Un país que llora unido nunca está solo, por Diego Arroyo Gil

Un país que llora unido nunca está solo, por Diego Arroyo Gil

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RamónJVelásquez

 

Recuerdo un encuentro, hace años ya, con el doctor Ramón J. Velásquez. Fue en su casa, en Altamira arriba, a mitad de una mañana. La sala era un espacio abierto a la luz que se colaba por unos ventanales que daban a un breve jardín y a la calle. Me recibió una señora. “Ya viene”, y fue hacia dentro.

–Llegó el muchacho –dijo.

–¡Ah! Muy bien –respondió el hombre, y el sonido áspero e inconfundible de unas hojas de periódico doblándose indicaba que había estado leyendo la prensa.

Al cabo de un minuto o dos, desde detrás de un parabán de madera apareció su figura. Era el expresidente que, para mi sorpresa, se había puesto flux y corbata para recibir a un reportero al que hasta entonces nunca había visto. Me levanté. “Siéntese, siéntese”, y sin dar chance a que yo le respondiera, continuó: “Entonces usted es periodista, caramba, yo también. Yo soy periodista desde el año 1900 tal, allá en los Andes, donde nací. Yo soy del Táchira, de Colón, y mis padres…”.

Velásquez ya era entonces un hombre legendario. Era 2008, tal vez, lo que quiere decir que tenía 92 años. Había nacido en 1916. Cruzadas las piernas en un gesto suyo muy característico que demostraba la flexibilidad de un cuerpo que se había hecho magro con el tiempo, apoyaba las manos sobre la empuñadura de un bastón que lo acompañaba y que daba la impresión de ser, en vez de un bastón, un cetro. Hablaba lento, como siempre, con una cadencia de andino absoluto, a paso de buey.

Pasó una hora, es posible que más, y a esas alturas Ramón Jota iba, a lo sumo, por 1958, el año que cayó Pérez Jiménez, un dictador que él había ayudado a derrocar y que lo había mandado a la cárcel, como a tantos otros. Gustavo Velásquez, su hijo, que entretanto estaba allí, escuchando hablar a aquel oráculo que era su propio padre, lo interrumpió para decirle que yo tenía cosas que preguntarle.

–Sí –dije, un poco avergonzado de verme en la situación de interrumpir el recuento de una historia por lo demás apasionante, pero, en fin, yo iba a lo mío: estando Venezuela en la situación en la que estaba, el objetivo de mi entrevista era lograr que Ramón Jota me hablara de Chávez–. Es increíble lo que usted ha vivido, doctor Velásquez –comenté–. Luchó contra Pérez Jiménez, fue ministro de Rómulo Betancourt, ha sido senador, fue presidente en un momento tremendo del país (cuando Carlos Andrés fue llevado a juicio), es un historiador como pocos hay ni habrá, pero yo quiero saber, doctor Velásquez, ¿cómo vive usted este momento de Venezuela?

–¿Cuál momento? –preguntó.

–Este. Este momento que estamos viviendo ahora.

–¡Ah! –exclamó, como al principio–. Bueno, muy feliz. ¡Muy feliz! Hice mi vida, me casé, tuve a mis hijos y los formé para ser gente de bien. ¿Qué más puede pedir un hombre?

Gustavo y yo nos miramos. Tensos ambos. Días antes del encuentro, que había sido agenciado por él, habíamos acordado que la entrevista se daría con la condición de que yo no arrinconara a su padre para sacarle titulares que despertaran controversias innecesarias, no fuera a ser cosa de que Chávez la tomara contra él y lo sometiera a una situación que no se merecía, no solo por su edad, sino sobre todo porque el doctor Velásquez era el hombre que era y se había ganado una vejez tranquila luego de haber atravesado circunstancias políticas muy bravas a lo largo de su vida.

–Entonces, como le decía, a partir del 23 de Enero de 1958… –continuó el expresidente, y transcurrió una hora más.

Al despedirnos, muchas gracias. Descruzó las piernas, se puso de pie apoyado en el bastón y desapareció en breve, poco a poco, detrás del parabán. En la puerta de afuera, en el borde entre el jardín y la calle, Gustavo me reclamó que hubiera tratado de llevar a su padre a una tribuna que habíamos acordado estaba prohibida. Yo le dije algo así como que no podía perder la oportunidad de hacer lo que había hecho porque los lectores no lo hubieran comprendido. Él presentó un argumento irrebatible: que su padre había demostrado con su vida todo lo que ya no hacía falta que dijera. Dijimos adiós, y me fui.

Un par de días más tarde, sonó el teléfono.

–Arroyo.

–¿Sí? –la duda.

–Soy Ramón Velásquez. No sé si ha sacado la entrevista, pero en cierto momento de nuestra conversación usted me preguntó cómo vivo yo este momento venezolano y yo le respondí que soy muy feliz. Lo llamo solo porque quiero que sepa que eso no es verdad.

–Sí, sí, no se preocupe, doctor Velásquez –respondí, aturdido.

–Muy bien. Era eso –y colgó.

Han pasado nueve años desde entonces. El doctor Velásquez murió en 2014 y estamos en 2017. Nunca publiqué la entrevista, pero cada vez que el país llora unido, como hoy, hoy como nunca antes había visto llorar mi generación, la recuerdo. Porque en ese hombre entero, como un buey, que era el expresidente de una República que ha estado tantas veces al borde de la disolución, también había un llanto. La experiencia, que no pasa en vano, le permitía, a sus 92 años, no hacerlo a lágrima suelta, pero el sufrimiento era ineludible. “Lo llamo solo porque quiero que sepa que eso no es verdad”: que no era verdad su felicidad –o no del todo, al menos–, que la verdad era que el país volvía a dolerle como le había dolido antes y que, sin embargo, él estaba allí, con las manos sobre la empuñadura del bastón. Hoy, insisto, cuando el país entierra a sus víctimas que nunca debieron serlo, vuelvo a aquella tarde en que el doctor Velásquez nos enseñaba con su ejemplo de mil vidas que hay que ser firmes. Pero al mismo tiempo sé que, de estar vivo, él comprendería que en estos días terribles nosotros lloremos a nuestros muertos en cada esquina. A ratos parece incomprensible, pero este dolor inmenso es nuestra defensa contra lo que pretende hundirnos en el abismo.

@diegoarroyogil

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