La insoportable dualidad del poder

@juliocasagar 

En La insoportable levedad del ser Milas Kundera nos lleva a pasear por  la influencia de las realidades objetivas de la Checoeslovaquia que  conoció el comunismo y la Primavera de Praga, sobre las almas de sus protagonistas. Sugiere, como su paisano Nietzsche, que la vida y la historia son circulares.

La historia igualmente suele tener comportamiento pendular y, salvando las distancias, suele repetirse, como en el 18 de Brumario, “una vez como tragedia y otra como comedia”.

Todos los procesos políticos que transitan por periodos de dualidad de poder, tienden a tener cortos horizontes de desenlace. Ningún Estado y menos uno de nuestra época, puede mantenerse indefinidamente en esta situación. Es obvio que cuando hablamos de dualidad de poder, lo hacemos para significar el proceso que lleva de un cambio de régimen a otro y no a la natural alternancia de gobierno que tiene lugar en las democracias del mundo civilizado.

Quizás el más notorio ejemplo que ilustra esta afirmación lo constituye el proceso que llevó a la toma del poder por parte de los bolcheviques y Lenin, en el breve periodo entre la Revolución de Febrero con la deposición de los zares y la instauración de un gobierno provisional presidido por Kerenski, hasta la Revolución de Octubre, cuando Lenin y los suyos toman el poder materializando la consigna: ¡Todo el poder a los Soviets! Que eran, justamente, los órganos de dualidad de poder que sagazmente habían instalado tiempo atrás.

El otro ejemplo de dualidad de poder lo representó el paso del Ancien Regime al nuevo, durante la convocatoria de los Estados Generales cuando Luis XVI deja de ser rey de Francia, para ser llamado eufemísticamente “Rey de los Franceses”, hasta la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente en 1791. El tal rey de los franceses cogobernaba una nación confundida y desconcertada junto con quienes meses más tarde le cortarían la cabeza en la Plaza de La Concorde.

Venezuela exhibe hoy en día un atípico panorama de doble poder. Por un lado, Maduro con control del territorio y de las Fuerzas Armadas y, por el otro, Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, reconocido como presidente interino por más de 60 de las más importantes democracias del mundo.

Se trata efectivamente de un caso inédito y sui géneris de dualidad institucional porque, como el lector advertirá, ni la Asamblea Nacional es el Soviet de Petrogrado, ni Nicolás Maduro es su tocayo el zar Nicolás II de todas las Rusias.

De manera que sería lógico suponer que de este atípico panorama solo podrá desprenderse una salida atípica e inédita. Ya llevamos un poco más de un año en esta curiosa ecuación de poder en el país y ciertamente que para los estándares históricos e internacionales, ya pareciera como mucho.

Pero veamos, porque cada historia tiene su historia. El régimen, después de un parpadeo inicial, no sabemos si para posar como dialogante ante sus aliados internacionales, aceptó la invitación de Noruega, como Chávez aceptó la del Centro Carter en su momento, para abrir un compás de dialogo con la oposición.

Con ello confesaba ante el mundo (lo cual le convenía hacer o aparentar) que estaba por una salida política. El postureo, sin embargo, no le duro mucho, de un día para otro resuelve patear la mesa, echar tierrita y no jugar más. Como ha trascendido, la agenda que se debatía no se diferenciaba mucho de la que Guaido ha propuesto en medio de la emergencia humanitaria que nos acecha y que ha concretado los Estados Unidos a través de sus voceros.

El cálculo del régimen fue claro. Necesitaba ganar tiempo. Esperaba las victorias de López Obrador y la de Fernández en Argentina, y aunque no se esperaba los trancazos de Bolivia y el de Uruguay y tampoco que le salieran tan patarucos AMLO y Fernández, de todas formas logró unos meses importantes en los que, repetimos, quedó bien ante sectores de la Comunidad Internacional y le dio un poquito de carne a sus leones internos, a los más moderados que creen en una salida política.

Ahora bien, como suele ocurrir, una cosa piensa el burro y otra quien lo arrea. La situación interna se le ha agravado con las crisis de la gasolina, los servicios y el nuevo repunte de la inflación, aunque el coronavirus le ha dado momentáneamente y “por ahora” una excusa para mantener a la gente en sus casas y que las protestas no generen problemas graves de orden público.

A su favor hay que señalar también que la presión norteamericana, con las imputaciones penales a Maduro y su entorno, con la movilización de una fuerza militar “antidrogas” al Caribe y el ofrecimiento de recompensas por su captura, hasta el momento no ha evidenciado grietas significativas en su campo. Más bien, es por la vía de la indisciplina social, política y de apresto entre sus efectivos militares y policiales, por donde se he ha visto más la costura a su crítica situación interna.

Es obvio que la apuesta de la comunidad internacional para provocar el cambio político en el país sigue siendo la de aumentar la presión, que la boa siga apretando a su presa, hasta asfixiarla para obligarle a negociar una salida y que Maduro salga del poder.

Casi a diario, las autoridades norteamericanas dan cuenta de las comunicaciones que mantienen con altos funcionarios políticos y militares del entorno de Maduro. El mensaje que transmiten es que el quid de la cuestión es que quieren saber cómo serían las inmunidades de las que gozarían en una transición post Maduro. Como decían nuestros abuelos “es allí donde está mi Dios sentado”.

Maduro sabe que, como el general Obregón en México, tiene muy pocos allegados que aguanten un cañonazo de la promesa de que podrían gastar sus ahorros con tranquilidad.

Su “revolución” no es de ideas, ni de doctrinas, ni de hombres nuevos, es de grandes intereses para los de arriba y de quince y último y CLAP para los de abajo. Es muy probable que el cisne negro no sea un pistoletazo en Sarajevo, ni un collar de la reina en Versalles, sino una última cena en el Monte de Los Olivos, con Judas incluido.

Paradójicamente, esa podría ser la solución a la dualidad de poder en Venezuela.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

@juliocasagar 

En La insoportable levedad del ser Milas Kundera nos lleva a pasear por  la influencia de las realidades objetivas de la Checoeslovaquia que  conoció el comunismo y la Primavera de Praga, sobre las almas de sus protagonistas. Sugiere, como su paisano Nietzsche, que la vida y la historia son circulares.

La historia igualmente suele tener comportamiento pendular y, salvando las distancias, suele repetirse, como en el 18 de Brumario, “una vez como tragedia y otra como comedia”.

Todos los procesos políticos que transitan por periodos de dualidad de poder, tienden a tener cortos horizontes de desenlace. Ningún Estado y menos uno de nuestra época, puede mantenerse indefinidamente en esta situación. Es obvio que cuando hablamos de dualidad de poder, lo hacemos para significar el proceso que lleva de un cambio de régimen a otro y no a la natural alternancia de gobierno que tiene lugar en las democracias del mundo civilizado.

Quizás el más notorio ejemplo que ilustra esta afirmación lo constituye el proceso que llevó a la toma del poder por parte de los bolcheviques y Lenin, en el breve periodo entre la Revolución de Febrero con la deposición de los zares y la instauración de un gobierno provisional presidido por Kerenski, hasta la Revolución de Octubre, cuando Lenin y los suyos toman el poder materializando la consigna: ¡Todo el poder a los Soviets! Que eran, justamente, los órganos de dualidad de poder que sagazmente habían instalado tiempo atrás.

El otro ejemplo de dualidad de poder lo representó el paso del Ancien Regime al nuevo, durante la convocatoria de los Estados Generales cuando Luis XVI deja de ser rey de Francia, para ser llamado eufemísticamente “Rey de los Franceses”, hasta la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente en 1791. El tal rey de los franceses cogobernaba una nación confundida y desconcertada junto con quienes meses más tarde le cortarían la cabeza en la Plaza de La Concorde.

Venezuela exhibe hoy en día un atípico panorama de doble poder. Por un lado, Maduro con control del territorio y de las Fuerzas Armadas y, por el otro, Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, reconocido como presidente interino por más de 60 de las más importantes democracias del mundo.

Se trata efectivamente de un caso inédito y sui géneris de dualidad institucional porque, como el lector advertirá, ni la Asamblea Nacional es el Soviet de Petrogrado, ni Nicolás Maduro es su tocayo el zar Nicolás II de todas las Rusias.

De manera que sería lógico suponer que de este atípico panorama solo podrá desprenderse una salida atípica e inédita. Ya llevamos un poco más de un año en esta curiosa ecuación de poder en el país y ciertamente que para los estándares históricos e internacionales, ya pareciera como mucho.

Pero veamos, porque cada historia tiene su historia. El régimen, después de un parpadeo inicial, no sabemos si para posar como dialogante ante sus aliados internacionales, aceptó la invitación de Noruega, como Chávez aceptó la del Centro Carter en su momento, para abrir un compás de dialogo con la oposición.

Con ello confesaba ante el mundo (lo cual le convenía hacer o aparentar) que estaba por una salida política. El postureo, sin embargo, no le duro mucho, de un día para otro resuelve patear la mesa, echar tierrita y no jugar más. Como ha trascendido, la agenda que se debatía no se diferenciaba mucho de la que Guaido ha propuesto en medio de la emergencia humanitaria que nos acecha y que ha concretado los Estados Unidos a través de sus voceros.

El cálculo del régimen fue claro. Necesitaba ganar tiempo. Esperaba las victorias de López Obrador y la de Fernández en Argentina, y aunque no se esperaba los trancazos de Bolivia y el de Uruguay y tampoco que le salieran tan patarucos AMLO y Fernández, de todas formas logró unos meses importantes en los que, repetimos, quedó bien ante sectores de la Comunidad Internacional y le dio un poquito de carne a sus leones internos, a los más moderados que creen en una salida política.

Ahora bien, como suele ocurrir, una cosa piensa el burro y otra quien lo arrea. La situación interna se le ha agravado con las crisis de la gasolina, los servicios y el nuevo repunte de la inflación, aunque el coronavirus le ha dado momentáneamente y “por ahora” una excusa para mantener a la gente en sus casas y que las protestas no generen problemas graves de orden público.

A su favor hay que señalar también que la presión norteamericana, con las imputaciones penales a Maduro y su entorno, con la movilización de una fuerza militar “antidrogas” al Caribe y el ofrecimiento de recompensas por su captura, hasta el momento no ha evidenciado grietas significativas en su campo. Más bien, es por la vía de la indisciplina social, política y de apresto entre sus efectivos militares y policiales, por donde se he ha visto más la costura a su crítica situación interna.

Es obvio que la apuesta de la comunidad internacional para provocar el cambio político en el país sigue siendo la de aumentar la presión, que la boa siga apretando a su presa, hasta asfixiarla para obligarle a negociar una salida y que Maduro salga del poder.

Casi a diario, las autoridades norteamericanas dan cuenta de las comunicaciones que mantienen con altos funcionarios políticos y militares del entorno de Maduro. El mensaje que transmiten es que el quid de la cuestión es que quieren saber cómo serían las inmunidades de las que gozarían en una transición post Maduro. Como decían nuestros abuelos “es allí donde está mi Dios sentado”.

Maduro sabe que, como el general Obregón en México, tiene muy pocos allegados que aguanten un cañonazo de la promesa de que podrían gastar sus ahorros con tranquilidad.

Su “revolución” no es de ideas, ni de doctrinas, ni de hombres nuevos, es de grandes intereses para los de arriba y de quince y último y CLAP para los de abajo. Es muy probable que el cisne negro no sea un pistoletazo en Sarajevo, ni un collar de la reina en Versalles, sino una última cena en el Monte de Los Olivos, con Judas incluido.

Paradójicamente, esa podría ser la solución a la dualidad de poder en Venezuela.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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En La insoportable levedad del ser Milas Kundera nos lleva a pasear por  la influencia de las realidades objetivas de la Checoeslovaquia que  conoció el comunismo y la Primavera de Praga, sobre las almas de sus protagonistas. Sugiere, como su paisano Nietzsche, que la vida y la historia son circulares.

La historia igualmente suele tener comportamiento pendular y, salvando las distancias, suele repetirse, como en el 18 de Brumario, “una vez como tragedia y otra como comedia”.

Todos los procesos políticos que transitan por periodos de dualidad de poder, tienden a tener cortos horizontes de desenlace. Ningún Estado y menos uno de nuestra época, puede mantenerse indefinidamente en esta situación. Es obvio que cuando hablamos de dualidad de poder, lo hacemos para significar el proceso que lleva de un cambio de régimen a otro y no a la natural alternancia de gobierno que tiene lugar en las democracias del mundo civilizado.

Quizás el más notorio ejemplo que ilustra esta afirmación lo constituye el proceso que llevó a la toma del poder por parte de los bolcheviques y Lenin, en el breve periodo entre la Revolución de Febrero con la deposición de los zares y la instauración de un gobierno provisional presidido por Kerenski, hasta la Revolución de Octubre, cuando Lenin y los suyos toman el poder materializando la consigna: ¡Todo el poder a los Soviets! Que eran, justamente, los órganos de dualidad de poder que sagazmente habían instalado tiempo atrás.

El otro ejemplo de dualidad de poder lo representó el paso del Ancien Regime al nuevo, durante la convocatoria de los Estados Generales cuando Luis XVI deja de ser rey de Francia, para ser llamado eufemísticamente “Rey de los Franceses”, hasta la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente en 1791. El tal rey de los franceses cogobernaba una nación confundida y desconcertada junto con quienes meses más tarde le cortarían la cabeza en la Plaza de La Concorde.

Venezuela exhibe hoy en día un atípico panorama de doble poder. Por un lado, Maduro con control del territorio y de las Fuerzas Armadas y, por el otro, Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, reconocido como presidente interino por más de 60 de las más importantes democracias del mundo.

Se trata efectivamente de un caso inédito y sui géneris de dualidad institucional porque, como el lector advertirá, ni la Asamblea Nacional es el Soviet de Petrogrado, ni Nicolás Maduro es su tocayo el zar Nicolás II de todas las Rusias.

De manera que sería lógico suponer que de este atípico panorama solo podrá desprenderse una salida atípica e inédita. Ya llevamos un poco más de un año en esta curiosa ecuación de poder en el país y ciertamente que para los estándares históricos e internacionales, ya pareciera como mucho.

Pero veamos, porque cada historia tiene su historia. El régimen, después de un parpadeo inicial, no sabemos si para posar como dialogante ante sus aliados internacionales, aceptó la invitación de Noruega, como Chávez aceptó la del Centro Carter en su momento, para abrir un compás de dialogo con la oposición.

Con ello confesaba ante el mundo (lo cual le convenía hacer o aparentar) que estaba por una salida política. El postureo, sin embargo, no le duro mucho, de un día para otro resuelve patear la mesa, echar tierrita y no jugar más. Como ha trascendido, la agenda que se debatía no se diferenciaba mucho de la que Guaido ha propuesto en medio de la emergencia humanitaria que nos acecha y que ha concretado los Estados Unidos a través de sus voceros.

El cálculo del régimen fue claro. Necesitaba ganar tiempo. Esperaba las victorias de López Obrador y la de Fernández en Argentina, y aunque no se esperaba los trancazos de Bolivia y el de Uruguay y tampoco que le salieran tan patarucos AMLO y Fernández, de todas formas logró unos meses importantes en los que, repetimos, quedó bien ante sectores de la Comunidad Internacional y le dio un poquito de carne a sus leones internos, a los más moderados que creen en una salida política.

Ahora bien, como suele ocurrir, una cosa piensa el burro y otra quien lo arrea. La situación interna se le ha agravado con las crisis de la gasolina, los servicios y el nuevo repunte de la inflación, aunque el coronavirus le ha dado momentáneamente y “por ahora” una excusa para mantener a la gente en sus casas y que las protestas no generen problemas graves de orden público.

A su favor hay que señalar también que la presión norteamericana, con las imputaciones penales a Maduro y su entorno, con la movilización de una fuerza militar “antidrogas” al Caribe y el ofrecimiento de recompensas por su captura, hasta el momento no ha evidenciado grietas significativas en su campo. Más bien, es por la vía de la indisciplina social, política y de apresto entre sus efectivos militares y policiales, por donde se he ha visto más la costura a su crítica situación interna.

Es obvio que la apuesta de la comunidad internacional para provocar el cambio político en el país sigue siendo la de aumentar la presión, que la boa siga apretando a su presa, hasta asfixiarla para obligarle a negociar una salida y que Maduro salga del poder.

Casi a diario, las autoridades norteamericanas dan cuenta de las comunicaciones que mantienen con altos funcionarios políticos y militares del entorno de Maduro. El mensaje que transmiten es que el quid de la cuestión es que quieren saber cómo serían las inmunidades de las que gozarían en una transición post Maduro. Como decían nuestros abuelos “es allí donde está mi Dios sentado”.

Maduro sabe que, como el general Obregón en México, tiene muy pocos allegados que aguanten un cañonazo de la promesa de que podrían gastar sus ahorros con tranquilidad.

Su “revolución” no es de ideas, ni de doctrinas, ni de hombres nuevos, es de grandes intereses para los de arriba y de quince y último y CLAP para los de abajo. Es muy probable que el cisne negro no sea un pistoletazo en Sarajevo, ni un collar de la reina en Versalles, sino una última cena en el Monte de Los Olivos, con Judas incluido.

Paradójicamente, esa podría ser la solución a la dualidad de poder en Venezuela.

 

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