La verdad sobre la “izquierda cobarde”

Hay cierta cobardía en la izquierda (de Latam), como dice Maduro. Pero la cobardía de quien no se atreve a apoyar la causa democrática venezolana más allá de lo retórico

 

@AAAD25

“Ha vuelto la marea roja”. Durante los últimos años se ha vuelto común escuchar esa expresión en los cenáculos de discusión sobre política latinoamericana. Se refiere al triunfo de dirigentes como AMLO, Alberto Fernández, Gabriel Boric y Pedro Castillo, una cadena que este año pudieran continuar Gustavo Petro, en Colombia, y Lula da Silva, en Brasil. La metáfora marina hace un símil con el ascenso anterior de otros líderes de izquierda, como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

Sin embargo, esta izquierda nuevamente vigorosa ha hecho un esfuerzo por distanciarse del oleaje que la precedió. Sobre todo, no quieren que se les asocie con el chavismo. Castillo manifestó recientemente que “no le gustaría que Perú sea como Venezuela”. Boric se refirió al régimen venezolano como “un fracaso”. Hasta Petro, quien en 2016 tuvo la osadía de insinuar con tono burlón que en Venezuela no hay una calamidad humanitaria, ahora critica con dureza a Nicolás Maduro.

Como el chavismo no destaca precisamente por su tolerancia a la crítica, sus reacciones no tardaron mucho. Maduro tildó de “cobarde” a la nueva izquierda por sus cuestionamientos, acusándola además de “tenerle envidia al pueblo venezolano”. No nombró a individuos específicos, aunque era obvio de quiénes hablaba.

Pero asumiendo que los pronunciamientos de Petro y similares son sinceros y no solo un disimulo electoral para evitar ahuyentar a votantes conscientes de lo que ocurrió en Venezuela (y es razonable sospechar que sí se trata de tal mero disimulo, sobre todo en el caso de Petro), lo único que uno pudiera hacer es suspirar con alivio por el futuro de sus respectivos países. Para los venezolanos, en cambio, no hay mucho por qué entusiasmarse.

Porque en algo tiene razón Maduro. A saber, hay cierta cobardía en esa izquierda. Solo que no es la cobardía de quien “no se atreve a enfrentar el capitalismo y las oligarquías”, como dice el jerarca de Miraflores. Es más bien la cobardía de quien no se atreve a tomar las medidas necesarias para apoyar la causa democrática venezolana más allá de lo retórico.

No solamente se niegan a ejercer presión internacional desde sus países, sino que critican a quienes sí la ejercen. En vez de eso, insisten en sofismas ya bastante refutados como “solo los venezolanos pueden y deben resolver sus problemas entre ellos”. Así que se limitan a instar al chavismo y a la oposición a resolver sus diferencias mediante el diálogo. Como si ambas partes fueran igualmente responsables por la catástrofe que embarga a Venezuela. Como si el país no acumulara ya seis intentos de negociación, yermos por la negativa de la elite gobernante a hacer concesiones que comprometan la continuidad de su hegemonía absoluta y sus privilegios asociados.

Tendría un poco de sentido si lo hicieran en combinación con sus propios ejercicios de presión. Pero, repito, no quieren hacer tal cosa. Como sostuve en esta columna la semana pasada, el diálogo incondicional lo que hace es alejar a la oposición de su objetivo de negociar una transición democrática con el chavismo.

Para que no se me acuse de generalizar, diré que Boric ha evitado abordar este aspecto específico sobre cómo proceder ante la situación venezolana. La posición de Alberto Fernández es mucho más clara. Sí, de vez en cuando hace una crítica sobre las violaciones de Derechos Humanos en Venezuela, a la que algún vocero del chavismo responde con cólera, genuina o simulada. Pero al margen de eso, las relaciones entre Miraflores y la Casa Rosada son en general cordiales. López Obrador y Castillo, más discretamente, hacen otro tanto. A mi juicio, de llegar al Palacio de Nariño, Petro se irá por la misma senda.

Al chavismo eso le basta para sentirse cómodo. Los reproches verbales los desestima con facilidad, y mientras los demás Estados asuman una posición neutral y se rehúsen a interferir con sus negocios, todo bien.

Por cierto, lo que vemos con respecto a Venezuela es mucho más pronunciado con respecto a Cuba. Criticar el castrismo es tabú en buena parte de las organizaciones de izquierda a nivel mundial. Boric defendió a los manifestantes que tomaron las calles de la isla a mediados del año pasado e instó a la gerontocracia comunista antillana a escuchar sus reclamos en vez de reprimirlos. Pero, a diferencia de Maduro y Daniel Ortega, un representante de Miguel Díaz-Canel sí dijo “presente” en la juramentación de Boric la semana pasada. Y no cualquiera. Fue el canciller cubano, Bruno Rodríguez, quien se reunió con varios miembros del nuevo gabinete chileno.

Volviendo a los temores y desafíos, creo que detrás de todo esto hay temores en la izquierda, sobre todo la izquierda latinoamericana, a desafiar varios de sus dogmas.

La idea de que factores externos tomen medidas para que un gobierno de izquierda cambie de rumbo les resulta chocante. Lo asocian con las políticas de Estados Unidos a Latinoamérica durante la Guerra Fría, y entonces su recelo patológico hacia Washington sale a relucir.

Es decir, con tal de que no los vean en el mismo lado de la cancha que la Casa Blanca ni una vez, se entregan a una pasividad y a una neutralidad falsamente virtuosa, que contribuyen con los obstáculos a la restauración de la democracia en Venezuela.

Estoy convencido de que Latinoamérica, como todo el mundo, necesita fuerzas democráticas de derecha y de izquierda. En el caso de las izquierdistas, demostrarán un coraje innegable cuando se comprometan a luchar por la democracia sin importar consideraciones ideológicas. Las de hoy lo tienen pendiente.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Hay cierta cobardía en la izquierda (de Latam), como dice Maduro. Pero la cobardía de quien no se atreve a apoyar la causa democrática venezolana más allá de lo retórico

 

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“Ha vuelto la marea roja”. Durante los últimos años se ha vuelto común escuchar esa expresión en los cenáculos de discusión sobre política latinoamericana. Se refiere al triunfo de dirigentes como AMLO, Alberto Fernández, Gabriel Boric y Pedro Castillo, una cadena que este año pudieran continuar Gustavo Petro, en Colombia, y Lula da Silva, en Brasil. La metáfora marina hace un símil con el ascenso anterior de otros líderes de izquierda, como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

Sin embargo, esta izquierda nuevamente vigorosa ha hecho un esfuerzo por distanciarse del oleaje que la precedió. Sobre todo, no quieren que se les asocie con el chavismo. Castillo manifestó recientemente que “no le gustaría que Perú sea como Venezuela”. Boric se refirió al régimen venezolano como “un fracaso”. Hasta Petro, quien en 2016 tuvo la osadía de insinuar con tono burlón que en Venezuela no hay una calamidad humanitaria, ahora critica con dureza a Nicolás Maduro.

Como el chavismo no destaca precisamente por su tolerancia a la crítica, sus reacciones no tardaron mucho. Maduro tildó de “cobarde” a la nueva izquierda por sus cuestionamientos, acusándola además de “tenerle envidia al pueblo venezolano”. No nombró a individuos específicos, aunque era obvio de quiénes hablaba.

Pero asumiendo que los pronunciamientos de Petro y similares son sinceros y no solo un disimulo electoral para evitar ahuyentar a votantes conscientes de lo que ocurrió en Venezuela (y es razonable sospechar que sí se trata de tal mero disimulo, sobre todo en el caso de Petro), lo único que uno pudiera hacer es suspirar con alivio por el futuro de sus respectivos países. Para los venezolanos, en cambio, no hay mucho por qué entusiasmarse.

Porque en algo tiene razón Maduro. A saber, hay cierta cobardía en esa izquierda. Solo que no es la cobardía de quien “no se atreve a enfrentar el capitalismo y las oligarquías”, como dice el jerarca de Miraflores. Es más bien la cobardía de quien no se atreve a tomar las medidas necesarias para apoyar la causa democrática venezolana más allá de lo retórico.

No solamente se niegan a ejercer presión internacional desde sus países, sino que critican a quienes sí la ejercen. En vez de eso, insisten en sofismas ya bastante refutados como “solo los venezolanos pueden y deben resolver sus problemas entre ellos”. Así que se limitan a instar al chavismo y a la oposición a resolver sus diferencias mediante el diálogo. Como si ambas partes fueran igualmente responsables por la catástrofe que embarga a Venezuela. Como si el país no acumulara ya seis intentos de negociación, yermos por la negativa de la elite gobernante a hacer concesiones que comprometan la continuidad de su hegemonía absoluta y sus privilegios asociados.

Tendría un poco de sentido si lo hicieran en combinación con sus propios ejercicios de presión. Pero, repito, no quieren hacer tal cosa. Como sostuve en esta columna la semana pasada, el diálogo incondicional lo que hace es alejar a la oposición de su objetivo de negociar una transición democrática con el chavismo.

Para que no se me acuse de generalizar, diré que Boric ha evitado abordar este aspecto específico sobre cómo proceder ante la situación venezolana. La posición de Alberto Fernández es mucho más clara. Sí, de vez en cuando hace una crítica sobre las violaciones de Derechos Humanos en Venezuela, a la que algún vocero del chavismo responde con cólera, genuina o simulada. Pero al margen de eso, las relaciones entre Miraflores y la Casa Rosada son en general cordiales. López Obrador y Castillo, más discretamente, hacen otro tanto. A mi juicio, de llegar al Palacio de Nariño, Petro se irá por la misma senda.

Al chavismo eso le basta para sentirse cómodo. Los reproches verbales los desestima con facilidad, y mientras los demás Estados asuman una posición neutral y se rehúsen a interferir con sus negocios, todo bien.

Por cierto, lo que vemos con respecto a Venezuela es mucho más pronunciado con respecto a Cuba. Criticar el castrismo es tabú en buena parte de las organizaciones de izquierda a nivel mundial. Boric defendió a los manifestantes que tomaron las calles de la isla a mediados del año pasado e instó a la gerontocracia comunista antillana a escuchar sus reclamos en vez de reprimirlos. Pero, a diferencia de Maduro y Daniel Ortega, un representante de Miguel Díaz-Canel sí dijo “presente” en la juramentación de Boric la semana pasada. Y no cualquiera. Fue el canciller cubano, Bruno Rodríguez, quien se reunió con varios miembros del nuevo gabinete chileno.

Volviendo a los temores y desafíos, creo que detrás de todo esto hay temores en la izquierda, sobre todo la izquierda latinoamericana, a desafiar varios de sus dogmas.

La idea de que factores externos tomen medidas para que un gobierno de izquierda cambie de rumbo les resulta chocante. Lo asocian con las políticas de Estados Unidos a Latinoamérica durante la Guerra Fría, y entonces su recelo patológico hacia Washington sale a relucir.

Es decir, con tal de que no los vean en el mismo lado de la cancha que la Casa Blanca ni una vez, se entregan a una pasividad y a una neutralidad falsamente virtuosa, que contribuyen con los obstáculos a la restauración de la democracia en Venezuela.

Estoy convencido de que Latinoamérica, como todo el mundo, necesita fuerzas democráticas de derecha y de izquierda. En el caso de las izquierdistas, demostrarán un coraje innegable cuando se comprometan a luchar por la democracia sin importar consideraciones ideológicas. Las de hoy lo tienen pendiente.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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Hay cierta cobardía en la izquierda (de Latam), como dice Maduro. Pero la cobardía de quien no se atreve a apoyar la causa democrática venezolana más allá de lo retórico

 

@AAAD25

“Ha vuelto la marea roja”. Durante los últimos años se ha vuelto común escuchar esa expresión en los cenáculos de discusión sobre política latinoamericana. Se refiere al triunfo de dirigentes como AMLO, Alberto Fernández, Gabriel Boric y Pedro Castillo, una cadena que este año pudieran continuar Gustavo Petro, en Colombia, y Lula da Silva, en Brasil. La metáfora marina hace un símil con el ascenso anterior de otros líderes de izquierda, como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

Sin embargo, esta izquierda nuevamente vigorosa ha hecho un esfuerzo por distanciarse del oleaje que la precedió. Sobre todo, no quieren que se les asocie con el chavismo. Castillo manifestó recientemente que “no le gustaría que Perú sea como Venezuela”. Boric se refirió al régimen venezolano como “un fracaso”. Hasta Petro, quien en 2016 tuvo la osadía de insinuar con tono burlón que en Venezuela no hay una calamidad humanitaria, ahora critica con dureza a Nicolás Maduro.

Como el chavismo no destaca precisamente por su tolerancia a la crítica, sus reacciones no tardaron mucho. Maduro tildó de “cobarde” a la nueva izquierda por sus cuestionamientos, acusándola además de “tenerle envidia al pueblo venezolano”. No nombró a individuos específicos, aunque era obvio de quiénes hablaba.

Pero asumiendo que los pronunciamientos de Petro y similares son sinceros y no solo un disimulo electoral para evitar ahuyentar a votantes conscientes de lo que ocurrió en Venezuela (y es razonable sospechar que sí se trata de tal mero disimulo, sobre todo en el caso de Petro), lo único que uno pudiera hacer es suspirar con alivio por el futuro de sus respectivos países. Para los venezolanos, en cambio, no hay mucho por qué entusiasmarse.

Porque en algo tiene razón Maduro. A saber, hay cierta cobardía en esa izquierda. Solo que no es la cobardía de quien “no se atreve a enfrentar el capitalismo y las oligarquías”, como dice el jerarca de Miraflores. Es más bien la cobardía de quien no se atreve a tomar las medidas necesarias para apoyar la causa democrática venezolana más allá de lo retórico.

No solamente se niegan a ejercer presión internacional desde sus países, sino que critican a quienes sí la ejercen. En vez de eso, insisten en sofismas ya bastante refutados como “solo los venezolanos pueden y deben resolver sus problemas entre ellos”. Así que se limitan a instar al chavismo y a la oposición a resolver sus diferencias mediante el diálogo. Como si ambas partes fueran igualmente responsables por la catástrofe que embarga a Venezuela. Como si el país no acumulara ya seis intentos de negociación, yermos por la negativa de la elite gobernante a hacer concesiones que comprometan la continuidad de su hegemonía absoluta y sus privilegios asociados.

Tendría un poco de sentido si lo hicieran en combinación con sus propios ejercicios de presión. Pero, repito, no quieren hacer tal cosa. Como sostuve en esta columna la semana pasada, el diálogo incondicional lo que hace es alejar a la oposición de su objetivo de negociar una transición democrática con el chavismo.

Para que no se me acuse de generalizar, diré que Boric ha evitado abordar este aspecto específico sobre cómo proceder ante la situación venezolana. La posición de Alberto Fernández es mucho más clara. Sí, de vez en cuando hace una crítica sobre las violaciones de Derechos Humanos en Venezuela, a la que algún vocero del chavismo responde con cólera, genuina o simulada. Pero al margen de eso, las relaciones entre Miraflores y la Casa Rosada son en general cordiales. López Obrador y Castillo, más discretamente, hacen otro tanto. A mi juicio, de llegar al Palacio de Nariño, Petro se irá por la misma senda.

Al chavismo eso le basta para sentirse cómodo. Los reproches verbales los desestima con facilidad, y mientras los demás Estados asuman una posición neutral y se rehúsen a interferir con sus negocios, todo bien.

Por cierto, lo que vemos con respecto a Venezuela es mucho más pronunciado con respecto a Cuba. Criticar el castrismo es tabú en buena parte de las organizaciones de izquierda a nivel mundial. Boric defendió a los manifestantes que tomaron las calles de la isla a mediados del año pasado e instó a la gerontocracia comunista antillana a escuchar sus reclamos en vez de reprimirlos. Pero, a diferencia de Maduro y Daniel Ortega, un representante de Miguel Díaz-Canel sí dijo “presente” en la juramentación de Boric la semana pasada. Y no cualquiera. Fue el canciller cubano, Bruno Rodríguez, quien se reunió con varios miembros del nuevo gabinete chileno.

Volviendo a los temores y desafíos, creo que detrás de todo esto hay temores en la izquierda, sobre todo la izquierda latinoamericana, a desafiar varios de sus dogmas.

La idea de que factores externos tomen medidas para que un gobierno de izquierda cambie de rumbo les resulta chocante. Lo asocian con las políticas de Estados Unidos a Latinoamérica durante la Guerra Fría, y entonces su recelo patológico hacia Washington sale a relucir.

Es decir, con tal de que no los vean en el mismo lado de la cancha que la Casa Blanca ni una vez, se entregan a una pasividad y a una neutralidad falsamente virtuosa, que contribuyen con los obstáculos a la restauración de la democracia en Venezuela.

Estoy convencido de que Latinoamérica, como todo el mundo, necesita fuerzas democráticas de derecha y de izquierda. En el caso de las izquierdistas, demostrarán un coraje innegable cuando se comprometan a luchar por la democracia sin importar consideraciones ideológicas. Las de hoy lo tienen pendiente.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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