El martes pasado me encontraba bajo la lluvia. Mi carro dejó de funcionar y me quedé varado mientras buena parte de la gente que me rodeaba regresaba a casa. Después de entender que mi carro no volverÃa a la vida, llamé al concesionario donde siempre llevo el automóvil para el servicio.  Pensaba que ellos podrÃan tener una grúa que me auxiliara. Uno a veces tiene ideas raras.
Me fijé en la hora, cinco de la tarde, y el cielo era una oscuridad que se venÃa abajo con mucha agua. ParecÃa el dÃa del juicio final. Curiosamente, me atendió una persona en la agencia y fue amable. Le expliqué mi situación y él quiso saber cuál era mi número de cliente.
No entendÃ. Afuera llovÃa cada vez más fuerte. Me repitió que cuál era mi número de cliente. Le expliqué que no tenÃa idea. Entonces me dijo que sin ese dato no podÃa iniciar el protocolo. ¿Cuál protocolo?, pregunté. De una manera sorprendente, me respondió: “Los procedimientos establecidos como alternativa de solución ante una falla’’.
Sentà ganas de felicitarlo por haberse aprendido esas palabras de memoria y además poder repetirlas a tal velocidad. Entonces, recordé una de las materias que más sufrà en mi maestrÃa en literatura hispanoamericana. Era historia de la lengua, y uno se adentraba como un detective en la naturaleza de las palabras.
Ya habÃa cortado la llamada con el estricto señor de la agencia y afuera llovÃa sin parar. Agarré mi Iphone. Me gustó descubrir que los griegos llamaban protocolo a un papel que cubrÃa los rollos más antiguos. Esos rollos eran los parientes lejanos de los libros. Y ese papel (Proto y Kollum) era una hoja pegada con goma que autenticaba el rollo.
Las palabras, como los seres humanos, crecen, se desarrollan y se transforman. Son cuerpos vivos, Â independientes, y el uso cotidiano encuentra laberintos insospechados para cada palabra.
Con el tiempo protocolo se volvió un amuleto de la informática. Wikipedia afirma que son los “procedimientos destinados a estandarizar un comportamiento humano’’.
En ese instante sonó mi teléfono. Era un número desconocido de larga distancia. No tenÃa nada mejor que hacer y atendÃ. Era una joven muy amable y profesional que me llamaba desde Montevideo. QuerÃa saber si yo habÃa llevado mi carro a hacer su servicio unos dÃas antes. Contesté afirmativamente.
QuerÃa hacerme una encuesta para conocer la calidad del servicio que yo habÃa recibido. Intenté comentarle mi situación desastrosa bajo la lluvia y el desagrado con el joven que me habÃa atendido unos minutos antes y que no me habÃa ayudado.
Mis palabras no eran relevantes. Ella tenÃa una encuesta en la mano y querÃa hacerla en un tiempo determinado. Entonces me preguntó que cuantos minutos habÃan transcurrido entre que ingresé en la agencia y me atendieron.
Le expliqué que no me acordaba. Todo comenzó a parecerme muy absurdo. Hubo muchas preguntas sobre mi nivel de agrado con las sillas de la agencia, si me ofrecieron café,  si habÃa usado el baño, si los empleados estaban bien vestidos, si la hojita con el croquis del carro era legible o borrosa…
Le expliqué que no querÃa responder esas preguntas. Otra vez me ignoró. Cuando me preguntó si la agencia me habÃa ofrecido un taxi para que me llevara de vuelta a mi casa, perdà la compostura.
Le expliqué que si ella viviera en Caracas entenderÃa que todas esas preguntas eran irrelevantes. Y que era muy posible que el desperfecto que me habÃa dejado varado en la calle estuviera relacionado con un repuesto que ya no se conseguÃa en el paÃs. En ese momento me quedé sin pilas. Entonces grité, pero como ocurre en Alien, nadie podÃa escucharme.
@sdahbar
www.sergiodahbar.com




