La división es como el cáncer, por Armando Martini Pietri - Runrun
La división es como el cáncer, por Armando Martini Pietri
Sin pausa, fueron creándose islotes de poder en el PSUV. El fallecimiento de Chávez dejó al chavismo despedazado

 

@ArmandoMartini

No como la lepra que abochorna mostrándose en carne viva o la halitosis que huele y angustia. El cáncer suele ir por dentro, agazapado, solo un oncólogo puede detectarlo. En el PSUV dan la impresión de una férrea unión marchando por el mismo camino. Pero no es una verdad tan firme.

El Partido Socialista Unido de Venezuela dejó de ser “el partido de Chávez”, sobre todo después de su muerte por el feroz cáncer que no los cubanos no pudieron curarle, a pesar de la orden del viejo y debilitado Fidel. El galeno tiene estudios, conocimientos de Medicina e instrumentos, pero en el cáncer abundan células trastornadas, enloquecidas en cuerpos que se defienden matándose a sí mismas.

Aún Chávez en vida, iba creciendo un PSUV múltiple, agitado. Un archipiélago de islas que, como en la historia de Gulliver, tenía cada una pueblo, gobierno, haberes e intereses. Coincidían en la sedienta e inmisericorde necesidad de atesorar, enriquecerse, desconociendo la eficiente y lenta política estratégica. Iban alimentando diferencias en los senderos a seguir, no todo el mundo llega al poder ni a la riqueza por la misma vía.

Se fueron gestando grupos de militares unidos por el comando de un jefe obligado a decidir ascensos por encima de la capacidad, para tranquilizar egos y debilitar mitos.

Chávez cayó en la anticuada confusión de que los militares, por serlo, son buenos para todo. Aunque sea muy diferente comandar un batallón que gerenciar una empresa. Situación ventajosa para el líder, pero inconveniente para el país: creer que un castrense puede hacer buena gestión en un cargo civil especializado es una cándida chifladura. Electricidad y petróleo son buenos ejemplos.

Sin pausa, fueron creándose islotes de poder en el chavismo. Chávez nunca nombró sucesor, y haber pedido que eligieran a Nicolás Maduro en caso de que a él terminara llevándoselo la pelona, fue solo montar un puente entre él y el futuro. Murió, nunca fue pajarito y aunque lo hubiese sido, las aves pían, no hablan.

Su fallecimiento dejó al chavismo despedazado, como piezas de un rompecabezas en manos de un niño negligente y de dirigentes de cualquier nivel tratando de asegurar su cuota y escalafón. Surgieron jefaturas, las del gobierno ejecutivo y familiares; poder militar, maquinaria partidista oficialista, el islamismo y derivados; el negociado entre bribones y la “justicia” imparcial presidiaria. Sin embargo, descubrieron que se necesitaban, que si uno se apartaba los otros caían al suelo.

Pero al mismo tiempo, dentro de cada sector fueron surgiendo y consolidándose grupos. La milicia en conciencia del poder de las armas, el gobierno consciente del poderío de los otros que, formado en la Cuba castrista, fue fortaleciendo su fuerza sin afectar a los demás. Del partido, donde el prevenido al bate asentó potencia y argumentos; sin él no hay gobierno, aunque sin gobierno el partido se debilita y sin el poder de las armas no hay ni gobierno ni partido, por más que se olvide la advertencia de Napoleón, derrotado por creerse ser lo que los demás decían abyectamente era, hizo notar que sentarse sobre puntas de las bayonetas es peligroso y poco confiable.

Los jefes olvidan que el tiempo pasa pero las ambiciones no dejan de prosperar. Los militares creen que sin ellos el poder usurpador se esfuma, y este piensa que sin él los castrenses caen en desgracia y olvido. El PSUV se encuentra con la realidad de un partido desacreditado entre fracasos y desesperación popular, con dirigentes a quienes no les son suficientes franelas rojas para calmar reclamos.

Allá, en la lejana tierra de extraditables, se dicen preocupados, pero la colaboración hace el trabajo dedicado y con satisfacción. Amenazan con cantinfladas, y más allá de lo cantinflesco que es casi todo, empezaron a lavarle las ensuciadas caras de inocentes, en un contubernio dialogante, cuyo primer y único resultado es la alianza entre ñángaras y representantes del apretón de manos, entre alacranes contentos que se comportan como focas, atiborrados de prebenda y financiamiento.

Las elecciones regionales son un invento del castro-madurismo para dividir la oposición por afanes de poderes locales. No obstante, pueden profundizar divisiones en la que parece ser una estructura vertical de poder. La que mata no es la ametralladora, sino el ametrallador.

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