Venezuela: una bomba social, por Antonio José Monagas - Runrun

Venezuela: una bomba social, por Antonio José Monagas

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LA POBREZA SE VOLVIÓ UN ENIGMA. Es así. Aunque distintas son sus causas. Algunas, quizás, más capciosas y letales que otras. Pero de algún modo, cualquiera de ellas, bien sea por razones de deuda nacional, por especulación alimentaria, por falta de soberanía alimentaria, por modelos económicos retrógrados, por la erradas prácticas de grandes corporaciones multinacionales y transnacionales o por la campante corrupción, ponen al descubierto o desnudan -inmisericordemente-  una realidad llamada “pobreza”. 

Desgraciadamente es el problema que azotó a Venezuela. Particularmente, luego que las prédicas electorales pronunciadas por furibundos militantes del militarismo reaccionario que había pintado de sangre el espectro político en diciembre de 1998, aun que con mayor odio en febrero de 1992, unos seis años atrás, estigmatizaron las calles del país. De esa manera, jugándole unos pasos adelante a la muerte convirtiéndose en criterio de gobierno, la pobreza se apoderó de una población de la cual no se apiadó el sarcasmo de un régimen que prometió lo imposible al decretar que el Estado venezolano actuaría en “defensa y desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad”. Tal como fue suscrito por la Constitución sancionada en Diciembre de 1999, luego de la mofa política que permitió el arribo al poder de un militar de segunda categoría, quien apostó todo su mando a desplazar al Libertador Simón Bolívar del sitial que la historia le brindara. 

El mal llamado “socialismo del siglo XXI”, bien supo lograr que la pobreza se impusiera cual lúgubre realidad. La gestión militarista de quien mucho presumió de lo que careció, dejó una pobreza como su efectivo legado, que nadie se habría imaginado de su dimensión, proporción y secuela. Fue tal la crisis que su incidencia desató apenas iniciándose la gestión de gobierno, arrancando el siglo XXI, que de nada valieron los esfuerzos de una economía que se vio oscilante frente a los desmanes que el desbarajuste gubernamental incitó. 

El régimen no atendió ni tampoco entendió la esencia del problema que siempre configuró la pobreza. Ya entrado el nuevo siglo, la tasa de desocupación o desempleo, comenzó a hacer estragos. La pobreza de larga duración se enquistó, mientras se compenetraba con un discurso político para el cual el proselitismo de inmediato impacto era el elemento central de una estrategia que buscaba empobrecer al venezolano. Para eso, el régimen estimó de inmediato un accionamiento político que vapuleaba sus propios compromisos políticos. Para ello, se recreó desfigurando y desvirtuando la institucionalidad económica del sistema político venezolano mediante el establecimiento de ley-decretos que dieron al traste el relativo crecimiento económico que venía forjándose. Aún cuando el mismo, se mostraba todavía incipiente, es indiscutible que su determinación hacía de él una ruta de decidido raigambre sociopolítico y socioeconómico.

Como prueba del fiasco que signaba la supuesta revolución, se intentó expandir la economía de trueque. De hecho, llegó a creerse que de esta forma, que el venezolano podría sobrevivir, entregar servicios o producción casera a cambio de otros similares. Pero todo ello fue un craso fracaso. 

La realidad demostraba así el carácter contradictorio de tan equivocadas medidas que sólo identificaban la soberbia de quienes buscaban acabar con la Venezuela que se había distinguido, pocos años atrás, en virtud de indicadores que reflejaban el avance de una economía soberana, propio de políticas públicas con sentido de crecimiento y desarrollo. 

Mientras las economías colaterales emergieron de manera saludable, la economía que se instaba en Venezuela acentuaba horriblemente la pobreza. Peor aún era lo que sucedía en su entorno toda vez que las corporaciones académicas hacían notar su desempeño en pos de contrariar la tendencia que se imponía. Al mismo tiempo, elevaron su voz de protesta contra la inercia de una revolución que asfixió el desarrollo alcanzado, Incluso, comparativamente, décadas atrás. 

Hoy la pobreza se apoderó del país al invertir drásticamente el eje político y así cambiar su sentido social y económico. El Estado de Bienestar del cual se sirvieron países vecinos, que la misma historia política destaca, en Venezuela no fue comprendido como referente de significación. Ni en tiempo, ni en calidad de efecto. Casi todos los derechos sociales y económicos conquistados, progresivamente fueron consumidos por la pobreza que arrasaba la tierra, las instituciones y la familia venezolana. 

Sólo queda, sin duda alguna, el enardecimiento de la población. Pero no para fijar pautas de socarrona gracia para buscar condolerse de la situación mediante algún jocosidad de baja calaña. Es hora de abstraerse de todo aquello que desvíe la atención hacia orillas de impúdica condición. 

Con la suerte que Venezuela merece luego de vivir tantas tragedias juntas en veinte años de sumisión y espanto político, no se juega. Menos, se traiciona, se vende o se permuta. Más, tratándose de que el país está al borde de su definitivo hundimiento de seguirse con el actual modelo de contubernio político-económico que el régimen anima grosera e impunemente. Más, porque con todo esto detrás, el país está reaccionando. Y cuidado si no es de modo peligroso ya que ahora es, innegablemente, Venezuela: una bomba social. 

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