¿Hacia dónde vamos? por Gabriel Reyes

Protestas12F

Reina la confusión. La incertidumbre es total. La difusión de información es limitada. Casi nula. No sabemos ni siquiera por dónde podemos transitar. No sabemos dónde se reclama. Las Redes Sociales muestran imágenes dantescas de estudiantes sometidos por la represión brutal de un régimen insensible que no se percata del infinito costo político de esta actitud frente al disenso.

Todo se originó en una protesta pacífica, garantizada por la Constitución Nacional, de un grupo de estudiantes para exigir condiciones de seguridad más idóneas ante la ola de delincuencia que abate nuestras casas de estudio. El clamor popular se reproduce de forma viral y el reclamo abarca otras áreas que no han sido satisfechas por un Gobierno que demagógicamente ignora su propia responsabilidad en el tema.

Pero algunos sectores del gobierno pensaron que la construcción de una agenda política de protestas multitudinarias, cívicas y organizadas debilitaría la imagen de un gobierno que hace alarde de amplitud y ejemplar democracia.

Todo esto ocurre en el contexto de una crisis económica atribuida a una Guerra de sectores empresariales y potencias extranjeras, pero que coincide con las noticias de toneladas de comida e insumos que se pudren en nuestros puertos. Con el anuncio rimbombante de una Ley de Precios Justos en el Paraíso de la Inflación.

Todo esto ocurre en medio de una atentado flagrante contra la libertad de prensa y contra el derecho de los ciudadanos a estar informados mediante el impedimento físico a los empresarios de los medios impresos de obtener el papel, ingrediente fundamental para garantizar el ansiado producto.

Entonces, una marcha pacífica, cívica, organizada, con presencia mayoritaria de estudiantes cuya única arma es la esperanza de un futuro diferente, es infiltrada y atacada, entre otros por funcionarios, como lo demuestran videos, testimonios y trabajos publicados de investigación periodística, y el país se enluta en una espiral incontrolable que nos trae a la fecha de hoy, sin que se vislumbre una solución, en medio de una crisis real de gobernabilidad, al borde del caos.

En un análisis muy somero del antes y el ahora, encontramos que los problemas que ocasionaron los reclamos no han sido resueltos, por el contrario, hoy Venezuela representa una preocupación para el mundo civilizado, ese que no está bozaleado con la arepa petrolera. Solamente CNNe transmite imágenes de Venezuela que Venezuela puede ver sin la censura de un marco regulatorio que atenta contra derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

Hoy, Lepoldo López, uno de los tres líderes visibles de este apoyo a los estudiantes, se ha entregado al gobierno para un dudoso proceso donde múltiples acusaciones parecieran cerrar el paso a su discurso y a su accionar político. El resto de los dirigentes observan y peparan su respuesta. En el medio, millares de jóvenes hacen de las calles el epicentro de su catársis, el escenario donde libran épicas batallas por su futuro, sin medir consecuencias, sin escatimar en su sacrificio, sin entender por qué del otro lado, venezolanos como ellos arremeten con gases, golpes y perdigones en el mejor de los casos, y con disparos, desgraciadamente certeros, en otros.

Venezuela arde por los cuatro costados, arde en el centro, arde en la capital, arde en el corazón de quienes con impotencia no comprendemos cómo hemos llegado hasta aquí, pero que nos angustia el no saber hacia dónde vamos. Hay malestar, hay miedo, hay esperanza, hay confusión.

Es el momento de los líderes. El momento de la palabra serena, directa y constructiva. Venezuela no puede perderse en el caos de la sordera de un gobierno que debe sentarse a escuchar los reclamos de sus ciudadanos. No podemos apagar la candela con gasolina. Estos hechos no pueden constituirse en otra excusa para encubrir el estrepitoso fracaso de medidas económicas erradas, de una infinita corrupción reconocida en el otorgamiento de divisas, de un odio más allá de lo normal.

Es el momento de llamar a la sensatez a quienes ejercen el monopolio de la fuerza, a quienes deberían ser los rectores del comportamiento ciudadano, a quienes tienen la obligación de garantizarnos el derecho a la vida. Ignorar este reclamo, es recurrir a la ignominiosa barbarie que solo trae muerte y llanto a nuestros hogares.

Las Fuerzas Armadas, gendarmes de la democracia y garantes de la paz no pueden confundirse con este atajo de bandas paramilitares armadas que se mezclan entre la muchedumbre para sembrar el terror. Esta lucha no es la correcta. La lucha es la lucha de ideas, la lucha de planteamientos de modelos alternativos, la lucha del propio ejercicio de la democracia, donde el pluralismo es su elemento básico y el disenso su ejercicio diario.

Quiero paz para Venezuela, pero una paz digna, de pie y no de rodillas, donde mi derechos tengan sentido, donde no sea prisionero de un sistema, donde mi condición de ciudadano sea respetado por el gobierno, y donde las condiciones de vida de mi pueblo estén garantizadas.

No quiero más violencia, ni la de las balas, ni las de los discursos de odio, ni la del terrorismo judicial, ni la del blackout informativo. Este país es demasiado noble para ser mancillado por la incapacidad de construir puentes entre sus habitantes. No podemos pretender que la autoridad sea acatada bajo el estigma del terror. El reconocimiento a la autoridad, eso que algunos llaman “legitimidad”, es un ejercicio que se negocia, no se impone.

Y si al final del día, quienes tienen que garantizar la paz y armonía para todos los venezolanos no saben, no pueden o no quieren hacerlo, deben entender que las leyes, la historia y un mundo que nos observa lo reclamará, y que las bocas que hoy cierran se multiplicarán en la medida en la que no aprendan a escucharlas.

El arte de gobernar no significa el saber mandar. Siginifica ser justo y equitativo. Es la hora en la que los que leen estos escritos con frecuencia y los que los ignoran con displicencia reflexionen  y revisemos si llevamos el camino correcto.

Amanecerá y veremos…

@greyesg

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Protestas12F

Reina la confusión. La incertidumbre es total. La difusión de información es limitada. Casi nula. No sabemos ni siquiera por dónde podemos transitar. No sabemos dónde se reclama. Las Redes Sociales muestran imágenes dantescas de estudiantes sometidos por la represión brutal de un régimen insensible que no se percata del infinito costo político de esta actitud frente al disenso.

Todo se originó en una protesta pacífica, garantizada por la Constitución Nacional, de un grupo de estudiantes para exigir condiciones de seguridad más idóneas ante la ola de delincuencia que abate nuestras casas de estudio. El clamor popular se reproduce de forma viral y el reclamo abarca otras áreas que no han sido satisfechas por un Gobierno que demagógicamente ignora su propia responsabilidad en el tema.

Pero algunos sectores del gobierno pensaron que la construcción de una agenda política de protestas multitudinarias, cívicas y organizadas debilitaría la imagen de un gobierno que hace alarde de amplitud y ejemplar democracia.

Todo esto ocurre en el contexto de una crisis económica atribuida a una Guerra de sectores empresariales y potencias extranjeras, pero que coincide con las noticias de toneladas de comida e insumos que se pudren en nuestros puertos. Con el anuncio rimbombante de una Ley de Precios Justos en el Paraíso de la Inflación.

Todo esto ocurre en medio de una atentado flagrante contra la libertad de prensa y contra el derecho de los ciudadanos a estar informados mediante el impedimento físico a los empresarios de los medios impresos de obtener el papel, ingrediente fundamental para garantizar el ansiado producto.

Entonces, una marcha pacífica, cívica, organizada, con presencia mayoritaria de estudiantes cuya única arma es la esperanza de un futuro diferente, es infiltrada y atacada, entre otros por funcionarios, como lo demuestran videos, testimonios y trabajos publicados de investigación periodística, y el país se enluta en una espiral incontrolable que nos trae a la fecha de hoy, sin que se vislumbre una solución, en medio de una crisis real de gobernabilidad, al borde del caos.

En un análisis muy somero del antes y el ahora, encontramos que los problemas que ocasionaron los reclamos no han sido resueltos, por el contrario, hoy Venezuela representa una preocupación para el mundo civilizado, ese que no está bozaleado con la arepa petrolera. Solamente CNNe transmite imágenes de Venezuela que Venezuela puede ver sin la censura de un marco regulatorio que atenta contra derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

Hoy, Lepoldo López, uno de los tres líderes visibles de este apoyo a los estudiantes, se ha entregado al gobierno para un dudoso proceso donde múltiples acusaciones parecieran cerrar el paso a su discurso y a su accionar político. El resto de los dirigentes observan y peparan su respuesta. En el medio, millares de jóvenes hacen de las calles el epicentro de su catársis, el escenario donde libran épicas batallas por su futuro, sin medir consecuencias, sin escatimar en su sacrificio, sin entender por qué del otro lado, venezolanos como ellos arremeten con gases, golpes y perdigones en el mejor de los casos, y con disparos, desgraciadamente certeros, en otros.

Venezuela arde por los cuatro costados, arde en el centro, arde en la capital, arde en el corazón de quienes con impotencia no comprendemos cómo hemos llegado hasta aquí, pero que nos angustia el no saber hacia dónde vamos. Hay malestar, hay miedo, hay esperanza, hay confusión.

Es el momento de los líderes. El momento de la palabra serena, directa y constructiva. Venezuela no puede perderse en el caos de la sordera de un gobierno que debe sentarse a escuchar los reclamos de sus ciudadanos. No podemos apagar la candela con gasolina. Estos hechos no pueden constituirse en otra excusa para encubrir el estrepitoso fracaso de medidas económicas erradas, de una infinita corrupción reconocida en el otorgamiento de divisas, de un odio más allá de lo normal.

Es el momento de llamar a la sensatez a quienes ejercen el monopolio de la fuerza, a quienes deberían ser los rectores del comportamiento ciudadano, a quienes tienen la obligación de garantizarnos el derecho a la vida. Ignorar este reclamo, es recurrir a la ignominiosa barbarie que solo trae muerte y llanto a nuestros hogares.

Las Fuerzas Armadas, gendarmes de la democracia y garantes de la paz no pueden confundirse con este atajo de bandas paramilitares armadas que se mezclan entre la muchedumbre para sembrar el terror. Esta lucha no es la correcta. La lucha es la lucha de ideas, la lucha de planteamientos de modelos alternativos, la lucha del propio ejercicio de la democracia, donde el pluralismo es su elemento básico y el disenso su ejercicio diario.

Quiero paz para Venezuela, pero una paz digna, de pie y no de rodillas, donde mi derechos tengan sentido, donde no sea prisionero de un sistema, donde mi condición de ciudadano sea respetado por el gobierno, y donde las condiciones de vida de mi pueblo estén garantizadas.

No quiero más violencia, ni la de las balas, ni las de los discursos de odio, ni la del terrorismo judicial, ni la del blackout informativo. Este país es demasiado noble para ser mancillado por la incapacidad de construir puentes entre sus habitantes. No podemos pretender que la autoridad sea acatada bajo el estigma del terror. El reconocimiento a la autoridad, eso que algunos llaman “legitimidad”, es un ejercicio que se negocia, no se impone.

Y si al final del día, quienes tienen que garantizar la paz y armonía para todos los venezolanos no saben, no pueden o no quieren hacerlo, deben entender que las leyes, la historia y un mundo que nos observa lo reclamará, y que las bocas que hoy cierran se multiplicarán en la medida en la que no aprendan a escucharlas.

El arte de gobernar no significa el saber mandar. Siginifica ser justo y equitativo. Es la hora en la que los que leen estos escritos con frecuencia y los que los ignoran con displicencia reflexionen  y revisemos si llevamos el camino correcto.

Amanecerá y veremos…

@greyesg

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