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Cinismo

Ene 08, 2019 | Actualizado hace 10 meses
Más allá del cinismo, por Alejandro Moreno

HABLAR O ESCRIBIR, DE UNA U OTRA MANERA, sobre la corrupción en la Venezuela chavista se ha hecho tan ordinario que ya hoy es hasta cansino. Pero por mucho que nos canse, no debemos pasarlo por alto. Sin embargo, se está imponiendo una tendencia sumamente peligrosa y que se manifiesta en expresiones tales como “Venezuela es un país de corruptos” o “Aquí todo el mundo es mafioso” y otras por el estilo. Generalizar siempre es incluir en esa generalización a quien cabe justamente en ella y a quien no tiene nada que ver con el tema de que se trata. Cuando, como en este caso, se está atribuyendo algo tan perverso a todo un pueblo, la injusticia es evidente y muy grave. Es importante no hacer atribuciones de este tipo.

La situación por la que estamos pasando tenemos que pensar que es transitoria y, aunque ciertamente nos costará mucho rehacernos de ella, no podemos decir que haya dañado profundamente nuestro sentido de la honestidad o nuestra capacidad de discernir el bien del mal y optar por lo que debe ser. Es verdad que el cinismo con el que en general estos corruptos desenfadadamente se muestran, es tan osado que va más allá de todos los límites imaginables, pero nuestro pueblo se ha resistido sólidamente a seguirlos sin más en su perversión. La gente continúa distinguiendo muy bien, porque además sufre las consecuencias de sus actos criminales, entre el malandro, pues por mucha que sea su fortuna mal habida merece este calificativo, y la persona de bien.

En esto está nuestra fuerza moral y vital. No la hemos perdido. Sobre esta fuerza, nos seguimos manteniendo. De ella se nutren las raíces profundas, de las que hablaba Ugalde en uno de sus últimos artículos, las que garantizan el reverdecimiento de los samanes después del tiempo de verano, que pasará, en nuestras llanuras.

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Oligarquía titánica, por Laureano Márquez

Puño

 

A Don Armando Rojas Guardia

Para estar a tono con los tiempos que corren, me inscribí en un curso de tragedia clásica. En una de las sesiones nos dedicamos al estudio de los titanes, personajes sumamente importantes en la mitología antigua porque, en uno de los diversos mitos griegos sobre la creación, se habla de que el hombre fue formado de las cenizas de los titanes, luego de que Zeus —que no se lo pensaba dos veces para achicharrar al más pintado— los fulminara con un rayo como castigo por haberse jartado a Dionisos. El alma humana que de esa masa cenicienta surgió tiene, pues, en su constitución elementos titánicos y dionisíacos.

El uso que contemporáneamente damos a la palabra titán  refiere a una persona capaz de hacer esfuerzos excepcionales, es decir, titánicos. Pero para los griegos significaba otra cosa: según Kerényi, la palabra viene de titainein que significa “sobrepasarse a sí mismo” y no había nada peor para un griego que la desmesura. “Nada en demasía” era su consigna. Qué lástima que los que botaron al mar al celebérrimo  Titanic no supieran esto, porque no habrían cometido la soberbia desmesura de retar a los dioses considerándolo “el insumergible”. Amargas son las lecciones que recibimos los hombres cuando nos creemos dioses.

    Partiendo de la caracterización que hace López Pedraza, definamos los rasgos distintivos de los titanes:

  • La transgresión del límite y la vocación de omnipotencia. Esa sensación de supremacía los hace sentirse dueños de todo y capaces de cualquier cosa. No hay ley que pueda frenarlos ni principio que no pueda ser violado.
  • El titán es mesiánico: la vida se divide en antes y después de él. Exige confianza, adoración y entrega absoluta: solo él conoce lo que es bueno para todos. Todo el que se le oponga, por tanto, es un traidor, un enemigo, un gusano digno de ser encarcelado, vejado y humillado.
  • El titán es fraudulento: hace promesas que no cumple, hace trampas. Dice cosas como “me cambio el nombre si no logro tal cosa o tal otra”. Es de naturaleza embustera, farsante, embaucadora y pilla. El cinismo es su estado natural.
  • El titán es charlatán: habla, habla y habla para llenar el vacío de su inconsistencia y su carencia de ideas. No se me ocurre ningún ejemplo en este momento, pero se han visto.
  • El titán está, pues, en la frontera de la psicopatía.

Pero los griegos no solo se dedicaron a contar mitos que recogían sus teogonías y cosmogonías, sino que también formularon las bases de la filosofía política de Occidente, entre otros detallitos. Aristóteles, por ejemplo, realiza una clasificación de las formas de gobierno según estas estuviesen orientadas al beneficio colectivo de la ciudadanía o a beneficio propio de los gobernantes. Una de las peores formas de gobierno, hermana de la tiranía, es la oligarquía. Como es una degeneración de la aristocracia, es una forma de gobierno ejercida por los ricos más brutos. Los ricos brutos son aquellos cuya fortuna no es producto del esfuerzo sostenido e inteligente de años, sino del privilegio cortoplacista que daba la posibilidad corrupta otorgada por Pericles de que sus compinches obtuviesen dracmas a 10 denarios, mientras en el ágora estaban a más de 3000. Eran, pues, los pericleros dramáticamente ricos y excepcionalmente brutos.

Sin duda, solo puede ser visto como una fatalidad del destino —de esas que tanto animaban a los autores trágicos griegos— el hecho de que quien alguna vez insurgió en contra de una oligarquía, termine edificando otra oligarquía y, además, titánica. Dura la predestinación  de ser a un mismo tiempo rico, bruto y todopoderoso (dura, digo, para el que la padece).

@laureanomar

Las dos ventajas del cinismo por Ángel Oropeza

descaro

 

De acuerdo con el DRAE, cinismo se define como “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”. Si bien el origen del término es un poco más noble, asociado con la llamada escuela filosófica cínica, nacida en Grecia en el siglo IV a.C., y cuyo principal representante fue Diógenes, el concepto de cinismo fue mutando con el tiempo y hoy se asocia a falta de vergüenza, descaro y burla.

La psicología, a su vez, concibe el cinismo como una forma de dispatía (contrario a empatía), en cuanto constituye una distancia con los sentimientos del otro mediante una estrategia de burla y banalización. De hecho, definiciones más amplias lo describen como “beneficiarse como sea sin importar perjudicar a otras personas”. Es el desprecio burlón, la indolencia y el rechazo a los demás las marcas distintivas del cínico.

En Venezuela, las últimas semanas han sido testigos de palmarias evidencias de cinismo por parte de nuestra decadente oligarquía. Aunque el cinismo es desde hace mucho tiempo consustancial con la forma en que la actual clase gobernante se relaciona con el país, estamos presenciando una agudización en cuanto a su ya alta frecuencia de uso.

Así por ejemplo, el mismo día que se anunciaba un cierre superior a 700% de inflación para este año, un decrecimiento del PIB por encima de 10%, y cómo venezolanos hambrientos lloraban al ver comida en los anaqueles de los automercados colombianos, el mediocre titular de un parapeto llamado “vicepresidencia de planificación y conocimiento” mentía sin rubor en la ONU afirmando que 94% de nuestros compatriotas comen tres veces o más al día. Los mismos venezolanos que según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la UCAB, UCV y USB presentaban para noviembre de 2015 un nivel de pobreza de ingreso superior a 73% de los hogares. Ya unos días antes, una infeliz funcionaria insultaba en la OEA a las inmensas colas de venezolanos que padecen para comer, diciendo que en nuestro país sobra tanto la comida que tenemos para alimentar a tres naciones.

Pero si el cinismo verbal es condenable, el cinismo conductual es todavía más obsceno: golpear mujeres y niños en las colas en nombre del amor y la paz; violar derechos humanos alegando la suprema felicidad de la patria; impedir –en nombre de la soberanía del pueblo– que el mismo pueblo convoque un referendo revocatorio para ejercer su soberanía; “magistrados” de dudosísima reputación sentenciando que es ilegal revisar su ilegal designación.

Por supuesto que el cinismo refleja, desde la perspectiva psicológica, una endeble y defensiva personalidad. Pero desde el punto de vista político, presenta dos ventajas principales para quienes lo practican como estrategia.

En primer lugar, al refugiarse el cínico en argumentos tan psicóticamente extraviados, impide el debate. Debatir con un gobierno de tan patológico cinismo, que afirma que el cielo es verde y los árboles vinotinto, es como intentar argumentar con un orate. Al impedir el debate lógico sobre realidades discutibles, el cínico se libera de la penosa tarea de justificar lo injustificable.

Pero, en segundo lugar, y como ventaja más importante, el cinismo de nuestros burócratas persigue como estrategia desestimular no solo a los opositores, sino al resto de la población. En respuesta al planificado cinismo gubernamental, muchas personas se desaniman y frustran al sentir que es tan inmensa la distancia entre su sufrimiento cotidiano y lo que perciben quienes los gobiernan, que no hay ninguna posibilidad de atacar las causas de sus limitaciones y penurias. Sembrar desesperanza es la intención primaria de la estrategia del cinismo.

La historia demuestra que la mayoría de las veces, el crecimiento del cinismo es un reflejo de la debilidad de los regímenes autoritarios. El aumento del primero intenta tapar el temor y la fragilidad de los segundos. Cualquier parecido de lo que estamos presenciando hoy en Venezuela con los ejemplos de la historia, no es para nada coincidencia.

@AngelOropeza182

Hacerlo mal como sea por Víctor Maldonado C.

Vidrio

 

Si hacemos caso a lo que gritan las encuestas políticas existe una inmensa necesidad de cambio. Muy pocos pueden estar satisfechos con un país desolado por la inseguridad ciudadana y una economía que nos lleva a todos a la más infamante ruina. La vida se hace añicos entre el miedo y el empobrecimiento cotidiano sin que el régimen se de por aludido. Como si esto que nos está ocurriendo a todos no tenga nada que ver con malas decisiones y peores enfoques de políticas públicas. Como si fuera posible que toda esta inercia esté patrocinada por alguna entidad externa que nos quiere hacer la vida imposible y que no hay forma de exorcizar.

El gobierno se hace el sordo y juega al cinismo. Las colas son chéveres. La escasez nos hace más virtuosos y contenidos. La inflación nos permite descubrir la cantera de fraternidad que existe en nuestra sociedad. El desempleo nos da más tiempo libre para dedicarnos a construir esa nueva sociedad en donde todos tendremos acceso a la prosperidad sin tener que pagar el peaje del trabajo productivo. Los apagones nos hacen descubrir la belleza de las tinieblas y desarrollar esos otros sentidos que no tienen que ver con la luz. Las fronteras cerradas nos ha devuelto la sensación de patria que se nos estaba escurriendo a través del contrabando. La basura es solamente un recordatorio de la falta que nos hace el ecosocialismo, y la ruina de las empresas públicas es una advertencia de todo lo que tenemos que luchar todavía para aplacar al enemigo interno que hace todo lo posible para extinguir la maravillosa experiencia del socialismo del siglo XXI.

Pero el cinismo político no mejora la realidad social. El país continúa su deterioro sin encontrarle explicación posible a las razones que obligan al gobierno a hacerlo tan mal, sin contrición alguna, sin que le apene el daño provocado, sin condolerse por las familias truncadas, las vidas cegadas, la vergüenza acumulada, y esa sensación de que poca cosa hay que hacer porque todo está perdido. Las razones son viles, pero están impuestas desde la fuerza ejercida sin prudencia y sin límites. El gobierno no encuentra incentivos para la sensatez porque tiene a su disposición toda la fuerza represiva que requiera para imponer sus propios puntos de vista. No hay quien le ponga límites. No hay separación de poderes. Todos están fundidos en el hecho de ser revolucionarios y de haber puesto por encima de cualquier consideración el afán de retener el poder a cualquier costo.

Hay mucho de impudicia en este momento nacional. Las tramas de las que se sirve el gobierno son cada vez menos creíbles, menos elaboradas, más primitivas. Pareciera que para ellos fuera suficiente el enunciado de la razón de estado cuyas justificaciones, empero, son totalmente espurias. Ellos no son el estado, aunque lo disfruten como si solamente ellos existieran. No hay derechos garantizados para nadie en un contexto en el que todo parece ser posible y cualquier cosa pueda justificarse. Cualquiera de ellos se sirve de los mecanismos de inteligencia para violar la privacidad de cualquier ciudadano. Luego la exhiben sin que medie el peso de conciencia de estar cometiendo un delito. Pero eso es solamente el principio. Alguien grita que la conversación obtenida ilegalmente demuestra que hay traición a la patria, suplantación de funciones, conspiración evidente, mala fe notoria y constatación de que efectivamente estamos en guerra económica. No hay juicio. No hay debido proceso. No hay presunción de inocencia. Solo hay capacidad impune para hacer cualquier cosa, por más descabellada que parezca.

Todo está concertado. O por lo menos, se va acordando oportunistamente. Aprovechando la circunstancia de una sesión de la Asamblea Nacional, el presidente del cuerpo comisiona a la bancada oficial para hacer la denuncia ante la fiscalía, cuyo titular dice que tiene a mano todos los elementos que necesita para iniciar el proceso. Así de brutal y unilateral funciona la maquinaria totalitaria que está al frente del país, con total impunidad y a una velocidad que deja al resto en completa indefensión. Es el caso del empresario Lorenzo Mendoza, y de otros que antes han sufrido la misma molienda en el mismo trapiche autoritario.

El ataque feroz al empresario y a la empresa privada solo consigue deteriorar aun más el clima inversionista. No es casual que el país esté sufriendo una caída de su producto interno, y que el costo de la vida de muestre implacable con los venezolanos. Tampoco es casual que los productos no se consigan, porque ni se están importando ni se están produciendo. Las fronteras del país siguen cerradas y cada día estamos más confinados en nuestra propia soledad. Pero siempre puede ser peor y en eso el gobierno hace méritos. Todos los diagnósticos sensatos coinciden en advertir que un régimen de controles y extorsión en términos de asignación de divisas, costos y precios solamente pueden provocar esto que estamos viviendo. Nadie sensato apuesta a una consecuencia diferente al descalabro. Por eso mismo las demandas de cambio tienen que ser apropiadamente codificadas. Cambio significa rectificación del rumbo, corrección del sentido de las políticas, enmienda de las aproximaciones ideológicas. El cambio que está exigiendo la gente tiene que ver con más responsabilidad y menos excusas. Está relacionado con que ya es más que notorio que poder implica asumir las consecuencias y los resultados de aquello que se decide. La gente lo está pidiendo a gritos, pero al parecer el régimen está sintonizando otra onda.

El régimen cree que la culpa no la tiene su enfoque. Mucho menos los supuestos héroes que están al frente del combate a la guerra económica. El régimen ha llegado a la insólita conclusión de que la falla ha estado en su propia tibieza. En esa particular cobardía del que no entierra a fondo la daga, del que da un chance al adversario para que sobreviva. El régimen si algo quiere reconocer es que no ha sido suficientemente radical. Que no ha podido interpretar plenamente el legado del supremo y que está perdiendo terreno porque no se atreve a hacer lo que tiene que hacer: más extremo, más obcecado, más intenso, más comprometido, más brutal. Y por eso mismo decide profundizar aún más los controles.

Días enteros esperando los anuncios económicos para que al final tengamos que oír asombrados que van a perfeccionar el seguimiento a la empresa privada, calcular mejor los costos, incrementar los castigos, y negar el precio del dólar paralelo.  Tantos días de expectativa para terminar en la misma insensatez que nos ha hundido en esta inexplicable patraña económica y social de la que todos estamos tan cansados. Pero como la crineja se complejiza, no podía falta la convocatoria hecha a colectivos y demás expresiones de la violencia oficialista para que constituyan el comando de control de costos y precios. Con eso se perfecciona la trama de impunidad, violencia y hechos cumplidos que nos ha arrebatado talento, empresarialidad y capacidad productiva para realizarla en cualquier otro país que garantice lo que aquí no tenemos: orden social, estado de derecho y libre mercado.

El régimen se equivoca de nuevo. Tal vez logre remedar el triste episodio del Dakazo. Más de uno aplaudirá desde sus entrañas el que todos estemos igualados en el rigor de la injusticia. Nadie se salva del terror totalitario. Pero el despertar siempre será amargo. Estas medidas provocaran cierre de empresas y una nueva desbandada. Sufriremos más desempleo y tendremos que aguantar más inflación. No encontraremos los productos y los mercados negros serán más costosos. No hay que ser un adivino para predecir que estas y no otras serán las consecuencias.

La gente sigue preguntándose cómo es posible que nos esté ocurriendo esto. La respuesta raíz está en un error conspicuo que se llama socialismo del siglo XXI. La hoja de ruta del régimen nos lleva al barranco sin que el gobierno se percate que las buenas políticas dan buenos resultados y que las malas provocan estos desastres.

El régimen está engreído en su autoritarismo. Declaró que ganará las elecciones “como sea”. Esa proclama encierra más violencia, más represión, y más recalcitrancia en el error. Esa frase en la boca de quien la pronunció no se puede entender sino como la anticipación de una ruptura ya definitiva con la sensatez lo que no significa que aquí acabe la historia. Ludwig Von Misses escribió en 1932 un libro excepcional. Se trataba de su crítica al socialismo. Allí dijo advirtió que “si en presencia del fracaso de su primera intervención, el gobierno no está preparado para anular esa injerencia en el mercado y para retornar a una economía libre, tendrá que añadir a la primera medida que tomó nuevas regulaciones y restricciones de manera indefinida.  Paso a paso se llega, finalmente, en este camino, a un punto donde la libertad económica de los individuos desaparece. Entonces estamos frente a frente del socialismo alemán de los nazis. Lo que mucha gente no percibió fue que los nazis no aplicaron el control de precios en una sociedad de mercado libre, sino que establecieron un sistema de socialismo completo, una comunidad totalitaria”. En esas andamos.

 

@vjmc

Cúpula Cínica por José Vicente Carrasquero A.

cúpulagobernante

 

Estos últimos días los medios han sido inundados por una cantidad de declaraciones de miembros de la cúpula cívico-militar que ocupa el poder en Venezuela, que demuestran su total desapego a los valores de la democracia y peor aún, su desprecio por el mínimo respeto que le deben al venezolano.

Lo primero que destaca es la forma como Maduro se desentiende de los problemas que afectan a los venezolanos. La continua mención de agentes externos como responsables de la grave crisis que sufren los venezolanos lo descalifica como presidente y pone en tela de juicio el control que debiera tener sobre el país. Las encuestas demuestran que los venezolanos no se creen el cuento de la guerra económica y que lo responsabilizan junto a su gobierno de la gravedad de la escasez, la inflación indetenible,  la criminalidad desatada y los injustificables problemas de infraestructura como las fallas eléctricas, los cortes de agua y la tragedia del servicio de internet por mencionar solamente algunos. Es la clásica “actitud de la persona que miente con descaro y defiende o practica de forma descarada, impúdica y deshonesta algo que merece general desaprobación.” Lo que acaba de leer apreciado lector es la definición de cinismo.

Y es que el cinismo es lo que, en mi opinión, mejor explica el comportamiento de la camarilla gobernante que el Chávez de 1998 no hubiese dudado en llamar cúpula podrida. Cinismo es la declaración de Diosdado Cabello cuando dice que de la oposición ganar la Asamblea Nacional daría un golpe de estado. Además de ridícula, semejante alocución trae a la memoria de quien escucha, la participación de Cabello en la fallida intentona golpista del 92 y como ha hecho del parlamento un parapeto inservible al servicio de la cúpula podrida y totalmente divorciado del pueblo.

El cinismo continúa cuando el más bien obeso gobernador del Estado Bolívar sugiere que si hace falta se debe comer piedras fritas. Esta ausencia de respeto para con la gente pone de relieve una de las peores herencias del chavismo: el gobernante que cree estar por encima del pueblo que le otorgó el mandato. Resulta fatuo pensar que el proceso político en la situación que vive el país pueda estar por encima de los requerimientos de unos ciudadanos que han sido abandonados a su suerte como si vivieran el más salvaje de los neoliberalismos.

En desafortunado acontecimiento, el defensor del pueblo fue víctima en México de una situación que sufren muchos dirigentes políticos venezolanos cuando llegan a su propio país. Fue retenido por una supuesta circular de Interpol en su contra. La justificada queja del defensor no se hizo esperar. El asunto es que nunca hemos visto a este funcionario actuar de la misma forma cuando por ejemplo, Ramos Allup, María Corina Machado o David Smolansky sufrieron situaciones idénticas en Maiquetía sin que mediara orden alguna. Resulta cínico que una situación semejante sea una afrenta para unos y una situación que tienen que soportar otros sin que nadie los defienda.

En esta constelación de barbaridades cínicas, Jackeline Farías invita a hacer colas sabrosas para disfrutar el vivir viviendo. Hay que ser un desalmado para pensar que la fila para comprar comida que consume horas de la vida de los venezolanos pueda ser algo que deba ser celebrado. Muy seguramente esta señora está entre los privilegiados de la cúpula gubernamental que no tiene que hacer colas para abastecer su despensa.

La otrora luchadora por y defensora de la libertad de expresión Desirée Santos Amaral declaró entre muchas inexactitudes que en Venezuela no hay censura. Este acto de cinismo se comete al mismo tiempo que un tribunal ordena la captura forzosa del editor Miguel Henrique Otero por el inexistente crimen de replicar una noticia aparecida en un medio extranjero. Conatel impide el acceso a páginas web que presentan información que al gobierno molesta. Sacan de las cableras a canales de televisión por transmitir la realidad del país. Si eso no se llama censura entonces no coincidimos en el significado del término.

Compitiendo por la cúspide del cinismo la presidenta del CNE llama turismo electoral a la observación internacional al tiempo que invita a una cuerda de amigos del proceso a “acompañar” las elecciones que se celebrarán el 6D. Es imposible no considerar esto una vulgar burla a la inteligencia y paciencia del venezolano.

Todo este ambiente cínico al que nos tiene sometido el proceso chavista se escuda en su supuesto carácter revolucionario. Este tipo de movimientos políticos actúan bajo el maquiavélico esquema de que el fin justifica los medios. Este aborto político, si me perdonan la dureza de la expresión, es producto de la poca estructuración conceptual que Chávez tenía y le dejó a sus herederos. Él nunca tuvo claro lo que significaba un proyecto político de largo aliento. Prefirió la receta de su mentor Fidel Castro: según vaya viniendo vamos viendo. Es decir, un esperpento que va tomando las formas que la situación coyuntural vaya marcando.

Sus herederos, vista su poca formación y desparpajo, solo podían empeorar las cosas. Se muestran desconectados de la gente. Desconocen su realidad. Desprecian sus aspiraciones. Se creen que por tener una maquinaria política son invencibles. Todo eso me trae a la memoria lo que sucedió entre 1997 y 1998. Una dirigencia política que no supo leer los vientos de cambio resultó arrasada por el huracán que se les vino encima a pesar de haber sido pronosticado.

La situación se repite. Los radares muestran turbulencia social. Dejan ver grandes masas de descontento popular. Los aires cálidos de las necesidades no atendidas contribuyen a  la formación de una tormenta que irremediablemente barrerá con todo lo que encuentre a su paso. Principalmente con las cínicas cúpulas podridas del oficialismo.

 

@botellazo

Del caradurismo y otros demonios por Laureano Márquez

mentiras

 

Es muy común en lengua española el llamar “caradura” a las personas  que -como dice el diccionario- actúan con “descaro y sin vergüenza”.  Establecer una teoría general del caradurismo no es fácil. Lo primero que hay que decir es que está emparentado  con eso que se denomina “cinismo”. Esta última palabra es la mutación en el significado del nombre de una escuela filosófica de la antigua Grecia, cuyo comportamiento era muy comprometido con la ética, cosa que no sucede en la acepción moderna de la palabra.  Un exponente de esta escuela  es Diógenes de Sínope y para dar idea de su actitud basta con recordar una anécdota: una vez le preguntaron por qué la gente daba limosna a los pobres, pero nunca a los filósofos, siendo que estos también llevaban una vida cargada de miserias, a lo que él respondió: “porque todo el mundo piensa que algún día puede llegar a ser pobre, pero nunca a ser filosofo”. Los cínicos antiguos -a diferencia de los de hoy- eran emblema de sinceridad y honestidad de vida, mientras que los actuales son expresión de “desvergüenza en el mentir y de la práctica de acciones o doctrinas vituperables”.

    Una de las grandes preguntas que uno se hace frente a los cínicos o caraduras, sea en la cotidianidad de la cercanía o en las alturas del poder  es si efectivamente  se creen todo lo que dicen o mienten con premeditación. No deja de ser curioso que uno llame  “descarado” a un caradura, puesto que descaro viene de no tener cara. ¿Y como no puede tener cara quien la tiene de piedra? Cosas del idioma.

    Veamos algunos ejemplos de malos gobernantes: Nerón, para irnos bien lejos. ¿Sabía Nerón que estaba destruyendo a Roma o pensaba realmente que todo lo que acontecía era parte de una guerra religiosa desatada por los primitivos cristianos? Lo que llamamos ideología en el fondo es convertir nuestra particular visión del mundo en doctrina universal.  Marx no mentía, creía que su análisis de la sociedad era como el de Fleming de las bacterias, algo absolutamente científico y objetivo. Parece que muchos gobernantes tienen que perseverar ciegamente en la defensa de su discurso aunque este acabe con su patria. Naturalmente, en este caso los adulantes o como llamamos nosotros ” jalabolas”, cumplen un papel fundamental en hacerle creer al líder que nunca se equivoca. Stalin, para venirnos mas cerca, cambiaba la historia a capricho. Trotsky, uno de los grandes líderes de la revolución de octubre, termino siendo un traidor porque así lo decreto “el padrecito” y hasta se dispuso que desapareciera de las fotos en las que había figurado y que su vida fuese reinveintada con hechos en los que no tuvo nada que ver. Por algo Orwell tiene a la URSS como fuente de inspiración de sus novelas.

   El caradura puede ejercer su desverguenza conscientemente. En este caso también necesita un ingrediente moral: un fin superior. Hitler culpó a otros del incendio del Reichstag, pero lo hizo por la “superioridad” de su “raza”, que para él era lo esencial.

Como se habla tanto de fascismo en estos tiempos es bueno recordar los 11 principios de Goebbels, el propagandista del fascismo:

1) Establecer un único enemigo.

2) Reunir diversos adversarios en una sola categoría.

3) Culpar al adversario de los propios errores.

4) Hacer de cualquier cosa intrascendente una amenaza grave.

5) Asumir que  las masas no son inteligentes y pueden ser manipuladas con engaños hábiles y que creerán cualquier cosa que se les asegure con determinación.

6) Entender que la propaganda debe ser simple, de pocas ideas, fácil de captar para el alma primitiva a la que le resulta mejor verlo todo en blanco y negro.

7) Crear elementos de distracción permanente, para decirlo en criollo, trapos rojos de forma que la gente tenga la mente ocupada en ellos y no sé de cuenta de la miseria que padece.

8) Armar falsedades a partir de la union de muchas medias verdades.

9) Acallar la expresión de todo aquello de lo que no se tenga respuesta coherente y creíble.

10) Fomentar odio a partir de criterios primitivos. Por ejemplo: enemigos fronterizos, xenofobia, etc.

11) Crear sensación de unanimidad, de que el que piensa como el poderoso, piensa como piensa todo el mundo.

    Si últimamente algo de lo descrito le suena familiar, seguramente es que algún cínico caradura se ha atravesado en su camino. Se reconocen fácilmente porque al escucharlos uno siente la sensación de que haber perdido la razón y por otra cosa: huelen a azufre.

 

@laureanomar