El mundo se enferma una y otra vez

Hace 60 años Venezuela era un país libre de enfermedades pandémicas; hoy el Índice Mundial de Seguridad Sanitaria nos incluye entre los 10 países más vulnerables del mundo

 

@ArmandoMartini

Venezuela se encuentra entre los 10 países de mayor riesgo en materia de salud, lo refleja el Índice Mundial de Seguridad Sanitaria. Es este un proyecto de Nuclear Threat Initiative (NTI) y Johns Hopkins Center for Health Security (JHU), desarrollado con Economist Intelligence Unit (EIU) en Estados Unidos. Son evaluados por el abordaje de las enfermedades, el control para evitar los brotes de epidemias o pandemias, y las respuestas que den los organismos de salud a su población.

El indicador revela cómo se ha descuidado la salud en el país. Expertos lo califican de gravedad y con impacto social por la falta de prevención y diagnósticos oportunos. Indican lo que ya todos sufrimos a diario: centros asistenciales públicos sin dotación de insumos. Tampoco equipos que garanticen el derecho a la salud consagrado en la Constitución venezolana.

El incumplimiento de normas internacionales, la carencia de respuestas en la prevención y detección de enfermedades conducen a la vulnerabilidad sanitaria. Los médicos saben que el régimen castrista miente descaradamente –o con empecinada constancia–, especialmente con la delicada cuestión sanitaria de los venezolanos. Y que las cifras día tras día se emiten sobre la covid-19, son, por decir lo menos, señal de que el problema no se ha resuelto.

Aun peor es la conocida carencia de equipos, insumos y medicamentos en la cacareada red del servicio de salud. Hubo un tiempo, remoto ya, cuando el Estado –dictadores y demócratas incluidos– hizo un esfuerzo grande y planificado para eliminar pandemias anteriores al coronavirus. Y así fueron esfumándose la fiebre amarilla, cólera, paludismo, viruela y otras maldiciones de la pobreza y descuido del que había sido, hasta entonces, Estado de tiranos bárbaros, codiciosos y firmes en la represión.

Hace sesenta años Venezuela era ya un país libre de plagas y enfermedades pandémicas; solo quedaban zancudos y cucarachas fácilmente controlables con insecticidas Baygón, Raid, Shelltox, Plagatox y algunos productos más. Estado y la iniciativa privada lucharon con tesón y profesionalismo para cambiar a la Venezuela enferma de tiempos de Gómez hacia atrás, en una nación de ciudadanos fuertes, higiénicos, que se alimentaban bien y cuidaban su salud. Se bañaban a diario, todos los días usaban desodorante. En los autobuses, transporte público y Metro el trabajador podía traer al final de la jornada laboral el olor del trabajo duro; pero no el hedor del poco cuidado ni la debilidad contagiosa del enfermo.

Todo eso en los últimos veinte años se ha estado enfermando. El chavismo nos trajo desorden y corrupción administrativa llevada a todos los niveles. Ahora ser corrupto es lo normal y la honestidad un excentricismo. Ha descuidado a tal punto el gobernar para bien, que grandes obras se están convirtiendo en ruinas.

A pesar del despliegue de vacunas –ahora pretenden hacer creer que han comprado aviones sancionados para transportarlas– la covid-19 se mantiene presente y el uso del tapabocas una constante previsión. Y aterroriza pensar que, a este país con un servicio de salud frágil, enfermo, lleguen enfermedades que van apareciendo y creciendo en el mundo. Acecha la viruela del mono que alarma a la Organización Mundial de la Salud. Así como otra calamidad que aparece en Ghana.

A pesar de todos los que mate la guerra, persecuciones, hambre y pandemias, hoy suman 8000 millones de habitantes en el planeta. Las ilusiones catastróficas manipulan la indigencia intelectual. De la noche a la mañana convirtieron al país en un vergel cuyo abono era estiércol, porque se prohibieron fertilizantes químicos y agroquímicos. Y a los productores que quedaban los robaron los pillos burócratas.

El sueño que infectó la cosecha. La inflación se desbocó. La dolarización se impuso a placer y sin control. La falta de combustibles, medicinas e incluso comida evidenció el desastre. Los servicios públicos, una desgracia. El costo de la faltriquera encierra las necesidades que atraviesan pacientes y arrastran a familiares. De ahí la frustración ciudadana que los fabricantes de ilusiones locas descalifican y rechazan. Es allí a donde está llevando la ineptitud generalizada de este régimen. Al África profunda de las enfermedades y miseria.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Hace 60 años Venezuela era un país libre de enfermedades pandémicas; hoy el Índice Mundial de Seguridad Sanitaria nos incluye entre los 10 países más vulnerables del mundo

 

@ArmandoMartini

Venezuela se encuentra entre los 10 países de mayor riesgo en materia de salud, lo refleja el Índice Mundial de Seguridad Sanitaria. Es este un proyecto de Nuclear Threat Initiative (NTI) y Johns Hopkins Center for Health Security (JHU), desarrollado con Economist Intelligence Unit (EIU) en Estados Unidos. Son evaluados por el abordaje de las enfermedades, el control para evitar los brotes de epidemias o pandemias, y las respuestas que den los organismos de salud a su población.

El indicador revela cómo se ha descuidado la salud en el país. Expertos lo califican de gravedad y con impacto social por la falta de prevención y diagnósticos oportunos. Indican lo que ya todos sufrimos a diario: centros asistenciales públicos sin dotación de insumos. Tampoco equipos que garanticen el derecho a la salud consagrado en la Constitución venezolana.

El incumplimiento de normas internacionales, la carencia de respuestas en la prevención y detección de enfermedades conducen a la vulnerabilidad sanitaria. Los médicos saben que el régimen castrista miente descaradamente –o con empecinada constancia–, especialmente con la delicada cuestión sanitaria de los venezolanos. Y que las cifras día tras día se emiten sobre la covid-19, son, por decir lo menos, señal de que el problema no se ha resuelto.

Aun peor es la conocida carencia de equipos, insumos y medicamentos en la cacareada red del servicio de salud. Hubo un tiempo, remoto ya, cuando el Estado –dictadores y demócratas incluidos– hizo un esfuerzo grande y planificado para eliminar pandemias anteriores al coronavirus. Y así fueron esfumándose la fiebre amarilla, cólera, paludismo, viruela y otras maldiciones de la pobreza y descuido del que había sido, hasta entonces, Estado de tiranos bárbaros, codiciosos y firmes en la represión.

Hace sesenta años Venezuela era ya un país libre de plagas y enfermedades pandémicas; solo quedaban zancudos y cucarachas fácilmente controlables con insecticidas Baygón, Raid, Shelltox, Plagatox y algunos productos más. Estado y la iniciativa privada lucharon con tesón y profesionalismo para cambiar a la Venezuela enferma de tiempos de Gómez hacia atrás, en una nación de ciudadanos fuertes, higiénicos, que se alimentaban bien y cuidaban su salud. Se bañaban a diario, todos los días usaban desodorante. En los autobuses, transporte público y Metro el trabajador podía traer al final de la jornada laboral el olor del trabajo duro; pero no el hedor del poco cuidado ni la debilidad contagiosa del enfermo.

Todo eso en los últimos veinte años se ha estado enfermando. El chavismo nos trajo desorden y corrupción administrativa llevada a todos los niveles. Ahora ser corrupto es lo normal y la honestidad un excentricismo. Ha descuidado a tal punto el gobernar para bien, que grandes obras se están convirtiendo en ruinas.

A pesar del despliegue de vacunas –ahora pretenden hacer creer que han comprado aviones sancionados para transportarlas– la covid-19 se mantiene presente y el uso del tapabocas una constante previsión. Y aterroriza pensar que, a este país con un servicio de salud frágil, enfermo, lleguen enfermedades que van apareciendo y creciendo en el mundo. Acecha la viruela del mono que alarma a la Organización Mundial de la Salud. Así como otra calamidad que aparece en Ghana.

A pesar de todos los que mate la guerra, persecuciones, hambre y pandemias, hoy suman 8000 millones de habitantes en el planeta. Las ilusiones catastróficas manipulan la indigencia intelectual. De la noche a la mañana convirtieron al país en un vergel cuyo abono era estiércol, porque se prohibieron fertilizantes químicos y agroquímicos. Y a los productores que quedaban los robaron los pillos burócratas.

El sueño que infectó la cosecha. La inflación se desbocó. La dolarización se impuso a placer y sin control. La falta de combustibles, medicinas e incluso comida evidenció el desastre. Los servicios públicos, una desgracia. El costo de la faltriquera encierra las necesidades que atraviesan pacientes y arrastran a familiares. De ahí la frustración ciudadana que los fabricantes de ilusiones locas descalifican y rechazan. Es allí a donde está llevando la ineptitud generalizada de este régimen. Al África profunda de las enfermedades y miseria.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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Hace 60 años Venezuela era un país libre de enfermedades pandémicas; hoy el Índice Mundial de Seguridad Sanitaria nos incluye entre los 10 países más vulnerables del mundo

 

@ArmandoMartini

Venezuela se encuentra entre los 10 países de mayor riesgo en materia de salud, lo refleja el Índice Mundial de Seguridad Sanitaria. Es este un proyecto de Nuclear Threat Initiative (NTI) y Johns Hopkins Center for Health Security (JHU), desarrollado con Economist Intelligence Unit (EIU) en Estados Unidos. Son evaluados por el abordaje de las enfermedades, el control para evitar los brotes de epidemias o pandemias, y las respuestas que den los organismos de salud a su población.

El indicador revela cómo se ha descuidado la salud en el país. Expertos lo califican de gravedad y con impacto social por la falta de prevención y diagnósticos oportunos. Indican lo que ya todos sufrimos a diario: centros asistenciales públicos sin dotación de insumos. Tampoco equipos que garanticen el derecho a la salud consagrado en la Constitución venezolana.

El incumplimiento de normas internacionales, la carencia de respuestas en la prevención y detección de enfermedades conducen a la vulnerabilidad sanitaria. Los médicos saben que el régimen castrista miente descaradamente –o con empecinada constancia–, especialmente con la delicada cuestión sanitaria de los venezolanos. Y que las cifras día tras día se emiten sobre la covid-19, son, por decir lo menos, señal de que el problema no se ha resuelto.

Aun peor es la conocida carencia de equipos, insumos y medicamentos en la cacareada red del servicio de salud. Hubo un tiempo, remoto ya, cuando el Estado –dictadores y demócratas incluidos– hizo un esfuerzo grande y planificado para eliminar pandemias anteriores al coronavirus. Y así fueron esfumándose la fiebre amarilla, cólera, paludismo, viruela y otras maldiciones de la pobreza y descuido del que había sido, hasta entonces, Estado de tiranos bárbaros, codiciosos y firmes en la represión.

Hace sesenta años Venezuela era ya un país libre de plagas y enfermedades pandémicas; solo quedaban zancudos y cucarachas fácilmente controlables con insecticidas Baygón, Raid, Shelltox, Plagatox y algunos productos más. Estado y la iniciativa privada lucharon con tesón y profesionalismo para cambiar a la Venezuela enferma de tiempos de Gómez hacia atrás, en una nación de ciudadanos fuertes, higiénicos, que se alimentaban bien y cuidaban su salud. Se bañaban a diario, todos los días usaban desodorante. En los autobuses, transporte público y Metro el trabajador podía traer al final de la jornada laboral el olor del trabajo duro; pero no el hedor del poco cuidado ni la debilidad contagiosa del enfermo.

Todo eso en los últimos veinte años se ha estado enfermando. El chavismo nos trajo desorden y corrupción administrativa llevada a todos los niveles. Ahora ser corrupto es lo normal y la honestidad un excentricismo. Ha descuidado a tal punto el gobernar para bien, que grandes obras se están convirtiendo en ruinas.

A pesar del despliegue de vacunas –ahora pretenden hacer creer que han comprado aviones sancionados para transportarlas– la covid-19 se mantiene presente y el uso del tapabocas una constante previsión. Y aterroriza pensar que, a este país con un servicio de salud frágil, enfermo, lleguen enfermedades que van apareciendo y creciendo en el mundo. Acecha la viruela del mono que alarma a la Organización Mundial de la Salud. Así como otra calamidad que aparece en Ghana.

A pesar de todos los que mate la guerra, persecuciones, hambre y pandemias, hoy suman 8000 millones de habitantes en el planeta. Las ilusiones catastróficas manipulan la indigencia intelectual. De la noche a la mañana convirtieron al país en un vergel cuyo abono era estiércol, porque se prohibieron fertilizantes químicos y agroquímicos. Y a los productores que quedaban los robaron los pillos burócratas.

El sueño que infectó la cosecha. La inflación se desbocó. La dolarización se impuso a placer y sin control. La falta de combustibles, medicinas e incluso comida evidenció el desastre. Los servicios públicos, una desgracia. El costo de la faltriquera encierra las necesidades que atraviesan pacientes y arrastran a familiares. De ahí la frustración ciudadana que los fabricantes de ilusiones locas descalifican y rechazan. Es allí a donde está llevando la ineptitud generalizada de este régimen. Al África profunda de las enfermedades y miseria.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.