Contra el fanatismo, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun

Con este mismo título publica Voltaire un pequeño libelo en el que narra “el asesinato de Jean Calas, cometido en Toulouse con la espada de la justicia el 9 de marzo de 1762”. Como sabía que en algún lugar de la biblioteca dormía el sueño de los libros leídos, hurgué en ella hasta encontrarlo y desempolvarlo. No me arrepiento. Cuadró efectivamente con lo que queríamos escribir en la Venezuela polarizada y enferma de fanatismo de nuestros días.

Calas tenía 57 años y era un pequeño comerciante de la ciudad. Era protestante, “hugonote”, como se le conocían entonces. Su hijo, perturbado, se suicidó una noche y corrió, en la intolerante y fanatizada Toulouse, la “fake news” de acuerdo con la cual su mismo padre le había asesinado cuando este le manifestó su deseo de convertirse al catolicismo. A Jean Calas le salvan de un linchamiento solo para ser, al cabo de pocos meses, “asesinado por la espada de la justicia” en un proceso sumario plagado de vicios y realizado para tirar carne a los leones del fanatismo de aquel país que se entregó imperturbable a la matanza de la noche de San Bartolomé unos pocos días después.

No cabe duda de que, en el ADN del ser humano, duerme escondido el gen de la guerra, la violencia y el fanatismo, razón por la cual las atrocidades que como especie hemos cometido, no se han borrado y seguramente no se borrarán de la faz de la tierra.

No obstante, también es cierto que tales atrocidades han ido descendiendo estadísticamente con el progreso cultural y educativo de las sociedades. Ahora, por ejemplo, no quemamos a las mujeres con epilepsia porque sabemos que no son brujas, sino que están enfermas.

También podemos afirmar que las normas de los estados modernos y la democratización de las sociedades han puesto un vallado (no siempre eficaz) a la reedición de guerras de los 100 años y a pogromos y matanzas que ha registrado la historia. Por ello, muchas sociedades desarrolladas han promulgados leyes contra el odio para vacunarse contra epidemias de violencia.

Pero, aun así y a pesar de estas vallas levantadas por la razón, el fanatismo y el odio consiguen colarse por entre las rendijas del atraso cultural, las supersticiones y las miserias humanas.

Si alguien quería ejemplos vivos, allí están los sucesos de Chile y Bolivia, en los que bandas de desalmados saquean y queman viviendas y bienes públicos como salvajes. ¿Qué todo esto está dirigido? Pues claro que sí. Lo notable es que encuentre eco en las bajas pasiones humanas y, aún más sorprendente, que los espectadores justifiquen unos comportamientos y condenen otros, dependiendo si los ejecuta alguien con quien siente afinidad política o ideológica.

 

El fanatismo de las ideas es tan viejo como las piedras. Quizás la frase más acabada es la que los cronistas cuentan que escuchó el Señor de Beauffort, enviado militar del papa Inocencio III, en el sitio de Béziers adonde habían ido a buscar a los cataros refugiados. Al haber sido estos protegidos por los habitantes católicos de la ciudad, en un ejemplo civilizado de tolerancia, este eleva la consulta a sus superiores sobre lo que debía hacer ante tal circunstancia y recibe como orden: “No importa, mátenlos a todos, Dios sabrá reconocer a los suyos…”

Así, como el 1948, “el fantasma del comunismo recorría Europa”, hoy día en el continente de nuestros abuelos se incuba de nuevo el odio y la demencia política que siempre consigue montar una quincalla ideológica. Hoy asistimos a la insólita elaboración teórica de muchos “pensadores” que ven pertinente una alianza entre los ultras de lado y lado. Un tal Alexander Duguin, por ejemplo, ha llegado a sugerir en Francia que los chavistas de Melechon apoyen a Marine Le Pen pues, al fin y al cabo, ambos tienen ideas similares contra el capitalismo liberal y la Unión Europea. Ya los chalecos amarillos que se dedican a hacer picnics los sábados con lo que han saqueado en Champs Elysees se han constituido en un movimiento común, alentado por los dos personajes mencionados.

En la Venezuela peligrosamente polarizada de nuestros días alguna de estas tragedias podría ocurrir si no es que logramos desarmar el dispositivo del odio que con toda intencionalidad montó Chávez al acceder al poder. Hoy, mucho antichavista ha hecho suyas las consignas de freír las cabezas del adversario, como única salida a la crisis. Con la misma frivolidad con las que muchos resolvieron votar por Chávez porque Salas Römer les caía antipático, con esa misma desaprensión lanzan al aire invocaciones a la guerra civil y a los pogromos.

Maduro se va a ir. Ojalá no se vaya como Evo Morales quien se vestirá de cordero degollado y paseara su impudicia por el mundo como víctima del malvado Tío Sam y las oligarquías latinoamericanas y los ricos insensibles que no quieren a los indios, a los negros y a los pobres.

 

Ojalá que aquí los sepultemos con millones de votos de ese pueblo desengañado y que no lo quiere. Claro (para que no me linchen a quienes el voto causa piquiña) en unas elecciones LIBRES que quiere decir con otro CNE, sin inhabilitados, sin presos políticos, con participación garantizada de la diáspora, con depuración del REP, sin el tinglado corrupto del régimen vigilándola, con observación internacional creíble, etc, etc. Pero un proceso en el que no queden dudas de que los venezolanos no los queremos y que los vamos a apartar para poder avanzar nosotros hacia una Venezuela diferente.

En ese nuevo país habrá que hacer justicia, habrá que conocer la verdad sobre quienes se beneficiaron de este régimen. Habrá que aclarar quiénes fueron los que hicieron negocios y se lucraron con nuestra miseria y nuestro dolor. Muchos de los cuales, por cierto, se disfrazan de opositores y hasta marchan y denostan contra Maduro. Tendremos que saber quiénes nos reprimieron, quiénes dieron las órdenes. Pero, y si queremos ser diferentes a ellos, deberemos entregarlos a jueces independientes para que se haga justicia y no venganza.

La clave para la reconstrucción del país estará, sin duda, no solo en las buenas decisiones en materia económica y social que tomemos, sino en esta capital necesidad de abordar el futuro como una tarea de reunificación de los espíritus y de destierro de las bajas pasiones y las miserias humanas que nos trajeron hasta aquí.

@juliocasagar