Desayunar contigo, Ro, por Laura Helena Castillo - Runrun
Desayunar contigo, Ro, por Laura Helena Castillo

Foto de Rosanna Di Turi: @luisyslas (Twitter)

La muerte de Ro nos deja en una falla de borde. Sin certezas ni desayunos en su mesa civilizada. Mañana, al despertarme, volveré a preguntarme si esto de verdad pasó

 

@laurahcastillo

A Rosanna Di Turi le gustaba invitar a desayunar en su casa. Preparaba reina pepiada, lomo de cochino, ponía varios quesos blancos frescos y hacía arepas. Los que aman los desayunos confían en ese primer acto civilizatorio del día y se despiertan temprano con la certeza de que lo bueno está por empezar. Rosanna estaba convencida de que lo bueno iba siempre a comenzar cada mañana. Y mejor si era comiendo. Este era uno de los lujos que tuvimos quienes fuimos sus amigos: amanecer en sus certezas.

A Ro la quise conocer desde que la leía. Y lo logré gracias a El Nacional, donde yo colaboraba con una columna semanal. De cuello altivo, como una Anna Ajmátova del Caribe pintada por el italiano Amedeo Modigliani, las primeras veces la recuerdo como redactora del semanario Buen Vivir, escribiendo en la oficina del edificio de Puente Nuevo a Puerto Escondido, y yo a su lado, buscándole conversación y seguro molestándola. Nos entendimos desde el principio y me producía fascinación esa parte recóndita que nunca revelaba, ese silencio que precedía al rojo furioso de sus cachetes que eran señal de muchas cosas, pero nadie sabía bien de cuáles.

En el año 1999, el editor Sergio Dahbar, entonces jefe de los cuerpos dominicales de El Nacional, tenía la tarea de crear una nueva revista para sustituir a Feriado, la publicación que reunía a fanáticos lectores pero que no estaba bien de finanzas. Sergio armó un equipo: Gonzalo Jiménez como director, Rosanna Di Turi de coordinadora y los redactores seríamos Yves Briceño y yo. Veníamos de trabajar en los suplementos de fin de semana Buen Vivir, Siete Días y Turismo y seríamos los elegidos para firmar lo que pudo haber sido un fracaso llamado Todo en Domingo.

La primera edición, con un cachorro pitbull en la portada, resultó incomprensible para los asiduos lectores de Feriado. La segunda, la tercera y muchas más tampoco convencieron. Recuerdo que sobre el mouse pad de cada redactor y editor estaba pegado el perfil del lector de la revista, diseñado por Sergio Antillano, uno de los asesores iniciales. A ese arquetipo nos aferramos para crear una identidad. Y lo logramos: con mucha disciplina y claridad editorial, un diseño sobrio ideado por Jaime Cruz, y unas secciones fijas que se convirtieron en vitrina de lo mejor de Venezuela, Todo en Domingo terminó siendo el producto estelar de El Nacional.

Una de las secciones más sólidas sobre la cual navegó la publicación durante casi dos décadas fue la de gastronomía, creada y alimentada por Rosanna. Con rigurosidad semanal, Ro abrió Todo en Domingo al placer, al disfrute, al talento de los cocineros locales que en ese momento florecían antes de la debacle, e hizo del periodismo gastronómico un área de investigación. Clara de lo efímero que puede ser el oficio, Rosanna generó pensamiento sobre la cocina venezolana, investigó sobre el ron y el cacao y dejó el mejor y más amplio perfil que se haya hecho de Armando Scannone, memoria de la comida caraqueña.

Ro fue después directora de Todo en Domingo y, alrededor de la vocación de la revista de encontrar historias de valor, talento y emoción a pesar de la crisis venezolana, ella logró reunir a un hilarante equipo de redactores, editores, diseñadores, fotógrafos, maquilladores, productores y muchos otros.

Los últimos años de Todo en Domingo, antes de que la censura gubernamental ahorcara a El Nacional, dejan registro de comilonas, fiestas temáticas, viajes, eufóricas reuniones de pauta y mucho amor en un equipo de trabajo. Esa sintonía, no siempre fácil en las redacciones, fue sin duda uno de los grandes logros del liderazgo y del humor de Rosanna.

Su muerte nos deja en una falla de borde. Sin certezas ni desayunos en su mesa civilizada. Mañana, al despertarme, volveré a preguntarme si esto de verdad pasó.

El colombiano Héctor Abad Faciolince, cuando su padre fue asesinado, escribió: “Yo no hubiera querido que la vida me regalara esta historia. Yo no hubiera querido que la muerte me regalara esta historia”. Desorientada aún por la tristeza, recogiendo estas palabras del suelo, puedo decir lo mismo: yo no hubiera querido que la vida, ni la muerte, me hubiesen puesto a escribir esto sobre ti, Ro.