Una latencia llamada Milagros (atentado a Rómulo Betancourt hace 60 años), por Víctor Suárez - Runrun
Una latencia llamada Milagros (atentado a Rómulo Betancourt hace 60 años), por Víctor Suárez

La explosión ocurrió a las 9:15 de la mañana. A las 10:15 p. m. Rómulo Betancourt recibió a 22 periodistas en el Hospital Universitario. A las 11:45 p. m. ya estaba en Miraflores, con las manos vendadas y anteojos nuevos.

@VV_Suarez 

Luis Cabrera Sifontes, el hombre que accionó la bomba que por poco catapulta a Rómulo Betancourt directo al Panteón Nacional, abordó el Curtiss C-46 de la línea aérea RANSA con tres maletas. Dos eran color verde, repletas de nitroglicerina en forma de dinamita compacta y de nitrato de amonio reforzado con TNT. La tercera, más pequeña, era de semicuero imitación de piel de caimán barbudo que contenía la estación de acción remota que haría explotar una carga mortífera a las 9:15 de una mañana pluviosa el 24 de junio de 1960 en el Paseo de Los Próceres.

Estaban en Ciudad Trujillo (Santo Domingo). El grupo conspirador, encabezado por el general montonero Carlos Sanoja Rodríguez y el excapitán de navío Eduardo Morales Luengo, había discutido y acordado con el dictador Rafael Leonidas “Chapita” Trujillo una serie de acciones encaminadas a deponer al gobierno venezolano, en asociación con facciones perezjimenistas del ejército nacional.

El atentado de Los Próceres no estaba en los planes iniciales. Trujillo les entregó un lote de armas (ametralladoras, fusiles, pistolas, cacerinas, granadas, todos muy viejos y de escasa potencia), que fue descargado en una hacienda guariqueña propiedad del presidente de RANSA, Carlos Chávez, antes de aterrizar en Maiquetía el día 18 de junio.

El cargamento de explosivos fue añadido en el momento del abordaje de regreso de Ciudad Trujillo, luego de que el temible jefe del Servicio de Inteligencia Militar dominicano, coronel Johnny Abbes García, hubiera convencido a Cabrera Sifontes de su presunta utilidad en el momento en que estallara el golpe de Estado planeado e insinuado un atentado contra el presidente venezolano.

Rafael Poleo ya despuntaba como buen reportero. Fue de los primeros periodistas en trazar perfiles (revista Élite) de los personajes instrumentales en el atentado, Cabrera Sifontes y Manuel Vicente Yánez Bustamante.

Cabrera es radiotécnico y agrimensor, que sabe de ondas y teodolitos. Sufre de ludopatía. Inventa planes inmobiliarios que ahora le tienen en apuros.

A Yánez Bustamante le embargan una cantera en Guatire y en su expediente figuran dos denuncias por estafa de fondos públicos.

Poleo: “Cabrera estaba definitivamente perdido por el juego. No por distinto, el vicio de Manuel Vicente era menos peligroso. Las mujeres le tenían de cabeza. Había desfalcado las rentas municipales de Petare, donde trabajaba. Para tapar el hueco pidió prestado y el prestamista (el general Sanoja) a poco cobró, a modo de intereses, al obligarlo a hacerse conspirador”.

Abbes García instruyó a Cabrera Sifontes sobre el uso del sistema de microondas y le había enseñado fotos sobre las devastaciones resultantes en sus experimentos contra objetos y personas.

Por encima de todos estaban Sanoja Rodríguez y Morales Luengo, quien fuera director del Círculo Militar en tiempos de Pérez Jiménez. Ambos seguían la ruta golpista de Castro León y Martín Parada.

¿Dónde estaban mis amigos periodistas que en los chats de ahora recuerdan aquel bululú? Para el viernes 24 de junio, comienzo de puente festivo en todo el país, Evaristo Marín estaba en “Pedro González” brincando fogatas de San Juan. Jesús Cova, en Caripito celebrando la participación de “La primera lanza de Oriente” en la Batalla de Carabobo. Omar Pineda, sin pelo en el sobaco aún, estaba en Artigas, preparándose para ver una avanzada del desfile del Día del Ejército, que pasaría por la avenida San Martín rumbo a Los Próceres (esa mañana le preguntó a su cuate “Mascavidrio” ¿qué tal me vería con uniforme militar?).

A Betancourt se le había alborotado el hígado y tenía regurgitaciones gástricas con tripa a punto de colitis, y además había amenaza de lluvia, según el Observatorio Cajigal. A las 10 de la noche del jueves 23 decidió que asistiría al desfile. Ese dato se filtró, aún sin explicación 60 años después. Cuando el Cadillac blindado entró por la redoma de Los Símbolos, sus ocupantes, la seguridad presidencial y el SIFA avistaron un chatarroso Oldsmobile verde modelo 1954 matrícula HK-6-ARI aparcado a la vera de la avenida, a 300 metros del puente que da hacia la Nueva Granada. Nadie reparó, sino cuando estalló.

Al igual que en el caso de la intentona chavista del 4 de febrero de 1992, la acción conspirativa y el atentado estaban avisados. A la Digepol y a la PTJ las habían dejado fuera del equipo de seguridad presidencial. Estados Unidos había remitido una advertencia y un delegado del Departamento de Estado se había reunido cuatro días antes con Betancourt. En la portada de la edición del sábado 25 del diario El Nacional, apareció un pequeño recuadro que decía: “Un cable del exterior anunciaba al gobierno el atentado”.

Atentado a Rómulo Betancourt
Detalle de la portada de El Nacional (25-6-1960), donde un pequeño recuadro decía: “Un cable del exterior anunciaba al gobierno el atentado”.

Hasta Carlos Andrés Pérez, desde San Cristóbal, envió un radiograma sobre los rumores de la trama. Al ministro de la Defensa, general Josué López Henríquez, le pareció “raro” el ambiente, pero no actuó.

En la mañana, antes de que los agentes de tráfico trancaran las vías de acceso a la zona, Yánez Bustamante fingió un desperfecto que le obligaba a dejar el coche aparcado allí. Ya estaban en el maletero los 65 kilos de dinamita y la estación que debía recibir la orden remota que desencadenaría la explosión. Las dos maletas estaban amorochadas y conectadas entre sí por cables, y encima de ellas el detonador.

Por curiosidad, me paseé muchas veces por el escenario del crimen. Vivía en Santa Mónica, al lado este de la avenida. Iba una y otra vez para tratar de certificar cómo se habían dispuesto los dos encargados del atentado. En paralelo corre el río El Valle, hacia el norte, buscando al Guaire. Del lado de allá estaban (o están) varias fábricas de bloques de concreto y tubería para aguas servidas. Esa quebrada está embaulada, pero con bastante vegetación a la altura de las vías peatonales. Ese mismo recorrido lo habían hecho las comisiones investigadoras, tanto de la inteligencia militar venezolana como de las misiones de la OEA que se encargaron del caso casi inmediatamente.

Manuel Vicente se hacía el loco con lo del auto averiado; se alejó un poco, fuera del efecto de la onda expansiva que se produciría un rato después. No podía abandonar el sitio puesto que tenía que cantar la zona. Debía estar a la vista de su compinche.

Cabrera Sifontes se había instalado en la ribera opuesta. Había armado la estación de microondas que había traído de Santo Domingo en una maleta de cuero de caimán. Con unos binoculares observaba a Manuel Vicente, a la espera de la señal convenida, y también miraba al Oldsmobile verde.

La señal era simple: el gesto de quitarse el sombrero. Esa señal estaba condicionada al momento exacto en que tanto el Cadillac como el Oldsmobile estuvieran en paralelo. Un objeto fijo a la espera de emparejarse con un objetivo que marchaba a media velocidad. La precisión del acto percutivo sería crucial. El objetivo móvil estaba blindado. Había que accionar la carga explosiva en el momento exacto, para que la dinamita surtiera efecto total.

Confluían dos factores decisivos, a cargo de Cabrera Sifontes: el agudo sentido de la vista (Manuel Vicente se quita el sombrero) y la acción no refleja de accionar el suiche que emitiría la orden para que estallara la carga distante.

El sueco Alfred Nobel inventó la dinamita en 1867 y en 1888 el alemán Heinrich Rudolf Hertz demostró la existencia de ondas electromagnéticas. Cuando se unieron ambos elementos veinte años después, el mundo tembló. En todos los conflictos bélicos del siglo XX, los sistemas de radiofrecuencias habían servido de apoyo para la expansión del uso de explosivos, sobre todo con el objeto de incapacitar momentánea o permanentemente al enemigo en un radio limitado. En el XXI, los conflictos en Oriente Medio han acentuado su uso mortal.

Los sistemas de microondas permiten que una orden sea ejecutada a distancia. En 1960 la separación entre emisor y receptor era bastante limitada (entre 100 y 300 metros, según la potencia de la señal y la ausencia de obstáculos físicos entre los puntos).

Para el atentado, la dotación entregada por los dominicanos era sencilla y parecía muy efectiva. El transmisor consistía en dos tubos al vacío colocados dentro de una caja de tocadiscos de 45 RPM, con una batería de seis voltios, con capacidad para actuar dentro de un límite de diez a catorce megaciclos.

Sobre la instrumentación del atentado, Betancourt se atrevió a decir: “Fue usado el novísimo sistema de atentados políticos, que tuvimos el dudoso privilegio de estrenar, de hacer estallar la poderosa bomba desde una distancia de centenares de metros, mediante un mecanismo de microondas”.

Pero un detalle, invisible y para ese momento no cuantificable dejado al libre cálculo del perpetrador, impidió que Betancourt y el resto de los tripulantes del Cadillac murieran en el acto (menos el coronel Ramón Armas Pérez, jefe de la Casa Militar).

Se llama latencia.

En comunicaciones inalámbricas, latencia es el tiempo en que una señal (o un paquete de señales) se propaga entre los diversos puntos de una red. Actualmente se mide en milisegundos y hasta en nanosegundos. Hace 60 años, la latencia se medía en segundos. En síntesis, significa retardo. Se refiere al tiempo que tarda en llegar una acción desde su punto de inicio hasta su punto de fuga o cuando la acción se consuma.

La vemos durante las tormentas: primero el relámpago y luego el trueno. La apreciábamos claramente en los comienzos de las transmisiones de televisión satelital. No había sincronía entre la imagen y el audio (nunca será perfecta, puesto que la luz viaja más rápido que el sonido). Cada quien iba por su lado, uno detrás de la otra. “Mueve un pie y el otro le sigue, donde vaya”, cantaba Sergio Pérez, el nieto salsero de Rómulo Betancourt.

Cabrera ve que Manuel Vicente se ha quitado el sombrero cuando cree que ambos vehículos están aparejados (primera latencia), luego Cabrera acciona el suiche (segundo retardo), la onda radioeléctrica cruza el río (tercera latencia), la onda acciona el detonador de la carga explosiva (cuarta latencia). Finalmente, quinta latencia, la dinamita estalla y hace que el Cadillac vuele por los aires, como Aldo Moro en Roma, como Carrero Blanco en Madrid. Pero Rómulo y su pipa no mueren.

Pocos días antes había desafiado al Altísimo: “Que se me quemen las manos…”, había soltado su gañote gruñón. La explosión ocurrió a las 9:15 de la mañana. A las 10:15 p. m. recibió a 22 periodistas en el Hospital Universitario. A las 11:45 p. m. ya estaba en Miraflores, con las manos vendadas y anteojos nuevos. Estaba maltrecho pero no abollado. Cuando se dirigió al país por radio, muchos creyeron que se trataba de la voz del Ciego Hilario, que lo imitaba a la perfección.

Apareció en televisión 22 días después del atentado, con el propósito de mitigar la campaña de desinformación que habían desatado la emisora de radio La Voz Dominicana y el diario El Caribe, ambos controlados por Trujillo, replicadas por muchas agencias internacionales de noticias.

Decían que estaba tuerto, que había quedado ciego, que ahora sí era verdad que no escuchaba a nadie, que ni culo tenía para sentarse, que sus capacidades mentales habían aparcado en la Luna. Cuando, por prescripción médica, debió ser suspendido un encuentro en la frontera con el presidente colombiano Alberto Lleras Camargo, El Caribe tituló: “Sigue incapacitado”.

Una latencia llamada Milagros, atentado contra Rómulo Betancourt, por Víctor Suárez.
Ni ciego, ni tuerto, ni loco. Betancourt salió por la TV a los 22 días del atentado para mitigar la campaña de desinformación liderada por los medios controlados por Chapita Trujillo.

El estallido produjo una onda de calor calculada en 4000 grados centígrados. Pero nada siguió luego del chicharrón: ni rebelión militar, ni otros actos de fuerza, ni movilización popular. Raúl Leoni, Rafael Caldera y Jóvito Villalba tomaron por unas horas el mando político (Pacto de Punto Fijo AD-Copei-URD). A pesar de que en sí el acto no falló, que Rómulo siguiera con vida paralizó todos los planes de la conspiración.

El periodista español Miguel de los Santos Reyero, en su libro “El último hermoso crimen” (1972): “una fracción de segundo de más, o de menos, podía hacer fallar la operación”. El historiador Edgardo Mondolfi, en su libro “El día del atentado” (2013): “eso fue probablemente lo que ocurrió y tal vez, para suerte de Betancourt, la clave radique en la imprecisión de unos cuantos segundos de rezago a causa de la distancia que Cabrera guardaba de su objetivo cuando le correspondió apretar el suiche”.

Unos días después del atentado, tras el arresto de la mayoría de los responsables, Nels Benson, especialista en demoliciones del ejército de EE. UU., cedido por el Pentágono para ayudar en la investigación, rindió un informe sobre la técnica y uso de los explosivos utilizados en Los Próceres. Benson sostuvo que hubiera sido difícil para la persona que operara el transmisor conseguir un cálculo exacto para el momento de la explosión, si hubiera tenido que actuar a base de la señal de otro individuo. La disparidad entre el ángulo de visión de Yánez Bustamante y la ubicación real del objetivo móvil al momento de quitarse el sombrero podría explicar por qué el centro del impacto fue logrado en la parte delantera del vehículo y no en su parte trasera, donde viajaba el presidente. (Cito al investigador histórico y periodista dominicano Miguel Guerrero en Listín Diario el 28-6-2011).

Mientras recogen los vidrios, Morales Luengo, Cabrera Sifontes y Yánez Bustamante se van hacia La Guaira por la carretera vieja. Lanzan por los barrancos el aparato de radiofrecuencia. En Macuto se alojan en una pensión. Al día siguiente, Yánez vuelve a Caracas y se entrega. Delata toda la operación. El 29 de junio Morales Luengo es detenido cuando intentaba asilarse en una embajada. El general Sanoja Rodríguez, enlace con Chapita Trujillo, es detenido en Caracas. El copiloto del Curtiss C46 también es detenido, pero el piloto escapa a Miami. Carlos Chávez, presidente de RANSA se entrega y en 1964 le cierran la empresa.

El radiotécnico Luis Cabrera Sifontes huye hacia occidente, en busca de la frontera colombiana. Es capturado dos semanas después en Cabudare, estado Lara. Andaba disfrazado de peón, con cédula falsa, tripulando un burrito sabanero camino de Belén.

Sobre Chapita Trujillo, en su aparición en TV del 16 de julio Betancourt advirtió: “He dicho al respecto palabras claras, precisas, meditadas y definitivas: si la OEA no adopta las medidas que signifiquen en los hechos la erradicación de ese foco de perturbación en el Caribe, Venezuela, por sentido de dignidad nacional, aplicará unilateralmente las sanciones del caso”.

Se trataba de la “Operación Relámpago”, acción de represalia armada en terreno dominicano que un día después del atentado empezó a zurcirse en la Fuerza Aérea Venezolana, pero que nunca se concretó. La OEA hace lo suyo, aplica sanciones, y once meses después Chapita cae abaleado en Ciudad Trujillo, excapital de la República Dominicana.

* (Datos esenciales tomados de El día del atentado – Edgardo Mondolfi Gudat – 2013 – Editorial Alfa – Caracas – Venezuela).

 

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