Nueve días han pasado desde que la tierra se partió en dos bajo las magnitudes de 7,2 y 7,5, y hoy La Guaira no huele a mar ni a fiesta; huele a cemento húmedo y a un duelo suspendido.
Este nuevo recorrido por la entidad severamente golpeada el pasado 24 de junio comenzó con el freno seco de una alcabala de la Policía Nacional Bolivariana en la conexión con la Autopista Norte-Sur. Allí, la bota policial impuso su primera barrera: una caprichosa “acreditación presidencial” para transitar hacia la vía rápida que conduce a la Caracas-La Guaira. Aunque el equipo de prensa exhibió las credenciales tramitadas regularmente en el Centro de Convenciones de La Carlota, los oficiales desviaron el vehículo hacia el canal derecho, obligándolo a sumarse a la lenta fila de la carretera vieja. Solo tras insistir en la entrada, otra alcabala cedió el paso a una autopista paradójicamente despejada; un sinsentido vial que anticipaba un cerco informativo sobre la tragedia.
Al entrar a la zona comercial, la soledad golpea el rostro. Este estado, acostumbrado al bullicio de la actividad comercial cotidiana, el turismo y al calor de los visitantes, hoy yace apagado, desértico. A ratos lloviznaba y el cielo se encapotaba con rapidez y el entorno se tornaba aún más lúgubre. El paisaje caribeño mutó en un fortín militarizado: efectivos muy jóvenes con armas largas custodian los centros de acopio, despejan vías para el paso de maquinaria pesada o se instalan en las esquinas de edificios colapsados para indicar que “por órdenes superiores” no se debe grabar.
En la avenida Soublette y el casco histórico, la estampa de la soledad se repite, aunque no hay daños estructurales mayores. Cuadras más adelante, la gran noria luce estática y vacía bajo un cielo plomizo. En la cinta costera no hay transeúntes, ni deportistas, ni bicicletas. Los 12 silos del puerto —la icónica estructura de inducción cromática del maestro Carlos Cruz-Diez— perdieron su poesía visual. Tras el estado de emergencia, las autoridades sanitarias y forenses los convirtieron en una morgue provisional para identificar y entregar los cuerpos recuperados del desastre. Este viernes, la fila exterior de familiares esperando reconocer cadáveres no era tan acentuada.
La fe entre los escombros
En Caraballeda, los restos del edificio Las Palmas —una “torre lápiz” residencial desplomada en la Avenida La Playa— se han transformado en una montaña gris. Cerca de la maquinaria pesada de remoción, rescatistas venezolanos y un voluntario apodado “el topo de Los Teques” se aferraban a la idea de que aún hay milagros bajo el concreto, tras haber detectado presuntas señales de vida. El voluntario pedía a gritos una planta eléctrica para los martillos perforadores y acordonar el área: “Se está metiendo mucha gente a estorbar”, comentaba con urgencia.
Frente al balneario Bahía de los Niños, en las residencias Arichuna, on pocos los que siguen esperando en las adyacencias de lo que desapareció en segundos. Solo tres personas aguardaban noticias. Una de ellas relata que se turna con su familia para saber si su prima, sepultada allí, ha sido hallada.
En la entrada de Bahía de los Niños, ubicada en Los Corales, se encuentra lo que queda del edificio Arichuna, uno de los que colapsó en su totalidad en los terremotos.
— Runrunes (@RunRunesWeb) July 3, 2026
Nuestra periodista @MrsYaky reporta desde el lugar que hay presencia de unidades policiales y de rescate. pic.twitter.com/y1QbsM2T4E
A unos metros, bajo la pequeña lona de una carpa de voluntarios cristianos de Falcón, el señor Juan Ochoa y su hijo descansan de una espera infructuosa que ya los ha agotado emocionalmente. Bajo el amasijo de cemento yace el cuerpo de su hermana, la doctora Beatriz Villalba. El cadáver del esposo de esta, Héctor Díaz, ya fue recuperado, pero la tragedia no terminó con su muerte confirmada. El cuerpo de Díaz ahora está “desaparecido” institucionalmente. A pesar de que un video en redes sociales documentó el momento del rescate, el señor Ochoa ha vivido un calvario recorriendo las morgues del Seguro Social de La Guaira, el Hospital de Pariata, los silos del puerto y la Morgue de Bello Monte, sin dar con sus restos. El peregrinar les impide darle una digna sepultura y transitar el duelo.
La ironía del destino es desgarradora: este sábado 4 de julio, la pareja de adultos mayores tenía planeado volar a España para reunirse con sus hijos y nietos. Hace seis meses vendieron su propiedad en Caracas para invertir en el apartamento del piso 8 de las residencias Arichuna, hoy sepultado. Lo habían remodelado con ilusión, habían cambiado los pisos, le instalaron aires acondicionados para que, cuando la familia volviera de visita, tuviera un rincón frente al mar para disfrutar del viento fresco. Decidieron pasar sus últimos días allí antes de viajar. Pero el viaje nunca ocurrió.
A Ochoa se le llena de orgullo la voz al recordar a Beatriz, la única hembra entre cinco hermanos varones: “Aunque no era la mayor, ella era la líder, la que organizaba, así son las mujeres (…) y una médico muy querida, que trabajó durante años en las Damas Salesianas”. Lo dice con una profunda tristeza en los ojos, pero con la serenidad de quien debe ser fuerte hasta lograr que su hermana y su cuñado tengan un descanso digno.
El coronel no tiene quien le pida permiso
A lo largo de la avenida La Playa, las personas caminan cargando litros de agua a cuestas, deteniéndose en puntos de acopio atendidos por voluntarios. En el aire, helicópteros de la República Checa transportan insumos para los distintos campamentos instalados.
Más adelante, en Los Corales, el paisaje revive el dolor y la pérdida del deslave de 1999. Edificios colapsados, restos de las piscinas en las esquinas de los inmuebles que desaparecieron y olor a descomposición inocultable
Algunos edificios pequeños tienen inscripciones como “Habilitados FANB”. Al preguntarse a una de las personas residentes que estaba en la puerta, dijo que habían sido inspeccionados por funcionarios militares, quienes les habrían indicado que podrían permanecer en las viviendas.

Por otra parte, en tinta roja sobre paredes contiguas se leen los nombres de edificaciones que, como el Coral Bella, pasaron de albergar decenas de hogares a convertirse en un amasijo de columnas superpuestas.

Fue en este punto donde la restricción intentó imponerse. Mientras el equipo de Runrun.es realizaba tomas generales a una distancia prudente del rescate, una joven del grupo del Ministerio de Obras Públicas advirtió que el “coronel” de la Zodi, de apellido Expósito, exigía la presencia de la periodista.
—Licenciada, ¿usted no sabe que para hacer tomas en estas zonas de desastre debe pedir permiso?— espetó el militar.
—De hecho, no iba a pasar hasta acá, pero funcionarios del Ministerio de Obras Públicas fueron los que me indicaron que podía subir— respondimos.
—Pero para poder grabar debe solicitarlo al equipo que está coordinando toda la operación. Es una recomendación a futuro… participe que usted lo va a hacer— insistía el uniformado.
—Yo lo hice, con la gente de Obras Públicas, que es la que está afuera y me dio acceso…—
—Sí, pero la organización está acá, la próxima vez, se le agradece— zanjó el militar en tono seco.
—Por allá también me estaban impidiendo grabar tomas y acá no hay estado de excepción— recordamos desde el equipo.
—No, acá no estamos prohibiendo nada, pero sí que por lo menos se acerquen y participen lo que van a hacer— matizó.
Aunque alegó que operan en conjunto Protección Civil, bomberos y voluntarios, en la práctica, la bota militar es la que manda y restringe.
Paradójicamente, esta fuerte presencia gubernamental no infunde seguridad ni tranquilidad. Al contrario, la gente en La Guaira teme: no solo a las réplicas, a prolongar el dolor, a seguir en el desastre, al olvido, sino a la inseguridad, uno de los fantasmas después del sismo. Con el oscurecer aún sin servicio eléctrico en muchas zonas, el miedo se intensifica.
“Salgan si es posible de acá antes de que oscurezca”, recomendó un voluntario a las afueras del Bowling de la avenida La Playa. “Cuando oscurece, salen grupitos a ver qué roban. Nosotros decimos que son policías y funcionarios que se quitan el uniforme”, denunciaba con indignación.
Solidaridad en el diamante
Las instalaciones del estadio Jorge Luis García Carneiro se han convertido en el epicentro de la solidaridad. El espacio deportivo alberga campamentos internacionales de delegaciones de al menos una decena de países y funcionarios de la ONU. Allí, la brigada de la República Checa trabaja codo a codo con sus perros rescatistas, Sussy y Origami.

Jóvenes voluntarios coordinan la comida y la hidratación de los brigadistas. Francis González, coordinadora del grupo de la tarde, lloraba de emoción al recordar que, aunque no vive en La Guaira, allí radican sus mejores memorias.
“Por allí ahora dicen que La Guaira no queda lejos, sino en el corazón de todos, y por eso tenemos que ayudar y mantener la ayuda”, expresó.




