Me quiero detener en algunas de las interpretaciones sobre el resultado de la “consulta”’ formuladas por conspicuos miembros de la “clase analista” nacional
Hace más o menos un mes hice una invitación a evitar las discusiones públicas sobre el “referéndum” convocado por la elite chavista a propósito del reclamo del Esequibo. Las razones eran muy sencillas. Primero, porque nadie con dos dedos de frente puede esperar que un gobierno radicalmente antidemocrático vaya a estar interesado en la voluntad ciudadana en este particular, ya que no lo está en ninguno. Lo que sea que esté haciendo al respecto decidió hacerlo sin tener en cuenta el resultado de la “consulta”. Si eso refleja el voto afirmativo, es porque ya había decidido hacer eso mismo y el “voto” solo sirvió para darle un halo de popularidad. Segundo, porque, al no ser el propósito decidir cómo proceder, tiene que haber otra razón, que es, a mi juicio, distraer al país con respecto a las secuelas de la primaria opositora.
Ahora que las próximas medidas gubernamentales en la materia son fait accompli y la intensidad de la propaganda probablemente baje, creo que se puede retomar la discusión sin hacerle un favor a Nicolás Maduro y compañía. Pero no estoy interesado en el “referéndum” en sí mismo, ni en la disputa con Guyana en general. Más bien me quiero detener en algunas de las interpretaciones sobre el resultado de la “consulta” formuladas por conspicuos miembros de la “clase analista” nacional, así como en sus respectivas recomendaciones derivadas.
Sin duda, el rasgo más destacado de la votación del domingo fue el contraste entre las imágenes de un vacío ubicuo entre centros de votación y el anuncio del Consejo Nacional Electoral de una participación de más de 10 millones de personas. Un contraste tan escandaloso que nadie fuera de la elite gobernante, la oposición prêt-à-porter y quizá las elites de la sociedad civil más comprometidas con Miraflores (tengo en mente a las patronales que llamaron a votar) convalidó las cifras.
Pero como buenos fetichistas que no pueden resistir sus impulsos, los practicantes del fetichismo electoral dieron rienda suelta a sus pasiones típicas. Admiten la inverosimilitud del conteo, que implica un reconocimiento de los vicios del sistema, pero en vez de pasar a un reconocimiento de la legitimidad de las inquietudes sobre el voto como herramienta para el cambio político, ponen lo primero al servicio de su culto malsano.
Sostienen, verbigracia y, sobre todo, que los números increíbles son “una maniobra de guerra psicológica contra el voto”. Que es una forma de “fomentar la abstención que el chavismo tanto desea”. Como si fuera 2000 y el público en general no entendiera que el sistema electoral venezolano está totalmente retorcido para que el chavismo siempre “gane”. La elite gobernante no necesita a estas alturas recordárselo a la gente, de ninguna manera. La gente ya lo espera. Lo ve como una constante… Y obviamente genera desaliento.
La variable, lo que puede cambiar las cosas, es lo que la oposición haga ante el sinfín de abusos. Que se le diga a la gente cómo defender su voto, para que tenga valor. Perdonen que vuelva con este asunto, pero lamentablemente la terquedad del fetichismo electoral lo amerita. Pienso que solo así se volverá a entusiasmar a la ciudadanía para que vuelva a votar en masa. Ah, pero basta y sobra que uno lo sugiera para que los fetichistas electorales estallen en denuncias de “radicalismo” y “maximalismo”. Porque para ellos, no es solo que hay que votar en toda circunstancia, sino que hay que hacerlo como ellos digan. Como son de paso por lo general apaciguadores empedernidos, descartan cualquier reclamo en resguardo del voto, porque obviamente molestaría a la elite gobernante.
Porque no convence. Es demasiado difícil tomarlo en serio, por no decir imposible. Los fetichistas electorales se jactan de ser los mayores paladines del voto y de que ellos sí “hacen algo”, en vez de los “abstencionistas que se quedan, cómodos, en casa”. En realidad, con ese voto suyo al que tanto dizque adoran, son como padres que, tan pronto como traen a sus hijos al mundo, los abandonan a su suerte en medio de una jungla llena de bestias feroces y hambrientas.
Ah, y no. Tener testigos en todas y cada una de las mesas de votación no es la estrategia que hace falta. Es indispensable, pero no basta. Porque esa fue otra, esta semana. Los referidos señores se lamentaron de que la oposición no participara en la “consulta” y adujeron que, en caso contrario, y con testigos por doquier, el CNE no hubiera podido anunciar las cifras que anunció. Ignoro si su amnesia es real o simulada. Porque en 2017, con actas en mano, Andrés Velásquez denunció el arrebato indebido de su triunfo en las elecciones para la gobernación de Bolívar. Ni así a la elite gobernante le importó. Impuso a su candidato.
Necesitamos, pues, una estrategia integral y adecuada con nuestro contexto. Que incluya cómo reaccionar, cívica y pacíficamente, en caso de que el poder arbitrario desconozca un resultado adverso. Mañana es tarde.
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