Sobrevivir al cáncer de mama y al sistema de salud en Venezuela

A los 52 años, una masa en el seno izquierdo rompió la rutina de María Luisa Rosas. La señora se hacía mamografías desde los 40 y nunca le habían detectado nada. Alarmada por el hallazgo acudió a su ginecólogo de confianza, quien desestimó la alerta. Le dijo que esa “bolita” era normal, un simple efecto secundario de la menopausia.

María Luisa reconoce que no conocía la palabra “mastólogo”, y que tampoco sabía que era el especialista al que tenía que acudir tras encontrar el bulto en su seno. En el trayecto, la bolita siguió creciendo hasta convertirse en una masa muy dura. Una amiga enfermera, preocupada, le consiguió una cita con el médico Álvaro Gómez quien dictó una primera sentencia: “Eso que usted tiene no parece nada bueno”.

Entonces, tras la protuberancia que parecía inofensiva, llegó el miedo. María Luisa sintió en primera instancia que el mundo se derrumbaba. La depresión le desplomó los valores sanguíneos. Tras un breve tiempo de impacto y procesar “agarró mínimo”, como ella misma señala, y buscó el diagnóstico preciso.

Después, en la Sociedad Anticancerosa de Venezuela (SAV), le confirmaron un carcinoma ductal infiltrante tipo 3.

“Cuando me dijeron que tenía cáncer me lo tomé como que era una gripe. Y le dije a mi hijo: ‘Argenis, desde hoy mi vida cambió’”, recuerda. Ese día no lloró. “Ya había llorado muchísimo”, confiesa. Se enfocó en resolver. Porque sí quería sobrevivir, y más en un país como Venezuela, ese verbo se convertiría en el acompañante de sus acciones a lo largo de todo el proceso.

Sobrevivir a la escasez

María Luisa cuenta su historia con una sonrisa que aparece incluso cuando recuerda los momentos más difíciles. Es una mujer de baja estatura, de voz firme y trato amable. No dramatiza sus palabras ni esconde lo que sintió. Al narrar los obstáculos, también enumera a quienes la ayudaron a sortearlos. La fe ocupa un lugar central en su relato, así como esa red de familiares, amistades, médicos y organizaciones a las que recurrió para seguir adelante.

Para María Luisa, tras ser diagnosticada con cáncer de mama, inició una carrera por conseguir lo necesario para tratarla. Era 2016. Venezuela atravesaba una díficil etapa de la emergencia humanitaria compleja que, en su caso, se tradujo en medicamentos que no se encontraban, una operación que no podía ejecutarse y tratamientos que necesitaba pagar sin tener cómo hacerlo.

Su comadre Carmen, desde Cúcuta, logró conseguir la Adriamicina. Faltaba la Ciclofosfamida. La red de salvación se extendió hasta Perú, donde una amiga de su hijo tramitó una donación hospitalaria de ocho ampollas de las cuales María Luisa solo costeó el envío.

Las 16 quimioterapias que le indicaron se las administraron en el Hospital de El Llanito. Después vendría la cirugía. Pero terminar la quimioterapia no significó que pudiera operarse de inmediato: el quirófano del Padre Machado estaba fuera de servicio. Los meses pasaban, los exámenes perdían vigencia y el procedimiento seguía sin fecha.

“Entonces fui al Hospital Razetti, e insisto, yo soy una mujer de fe, y gracias a Dios allí terminaron operándome”, expresa Rosas.

La mastectomía llegó después de esa espera. Quedaban todavía 25 sesiones de radioterapia pendiente. Y con ellas, otro problema: el elevado precio.

“Luego de la operación, tenía que hacerme 25 radioterapias y eso era otro problema, no tenía cómo pagarlo porque es sumamente caro. Fui a muchos sitios, pero por medio de mi hijo que es profesor, fui al Ministerio de Educación y ahí me prestaron la ayuda, me pagaron las radioterapias”.

Foto: Cortesía de María Luisa Rosas

En su recorrido, cada etapa exigió una gestión distinta: localizar medicamentos fuera de Venezuela, buscar otro hospital para la operación, conseguir apoyo institucional para costear las radioterapias. El tratamiento no fue una ruta continua entre consulta, diagnóstico y recuperación. Fue una sucesión de trámites, esperas y favores que dependían de que alguien conociera a alguien, de una llamada o de una oportunidad que apareciera a tiempo.

Las barreras para vencer el cáncer de mama en Venezuela

Las cifras de la Sociedad Anticancerosa de Venezuela muestran la dimensión la enfermedad. En una investigación realizada junto con el Centro de Estadística y Matemática Aplicada de la Universidad Simón Bolívar, la SAV proyecta para 2026 un total de 9354 nuevos casos de cáncer de mama y 4080 fallecimientos por esta causa. La proyección equivale a unos 26 nuevos diagnósticos diarios. En rueda de prensa el pasado 14 de octubre, también se señaló que cada día mueren 11 mujeres por esta enfermedad. La mayoría de las venezolanas recibe el diagnóstico entre los 35 y los 55 años, y algunas mueren antes de cumplir los 65.

La posibilidad de acceder a una mamografía o a un estudio complementario varía según el lugar donde vive la paciente y la disponibilidad de los equipos. Huníades Urbina, médico pediatra intensivista e individuo de número de la Academia Nacional de Medicina, cita el último informe de Médicos Unidos de Venezuela, que estima que entre 30% y 40% de los equipos de mamografía, ecografía, tomografía y resonancia están inoperativos en el país. Cuando un equipo no funciona, una paciente puede tener que trasladarse a otro estado y sumarse a una lista de espera. El retraso puede posponer la confirmación de un diagnóstico y el inicio de la atención.

El costo de los tratamientos añade otra barrera. Según el médico, no existen datos oficiales que permitan establecer con precisión cuántos pacientes deben pagar de su bolsillo las quimioterapias. A partir de estimaciones, calcula que entre 70% y 80% de quienes las necesitan deben asumir ese gasto. Advierte que esa carga resulta casi imposible de sostener para familias cuyos ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas.

“Y eso es una de las causas por lo continúa la migración de venezolanos por temas de salud, en este caso, adquirir tratamientos de alto costo se está dando en Venezuela”, señala.

La visión del Estado venezolano dibuja un panorama muy distinto a lo que enfrentan pacientes y organizaciones que las asisten. Este 19 de octubre, en el marco del Día Internacional de la Lucha contra el Cáncer de Mama, en medios progobierno se difundieron cifras del Ministerio de Salud, que asegura tener 30 establecimientos oncológicos desplegados en 19 estados, 16 de ellos con mamógrafos. La narrativa oficial afirma garantizar casi el 100% de supervivencia en la Etapa 0 y I de la enfermedad, así como la entrega continua de antineoplásicos a través del programa de Alto Costo del IVSS.

La realidad de quienes esperan contradice las estadísticas oficiales. Vannesa Ochoa, vicepresidenta de SenosAyuda, señala que el derecho a la salud en Venezuela está amarrado a la capacidad económica. “Muchas familias deben asumir costos que superan sus posibilidades, lo que genera angustia y puede retrasar su atención”, afirma.

Vannesa conoce la incertidumbre que describe Urbina desde dos lugares: además de formar parte de SenosAyuda recibió un diagnóstico de cáncer en 2021. Su experiencia como paciente la llevó a acompañar a otras mujeres que llegan a la organización con preguntas, miedo y dificultades para acceder a la atención.

Para ella es común escuchar historias de mujeres que no consiguen hacerse a tiempo los estudios de diagnóstico, que deben buscar medicamentos o que no pueden cubrir los gastos de los controles. El impacto no recae únicamente en quien recibe el diagnóstico: las familias también deben reorganizar sus ingresos, sus rutinas y sus prioridades para intentar sostener el tratamiento.

“Muchas familias deben asumir costos que superan sus posibilidades, lo que genera angustia y puede retrasar su atención”, advierte.

A Ochoa, la experiencia le enseñó que la enfermedad no define a una persona, aunque sí puede transformar su vida. Por eso considera importante acompañar a otras mujeres desde la empatía y reclamar que la atención no dependa del dinero disponible en cada hogar.

“Desde SenosAyuda acompañamos y orientamos a la paciente, pero el derecho a la salud no debe depender de la capacidad económica de cada mujer”, afirma.

La organización atendió a 6800 pacientes entre agosto de 2025 y agosto de 2026 mediante consultas y exámenes a bajo costo, en alianza con distintos sectores. El trabajo permite acercar servicios a mujeres que, de otro modo, tendrían dificultades para pagarlos.

Pero la asistencia de una organización civil no sustituye una red pública incapaz de garantizar diagnóstico, tratamiento y seguimiento. Luis Miquilena, coordinador de Comunicaciones y Alianzas Comerciales de SenosAyuda, subraya que la batalla no termina cuando una paciente supera el diagnóstico. Después llegan los controles, las evaluaciones y, en algunos casos, las terapias que necesita para mantener su estabilidad.

“Una superviviente del cáncer de mama en Venezuela tiene igual un camino cuesta arriba que recorrer. Porque de igual manera tiene que hacerse unos controles y unas terapias que logran garantizar su estabilidad de esa paciente una vez superado su diagnóstico. Son terapias y exámenes bien costosos”, explica.

La organización intenta apoyar con consultas, exámenes y otros recursos, pero sus posibilidades también tienen límites. Las necesidades son importantes y deberían ser atendidas por el sistema público de salud: “Nosotros ponemos pañitos de agua caliente porque no tenemos una solución a esta problemática que afecta a tantas mujeres. La que logra sobrevivirlo emprende una batalla, que es la del bienestar y la sobrevivencia en las mejores condiciones”, recalca Miquilena.

Súperviviente, resiliente y domando el miedo

María Luisa recibió 16 quimioterapias, se sometió a una mastectomía y completó las 25 radioterapias. Desde entonces, ha mantenido sus controles médicos, primero cada tres meses, luego cada seis y, más adelante, una vez al año, según su testimonio. Ocho años después de la mastectomía, no toma medicamentos de mantenimiento porque su tumor fue triple negativo.

“Tengo ocho años de superviviente, porque sobrevivientes somos todos. Y acá estoy viva porque no dejé pasar esa bolita y un diagnóstico a tiempo salva vidas”, expresa. Y es que la Sociedad Anticancerosa de Venezuela propone justamente el uso de ese término “súperviviente” para referirse a quienes, como María Luisa,  han vencido una enfermedad oncológica. Porque enfatiza la fortaleza, resiliencia y capacidad de superación  y evita la connotación de victimización que puede implicar la expresión “sobreviviente”.

El cáncer no desapareció de su vida el día que terminó el tratamiento. María Luisa habla de una vigilancia que continúa incluso cuando los controles se espacian. Un dolor de cabeza puede llevarla a pensar que la enfermedad volvió; una molestia en la rodilla despierta la misma sospecha. Ella conoce ese miedo y lo reconoce sin disimularlo.

Pero después del cáncer de mama, su vida también se abrió hacia lugares que antes no imaginaba. Llegó a Caracas desde Oriente a los 13 años y pasó buena parte de su juventud trabajando. Después se casó y tuvo dos hijos varones. El diagnóstico alteró esa rutina y la obligó a mirar de otra manera el tiempo, el cuerpo y las cosas pequeñas.

“Yo ahorita agradezco hasta cuando mis maticas echan una hoja. Yo me dediqué a hacer lo que no había hecho en la vida”, indica, con la voz entrecortada. Desde 2019 María Luisa Rosas participa como voluntaria en actividades de la Sociedad Anticancerosa de Venezuela (SAV). Ha desfilado, participado en sesiones fotográficas y acompañado iniciativas que antes no formaban parte de su cotidianidad. Cuenta esas experiencias entre carcajadas, con el humor de quien ha encontrado otra forma de relacionarse con su cuerpo después de la cirugía.

“¿Qué no he hecho con ellos desde 2019? He estado en photoshooting, en desfiles. Cosas que no había hecho en mi vida. He hecho cosas con una teta que no hice cuando tenía las dos”, dice, riéndose ampliamente.

Foto: Cortesía de María Luisa Rosas
Foto: Cortesía de María Luisa Rosas

En SenosAyuda se repite una historia similar: algunas de las mujeres que superaron la enfermedad regresan a la organización para orientar a quienes apenas comienzan el proceso. El programa Se nos Mima, que facilita prótesis, pelucas y sostenes, funciona con voluntarias que fueron pacientes o formaron parte del equipo. La experiencia propia se convierte así en una forma de sostén para otras mujeres.

Rosas iniste en que su testimonio no pretende negar el miedo ni convertir la enfermedad en una historia sencilla de superación. María Luisa recuerda las dificultades con claridad. También recalca lo que le permitió continuar: la familia, sus amistades, la atención recibida y la ayuda de personas que aparecieron en distintos momentos.

“Siempre con la fe, no te voy a negar que esto da miedo, que no es rosa, pero con el apoyo de la familia, que es la mejor medicina, aquí estoy”, concluye.

Hoy, invita a otras mujeres a buscar atención y no ignorar cambios en sus mamas. Ella misma pasó años haciéndose mamografías sin hallazgos antes de notar la bolita. Su experiencia la llevó a entender que conocer el propio cuerpo y acudir a una evaluación médica ante una señal de alerta puede ser decisivo.

“Yo estoy viva porque no me dejé pasar esa bolita, por eso invito a las mujeres a que a partir de los 35 años se hagan su mamografía”, afirma.

La recomendación de la SAV es realizar la primera consulta mastológica y mamografía a los 35 años, con estudios complementarios según la evaluación médica. En caso de antecedentes familiares, la institución plantea adelantar la pesquisa diez años respecto de la edad en que se presentó el cáncer en el familiar. La frecuencia de los controles posteriores debe establecerla el especialista según las características de cada paciente.

Desde la Sociedad Anticancerosa enfatizan que la detección temprana requiere algo más que campañas de concientización: hacen falta equipos disponibles, personal capacitado, estudios accesibles, tratamientos oportunos y programas de prevención que alcancen a las comunidades con menos recursos. La institución también prepara un proyecto de ley específica sobre cáncer, con el propósito de establecer una respuesta que abarque prevención, diagnóstico, tratamiento y acompañamiento.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

María Luisa Rosas, una mujer de fe como ella misma se define, consiguió medicamentos en Colombia y Perú, esperó por un quirófano inoperativo hasta que encontró otra opción y buscó ayuda para pagar sus radioterapias cuando recibió el diagnóstico de cáncer de mama en medio de los peores años de la crisis. Hoy, es voluntaria de la Sociedad Anticancerosa de Venezuela y acompaña a otras mujeres. Su historia convive con la de miles de pacientes que enfrentan dificultades para acceder a estudios, tratamientos y controles médicos
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A los 52 años, una masa en el seno izquierdo rompió la rutina de María Luisa Rosas. La señora se hacía mamografías desde los 40 y nunca le habían detectado nada. Alarmada por el hallazgo acudió a su ginecólogo de confianza, quien desestimó la alerta. Le dijo que esa “bolita” era normal, un simple efecto secundario de la menopausia.

María Luisa reconoce que no conocía la palabra “mastólogo”, y que tampoco sabía que era el especialista al que tenía que acudir tras encontrar el bulto en su seno. En el trayecto, la bolita siguió creciendo hasta convertirse en una masa muy dura. Una amiga enfermera, preocupada, le consiguió una cita con el médico Álvaro Gómez quien dictó una primera sentencia: “Eso que usted tiene no parece nada bueno”.

Entonces, tras la protuberancia que parecía inofensiva, llegó el miedo. María Luisa sintió en primera instancia que el mundo se derrumbaba. La depresión le desplomó los valores sanguíneos. Tras un breve tiempo de impacto y procesar “agarró mínimo”, como ella misma señala, y buscó el diagnóstico preciso.

Después, en la Sociedad Anticancerosa de Venezuela (SAV), le confirmaron un carcinoma ductal infiltrante tipo 3.

“Cuando me dijeron que tenía cáncer me lo tomé como que era una gripe. Y le dije a mi hijo: ‘Argenis, desde hoy mi vida cambió’”, recuerda. Ese día no lloró. “Ya había llorado muchísimo”, confiesa. Se enfocó en resolver. Porque sí quería sobrevivir, y más en un país como Venezuela, ese verbo se convertiría en el acompañante de sus acciones a lo largo de todo el proceso.

Sobrevivir a la escasez

María Luisa cuenta su historia con una sonrisa que aparece incluso cuando recuerda los momentos más difíciles. Es una mujer de baja estatura, de voz firme y trato amable. No dramatiza sus palabras ni esconde lo que sintió. Al narrar los obstáculos, también enumera a quienes la ayudaron a sortearlos. La fe ocupa un lugar central en su relato, así como esa red de familiares, amistades, médicos y organizaciones a las que recurrió para seguir adelante.

Para María Luisa, tras ser diagnosticada con cáncer de mama, inició una carrera por conseguir lo necesario para tratarla. Era 2016. Venezuela atravesaba una díficil etapa de la emergencia humanitaria compleja que, en su caso, se tradujo en medicamentos que no se encontraban, una operación que no podía ejecutarse y tratamientos que necesitaba pagar sin tener cómo hacerlo.

Su comadre Carmen, desde Cúcuta, logró conseguir la Adriamicina. Faltaba la Ciclofosfamida. La red de salvación se extendió hasta Perú, donde una amiga de su hijo tramitó una donación hospitalaria de ocho ampollas de las cuales María Luisa solo costeó el envío.

Las 16 quimioterapias que le indicaron se las administraron en el Hospital de El Llanito. Después vendría la cirugía. Pero terminar la quimioterapia no significó que pudiera operarse de inmediato: el quirófano del Padre Machado estaba fuera de servicio. Los meses pasaban, los exámenes perdían vigencia y el procedimiento seguía sin fecha.

“Entonces fui al Hospital Razetti, e insisto, yo soy una mujer de fe, y gracias a Dios allí terminaron operándome”, expresa Rosas.

La mastectomía llegó después de esa espera. Quedaban todavía 25 sesiones de radioterapia pendiente. Y con ellas, otro problema: el elevado precio.

“Luego de la operación, tenía que hacerme 25 radioterapias y eso era otro problema, no tenía cómo pagarlo porque es sumamente caro. Fui a muchos sitios, pero por medio de mi hijo que es profesor, fui al Ministerio de Educación y ahí me prestaron la ayuda, me pagaron las radioterapias”.

Foto: Cortesía de María Luisa Rosas

En su recorrido, cada etapa exigió una gestión distinta: localizar medicamentos fuera de Venezuela, buscar otro hospital para la operación, conseguir apoyo institucional para costear las radioterapias. El tratamiento no fue una ruta continua entre consulta, diagnóstico y recuperación. Fue una sucesión de trámites, esperas y favores que dependían de que alguien conociera a alguien, de una llamada o de una oportunidad que apareciera a tiempo.

Las barreras para vencer el cáncer de mama en Venezuela

Las cifras de la Sociedad Anticancerosa de Venezuela muestran la dimensión la enfermedad. En una investigación realizada junto con el Centro de Estadística y Matemática Aplicada de la Universidad Simón Bolívar, la SAV proyecta para 2026 un total de 9354 nuevos casos de cáncer de mama y 4080 fallecimientos por esta causa. La proyección equivale a unos 26 nuevos diagnósticos diarios. En rueda de prensa el pasado 14 de octubre, también se señaló que cada día mueren 11 mujeres por esta enfermedad. La mayoría de las venezolanas recibe el diagnóstico entre los 35 y los 55 años, y algunas mueren antes de cumplir los 65.

La posibilidad de acceder a una mamografía o a un estudio complementario varía según el lugar donde vive la paciente y la disponibilidad de los equipos. Huníades Urbina, médico pediatra intensivista e individuo de número de la Academia Nacional de Medicina, cita el último informe de Médicos Unidos de Venezuela, que estima que entre 30% y 40% de los equipos de mamografía, ecografía, tomografía y resonancia están inoperativos en el país. Cuando un equipo no funciona, una paciente puede tener que trasladarse a otro estado y sumarse a una lista de espera. El retraso puede posponer la confirmación de un diagnóstico y el inicio de la atención.

El costo de los tratamientos añade otra barrera. Según el médico, no existen datos oficiales que permitan establecer con precisión cuántos pacientes deben pagar de su bolsillo las quimioterapias. A partir de estimaciones, calcula que entre 70% y 80% de quienes las necesitan deben asumir ese gasto. Advierte que esa carga resulta casi imposible de sostener para familias cuyos ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas.

“Y eso es una de las causas por lo continúa la migración de venezolanos por temas de salud, en este caso, adquirir tratamientos de alto costo se está dando en Venezuela”, señala.

La visión del Estado venezolano dibuja un panorama muy distinto a lo que enfrentan pacientes y organizaciones que las asisten. Este 19 de octubre, en el marco del Día Internacional de la Lucha contra el Cáncer de Mama, en medios progobierno se difundieron cifras del Ministerio de Salud, que asegura tener 30 establecimientos oncológicos desplegados en 19 estados, 16 de ellos con mamógrafos. La narrativa oficial afirma garantizar casi el 100% de supervivencia en la Etapa 0 y I de la enfermedad, así como la entrega continua de antineoplásicos a través del programa de Alto Costo del IVSS.

La realidad de quienes esperan contradice las estadísticas oficiales. Vannesa Ochoa, vicepresidenta de SenosAyuda, señala que el derecho a la salud en Venezuela está amarrado a la capacidad económica. “Muchas familias deben asumir costos que superan sus posibilidades, lo que genera angustia y puede retrasar su atención”, afirma.

Vannesa conoce la incertidumbre que describe Urbina desde dos lugares: además de formar parte de SenosAyuda recibió un diagnóstico de cáncer en 2021. Su experiencia como paciente la llevó a acompañar a otras mujeres que llegan a la organización con preguntas, miedo y dificultades para acceder a la atención.

Para ella es común escuchar historias de mujeres que no consiguen hacerse a tiempo los estudios de diagnóstico, que deben buscar medicamentos o que no pueden cubrir los gastos de los controles. El impacto no recae únicamente en quien recibe el diagnóstico: las familias también deben reorganizar sus ingresos, sus rutinas y sus prioridades para intentar sostener el tratamiento.

“Muchas familias deben asumir costos que superan sus posibilidades, lo que genera angustia y puede retrasar su atención”, advierte.

A Ochoa, la experiencia le enseñó que la enfermedad no define a una persona, aunque sí puede transformar su vida. Por eso considera importante acompañar a otras mujeres desde la empatía y reclamar que la atención no dependa del dinero disponible en cada hogar.

“Desde SenosAyuda acompañamos y orientamos a la paciente, pero el derecho a la salud no debe depender de la capacidad económica de cada mujer”, afirma.

La organización atendió a 6800 pacientes entre agosto de 2025 y agosto de 2026 mediante consultas y exámenes a bajo costo, en alianza con distintos sectores. El trabajo permite acercar servicios a mujeres que, de otro modo, tendrían dificultades para pagarlos.

Pero la asistencia de una organización civil no sustituye una red pública incapaz de garantizar diagnóstico, tratamiento y seguimiento. Luis Miquilena, coordinador de Comunicaciones y Alianzas Comerciales de SenosAyuda, subraya que la batalla no termina cuando una paciente supera el diagnóstico. Después llegan los controles, las evaluaciones y, en algunos casos, las terapias que necesita para mantener su estabilidad.

“Una superviviente del cáncer de mama en Venezuela tiene igual un camino cuesta arriba que recorrer. Porque de igual manera tiene que hacerse unos controles y unas terapias que logran garantizar su estabilidad de esa paciente una vez superado su diagnóstico. Son terapias y exámenes bien costosos”, explica.

La organización intenta apoyar con consultas, exámenes y otros recursos, pero sus posibilidades también tienen límites. Las necesidades son importantes y deberían ser atendidas por el sistema público de salud: “Nosotros ponemos pañitos de agua caliente porque no tenemos una solución a esta problemática que afecta a tantas mujeres. La que logra sobrevivirlo emprende una batalla, que es la del bienestar y la sobrevivencia en las mejores condiciones”, recalca Miquilena.

Súperviviente, resiliente y domando el miedo

María Luisa recibió 16 quimioterapias, se sometió a una mastectomía y completó las 25 radioterapias. Desde entonces, ha mantenido sus controles médicos, primero cada tres meses, luego cada seis y, más adelante, una vez al año, según su testimonio. Ocho años después de la mastectomía, no toma medicamentos de mantenimiento porque su tumor fue triple negativo.

“Tengo ocho años de superviviente, porque sobrevivientes somos todos. Y acá estoy viva porque no dejé pasar esa bolita y un diagnóstico a tiempo salva vidas”, expresa. Y es que la Sociedad Anticancerosa de Venezuela propone justamente el uso de ese término “súperviviente” para referirse a quienes, como María Luisa,  han vencido una enfermedad oncológica. Porque enfatiza la fortaleza, resiliencia y capacidad de superación  y evita la connotación de victimización que puede implicar la expresión “sobreviviente”.

El cáncer no desapareció de su vida el día que terminó el tratamiento. María Luisa habla de una vigilancia que continúa incluso cuando los controles se espacian. Un dolor de cabeza puede llevarla a pensar que la enfermedad volvió; una molestia en la rodilla despierta la misma sospecha. Ella conoce ese miedo y lo reconoce sin disimularlo.

Pero después del cáncer de mama, su vida también se abrió hacia lugares que antes no imaginaba. Llegó a Caracas desde Oriente a los 13 años y pasó buena parte de su juventud trabajando. Después se casó y tuvo dos hijos varones. El diagnóstico alteró esa rutina y la obligó a mirar de otra manera el tiempo, el cuerpo y las cosas pequeñas.

“Yo ahorita agradezco hasta cuando mis maticas echan una hoja. Yo me dediqué a hacer lo que no había hecho en la vida”, indica, con la voz entrecortada. Desde 2019 María Luisa Rosas participa como voluntaria en actividades de la Sociedad Anticancerosa de Venezuela (SAV). Ha desfilado, participado en sesiones fotográficas y acompañado iniciativas que antes no formaban parte de su cotidianidad. Cuenta esas experiencias entre carcajadas, con el humor de quien ha encontrado otra forma de relacionarse con su cuerpo después de la cirugía.

“¿Qué no he hecho con ellos desde 2019? He estado en photoshooting, en desfiles. Cosas que no había hecho en mi vida. He hecho cosas con una teta que no hice cuando tenía las dos”, dice, riéndose ampliamente.

Foto: Cortesía de María Luisa Rosas
Foto: Cortesía de María Luisa Rosas

En SenosAyuda se repite una historia similar: algunas de las mujeres que superaron la enfermedad regresan a la organización para orientar a quienes apenas comienzan el proceso. El programa Se nos Mima, que facilita prótesis, pelucas y sostenes, funciona con voluntarias que fueron pacientes o formaron parte del equipo. La experiencia propia se convierte así en una forma de sostén para otras mujeres.

Rosas iniste en que su testimonio no pretende negar el miedo ni convertir la enfermedad en una historia sencilla de superación. María Luisa recuerda las dificultades con claridad. También recalca lo que le permitió continuar: la familia, sus amistades, la atención recibida y la ayuda de personas que aparecieron en distintos momentos.

“Siempre con la fe, no te voy a negar que esto da miedo, que no es rosa, pero con el apoyo de la familia, que es la mejor medicina, aquí estoy”, concluye.

Hoy, invita a otras mujeres a buscar atención y no ignorar cambios en sus mamas. Ella misma pasó años haciéndose mamografías sin hallazgos antes de notar la bolita. Su experiencia la llevó a entender que conocer el propio cuerpo y acudir a una evaluación médica ante una señal de alerta puede ser decisivo.

“Yo estoy viva porque no me dejé pasar esa bolita, por eso invito a las mujeres a que a partir de los 35 años se hagan su mamografía”, afirma.

La recomendación de la SAV es realizar la primera consulta mastológica y mamografía a los 35 años, con estudios complementarios según la evaluación médica. En caso de antecedentes familiares, la institución plantea adelantar la pesquisa diez años respecto de la edad en que se presentó el cáncer en el familiar. La frecuencia de los controles posteriores debe establecerla el especialista según las características de cada paciente.

Desde la Sociedad Anticancerosa enfatizan que la detección temprana requiere algo más que campañas de concientización: hacen falta equipos disponibles, personal capacitado, estudios accesibles, tratamientos oportunos y programas de prevención que alcancen a las comunidades con menos recursos. La institución también prepara un proyecto de ley específica sobre cáncer, con el propósito de establecer una respuesta que abarque prevención, diagnóstico, tratamiento y acompañamiento.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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