Hacer colas: humillar (desde el socialismo), por Antonio José Monagas - Runrun

Cualquier alusión a lo que reseña la concepción de “socialismo”, no pareciera hacer ver que sus realidades se concilien con el concepto originario. Particularmente, con el concepto que dicta la teoría marxista en torno a su praxis. De hecho, la explicación de Carlos Marx, se aparta profundamente de lo que las circunstancias políticas, sociales y económicas establecidas, pueden demostrar. En lo preciso, ésta manifiesta que “socialismo” es un modo particular de vida mediante el cual se busca establecer un orden socioeconómico construido con base en las necesidades de una clase trabajadora organizada.

En ese sentido, el socialismo, aunque algo más expuesto por la diversidad conceptual que las coyunturas históricas permitieron, no ha dejado de abrirle razones a quienes se sirvieron de la doctrina marxista para ampliar el concepto en cuestión. Pero también, la ha valido espacio discursivo, ambiente emotivo y condiciones proselitistas y consideraciones populistas, a quienes han sabido aprovecharse política y demagógicamente de los axiomas que lo sustentan.

 

De hecho, el impacto dialéctico que su concepción contiene, hizo que su praxis se desviara y se pervirtiera como concepto. Y peor aún, como praxis. Así ocurrió, cuando toleró que distintas corrientes políticas usurparan la correspondiente doctrina marxista. De manera que hablar del socialismo cuya teoría exaltaba una sociedad sin clases estratificadas o subordinadas unas a otras, no condujo a ninguna parte. Quizás, se debió a lo precario del concepto expuesto por Marx y Engels quienes no escribieron mucho sobre socialismo. Además, que obviaron puntualizar sobre cómo organizar su praxis lo cual devino en múltiples brechas que luego fueron manipuladas por seguidores del susodicho ideario.

Sin embargo, sus insuficiencias conceptuales devinieron en serios abusos. Tanto así que el primer ministro británico Winston Churchill advirtió algo a ese respecto. Hizo ver la crisis que causaban sus intenciones de aplicación. Refirió que “el socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”. Y que sin duda, su opinión la fundamentó en cuantos tristes escenarios pudo examinar. La abolición del sistema político según el cual se regía la Unión de Repúblicas Socialista Soviéticas, y otras tantas rupturas, evidenciaron lo que ya había sido cuestionado.

Entonces, ¿en qué sitial de la historia política quedó abandonada la idea de asentir un sistema social, económico y político basado en la organización consciente de la producción alineada con un Estado de Bienestar debidamente garantizado y consolidado? Las metas consignadas en la necesidad de instituir una sociedad fundamentada en “(…) la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad y la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político” (tal como declara el artículo 2 de la Constitución de Venezuela, 1999), se convirtieron en palabras fofas, sueltas y vacías que no se vieron respaldadas por ejecutoria alguna en firme.

En Venezuela, al mismo tiempo que el régimen insistía en montar un Estado socialista, lejos de la figura validada de Estado Democrático, primó el establecimiento de un Estado centralizado, policial y militarista. La aberración fue de tal magnitud que, por ejemplo, la connotación del término “pueblo” era un mero convencionalismo que apenas alcanzó algo como “vecindario”. O sea, lo que en una perspectiva sociológica, se interpreta como “vulgo”. O grupo estanco de individuos para quienes cualquier contraprestación, por intrascendente que sea, representa la simbolización del carácter esquilmado que el correspondiente desorden induce en la actitud de quienes asisten al llamado político-partidista.

Para entonces, cualquier encomio a la gestión de gobierno, convocaba a gente afecta al régimen a vociferar gritos de apoyo. Pero uno en especial que retrataba el abuso al que era sometido. Aquello de que “con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo”, daba cuenta de la ignorancia y subordinación de un sector de la población groseramente manipulado por groseras hordas del oficialismo.

La propuesta de crear un Estado socialista, en 2007, no pudo superar los límites de lo que la Constitución de 1999 invoca como Estado democrático y social de Derecho y de Justicia. Las ínfulas de aquellos gobernantes cargados de una chapucera soberbia, no terminó con el rechazo a las presunciones de organizar el Estado venezolano según la concepción de un socialismo “jalado de los pelos”. Aunque sí le hizo alguna mella. Aún así, el régimen insistió por vía de “caminos verdes”. En la media noche, o en períodos vacacionales.

Las ínfulas del alto funcionariado socialista, devinieron en torcerle al venezolano el derecho a expresar su credo político manipulándole su libertad de conciencia para transfigurarla en una respuesta de vulgar manifestación. El régimen actuó dirigido por tan sórdida orientación, una vez que se vio asfixiado política y en términos de los recursos que venía utilizando para comprar dignidades, conciencias y motivaciones. Y ante el riesgo de verse defenestrado por causa del caos que procedía del curso de las circunstancias.

Así el país petrolero, agotó su capacidad de industrialización de sus recursos petroleros. El petróleo, dejó de explotarse. Por tanto, sus derivados que igual conllevaron la misma suerte. El aceite automotor y la gasolina, desaparecieron (literalmente) del mercado nacional. En consecuencia, la crisis inhabilitó las respuestas del régimen a dicho respecto.

 

El desorden social tomó la forma de un fenómeno estepario. O sea, sin modelo a seguir salvo el que de las coyunturas emergiera. Y no fue otro que el establecido por una horrorosa anarquía que funcionó para justificar la implantación de medidas oficialistas dirigidas a sustituir un problema por otro. Incluso, de mayor envergadura que el primario. Convirtió el despacho de gasolina, en ámbito para alcanzar su venta mediante precio de oportunidad impuesto por revendedores, militares y policías corrompidos, ociosos. Por razones para escapar del horario de trabajo, por habladores impúdicos, fabricantes de mentiras.

Por quienes de oficio usan cualquier excusa para ganar algún espacio en su provecho. Y en fin, por la amenaza de convertir a Venezuela en un país de pordioseros, intrigantes, holgazanes, lambrucios y otras especies de oficios de igual o peor calaña. Sin posibilidad real de transformar a Venezuela en un “país potencia”, (tal como refiere jocosamente, el Plan de la Patria). O acaso “potencia” de tránsfugas, orilleros, sicarios, gandules, politiqueros, populistas, militaristas, profesionales de “medio pelo”, gente mediocre y advenedizos de todo tipo y condición.

Al régimen usurpador le resultó conveniente cambiar su idea de trabajar su fachendoso y fachoso socialismo “democrático”, por la aplicación de una estrategia de revancha. Mediante ésta, buscó inculcar en el populacho necesidades que terminaran obligándolo a resignarse al maltrato y humillación que, por imposición, el régimen determinó como razón para enquistarse “por las malas”. Por eso, inventó excusas para aplastar al venezolano poniéndolo en la aviesa situación de dilapidar tiempo de calidad por buscar gasolina de mediocridad. Y así, mantenerlo distraído de las fatalidades que vive causando a diario con cada cuento “chimbo” que se inventa.

De manera que dio con una cruel práctica. Logró hacer de las colas que se arman en todo, por todo y para todo, una fustigante deshonra a las libertades y derechos humanos. Ahora debe reconocerse que todo esto degradó el tiempo de calidad del venezolano. Al extremo, que hacer colas es humillar (desde el socialismo).

 

@ajmonagas