Desde que la historia se vinculó con la teoría de la “libertad”, le temen los que instalan la oscuridad
Desde que la historia se vinculó con la teoría de la “libertad”, se convirtió en el ámbito social, político, económico y cultural sobre el cual reposa la ideología que mejor ha sabido exaltar los derechos humanos. O sea, la democracia. En su acepción más impoluta o impecable. De ahí, Carlos Sánchez Albornoz, historiador y político español, refirió: “la historia como la hazaña de la libertad. Y la libertad, la hazaña de la historia”.
Debe tenerse en cuenta que la razón que exhorta la historia para arrogarse la condición que la distingue como progresiva, no es aplicable a otras ciencias. La historia, al contrario de otras disciplinas, “(…) aspira a la permanencia”, según opinión del historiador británico David Antonhy Brading. Es la causal que enaltece al discurrir historiográfico.
Asentir que la historia labora en su perpetuación y desarrollo anima lo que esta disertación plantea cuando busca tratar los “peligros” de la historia o la historia como “peligro”. Particularmente, de la ignorancia, del poder y la arrogancia. Y que son las razones que hacen temer de las descripciones que la historia explaya en sus análisis.
A juicio del filósofo y poeta Martín Heidegger, “el lenguaje es el más peligroso de los bienes”. Su consideración implica a la historia toda vez que la palabra es, para esta, el vehículo que moviliza su desarrollo funcional. Fundamentalmente, porque nada está más vivo que la palabra.
¿Por qué la historia infunde temor?
Porque ella maneja la palabra y puede expresarla contra las barbaridades de la política, las imprudencias de la sociedad o las contradicciones de la economía. Su empleo, al mismo tiempo que libera, encadena. De ahí, el temor de quienes ejercen el poder (político) desde posiciones autoritarias y hegemónicas.
Los “peligros” a los cuales muchos temen, están contenidos en el lenguaje. Sobre todo, cuando el lenguaje es revelador de verdades capaces de fracturar el muro más sólido. De descubrir la trinchera más recóndita. O de dar con el escondrijo mejor disfrazado con trazos de institucionalidad o constitucionalidad.
El temor que infunde la historia, cuando erige sus esfuerzos con base en la verdad, radica en ciertos “peligros” solapados por acción de manoseadas paradojas al camuflar narrativas de discursos que exaltan libertades. Incluso, aquellos peligros que caben en el fondo del maletín de académicos de “universidades de ocasión”. Hasta aquellos que son confundidos con consideraciones libertarias por efecto de manipulaciones adaptadas según las coyunturas.
“Peligros” capaces de camuflar realidades con la intención de cambiarles la apariencia a situaciones que se hallan a disposición de intereses del poder, armado con el más grosero desparpajo. La ceguera inducida es otro de esos mismos peligros que revelan la potencialidad de la historia cuando sale a la palestra a enfrentar y combatir a los enemigos de la libertad.
Pero también, los que descubre la historia cuando batalla contra disidentes de la vida, de la justicia, de la dignidad y de los derechos del hombre a disfrutar sus ideales, querencias y proyectos. Por eso la historia actúa gallarda y valientemente contra los dogmas ideológicos. Esos que son hábilmente aprovechados por rufianes de oficio para evitar toparse con la verdad que la historia sabe descubrirles. Y ante esa clase o categorías de aspavientos, valen redimir o sacar a relucir los peligros que le depara la Historia a la oscurana. Son los peligros de la historia. O cuando tan penetrantes oscuridades ven la historia como peligro.
Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es



