El terremoto del 24 de junio forma parte de una de estas contingencias naturales que puede venir con sorpresas añadidas para el desarrollo -y eventual desenlace- de la prolongada crisis política venezolana. No forma parte de una ley de la historia; no es nada sencillo atenerse a un pronóstico concreto; no estamos en condiciones de saber cuáles serán sus efectos, o hacia cuál dirección van a empujar los contenidos emocionales acumulados.
Pero lo cierto es que esta tragedia natural encuentra a una sociedad desencantada; desprotegida como nunca antes en su contrato con el estado nacional. Con un agotamiento emocional que le abre campo a un estado general de escepticismo y decepción. Los márgenes de impaciencia de la población se pueden seguir horadando. En el chavismo tiende a subestimarse este problema. En este punto de la crisis, podría estarse acumulando un volumen adicional de inconformidad con el actual de estado de cosas en Venezuela, ya de suyo especialmente calamitoso e inmanejable.
El propio desempeño de los cuerpos de seguridad está siendo escrutado con mucho detalle por la mayoría. Al momento de escribir estas líneas, los temas que tenemos a la vista son los vinculados al destino de los sobrevivientes; los daños; los centros de acopio; los escombros a remover y, por supuesto, los afectos que puedan seguir con vida entre las ruinas. Pero dentro de unas semanas, lo que la opinión pública va a estar calibrando es el compromiso y la conducta de los cuerpos de seguridad en este trance; la eficacia y apresto en las maniobras de rescate; la disponibilidad de equipos existentes y la resolución concreta de problemas. Cuánto metros ha podido separarnos del infierno el trabajo de los cuerpos internacionales de auxilio que están llegando al país.
La lentitud del poder
No podrá dejar de describirse la paradoja: el régimen chavista siempre estuvo dispuesto a hacer alarde de su solidaridad ante eventos desafortunados de otros confines del mundo, desplegando ayuda con efectivos militares y rescatistas. Pero acaso ahora, cuando la población venezolana lo necesita como nunca antes, el terremoto del 24 de junio encuentra a un poder nacional lento, que no ha estado particularmente presente en las zonas de tragedia. Son muchos los videos y testimonios expresos de personas que aguardan por la ayuda oficial mientras se esfuerzan por rescatar a sus seres queridos de las tapias y las paredes venidas abajo.
No le queda mucho margen a aquel peregrino argumento según el cual “no se debe politizar la tragedia”, para abonar en la causa de la unidad nacional en un momento tan delicado. No solo ocurre que las obligaciones del estado frente a la población son totalmente intransferibles: es que el oficialismo tiene años sobre politizando la vida pública con un objetivo estratégico de dominio, al renegar de las formalidades de la democracia liberal
La molestia que pueda tener la población sobre la calidad y el alcance de la ayuda estatal ante una emergencia de este calibre no forma parte de algún antojo especulativo, o un empeño que pueda tener a la gente en malponer a las autoridades con los demás. Las naciones terminan siendo la concreción del ensamblaje entre la sociedad y el estado. Es completamente legítimo que una sociedad que tiene tanto tiempo pasándola mal, emboscada en un espejismo de excusas, sin poder atender sus necesidades inmediatas, le formule exigencias a quienes se empeñan en gobernarla, incluso sin que exista consenso para eso. Es una pulsión que forma parte del hábito cultural de cualquier país que tenga una memoria viva sobre los derechos ciudadanos que se adquieren en una democracia (como es el caso).
Las consecuencias políticas del terremoto no están todavía medidas en términos demoscópicos. Puede que sea temprano para evaluar de manera concluyente el desempeño de las autoridades venezolanas frente a una desgracia que nadie habría podido prever. Los hechos están en desarrollo.
Por supuesto que también la oposición venezolana, en líneas generales -con la notable excepción de María Corina Machado- cruzando un desierto en materia de aceptación popular, también tienen un enorme reto político frente a la conducción responsable de las potenciales consecuencias políticas de este terremoto. Puede que incluso se planteen nuevas oportunidades para el regreso de la líder caraquena a Venezuela.
Pero lo que acaba de suceder tiende a acumular tensión emocional y agotamiento. Hasta el propio chavismo luce en ocasiones cansado de sí mismo. Ese pasivo puede conocer desarrollos que hagan combustión en el terreno de la política, y que necesariamente se tendrían que concretar en paz para que tengan utilidad. La propia presencia de los Estados Unidos en el país podría intensificarse con la excusa del auxilio a la población. Eso traería consecuencias, buenas y malas.
Además, desde el gobierno hay poco margen para maniobrar. Es casi imposible adelantar una gestión desde el estado en una circunstancia política como la actual, incluso si fuera brillante y eficaz, que pueda traducirse en utilidades y popularidad. Aquí la única operación que pueda proceder desde el poder es la de tratar de contener la caída. Lo que estamos apreciando es la administración de calamidades individuales y colectivas dentro de zonas de ruina.
El terremoto que ha vivido Venezuela puede alterar algunas consecuencias adicionales dentro del mundo de la política.



