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Alta preocupación, nivel andino, por Alejandro Armas

@AAAD25

No pensaba extender más allá de una semana el paréntesis de esta columna dedicado al extranjero, pero debido al estancamiento prolongado de la política local y a la temporada de elecciones vigente en el vecindario, ¿por qué no? De hecho, creo que las circunstancias obligan. La semana pasada remontamos el alto Orinoco hasta el Casiquiare, que conecta con el río Negro, para bajar por ahí hasta la Amazonía brasileña, a propósito del terrible prospecto de una elección presidencial entre Jair Bolsonaro y Lula da Silva.

Ahora, siguiendo el recorrido fluvial, iremos a contracorriente por el Amazonas hasta su formación, en la confluencia del Marañón y el Ucayali, en Perú, con un propósito similar, lamentablemente. Al igual que en Brasil, estamos ante una disyuntiva comicial terrible.

El domingo pasado hubo elecciones en tres naciones andinas. Me voy a permitir un comentario positivo antes de abordar el meollo de este artículo. Tanto en Ecuador como en Bolivia, la izquierda populista salió vapuleada. El liberal Guillermo Lasso sorpresivamente triunfó sobre Andrés Arauz, abanderado del correísmo. En Bolivia, el Movimiento al Socialismo (MAS; partido de Evo Morales) perdió todas las gobernaciones departamentales en juego, incluyendo dos en su bastión tradicional del Altiplano.

En cambio, a Perú le ha surgido un problema mayúsculo.

Llegaron a la primera ronda presidencial con un conjunto de candidatos bastante impopulares. No se podía hablar del más favorecido, sino del menos desfavorecido. Ninguno fue capaz siquiera de atravesar el umbral de 20 % del voto, así que habrá una segunda vuelta. He aquí lo trágico. Al momento de escribir estas líneas, todo indica que quienes se la disputarán serán, por un lado, Keiko Fujimori, heredera del último dictador peruano y líder del partido ultraderechista Fuerza Popular; y, por el otro, Pedro Castillo, un sindicalista afiliado con la organización Perú Libre, de extrema izquierda. Ambos populistas. Ambos muy peligrosos.

Perú es una paradoja. Aunque le quede un largo camino por recorrer reduciendo la pobreza y mejorando la calidad de vida de sus habitantes, su desempeño económico entre los países latinoamericanos ha sido brillante, con un producto interno bruto que no ha hecho sino crecer en lo que va de siglo XXI. Pero la proeza económica no ha ido acompañada de sanidad política.

La corrupción ha sido elevadísima, aunque con la distinción de que el sistema judicial ha sido implacable castigando a los responsables, al menos en cuanto a jefes de Estado se refiere.

Como resultado, todos los mandatarios peruanos electos en los últimos 30 años (¡toda mi vida!) han terminado en algún entuerto legal. Alberto Fujimori está tras las rejas; Alejandro Toledo, prófugo de la justicia; Alan García se suicidó antes de someterse al arresto; Ollanta Humala, aunque en libertad, tiene cuentas pendientes por sus vínculos con Odebrecht; y Pedro Pablo Kuczynski está en detención domiciliaria. Por si esto fuera poco, el país ha adquirido desde el año pasado una reputación de ingobernabilidad, con dos intentos de destitución de Martín Vizcarra, sucesor provisional de Kuczynski, a manos del Congreso. El segundo fue exitoso. Pero Manuel Merino, quien entonces tomó las riendas, no duró ni una semana, debido al rechazo masivo en las calles. Finalmente, tocó a Francisco Sagasti conducir la nave del Estado hasta el fin del período constitucional de Kuczynski (caramba, pareciera que un eón entero transcurrió desde que Kuczynski fue elegido).

En fin, ya tienen, estimados lectores, el contexto. Podrán imaginar el hastío de las masas con la clase política. Es en situaciones así que los radicales de todo cuño pueden explotar la frustración de los ciudadanos para avanzar.

Aunque Keiko Fujimori y Pedro Castillo hayan tenido un desempeño mediocre en la primera vuelta, eso no cambia que son ellos dos quienes van al balotaje.

La sociedad peruana tendrá que escoger su veneno. Parafraseando a Vargas Llosa, será como decidir entre el cáncer y el sida. ¿Cómo se llegó a tan triste desenlace, apartando lo que ya vimos sobre la putrefacción de las elites? Examinemos a cada contendiente para dar con pistas.

Pedro Castillo

El caso de Pedro Castillo es más fácil de entender. Es el típico outsider, pues nunca ha ejercido cargos públicos antes. Más bien, en su currículo lo que uno encuentra es a un maestro de escuela rural. Factores que le permiten a un líder populista distanciarse del perfil elitista de sus pares y hacerse pasar por sujeto común del pueblo (aunque nunca lo sea del todo, porque de lo contrario no estaría liderando a nadie).

Además, como buen populista de izquierda, Castillo polariza explotando las diferencias económicas en la sociedad.

Diferencias que son bastante elevadas. Según cifras de la firma Credit Suisse, Perú en 2019 estaba en el cuartil superior de países ordenados por Coeficiente de Gini (una medición de la desigualdad en la distribución de riqueza). En Perú, de paso, las diferencias de clase suelen ir de la mano con diferencias de raza. Persisten vestigios de la sociedad de castas virreinal, en la que los indígenas ocupan la base de la pirámide. Hay rivalidades amargas entre la costa, rica, urbana y cosmopolita; y la sierra, pobre, rural y con un mayor componente amerindio (Castillo es oriundo del departamento de Cajamarca, en la sierra, donde Atahualpa, último emperador inca, fue asesinado por la soldadesca a las órdenes de Francisco Pizarro; hasta en eso el candidato tiene material para su campaña).

Pero lo sorprendente de Castillo es un radicalismo nada disimulado. Por anacrónico que suene, su partido se identifica abiertamente como marxista-leninista y seguidor de las tesis de José Carlos Mariátegui, el pensador que adaptó hace un siglo el materialismo dialéctico a la realidad peruana y, la verdad sea dicha, tal vez el autor marxista más talentoso que ha dado Latinoamérica. Es decir, apelan a la vieja escuela y su simbología, mientras que la extrema izquierda en buena parte del mundo, debido a reflexiones genuinas o a una mera operación de disimulo, adopta nuevos sellos como el de «socialismo democrático». Castillo también va contra la corriente con unas cuantas posturas trogloditas, como la restauración de la pena de muerte y el rechazo al matrimonio igualitario y la eutanasia.

La izquierda puede ser bien reaccionaria en asuntos sociales. La homofobia oficial en la Unión Soviética y Cuba nunca ha sido un secreto.

Pero a partir de finales del siglo pasado, la izquierda, siguiendo las indicaciones postmarxistas de Ernesto Laclau y Chatal Mouffe, más bien se ha empeñado en tomar las banderas de las causas progresistas. Pedro Castillo no. Tal vez ello se deba al profundo conservadurismo católico de las sociedades latinoamericanas, particularmente arraigado en Perú, según tengo entendido. O al hecho de que en naciones pobres, más enfocadas en las necesidades materiales, es más difícil entusiasmar a las masas defendiendo el derecho de los homosexuales a contraer nupcias.

Por último, no puedo omitir que Castillo ha tenido sus coqueteos con el chavismo. En declaraciones públicas ha asegurado que en Venezuela hay democracia. La tragedia venezolana se ha vuelto tan oprobiosa, que buena parte de la izquierda ha intentado marcar distancia con el régimen venezolano. Con sinceridad o por puro oportunismo. La propia Verónika Mendoza, la otra candidata de izquierda dura en la primera ronda en Perú, tuvo el recato de admitir que la naturaleza del susodicho régimen no es democrática. Pero Castillo y su gente se la juegan con sus camaradas de Caracas.

Keiko Fujimori

Keiko Fujimori, por el contrario, no es ninguna advenediza de la política. Ingresó muy joven, haciendo las veces de primera dama durante la dictadura de su padre divorciado. Luego se alzó como su delfín. Encabeza su partido, que es el que más escaños ocupa en el Congreso unicameral. Ella misma ha sido congresista. Esta es la tercera vez que busca la presidencia, y en las dos veces anteriores también alcanzó el balotaje. Ha estado presa dos veces por señalamientos de corrupción. Fácilmente encaja entre los políticos de la clase política tradicional hoy repudiada. No obstante, ahí está de nuevo, tocando las puertas del supremo poder.

Los líderes populistas tienen lo que Max Weber llamaba legitimidad carismática. Es difícil para sus seguidores explicar el apoyo que les brindan de una manera que suene sensata a terceros. Es como una conexión mística que les permite a esos dirigentes contar con una base de apoyo no necesariamente mayoritaria, pero leal.

Eso le ha bastado a Fujimori hija mientras sus rivales estaban más o menos igual que ella en cuanto a respaldo popular. Eso y, quizá, un ideario ultraconservador que condena a la izquierda y a todo aquello que pueda ser asociado con ella, como las causas progresistas que Castillo igualmente rechaza. Aunque han pasado décadas desde el apogeo de Sendero Luminoso, en las zonas rurales del país el recuerdo de la guerrilla maoísta («terrucos», los llaman) sigue vivito y coleando. Los matones de Abimael Guzmán asesinaban sin piedad a campesinos si sospechan que cooperaban con las autoridades, como en la Masacre de Lucanamarca. Quien les asestó un golpe fulminante fue Alberto Fujomori, en parte dando rienda suelta a las «rondas campesinas», grupos parapoliciales. Así que, para muchos, Fujimori fue el salvador del Perú, injustamente juzgado por hacer lo necesario para evitar que el país cayera en manos de terroristas de izquierda radical. En la hija ven la continuación de su legado.

A propósito, aunque el fujimorismo sea de derecha, no puedo asegurar que su relación con el chavismo será tirante si es devuelto al poder. El fujimorismo y el chavismo se han hecho guiños desde que Perú dio asilo a los líderes del segundo golpe de 1992 en Caracas. Keiko Fujimori ha tenido gestos contra el chavismo, pero sospechar es más que razonable.

Me cuesta mucho creer que Castillo o Fujimori serán sorpresas positivas. El tipo de políticos que lucen radicales en campaña pero que se moderan tras la victoria, como sucedió con Lenín Moreno en Ecuador. Y sin embargo, parece que eso es lo mejor a lo que podemos aspirar quienes nos preocupamos por el futuro de la democracia en América Latina. Jesucristo o Inti, ¡piedad!

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