La ruina de la polÃtica estriba en la obcecación que hay en la persona se ve investida de poder absoluto
Jamás ha sido fácil la comprensión cabal del concepto de polÃtica. Menos, cuando es necesario entenderla como filosofÃa de vida. Ni siquiera porque dicho esfuerzo viene procurándose desde que Aristóteles se dio cuenta de la razón de la polÃtica. Más aun, luego de reconocer que el hombre por naturaleza es un ser profunda e implÃcitamente polÃtico. Sin embargo, este problema tiene distintas explicaciones que, en el tiempo, han sido discutidas, debatidas y hasta delineadas. Pero escasamente internalizadas.
Quizás una de las lecturas de mayor arraigo entre estudiosos de la ciencia polÃtica ha sido la riqueza de su significación y alcance como recurso del conocimiento. De esa forma, ha sido posible dominar un mayor campo de visualización de problemas desde el enfoque de otras ciencias sociales. No obstante, la proliferación de contextos de debate teorético y de análisis socio-histórico ha sido causa de apreciaciones del concepto de polÃtica que terminan desvirtuando no solo su acepción, sino, más grave, su praxis. Es decir, el ejercicio polÃtico. Consecuencias estas que han derivado en contradicciones y ofuscaciones que, a su vez, perjudican la lucidez del pensamiento polÃtico y acción polÃtica.
Las perversidades del poder
Estas implicaciones vistas como secuelas del problema de deformar y desvirtuar el concepto de polÃtica han sido reiterativas históricamente. Sobre todo, bajo circunstancias dominadas por perversidades propias de carácter usurero, egoÃsta y mediocre de hombres con una voracidad enfermiza por el poder polÃtico.
Por eso, el sentido de pluralismo que exhorta la polÃtica, en su más fecunda concepción, choca con toda doctrina que reivindica la imposición del pensamiento único y de un arbitrario criterio de socialización. Asà que cualquier intento de actuar al amparo de lo que la verticalidad dialéctica pretende justificar, se convierte en factor de repulsión ante lo que el concepto de polÃtica propone.
BastarÃa con reconocer la diferencia sobre la cual la vida del hombre se desenvuelve, para asà aceptar que el concepto de polÃtica no se resuelve en la nimiedad del pensamiento obtuso, cerrado y marginado preparado para divulgar una doctrina polÃtica o un proyecto ideológico de gobierno. La noción de diferencia establece la base conceptual y metodológica para comprender la amplitud de lo que concierne a la polÃtica como fuente de vida. Sobre todo, al reconocer el respeto como actitud capaz de considerar la diferencia que se establece entre las múltiples perspectivas y respuestas que bien posee toda persona ante la vida.
La esencia de la polÃtica
Por ahà comienza a estructurarse el concepto de polÃtica. La diferencia hace que el hombre se apegue a las libertades cuya naturaleza determina el pluralismo. Se entiende este como la condición que avala la tolerancia y el respeto frente a cualquier opinión desgajada de las distintas corrientes del pensamiento.
Justamente, en su fragor, adquieren sentido las necesidades y los intereses que orientan el esfuerzo por elegir la dirección que habrá de determinar las libertades. Lo contrario, representa el ámbito social en cuyo terreno se abona toda intransigencia al pluralismo polÃtico.
Por otro lado, la ruina de lo polÃtico estriba en la obcecación que hay en la persona se ve investida de poder absoluto. Pero también, caprichos que brindan oportunidades para insuflarse de la soberbia necesaria que aviva posturas en el curso de un ejercicio de gobierno determinado. Esta decadencia de la polÃtica es de fácil observación en el aquà y el ahora. Tiempo y espacio ocupados por quienes toman decisiones sin medir sus efectos. Mucho peor, son cuadros de improvisados dirigentes de un gobierno usurpado mediante pronunciamientos disfrazados de democráticos. Y, además, sin conocimiento de polÃtica.Â
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