Aprendiendo a morir aprendí a vivir, por Orlando Viera-Blanco* - Runrun
Aprendiendo a morir aprendí a vivir, por Orlando Viera-Blanco*

El escritor y cineasta Albert Espinosa. Foto tomada del portal diariodeavisos.elespanol.com 

No somos cojos, somos cojonudos, sentenció Albert al terminar su parlamento, de pie, sobre su pierna ortopédica. ¿Por qué sobreviví? ¡Porque estuve dispuesto a morir!

 

@ovierablanco

En entrevista que hicimos al escritor Leonardo Padrón -a propósito de su nueva obra Tiempos feroces– me llamó la atención un par de sentencias: Venezuela es un laberinto y un mar de resentimientos que llegaron con un deslave llamado Chávez. ¿Cómo salir de esa maraña? ¿Cómo aliviar esos reflujos históricos?

Asociado a nuestra entrevista, veo el micro Aprendamos juntos del BBVA y El País, titulado: “Hay que ser valientes en la vida y en el amor”. Es la historia del escritor Albert Espinosa, que inicia diciendo: “… He perdido una pierna, me quitaron un pulmón y un trozo de hígado, por un cáncer contra el cual luché por más de 10 años, ¡y fui feliz!” Veamos…

El mundo amarillo

Albert Espinosa es un español de 46 años que decidió ralentizar. Quiso luchar por vivir contando su historia lentamente, abiertamente. Experiencias duras transformadas en dosis de felicidad. Llegó de doce años a un hospital en el cual le pronosticaron cáncer y 3 % de chance de vida, tope 30 días. Aceptaron un protocolo “con el que autorizas quitarte medio cuerpo, pero funcionó”. A partir de ahí se unió a otros chavales con pulsera roja, donde comenzaron “los diez años más felices de mi vida con los amarillos: enfermeras, médicos, camilleros”.

Perfectos desconocidos que se convirtieron en sus mejores aliados. Habla de su madre hospitalaria -una enfermera de 92 años- quien, al saber que le quitarían su pierna, le recomendó hacer una fiesta de despedida. Albert convino e invitó (al inusual festejo) a un arquero a quien había goleado, una niña con quien su pierna coqueteó debajo de la mesa y sus compañeros de habitación. Así se despidió de su pierna izquierda…

Habla de un mundo al alcance de todos y que tiene el color del Sol: el mundo amarillo. Un sitio cálido “donde los besos pueden durar diez minutos, donde los desconocidos pueden ser tus mejores aliados, donde el miedo pierde su significado, donde la muerte no es eso que les pasa solo a los demás y la vida es lo más valioso. Este libro (El mundo amarillo) habla de todo esto. De todo lo que sentimos y no decimos, del miedo a que nos quiten lo que tenemos, de reconocernos enteramente y apreciar quiénes somos cada segundo del día (Eloy Azorín).

Ese mundo amarillo -radiante y fascinante- donde cualquier calamidad se convierte en un hermoso desafío, escampa y amanece, luminosamente…

Cuenta Albert que de siete chicos que tenían cáncer, 5 murieron. Habían hecho un pacto donde los sobrevivientes asumirán la vida de los idos. Y de qué manera lo ha hecho… Historias vividas por una década en la habitación 307 de un hospital. El médico que le colocó la prótesis -no dice- se llama Cristo. Entonces Albert sentencia con humor: “Dios me quitó la pierna y ¡Cristo me la devolvió! (…) y como fue la pierna izquierda, pues la buena noticia es que siempre amanezco con el pie derecho”.

El cirujano que le amputó la pierna lo alienta: “Albert, ama tu caos…”. Inspirado en ese lema, escribió un libro titulado El mundo azul, ama tu caos. Ahí nos lanza otro contundente pensamiento. “El odio nace cuando no puedes manipular a alguien, y por no poder hacerlo, le odias”.  Queda claro. Antes de tratar de culpar a otros de tu destino, acepta tu caos, ámalo y haz de él un sueño, un motivo, una causa de vida. Convertirás la frustración en oportunidades, la tristeza en alegría y el presente, el karma, en porvenir, en futuro de vida y sonrisas, que por no tener que manipular a nadie, no odiarás.

El mundo amarillo es una lección de resiliencia comprendiendo el dolor en su máxima escala. Como el expresado en el libro, El ruiseñor y la rosa de Oscar Wilde, inspirado en la pérdida de su hijo en manos de la corona victoriana por retaliación. El ruiseñor que murió por amor, bañando de sangre una rosa blanca para hacerla roja, y aun así, fue despreciada… Solo aprendiendo a morir -sentencia Espinosa- se aprende a vivir. Es aceptar nuestra humanidad en su más elevada llaneza, que es hacer lo que más quieras hacer. No obligar a nadie, menos juzgarlo o despreciarlo, porque hay que aprender amar desde lo más sencillo: aceptando nuestra circunstancia, nuestra realidad, nuestra identidad, nuestro destino. Bueno o malo, pero maravillosamente nuestro…

La vida de Guisantes

Guillermo fue un niño a quien Albert conoció en el Hospital. Pelón -a causa del cáncer- se hizo llamar Guisantes. Decía (Guillermo) que en el hospital fue feliz porque escapó de casa, donde era maltratado. “El cáncer me salvó”. Murió a los 15 años. Pero, en esa sombra, Albert vio la luz, el albor que disipó sus miedos, sanó su espíritu y le permitió andar a pesar de haber perdido la pierna y el aire. 

Es ralentizar. Es construir fortalezas a partir de las debilidades. Albert ha vivido, ha escrito, porque se hizo la concesión de amar, de bañar a otros con su sangre que es pasión de vivir. Albert proyecta salidas a tus laberintos y da paz a tus resentimientos. Deja de odiar, culpar(te), cuestionar, dominar para obrar, dar, amar y dejar(se) dominar… para hacer lo que más deseas hacer.

Qué bien encaja el verso García Lorca en su poema Cuerpo presente: “Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas, levantando sus tiernos brazos acribillados, para no ser cazadas por la piedra tendida, que desata sus miembros sin empapar la sangre perdida…» No hay tormenta capaz de hacerte naufragar…

No somos cojos, somos cojonudos, sentenció Albert al terminar su parlamento, de pie, sobre su pierna ortopédica. ¿Por qué sobreviví? ¡Porque estuve dispuesto a morir!

Y aprendemos a vivir, a ser felices, en amarillo, libremente… 

 * Embajador de Venezuela en Canadá

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