El efecto positivo limitado de Barbados

No veo por qué una oposición que ha honrado los Acuerdos de Barbados tenga que dialogar en este momento con un gobierno que ha hecho lo contrario

@AAAD25

Un grato aprendizaje reciente para mí, en un artículo de la revista digital Ethic, es que la etimología de la palabra “diálogo” refiere a “la palabra a través”. Sigue el autor de la nota, argumentando que “esta parece haber sido la máxima principal de Platón a la hora de transmitir su filosofía: el hacernos ver que el pensamiento, si viaja y se comparte, es más prolífico que si se tiene a solas”. Bello origen para una palabra. Lástima que, en Venezuela, en vez de compartir, el diálogo ha sido fuente de disyunciones en el seno de la oposición al chavismo. Llevamos más de dos décadas discutiendo, a menudo de forma visceral, si es pertinente que los adversarios de este gobierno atroz dialoguen con él.

Ha ocurrido, cómo no, con las conversaciones que produjeron los llamados Acuerdos de Barbados. ¿Fueron un éxito o un fracaso? En mi opinión, de momento no se les puede juzgar tendiendo hacia ninguno de los dos polos de la posible respuesta. Diría más bien que han tenido un efecto positivo restringido, pero que ahí está. Vemos así que la campaña presidencial para el 28 de julio se desarrolla con muchos de los abusos por parte del oficialismo a los que ya estamos más que acostumbrados.

Vicios que violan el propósito de lo pactado en la pequeña isla caribeña, que no es otro que tener unos comicios justos. El gobierno sigue usando recursos públicos para su proselitismo con total desparpajo. La presencia mediática de los candidatos es grotescamente desigual. Lo peor: la oposición es objeto perenne de amenazas y persecuciones. Pero…

Pero, por otro lado, las fuerzas disidentes tienen a un candidato a todas luces bastante competitivo. No ha sido inhabilitado. De manera que hay un juego. Un juego bastante tramposo, pero en el que el contendiente contra el que las trampas están activas tiene a pesar de todo una oportunidad de ganar. Eso no era algo con lo que podíamos contar hace apenas unos meses, habida cuenta de la inhabilitación arbitraria de María Corina Machado, ganadora de la primaria de octubre, y el bloqueo a la inscripción de la candidatura de la profesora Corina Yoris, sin explicación alguna. Tal vez la situación, aunque el propio chavismo no lo hubiera pensado así originalmente, sea producto del diálogo en Barbados. O en Catar, con el gobierno de Estados Unidos. O ambos. Téngase en cuenta que sigue habiendo conversaciones entre Miraflores y la Casa Blanca de las que poco sabemos.

Sea como sea, yo pienso que la oposición está haciendo todo lo que está a su alcance para, por enésima vez, propiciar una salida a este deprimente capítulo de nuestra historia patria de forma pacífica y civilizada, pese a las barbaridades ininterrumpidas del otro lado. Y, no obstante, tiene uno todavía que ver a algunos opositores quejándose de que no hay suficiente diálogo, como si ese fuera el problema medular. Al hacer ese planteamiento disparatado, no distinguen entre las partes, dando a entender que el gobierno y la oposición tienen igual responsabilidad, para colmo de males. Puede que sus intenciones no sean impuras, pero de todas formas es un despropósito lógico y moral. Terminan banalizando abominaciones que siguen ocurriendo.

No se dan cuenta de que el diálogo no es un mandato deontológico. No es lo que Kant llamaba imperativo categórico. No es algo que se debe hacer sin importar las consecuencias. El diálogo no es más que un medio para llegar a un fin: la restauración de la democracia y el Estado de derecho en Venezuela. Solo tiene sentido emprenderlo con ese propósito. La oposición lleva años dejando claro su disposición a irse por ese camino y a negociar una transición. Pero el gobierno no ha querido. Todo estudio de la política venezolana que parta de una premisa ignorante de esta realidad arrojará conclusiones equivocadas.

Para bien o para mal, el gran evento que decidirá la suerte del país en los próximos años será la elección presidencial de julio. Todos los presentes planes de la oposición están atados a los comicios y sus posibles secuelas, incluyendo la pertinencia o impertinencia de cualquier diálogo. De ahí vienen, repito, los Acuerdos de Barbados. No veo por qué una oposición que los ha honrado tenga que dialogar en este momento con un gobierno que ha hecho lo contrario.

Otro gallo cantara si el cumplimiento fuera bilateral, en cuyo caso podríamos asumir que hay una voluntad firme en el oficialismo a negociar en serio cambios para bien más profundos. Pero como no sucede, lo que le corresponde a la oposición es presionar para que su interlocutor la tome en serio. Por los momentos, parece que la forma de lograrlo es apostar por un triunfo electoral de muy amplio margen y contar con un plan de acciones en caso de que dicha victoria sea desconocida por el poder. El mejor escenario al que podemos aspirar es que el gobierno entonces decida que no queda de otra que negociar de verdad.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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No veo por qué una oposición que ha honrado los Acuerdos de Barbados tenga que dialogar en este momento con un gobierno que ha hecho lo contrario

@AAAD25

Un grato aprendizaje reciente para mí, en un artículo de la revista digital Ethic, es que la etimología de la palabra “diálogo” refiere a “la palabra a través”. Sigue el autor de la nota, argumentando que “esta parece haber sido la máxima principal de Platón a la hora de transmitir su filosofía: el hacernos ver que el pensamiento, si viaja y se comparte, es más prolífico que si se tiene a solas”. Bello origen para una palabra. Lástima que, en Venezuela, en vez de compartir, el diálogo ha sido fuente de disyunciones en el seno de la oposición al chavismo. Llevamos más de dos décadas discutiendo, a menudo de forma visceral, si es pertinente que los adversarios de este gobierno atroz dialoguen con él.

Ha ocurrido, cómo no, con las conversaciones que produjeron los llamados Acuerdos de Barbados. ¿Fueron un éxito o un fracaso? En mi opinión, de momento no se les puede juzgar tendiendo hacia ninguno de los dos polos de la posible respuesta. Diría más bien que han tenido un efecto positivo restringido, pero que ahí está. Vemos así que la campaña presidencial para el 28 de julio se desarrolla con muchos de los abusos por parte del oficialismo a los que ya estamos más que acostumbrados.

Vicios que violan el propósito de lo pactado en la pequeña isla caribeña, que no es otro que tener unos comicios justos. El gobierno sigue usando recursos públicos para su proselitismo con total desparpajo. La presencia mediática de los candidatos es grotescamente desigual. Lo peor: la oposición es objeto perenne de amenazas y persecuciones. Pero…

Pero, por otro lado, las fuerzas disidentes tienen a un candidato a todas luces bastante competitivo. No ha sido inhabilitado. De manera que hay un juego. Un juego bastante tramposo, pero en el que el contendiente contra el que las trampas están activas tiene a pesar de todo una oportunidad de ganar. Eso no era algo con lo que podíamos contar hace apenas unos meses, habida cuenta de la inhabilitación arbitraria de María Corina Machado, ganadora de la primaria de octubre, y el bloqueo a la inscripción de la candidatura de la profesora Corina Yoris, sin explicación alguna. Tal vez la situación, aunque el propio chavismo no lo hubiera pensado así originalmente, sea producto del diálogo en Barbados. O en Catar, con el gobierno de Estados Unidos. O ambos. Téngase en cuenta que sigue habiendo conversaciones entre Miraflores y la Casa Blanca de las que poco sabemos.

Sea como sea, yo pienso que la oposición está haciendo todo lo que está a su alcance para, por enésima vez, propiciar una salida a este deprimente capítulo de nuestra historia patria de forma pacífica y civilizada, pese a las barbaridades ininterrumpidas del otro lado. Y, no obstante, tiene uno todavía que ver a algunos opositores quejándose de que no hay suficiente diálogo, como si ese fuera el problema medular. Al hacer ese planteamiento disparatado, no distinguen entre las partes, dando a entender que el gobierno y la oposición tienen igual responsabilidad, para colmo de males. Puede que sus intenciones no sean impuras, pero de todas formas es un despropósito lógico y moral. Terminan banalizando abominaciones que siguen ocurriendo.

No se dan cuenta de que el diálogo no es un mandato deontológico. No es lo que Kant llamaba imperativo categórico. No es algo que se debe hacer sin importar las consecuencias. El diálogo no es más que un medio para llegar a un fin: la restauración de la democracia y el Estado de derecho en Venezuela. Solo tiene sentido emprenderlo con ese propósito. La oposición lleva años dejando claro su disposición a irse por ese camino y a negociar una transición. Pero el gobierno no ha querido. Todo estudio de la política venezolana que parta de una premisa ignorante de esta realidad arrojará conclusiones equivocadas.

Para bien o para mal, el gran evento que decidirá la suerte del país en los próximos años será la elección presidencial de julio. Todos los presentes planes de la oposición están atados a los comicios y sus posibles secuelas, incluyendo la pertinencia o impertinencia de cualquier diálogo. De ahí vienen, repito, los Acuerdos de Barbados. No veo por qué una oposición que los ha honrado tenga que dialogar en este momento con un gobierno que ha hecho lo contrario.

Otro gallo cantara si el cumplimiento fuera bilateral, en cuyo caso podríamos asumir que hay una voluntad firme en el oficialismo a negociar en serio cambios para bien más profundos. Pero como no sucede, lo que le corresponde a la oposición es presionar para que su interlocutor la tome en serio. Por los momentos, parece que la forma de lograrlo es apostar por un triunfo electoral de muy amplio margen y contar con un plan de acciones en caso de que dicha victoria sea desconocida por el poder. El mejor escenario al que podemos aspirar es que el gobierno entonces decida que no queda de otra que negociar de verdad.

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