La elite gobernante jamás ha movido un dedo por legalizar el matrimonio homosexual y atribuye, rara vez con fundamento, conductas afeminadas y homosexuales a adversarios políticos masculinos
La homofonía y origen etimológico común del sustantivo “poder” y del verbo “poder” son una bendición ilustrativa del castellano. Tener el poder es simplemente poder hacer cosas. Es abrir posibilidades. Entre más poder se tenga, más posibilidades se abren. Ergo, el poder gubernamental es mayor en un régimen autoritario que en una democracia. Todo esto podrá ser obvio, pero es el punto de partida para lo que sigue en el presente artículo.
Una elite gobernante como la venezolana puede usar su poder inmenso para abrir posibilidades dentro de prácticamente todos los aspectos de la vida en el país. Ríos Nilos, Danubios y Orinocos de tinta han sido vertidos para abordar los impactos que el poder político ejercido en Venezuela desde 1999 ha tenido en la economía, la infraestructura material, la seguridad ciudadana y hasta la estética.
Hay, no obstante, un aspecto del que se ha hablado muy poco. Por varias razones. En primer lugar, por el pudor que lo rodea aquí, allá, acullá y en cualquier lugar del mundo y entorpece su discusión pública (que no la privada, la cual más bien abunda) hasta cuando es evidente. En segundo lugar, porque, en atención a ese pudor, no es algo que se vaya a exponer de la misma forma en que un gobierno expone un decreto de reforma económica o inaugura un puente. En tercer lugar, es algo que por lo general se circunscribe a la vida privada e íntima de los individuos. Si leen esto y son avispados, imagino que lo dedujeron: hablo de sexualidad.
Aquí esto no es asunto para rumores banales o bromas groseras. No estoy interesado en nombres. Discutir quién se acuesta con quién, aspiración morbosa a la que ciertamente se le da una primacía notable en conversaciones cotidianas (como apunta una escena de la película de David Fincher, La red social), es un conocimiento que en sí mismo no tiene ningún valor para mí. Lo que sí me interesa es cómo el poder en Venezuela se presta para el desarrollo de tramas sexuales y de las mismísimas nociones sobre cómo se debe llevar a cabo esta, la relación interpersonal avant la lettre.
No es para nada una cuestión frívola o irrelevante, como alguien pudiera pensar. Si los chismes y los chistes al respecto son tan populares, pues eso es un derivado de la influencia del deseo sexual en las sociedades humanas, ya sea mediante la sublimación en el psicoanálisis clásico o, si hemos de escuchar la crítica de Deleuze y Guattari a Freud, sin desviación alguna y en perfecta inmanencia con las actividades materialmente productivas. Agreguen un poder que condiciona sus realizaciones, razón parcial de tantos movimientos sociales contemporáneos como el feminismo y el Lgbtiq.
Se hace inevitable tratar este asunto acudiendo a Foucault, el pensador que más describió la intersección entre el poder y la sexualidad. No comulgo con su tesis, producto del relativismo nietzscheano, de que no hay actos sexuales naturales y de que, como todo conocimiento en materia social, el relativo al sexo siempre es y será producto de dispositivos de poder siguiendo patrones culturales (aunque Foucault admitió en tal sentido cierto margen para la resistencia al poder y la autonomía del individuo). Pero sí creo que lo que el pensador francés vio como una constante ineludible se ha dado y se sigue dando de forma parcial. Es decir, a lo largo de la historia de la humanidad, individuos poderosos sí han impuesto a sociedades enteras sus ideas sobre cuáles formas de sexualidad son admisibles y cuáles no.
Bien, suficiente cháchara abstracta. Veamos ahora las manifestaciones concretas en la Venezuela actual. Por razones discutidas en el segundo párrafo de este texto, lo que ocurre en las cúpulas del poder venezolano en cuanto a lo que nos atañe está casi siempre encubierto, a lo que hay que añadir el papel de custodio de buenas costumbres que las elites suelen atribuirse, así como el riesgo de que un escándalo produzca descontento masivo, como alicientes para la reserva. Sin embargo, tenemos algunos atisbos. Vistazos fugaces, como los del relámpago en las tinieblas, a los cuales me veo obligado a limitarme como basamento (además, un tratado exhaustivo da para la extensión de un libro, no de un artículo de opinión).
En fin, los atisbos indican que, al contrario de las credenciales reformistas (término que, como he dicho antes, pienso que debería sustituir a “progresistas”) que dice ostentar, el poder político en Venezuela es ejercido para que la sexualidad siga patrones conservadores. Ocurre de forma dual. Un patrón es formal y el otro es informal. Uno es manifiesto y el otro es latente. Pero se complementan. Son dos caras de una misma moneda.
Comencemos con el informal y latente. El verdaderamente oculto y que solo sale a relucir ante el público cuando miembros de la elite gobernante caen en desgracia y pierden todos sus privilegios de uso arbitrario de poder sin que la ciudadanía común se entere. Esta forma de conservadurismo no califica así por reflejar algún ideario moral consuetudinario. Digo que es “conservador” porque se apega a conductas milenarias y desdeña, tácita o expresamente, cualquier razonamiento crítico de las mismas. Me refiero al típico fenómeno de un grupo selecto de individuos, en su totalidad o inmensa mayoría hombres heterosexuales, que se valen de su poder para procurarse gratificación sexual. Naturalmente, el elemento vulnerable en esta relación de poder lo constituyen las mujeres que son objeto de deseo libidinoso. Lo hemos visto en el “derecho de pernada” de los señores feudales europeos, en el harén se los sultanes otomanos y la multiplicidad de concubinas de los emperadores chinos. La mujer en función única de la satisfacción del apetito sexual del hombre, al cual no debe oponerse.
Una primera alerta hubo en 2018, con las denuncias, por participantes del concurso Miss Venezuela, de una trama de intercambio de favores sexuales a cambio de patrocinio por hombres de grandes recursos. Al mismo tiempo, varias modelos se lanzaron entre ellas acusaciones de cercanía con los llamados “enchufados”. Salió a relucir el nombre de Diego Salazar, primo de Rafael Ramírez que, “casualmente”, pocos meses antes había sido arrestado por encabezar una red de saqueo de Pdvsa y lavado de dinero. Alegatos de modelos que recibieron su tajada de la rebatiña, con transferencias bancarias, carros, apartamentos y viajes.
Luego vino el llamado “Caso Pdvsa-Cripto” (fíjense, nuevamente el dinero de la estatal petrolera como fuente del poder que hoy nos interesa examinar). Específicamente, la denuncia de que Tareck El Aissami y sus allegados tenían una red de prostitución. Mujeres de las que a menudo atraen la atención de los hombres, incluyendo a por lo menos una participante en concursos de belleza. De nuevo, el señalamiento de que consiguieron una vida de lujos con dinero público, mediante el establecimiento de relaciones sexuales con jerarcas gubernamentales. Como no sería descabellado asumir que pudo haber, aparte del incentivo crematístico, coacción por parte de los poderosos para obtener de estas mujeres lo que querían, es difícil saber hasta qué punto fueron víctimas y hasta qué punto fueron cómplices. Tal vez fueron ambas.
Pasemos ahora al patrón conservador formal y manifiesto. Es precisamente el que el poder asume para distanciarse del libertinaje sibarita de los caídos en desgracia. Este sí parte de una moral, a veces de origen religioso aunque el emisor del mensaje no esgrima un crucifijo mientras habla, que caracteriza la sexualidad, y sobre todo la sexualidad femenina, como algo inmundo y perverso.
En este ideario, el sexo es algo vergonzoso, que debería ser manejado con suma discreción. Expresarse al respecto es inaceptable, y más aun si quien lo hace es una mujer. El poder debe asegurarse de que las mujeres sean recatadas.
De ahí que las mujeres denunciadas no sean solo sometidas al escarnio masivo por beneficiarias del robo al erario público, sino además por supuestamente prostituirse. No solo se les señala como ladronas, sino también, con la expresión hoy de moda, como “prepagos”. En otras palabras, más allá de la fuente del dinero que se les acusa de haber cobrado, el hecho de que hagan trabajo sexual empeora las cosas. Agravamiento que no parte de ningún daño empíricamente verificable que provenga del trabajo sexual, sino de la mera abstracción moral que denigra del coito.
Estas mujeres son caracterizadas como perversas porque manifiestan su sexualidad a los interesados en ella y presuntamente gozan en el proceso. Entra en acción el arquetipo junguiano de la femme fatale. La seductora hedonista y de paso maligna. La “Ramera de Babilonia” en el Apocalipsis bíblico como metáfora de la perdición de los hombres y de sus dominios terrenales (¿No dice el propio Nuevo Testamento que con ella fornicaron reyes? ¿No vienen siendo nuestros poderosos execrados el equivalente a esos reyes, al haber tratado, por voluptuosidad, de pervertir el ideal revolucionario equivalente, propaganda dixit, a la “Ciudad de Dios” agustiniana?).
Tenemos ahora nuestra moneda visible por ambos lados. El resultado no es nada bueno para las mujeres. Nada favorable a la igualdad moral entre los sexos a la que toda sociedad sana debería aspirar. El poder se ejerce para que la sexualidad femenina pierda autonomía. Para que, por un lado, las mujeres se vean a los ojos del público como sexualmente discretas y pudorosas (más que los hombres, si es que a nosotros se nos exige del todo). Y por el otro, para que estén sexualmente disponibles al deseo de sujetos poderosos, sin importar cuál sea la voluntad de ellas.
Estas relaciones misóginas de poder se pueden reproducir desde la cúspide hasta el resto de la pirámide social. Después de todo, las elites a menudo son modelos de conducta. Quien tenga una cuota de poder, por pequeña que sea, pudiera usarla así. Dado que la naturaleza distribuyó entre los sexos de forma desigual la fuerza física, ese mecanismo de poder más crudo de todos, el resultado puede ser una sociedad machista en la que las mujeres son muy vulnerables a abusos.
Noten que no me he referido a otro aspecto de la sexualidad: el de las orientaciones Lgbtiq. Acá los atisbos son mucho menores, porque el estigma irracional sobre la sexodiversidad implica una capa extra de secretismo. Pero en el patrón formal y manifiesto hay también indicios que apuntan a una dirección conservadora, como el hecho de que la elite gobernante jamás ha movido un dedo por legalizar el matrimonio homosexual o la atribución, rara vez con fundamento, de conductas afeminadas y homosexuales a adversarios políticos masculinos para tratar de desacreditarlos (en pretendido contraste con el arquetipo de caudillo o revolucionario varonil siempre presto a obtener lo que quiere mediante el arrojo y la fuerza bruta). Así, la homosexualidad es conceptualizada como una degeneración degradante, cuya expresión el poder debe cuanto menos desalentar. Imaginen ahora, cuando el chavismo además trata de ganarse el favor de iglesias evangélicas ultraconservadoras, que lo exhortan a “proteger el diseño de la familia original”.
Al igual que tantos otros problemas en Venezuela, veo muy improbable que todo lo relatado en este artículo cambie para bien, si no hay primero una profunda metamorfosis política del país rumbo a la democracia y el Estado de derecho. Volviendo a Foucault, todos tenemos un derecho, una soberanía si se quiere, sobre nuestros cuerpos. Entre adultos, todos deberíamos poder decidir sobre nuestras relaciones sexuales de forma consensuada entre las partes involucradas y sin injerencia de terceros. Poder decidir. Tener el poder para decidir. Y que nadie nos lo arrebate.
Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es



