimen tutelado por la Administración norteamericana. Con un tutor que privilegia el pragmatismo económico y el control discrecional de nuestras commodities sobre las aspiraciones urgentes de la población de reinstaurar la democracia mediante un gobierno de emergencia nacional, con el liderazgo legitimado el 28 de julio de 2024.
¿Qué podemos esperar de este conciliábulo de agosto? Nada que no sea un sainete para ganar tiempo: por el lado del régimen usurpador, manipular la doctrina estalinista del «repliegue táctico», plegándose a la humillación imperial a la espera del resultado de las elecciones de medio término norteamericanas; y, por el lado opositor, lamerse las heridas ante el desprecio popular, tratando de recuperar alguna cabeza de playa frente al reconocido liderazgo de MCM, a quien las encuestas le exigen su presencia en Venezuela.
Monólogo, no diálogo
En definitiva, no estamos en presencia de un diálogo, sino de un simple monólogo que intentarán disfrazar, en cada reunión, con un parte de acuerdos emanados de un tutelaje de conocimiento público y notorio, cuyo lamentable destino es situarse en la acera contraria al sentimiento nacional.
@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.
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