Una hipótesis sobre el 2022, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Una hipótesis sobre el 2022, por Julio Castillo Sagarzazu
Sin bozal de arepas, los trabajadores pierden el miedo y luchan por sus derechos. Pero claro, alguien tiene que proponerse organizar a la gente

 

@juliocasagar

La adivinación es un pasatiempo nacional. Ahora las redes sociales nos han hecho descubrir toda clase de profetas, arúspices y especialistas en generalidades que no solo saben lo que ha ocurrido y por qué ha ocurrido, sino también lo que va a ocurrir.

Para contribuir a este pasatiempo, nos lanzamos esta nota con una hipótesis sobre lo que nos puede deparar este año. Veamos:

Venezuela va a crecer este año

Lo dicen todos los economistas. Dicen igualmente que la hiperinflación será abatida y está a la vista que el desabastecimiento (fuera de las colas de gasolina) también es cosa del pasado. No cabe duda de que la burbuja de los enchufados ha percolado en el tejido social. Y algo de este festín de Baltazar ha caído en los bolsillos de los venezolanos. El ingreso per cápita seguramente aumentará, aunque las capitas afortunadas sean bien poquitas.

Este panorama quizás sea una mala noticia para quienes piensan que las mejoras que puedan ocurrir en el país alejan las posibilidades de un cambio de la situación política. La divisa de estas personas es “mientras peor, mejor” o “lo bueno que tiene la cosa, es lo mala que se está poniendo”. Quienes así discurren cometen un error. Precisamente, lo queremos poner de relieve en esta nota, es todo lo contrario: esta “mejora” relativa en las condiciones de vida de un sector de los venezolanos puede ser más bien una oportunidad para que los cambios puedan acercarse.

Nos explicamos: la precariedad, la pobreza extrema, suele envilecer el alma y hace menos libres a los ciudadanos; sobre todo si están pendientes de que alguna migaja caiga de la mesa de los opulentos y los poderosos.

Los mecanismos de control social, usados por Chávez y Maduro (las bolsas CLAP, los bonos de la patria y el trabajito en la administración pública), ya no tienen prácticamente ningún efecto. Su clientelismo se ha reducido. En las elecciones de Barinas hemos visto las largas colas de camiones cargados de electrodomésticos, porque una bolsa de arroz picado y lentejas con gorgojos ya no compra ninguna conciencia.

Lo que pretendemos afirmar es que mientras se tiene mejor calidad de vida, se tiene más libertad para decidir.

Es cierto que, en nuestra mente, ayudada por la prédica cristina de la redención de los pobres y los oprimidos y exponenciada por la del marxismo decimonónico que afirmaba que los proletarios “lo único que tienen que perder son sus cadenas”, se ha instalado la idea de que se necesita que las “masas” depauperadas estén en las calles para que se produzca un cambio social.

En realidad, en la historia tal cosa suele ocurrir de otra manera. La Revolución francesa, por ejemplo, no fue lograda por los “sans culottes” que tomaron La Bastilla y liberaron unos pocos presos. El verdadero poder había sido tomado, desde hacía tiempo, por los burgueses que no eran más que los antiguos siervos de la gleba que se hicieron artesanos, carpinteros, talabarteros y comenzaron a acumular tanta riqueza que terminaron prestando a los nobles haraganes y a los reyes que habían expoliado las arcas y las haciendas de sus reinos. Sin este periodo de acumulación nunca hubieran podido hacer masa crítica para la deposición de la monarquía. El proceso de urbanismo y la concentración de la intelectualidad propiciaron las ideas de la Ilustración, que fueron las que inspiraron el cambio social y político.

Ahora, nos permitiremos una temeraria referencia. Es más autóctona. Ocurrió durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Era la época del pleno empleo. A quien esto escribe, junto con un puñado de dirigentes estudiantiles, se nos metió en la cabeza construir una organización de trabajadores en la Zona Industrial (era parte de la épica del momento igualmente). Creíamos, como lo creyó estúpidamente Marx cuando vio la Comuna de París, que allí los obreros estaban “tomando el cielo por asalto”.

¿Qué paso en esos años? ¿Por qué a un grupo de chamos de la universidad se nos hizo tan fácil construir un movimiento sindical y obrero tan importante, con un periodiquito que llamamos LA CHISPA? La respuesta es menos compleja de lo que pensamos: el pleno empleo, las prestaciones sociales y la facilidad de montar un negocito con ellas y volver a conseguir trabajo, les quitó el miedo a los trabajadores de organizarse en sindicatos verdaderos. Y dieron la espalda a la burocracia sindical que ya no les representaba. En una palabra, se hicieron más libres.

Nuestra fuerza llegó a ser tan grande que teníamos ganadas las elecciones de Fetracarabobo. Nuestro candidato a presidirla era Aníbal Dose. Cuando la dirigencia sindical hizo el conteo de los sindicatos de los que disponíamos, inmediatamente suspendió la Convención y no la volvió a convocar por años. Sin bozal de arepas, los trabajadores –lo repetimos– perdieron el miedo y lucharon por sus derechos sin cortapisas.

Pero claro, la organización espontánea no existe en la política. Alguien tiene que proponerse la tarea de organizar a la gente. Por más libres que la gente se sienta, si no aparece alguien que le motive a luchar, pues no luchará.

Los bolsillos de los carpinteros, de los mecánicos, de los jardineros, de las domesticas, de los médicos y otros profesionales están mejor que antes. Eso no los ha hecho chavistas o partidarios de Maduro. Pero, lo decimos de nuevo, si el liderazgo político no sale en su búsqueda y les organiza, todo se volverá sal en el agua.

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