Cómo se vive siendo profesor universitario en Venezuela

En la mayoría de los países, incluso en los más cercanos de la región, ser profesor universitario es una carrera estable, respetada y muy bien remunerada. En Venezuela ocurre todo lo contrario. Desde hace más de diez años, la docencia a nivel superior atraviesa por su época más oscura: desmejora salarial sostenida, beneficios inexistentes y condiciones laborales deplorables que han obligado a muchos a buscar oficios extras para poder sobrevivir. 

Karina Guillén* es docente universitaria con casi 20 años de experiencia en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Poco tiempo después de graduarse (2007) decidió ejercer la docencia en su alma mater. Pensaba que impartir clases era una manera de retribuir a la universidad su formación y, al mismo tiempo, una oportunidad de crecimiento académico y profesional. Sin embargo, llegó la crisis económica y con ella los peores años para los docentes de educación superior. 

A Guillén le tocó ver las dos caras de la docencia universitaria en Venezuela. Durante sus primeros años, antes de 2014, pudo contar con relatividad, estabilidad, beneficios y una remuneración cónsona con su dedicación. Pero a partir de ese mismo año, la crisis arrasó con los salarios hasta convertirlos en algo simbólico.

A partir de 2014, la profesora fue testigo del éxodo masivo, de las aulas vacías y de las decisiones políticas que contribuyeron a desmejorar la universidad. Aún así siguió impartiendo clases aferrada a la idea de no dejar que la institución se viniera al suelo, de no parar la profesionalización del país, y sobre todo, de “no darle el gusto” a que la oscuridad de la ignorancia siguiera ganando terreno en el país.

Actualmente el salario de la profesora es prácticamente inexistente y, aunque percibe un bono de “guerra económica” de 120 dólares mensuales, este no incide en sus prestaciones salariales, no reconoce la trayectoria ni el escalafón que, desde hace años, está detenido por la paralización institucional. 

“En Venezuela, todas las formas de ejercer la docencia están atravesadas por la precarización del trabajo. Los profesores tienen que tener más de un ingreso para poder subsistir y, si no los tienen, corren el riesgo de  de tener una alimentación precaria, de no poder tener acceso a servicios de salud y a tratamientos médicos para muchas patologías y condiciones, con el paso de los años, son comunes”, comentó Guillén.

Para la profesora, la docencia es un trabajo muy satisfactorio, pero la realidad es que se ha convertido en un apostolado que ha sostenido la ineficiencia de un Estado que ha dejado de lado la educación durante décadas, lo que a su juicio, potencia la precarización del ejercicio en comparación con otros profesionales de Latinoamérica.

La docencia universitaria exige una formación continua. Los profesores deben costear actualizaciones, diplomados, maestrías y doctorados para mantenerse vigentes; además, deben dedicar horas extras -no remuneradas- en la preparación de las clases y en la corrección de tareas. También deben cumplir con requisitos de investigación y extensión para ascender en el escalafón académico. Esta combinación de exigencias y la simbólica retribución, hacen que la situación del docente sea una de las más duras y severas.

Los más pobres 

En diciembre de 2025, el Observatorio Venezolano de Universidades alertó que el profesor universitario venezolano es el más pobre de Latinoamérica. 

En su boletín, el OBU reveló que la gran mayoría de los más de 64 000 académicos que trabajan en el país, según datos oficiales, viven actualmente en condiciones de “extrema vulnerabilidad”.

Desde el 25 marzo de 2022 —último aumento anunciado por el gobierno del expresidente Nicolás Maduro— el salario mínimo de los trabajadores en Venezuela se mantiene estancado en Bs. 130 mensuales, lo que en ese entonces equivalía a 30 dólares, hoy en día son 0.26 centavos de dólar, una cifra que está muy por debajo del umbral de pobreza extrema recientemente actualizado por el Banco Mundial, que establece que una persona necesita al menos tres dólares diarios para no ser considerada en esa condición.

Según información difundida por el Cendas en su cuenta en X, la Canasta Alimentaria Familiar alcanzó un récord de 692,32 dólares (Bs. 308.084,33) para el mes de marzo de 2026. Esto se traduce en que con un salario mínimo solo se puede adquirir el 0.04% de la canasta. El Cendas recalcó que una familia necesita más de 2400 salarios mínimos para poder comprar los productos básicos para su subsistencia.

La situación de Antonio De Eliseo, profesor titular de la UCV, no es distinta a la de Guillén. Con una experiencia de 45 años como docente, define su situación económica como “complicada”, por lo que ha tenido que reinventarse para poder subsistir. Aunque el docente también es investigador y participa en proyectos internacionales, su ingreso universitario es también simbólico. En la última quincena recibió 1300 bolívares, unos tres dólares al cambio oficial. Al profesor le preocupa enormemente la seguridad social y, aunque cuenta con el Instituto de Previsión del Profesorado, la cobertura que le garantizan es de apenas 300 dólares y se mantiene con el sueldo disminuido de los profesores y las contribuciones que se puedan hacer.

Los académicos venezolanos, junto con los cubanos (cuyo salario máximo es de 29 dólares mensuales), encabezan el “ranking de pobreza por ingresos en educación superior” en América Latina y el Caribe.

En contraste, entre los docentes de otros países que se posicionan con mejores salarios en la región destacan: Uruguay ($6065), Chile ($7330), México ($1996), Paraguay ($1870) Colombia ($1703) y Argentina ($1124).

“Nunca habíamos sido tan despreciados”

En su informe de 2025, el OBU también reportó violaciones a los derechos políticos y civiles de los docentes, cuyas denuncias crecieron un 79% a partir de 2024.

Ingerzon Freites, profesor de política económica en la Escuela de Economía de la Universidad Central de Venezuela desde 2010, califica la situación de los profesores universitarios como “precaria, caótica y vergonzosa”. Asegura que percibe mensualmente menos de 1000 bolívares y un bono que apenas le alcanza para cubrir gastos mínimos en su hogar. 

El docente aseguró con tristeza que nunca en la historia del país un profesor universitario fue tan “despreciado, deshumanizado y  precarizado”.

Recordó que hace 20 años un titular podía percibir hasta 2000 dólares, mientras que hoy muchos sobreviven haciendo trabajos informales.  En su caso, se sostiene como taxista o realizando mudanzas. 

El profesor aseguró que continuará en la lucha por la dignificación del salario, al tiempo que rechazó el argumento oficial de que “no hay dinero”, cuando en otras instituciones del Estado —dijo— técnicos y analistas ganan entre 500 y 1000 dólares mensuales.

Sinfín de derechos vulnerados 

El artículo 91 de la Constitución establece que “todo trabajador tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales”. Además ordena que el salario sea ajustado anualmente tomando como referencia el costo de la canasta básica.

En el artículo 23 de la Declaración Universal de Derechos Humanos queda claro que “toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana”.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), de igual manera, establece que los salarios de los trabajadores deben “garantizar las necesidades del trabajador y su familia”.

A los docentes universitarios se les vulnera también el derecho a contar con un seguro social eficiente que responda en casos de emergencias médicas y en salud preventiva. 

El desarrollo profesional también está comprometido en Venezuela por la paralización de concursos de oposición y la imposibilidad de ascender en el escalafón, pero con esto, no solo los profesores se ven afectados. La precarización docente incide directamente en el derecho de los estudiantes a recibir una educación de calidad. 

En este escenario, la profesora *Guillén, de la Universidad Central de Venezuela, insta a los estudiantes a comprender y apoyar las razones que llevaron a escalar el conflicto hace unos días y a convocar un paro de 24 horas.

“Durante más de una década, los profesores hemos sostenido la educación universitaria. Ha sido un ejercicio de esfuerzo, voluntad, de enfrentar las mismas dificultades y preocupaciones que han experimentado ellos, porque lo veíamos en clases: rostros cansados, testimonios de quienes admitían que no habían comido o comido poco. La lucha por la dignificación de los salarios es algo que trasciende la causa universitaria, que puede beneficiar a sus padres, a sus hogares. Además, para que la educación sea continua y de calidad, debe ser bien remunerada. No es un favor lo que estamos pidiendo, es un reclamo de justicia social”, concluyó.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Tres profesores universitarios con amplia trayectoria en la docencia relataron cómo la precarización salarial y la violación constante a sus derechos laborales los han convertido en los docentes más pobres de la región, al percibir un salario que no cubre ni siquiera el 1 % de la canasta alimentaria
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En la mayoría de los países, incluso en los más cercanos de la región, ser profesor universitario es una carrera estable, respetada y muy bien remunerada. En Venezuela ocurre todo lo contrario. Desde hace más de diez años, la docencia a nivel superior atraviesa por su época más oscura: desmejora salarial sostenida, beneficios inexistentes y condiciones laborales deplorables que han obligado a muchos a buscar oficios extras para poder sobrevivir. 

Karina Guillén* es docente universitaria con casi 20 años de experiencia en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Poco tiempo después de graduarse (2007) decidió ejercer la docencia en su alma mater. Pensaba que impartir clases era una manera de retribuir a la universidad su formación y, al mismo tiempo, una oportunidad de crecimiento académico y profesional. Sin embargo, llegó la crisis económica y con ella los peores años para los docentes de educación superior. 

A Guillén le tocó ver las dos caras de la docencia universitaria en Venezuela. Durante sus primeros años, antes de 2014, pudo contar con relatividad, estabilidad, beneficios y una remuneración cónsona con su dedicación. Pero a partir de ese mismo año, la crisis arrasó con los salarios hasta convertirlos en algo simbólico.

A partir de 2014, la profesora fue testigo del éxodo masivo, de las aulas vacías y de las decisiones políticas que contribuyeron a desmejorar la universidad. Aún así siguió impartiendo clases aferrada a la idea de no dejar que la institución se viniera al suelo, de no parar la profesionalización del país, y sobre todo, de “no darle el gusto” a que la oscuridad de la ignorancia siguiera ganando terreno en el país.

Actualmente el salario de la profesora es prácticamente inexistente y, aunque percibe un bono de “guerra económica” de 120 dólares mensuales, este no incide en sus prestaciones salariales, no reconoce la trayectoria ni el escalafón que, desde hace años, está detenido por la paralización institucional. 

“En Venezuela, todas las formas de ejercer la docencia están atravesadas por la precarización del trabajo. Los profesores tienen que tener más de un ingreso para poder subsistir y, si no los tienen, corren el riesgo de  de tener una alimentación precaria, de no poder tener acceso a servicios de salud y a tratamientos médicos para muchas patologías y condiciones, con el paso de los años, son comunes”, comentó Guillén.

Para la profesora, la docencia es un trabajo muy satisfactorio, pero la realidad es que se ha convertido en un apostolado que ha sostenido la ineficiencia de un Estado que ha dejado de lado la educación durante décadas, lo que a su juicio, potencia la precarización del ejercicio en comparación con otros profesionales de Latinoamérica.

La docencia universitaria exige una formación continua. Los profesores deben costear actualizaciones, diplomados, maestrías y doctorados para mantenerse vigentes; además, deben dedicar horas extras -no remuneradas- en la preparación de las clases y en la corrección de tareas. También deben cumplir con requisitos de investigación y extensión para ascender en el escalafón académico. Esta combinación de exigencias y la simbólica retribución, hacen que la situación del docente sea una de las más duras y severas.

Los más pobres 

En diciembre de 2025, el Observatorio Venezolano de Universidades alertó que el profesor universitario venezolano es el más pobre de Latinoamérica. 

En su boletín, el OBU reveló que la gran mayoría de los más de 64 000 académicos que trabajan en el país, según datos oficiales, viven actualmente en condiciones de “extrema vulnerabilidad”.

Desde el 25 marzo de 2022 —último aumento anunciado por el gobierno del expresidente Nicolás Maduro— el salario mínimo de los trabajadores en Venezuela se mantiene estancado en Bs. 130 mensuales, lo que en ese entonces equivalía a 30 dólares, hoy en día son 0.26 centavos de dólar, una cifra que está muy por debajo del umbral de pobreza extrema recientemente actualizado por el Banco Mundial, que establece que una persona necesita al menos tres dólares diarios para no ser considerada en esa condición.

Según información difundida por el Cendas en su cuenta en X, la Canasta Alimentaria Familiar alcanzó un récord de 692,32 dólares (Bs. 308.084,33) para el mes de marzo de 2026. Esto se traduce en que con un salario mínimo solo se puede adquirir el 0.04% de la canasta. El Cendas recalcó que una familia necesita más de 2400 salarios mínimos para poder comprar los productos básicos para su subsistencia.

La situación de Antonio De Eliseo, profesor titular de la UCV, no es distinta a la de Guillén. Con una experiencia de 45 años como docente, define su situación económica como “complicada”, por lo que ha tenido que reinventarse para poder subsistir. Aunque el docente también es investigador y participa en proyectos internacionales, su ingreso universitario es también simbólico. En la última quincena recibió 1300 bolívares, unos tres dólares al cambio oficial. Al profesor le preocupa enormemente la seguridad social y, aunque cuenta con el Instituto de Previsión del Profesorado, la cobertura que le garantizan es de apenas 300 dólares y se mantiene con el sueldo disminuido de los profesores y las contribuciones que se puedan hacer.

Los académicos venezolanos, junto con los cubanos (cuyo salario máximo es de 29 dólares mensuales), encabezan el “ranking de pobreza por ingresos en educación superior” en América Latina y el Caribe.

En contraste, entre los docentes de otros países que se posicionan con mejores salarios en la región destacan: Uruguay ($6065), Chile ($7330), México ($1996), Paraguay ($1870) Colombia ($1703) y Argentina ($1124).

“Nunca habíamos sido tan despreciados”

En su informe de 2025, el OBU también reportó violaciones a los derechos políticos y civiles de los docentes, cuyas denuncias crecieron un 79% a partir de 2024.

Ingerzon Freites, profesor de política económica en la Escuela de Economía de la Universidad Central de Venezuela desde 2010, califica la situación de los profesores universitarios como “precaria, caótica y vergonzosa”. Asegura que percibe mensualmente menos de 1000 bolívares y un bono que apenas le alcanza para cubrir gastos mínimos en su hogar. 

El docente aseguró con tristeza que nunca en la historia del país un profesor universitario fue tan “despreciado, deshumanizado y  precarizado”.

Recordó que hace 20 años un titular podía percibir hasta 2000 dólares, mientras que hoy muchos sobreviven haciendo trabajos informales.  En su caso, se sostiene como taxista o realizando mudanzas. 

El profesor aseguró que continuará en la lucha por la dignificación del salario, al tiempo que rechazó el argumento oficial de que “no hay dinero”, cuando en otras instituciones del Estado —dijo— técnicos y analistas ganan entre 500 y 1000 dólares mensuales.

Sinfín de derechos vulnerados 

El artículo 91 de la Constitución establece que “todo trabajador tiene derecho a un salario suficiente que le permita vivir con dignidad y cubrir para sí y su familia las necesidades básicas materiales, sociales e intelectuales”. Además ordena que el salario sea ajustado anualmente tomando como referencia el costo de la canasta básica.

En el artículo 23 de la Declaración Universal de Derechos Humanos queda claro que “toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana”.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), de igual manera, establece que los salarios de los trabajadores deben “garantizar las necesidades del trabajador y su familia”.

A los docentes universitarios se les vulnera también el derecho a contar con un seguro social eficiente que responda en casos de emergencias médicas y en salud preventiva. 

El desarrollo profesional también está comprometido en Venezuela por la paralización de concursos de oposición y la imposibilidad de ascender en el escalafón, pero con esto, no solo los profesores se ven afectados. La precarización docente incide directamente en el derecho de los estudiantes a recibir una educación de calidad. 

En este escenario, la profesora *Guillén, de la Universidad Central de Venezuela, insta a los estudiantes a comprender y apoyar las razones que llevaron a escalar el conflicto hace unos días y a convocar un paro de 24 horas.

“Durante más de una década, los profesores hemos sostenido la educación universitaria. Ha sido un ejercicio de esfuerzo, voluntad, de enfrentar las mismas dificultades y preocupaciones que han experimentado ellos, porque lo veíamos en clases: rostros cansados, testimonios de quienes admitían que no habían comido o comido poco. La lucha por la dignificación de los salarios es algo que trasciende la causa universitaria, que puede beneficiar a sus padres, a sus hogares. Además, para que la educación sea continua y de calidad, debe ser bien remunerada. No es un favor lo que estamos pidiendo, es un reclamo de justicia social”, concluyó.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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