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Acnur: Situación de indígenas venezolanos en Brasil es

UNOS 1800 INDÍGENAS VENEZOLANOS que migraron a Brasil permanecen, sin expectativas, en refugios cerca de la frontera. Un panorama “bastante trágico”, según Filippo Grandi, Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur).

Después de una visita de Grandi a los estados brasileños de Roraima y Amazona pudo constatar que los indígenas venezolanos claramente no forman parte del proceso de “interiorización”. El programa gubernamental Operación Acogida, que traslada y ubica a inmigrantes venezolanos en distintas localidades del interior de Brasil en función de plazas de trabajos, no puede ofrecer empleos para los que habitualmente los indígenas no tienen capacitación.

“Tienen menos oportunidades que los otros refugiados de ser incluidos económica o socialmente. Es bastante trágico”.

Cientos de indígenas venezolanos, principalmente waraos, han emigrado hacia Brasil desde 2016, cuando se agudizó la crisis económica en el país. Los waraos, la segunda mayor población indígena de Venezuela, tienen que recorrer más de 800 kilómetros desde el noreste de su país, donde se asientan sus comunidades, hasta la frontera.

La situación se complica para los migrantes indígenas. Desnutrición, enfermedades como VIH, la lengua, pues no hablan portugués por lo que se dedican a la venta callejera de artesanías o a la mendicidad. Su integración es “sumamente compleja”, admite el diplomático.

 

Grandi explicó que hizo un llamado al gobierno brasileño para que estos casos sean examinados muy cuidadosamente a fin de que “se creen algunas oportunidades para ellos”.

“Creo que deben hacerse algunos esfuerzos para asegurarse de que tengan acceso a los servicios públicos, que los niños puedan ir a la escuela y los adultos tengan trabajo”, estimó.

La ONU estima que 3,6 millones de venezolanos, 12% de la población, dejaron su país desde inicios de 2016.

Según el organismo, hay unos 168.000 venezolanos en Brasil, el quinto país de la región por número de inmigrantes de ese país.

 

*Con información de AFP

Los yukpa vivieron un año en Cúcuta y apenas nos enteramos
Estos indígenas venezolanos llegaron a Colombia tras un rumor de que aquí, al menos, había arroz para comer. Eran unos 300 y estuvieron en el país hasta junio, viviendo en condiciones indignas. Dos de sus niños murieron por desnutrición y eran objeto de amenazas constantes por supuestamente ser contrabandistas

 

Carolina Gutiérrez Torres | Fotos: Juan Arredondo

Primera semana de mayo del 2018, Cúcuta

Para encontrar a los indígenas venezolanos yukpa en Cúcuta, hay que ir al puente Francisco de Paula Santander que une a Colombia y Venezuela: el segundo paso fronterizo entre los dos países (el primero es el Simón Bolívar); la entrada menos custodiada por las autoridades y menos contada por los medios de comunicación; el lugar por donde pasa el contrabando a plena luz del día y frente a los ojos de las autoridades; el escenario de enfrentamientos nocturnos entre bandas criminales que quieren controlar las rutas del contrabando; el sitio donde a veces, solo a veces, se preocupan por sellar el pasaporte.

En la margen derecha, justo debajo del puente, está el primer grupo de yukpa. Hay que ir con cuidado: son buscapleitos, tiraflechas, contrabandistas. O al menos eso dicen la policía y los titulares de prensa: “Indígenas Yukpa agredieron con piedras a funcionarios en puente fronterizo”, “Nuevos enfrentamientos entre Yukpa y autoridades”. Los otros dos grupos están al lado izquierdo del puente. Para llegar a ellos, hay que caminar por la calle paralela al río Táchira, pasar una cancha de fútbol, seguir hasta encontrar unos arbustos y atravesar ese matorral. Ahí están. Con ellos no hay de qué preocuparse: son muy pacíficos. Eso sí: hay que pedirle autorización a los caciques para entrar. En total, son unos 300 indígenas.

La historia de los yukpa es casi tan invisible para el país como la del Francisco de Paula Santander: el puente por donde entraron los indígenas a Colombia en junio del 2017, huyendo del hambre y las enfermedades en su territorio (la serranía del Perijá, estado de Zulia), y donde se quedaron a vivir. Los yukpa llevan un año aquí y no sabemos casi nada de ellos. No sólo porque están yendo y viniendo de su territorio, o porque no tienen líderes absolutos que sean sus voceros, sino porque su relación con el Estado colombiano ha sido a estrujones. No confían en casi nadie.

De los yukpa, sabemos que están viviendo en condiciones indignas en la intemperie y que este año han muerto dos de sus niños por desnutrición. Sabemos que han denunciado la desaparición de varios de sus miembros, y que se sienten amenazados por los criminales que se mueven por el puente. Sabemos que están empeñados en quedarse en Cúcuta porque en Venezuela comprar arroz se volvió un lujo y aquí, desde que llegaron, al menos no les ha faltado su arrocito. Sabemos que le están pidiendo al Estado colombiano ser atendidos como ciudadanos de este país, porque vienen de un territorio que comparten con Colombia y eso, sostienen, los convierte en “indígenas binacionales”. Sobre su origen y su cultura y su cosmovisión, no sabemos nada. Por eso estamos acá.

***

Es martes 8 de mayo y estamos frente al puente Francisco de Paula Santander. Nos subimos al puente, caminamos por la margen derecha, nos detenemos en la mitad del trayecto y miramos hacia abajo. Vemos los cambuches de palos y plásticos en los que vive el primer grupo de yukpa del que nos hablaron; vemos niños desnudos, o con la ropa sucia y a medio poner, acostados sobre cajas de cartón; vemos indígenas con bultos en la espalda, cruzando las aguas sucias y malolientes del río Táchira, para esquivar los puestos de las autoridades fronterizas. Le preguntamos a un policía por los yukpa asentados debajo del puente y nos responde que son unos revoltosos y que se ponen más agresivos, aún, cuando los detienen con contrabando, pero que qué más puede hacer la policía si su misión es mantener la seguridad y el orden.

Nos devolvemos, nos bajamos del puente y pensamos unos segundos qué hacer. Decidimos coger el camino de la izquierda y buscar a los dos grupos de yukpa que están asentados detrás de los matorrales. Cuando ya estamos muy cerca vemos a una mujer indígena junto a varios niños. Les sonreímos. Les decimos que estamos buscando a Henry o a Samuel, sus caciques. La mujer nos hace una señal para que la sigamos y empieza a caminar. Atravesamos los arbustos y llegamos a su pequeña comunidad, también construida con palos de madera y reciclaje.

Nos reciben otras mujeres, les preguntamos por los caciques y nos llevan de la mano hasta un rancho. Nos piden que esperemos. Mientras tanto, más mujeres y niños nos rodean; la mayoría de los pequeños tienen ronchas en la piel, las barrigas infladas de parásitos y el pelo descolorido. Después de unos segundos llega el cacique Samuel Romero, con un sombrero de paja y una banda amarilla, azul y roja, y estrellas blancas, atravesada en el pecho. Él se sienta en una silla y el resto nos acomodamos en el suelo, rodeándolo. Les contamos lo que estamos haciendo y les pedimos autorización para estar allí. Aunque muchos no entienden ni una palabra de español, todos nos escuchan atentos. Samuel nos da su aprobación.

Cuando les preguntamos por su origen, por el lugar del que migraron, una de las mujeres corre hasta el rancho del cacique y trae una cartulina verde, en la que hay dibujado un paisaje infantil. “Nosotros venimos de aquí”, dice Sonia Martínez, mientras señala el dibujo trazado con lapicero azul. El dedo de Sonia apunta a unas montañas, a un sol, a una casa grande ubicada en el centro, y a varias casitas regadas por los alrededores. Allá han vivido históricamente en casas de caña brava, bahareque, techo de paja o de hojas de palma, y piso de tierra. No tienen autoridades ni un gobierno absoluto. Están divididos en pequeños grupos liderados por un cacique, y asentados alrededor de una sede principal, que es donde solían recibir la atención médica, los alimentos y la educación que les proveía el Gobierno venezolano. Sobrevivían cazando; cultivando malanga, yuca, plátano, caraotas y frijoles; y vendiendo la cosecha para comprar sal, arroz, aceite y elementos de aseo: lo básico para vivir. Pero la crisis política y económica de Venezuela también se trepó en esa montaña y los estaba acabando.

“Nos demorábamos entre tres y seis meses sacando tres sacos de yuca, y nos los compraban a precio de gallina flaca”, dice Brinolfo, un líder yukpa de la comunidad vecina, que queda a unos pasos de aquí y que lidera el cacique Henry. Por tres bultos de yuca les daban un millón de bolívares, explica el señor, y esa plata apenas les alcanzaba para comprar un kilo de arroz. Así no hay quien sobreviva. El hambre y el desespero los estaba llevando a robarse la siembra entre los diferentes grupos, a pelearse. Ahí se dieron cuenta de que estaban tocando fondo.

Por ese entonces, hasta la sierra del Perijá venezolana había llegado el rumor de que en una ciudad colombiana llamada Cúcuta al menos había arroz para comer. No lo pensaron más y decidieron cruzar a Colombia. Se organizaron y emprendieron tres días de viaje en burros y buses, y de largas caminatas, hasta que arribaron al puente Francisco de Paula Santander. Eran unos 60. La mayoría, niños, mujeres y ancianos enfermos. Muy enfermos.

Sonia coge la cartulina en sus manos y señala ahora la punta de una montaña, de la que se desprende una cascada. Es su montaña sagrada desde los tiempos de “atancha” (“desde nuestros antepasados”, explica Samuel). Se llama turi, que significa agua de manantial. “No se puede llegar a ella. Cuando estamos cerquita ella se pone lejos. La primera piedra con que se fundó nuestra comunidad salió de ahí”, cuenta Sonia. Los ancestros de los yukpa son los indígenas caribe. Se calcula que en Venezuela son unos diez mil.

En ese paisaje azul está todo lo que los yukpa tuvieron que abandonar para ir en busca de comida y de atención médica para sus niños enfermos, sobre todo, de tuberculosis y desnutrición. Dejaron su lugar de origen, su turi sagrada y, claro, sus tradiciones. Por ejemplo, esa que reza que hay que cortarle el pelo a las niñas al ras después de su primera menstruación, y que luego deben permanecer un mes encerradas en el monte, completamente aisladas, tejiendo y comiendo alimentos sin sal. “Cuando termina el mes se hace una fiesta. La señorita tiene que preparar la chicha para demostrar que sabe cómo cocinar”, explica Neli Achita, otra mujer de la comunidad. Para casarse, tiene que esperar hasta los 18 años.

Todos seguimos sentados en el mismo círculo, escuchando las historias de las mujeres. De pronto el cacique Samuel se pone de pie y las reúne. Intercambian un par de frases en su lengua y luego nos dicen que quieren mostrarnos uno de sus bailes tradicionales. Cuatro mujeres hacen una fila horizontal y una de ellas coge a un niño en sus brazos. Comienzan a cantar en su lengua y a balancearse hacia adelante y hacia atrás.

Es el baile de los niños recién nacidos y lo hacen cada 24 de diciembre. Las mujeres cargan a los bebés de la comunidad y danzan con ellos mientras, con la mano, simulan que les están llevando comida a la boca. Es la representación de su primer bocado bendecido por el cacique: una especie de aseguranza para que no les falte el alimento. Aunque en esta Venezuela de hoy, comandada por un dictador, no hay poderes ancestrales que valgan. Los yukpa se estaban muriendo de hambre en su territorio y hoy, con su migración y la división de la comunidad, está en riesgo la supervivencia de su cultura.

Las mujeres bailan. Los niños se ríen y aplauden. Y por un instante todo es fiesta en la comunidad del cacique Samuel.

Consulta el reportaje completo en este enlace.

Mira el especial “Cúcuta: Salida de emergencia“.

Indígenas venezolanos emigran a Brasil buscando comida

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“¿Cómo se dice en Brasil? ¿Obrigado? Pues obrigado porque en Brasil hay comida. En Venezuela no hay comida”. Una treintena de indígenas de la etnia warao intenta comunicarse con Juliano Torquato, alcalde de Pacaraima, un municipio en Roraima, el Estado más al noreste de Brasil. Quieren explicarle su situación. Que viven al lado de la autopista, no muy lejos de donde están esta lluviosa tarde de verano. Que duermen en el suelo y viven de donativos entre perros, moscas y juguetes de segunda mano. Que comen cuando hay comida. Y lo que es más problemático para esta localidad de 16.000 habitantes, para la ciudad que tiene al lado y para el Estado en el que se encuentra: que no están solos.

La región ha sido sacudida en los últimos meses por un torrente de inmigrantes venezolanos —indígenas o no— que cruzan la frontera de Roraima con la esperanza de que Brasil les ofrezca una vida mejor, o al menos trabajo, o al menos comida. La mayoría llega a través de Pacaraima y echa a andar hacia Boa Vista, la capital; en el camino, viven de donativos, de trabajos sueltos o de mendigar. Los indígenas intentan volver a sus comunidades en algún momento. Los no indígenas, no. Freiomar Viana, de 41 años, pertenece al segundo grupo: se trajo a la familia de Caracas a Brasil hace un año y ahora ya no le ve sentido a dejar su trabajo en una cafetería de Boa Vista. “Con un salario venezolano uno no puede comer más de tres días. Si tienes familia, ¿cómo vas a apañártelas?”.

En Pacaraima muchos ya estaban acostumbrados a las idas y venidas de los venezolanos, que llegaban desde su país, compraban productos de primera necesidad y volvían. Pero ahora los visitantes ya no regresan y es común verlos malviviendo en las calles del municipio. El Gobierno del Estado contó hasta 177 venezolanos en situación precaria por las calles, el pasado agosto. En diciembre, la ciudad decretó un estado de emergencia para la salud pública. Es una situación insólita también para los venezolanos, que vienen de un país acostumbrado a recibir migrantes y no a lo contrario, según Francilene Rodrigues, profesora de estudios sobre fronteras de la Universidad Federal de Roraima. Pero en cuanto comenzó la presidencia de Hugo Chávez en 1999 se inició también el nuevo movimiento migratorio: la clase media empezó a irse a Estados Unidos y España. Después empezaron a irse los más pobres. “Y a partir de 2010 el proceso se recrudece”, recalca Rodrigues. “El alto coste de la vida en Venezuela, más la caída del precio del petróleo ha hecho estragos con la economía del país”.

María Pérez, indígena warao, tiene otras palabras para explicar este fenómeno migratorio: “Chávez murió en 2013 y entonces se acabó la comida y llegó la crisis. No hay nada que comprar y cuando lo hay es demasiado caro”. La mayoría de estos nuevos expatriados son jóvenes, es decir, personas en edad de producir.

Pero hay un problema insondable: estos jóvenes eligen Roraima más por la proximidad que por las oportunidades que ofrece. “Los venezolanos sienten un gran orgullo de su nación; el estar cerca de la frontera les da la oportunidad de volver en cualquier momento”, explica Rodrigues. Son un gran número para un Gobierno relativamente pequeño y una bolsa de trabajo aún menor.

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