
7.- “es tan pobre, que lo único que tiene es dinero”
Éste es el séptimo mandamiento de las enseñanzas de mis padres, tomado del libro que recientemente publiqué: “Cartas a un hijo”
Recuerdo como hoy, una conversación que en una oportunidad, tuvo mi madre con una prima, la cual “servía en una casa”. Así llamaban en esa época a las personas que trabajan como mujeres de servicio en casas de familias ricas. Ella le estaba contando a mi madre sobre las infidelidades del hombre de la casa, y como él consumía alcohol casi todas las noches, humillando a las personas que trabajaban en la casa. Mientras le decía esto, comenzó a llorar y le comentó que “el patrón” medio borracho, una noche trato de abusar de ella, argumentándole que a cambio de sus favores, podría darle muchas cosas y bienestar. Mi madre le dijo: “no llores mujer, es un pobre hombre”. “No, Benita, él tiene muchísimo dinero”, a lo que mi madre le respondió: “es tan pobre, que lo único que tiene es dinero”.
Esta conversación que escuché, me marcó; y con el tiempo entendí que el dinero puede ser un buen siervo, pero es un pésimo amo, y que la principal diferencia entre los hombres, muy al contrario de lo que nos hace creer la sociedad actual, no es el dinero; sino la educación, los valores y los principios morales que uno recibe en su hogar y la formación que recibe fuera. No importa que los niños nazcan en una familia rica o pobre. Lo más importante es el ejemplo y el tiempo que uno pasa con sus hijos: qué hace con ellos, a qué nivel y con qué calidad.
Educar a un hijo no es enseñarle algo que no sabía, sino llevarlo a ser alguien que todavía no es, y este debería ser el primer objetivo de los padres y de la sociedad, donde todo lo demás quede subordinado a este objetivo. Educar desde dentro y en el hogar, en lugar de instruir desde fuera y en la calle; no sólo dando ejemplo de valores morales e impartiendo conocimientos, sino forjando caracteres nobles, rectos y con fuertes principios, en los que no tenga cabida la vulgaridad, la superficialidad y la arrogancia; y siempre a través de los mejores maestros: Los padres. ¡Educar evita la necesidad de castigar! Mi padre me solía decir: “Carlos, lo importante no es aprender, sino saber qué hacer con lo que se aprende” ¡Educar no es sólo enseñar al niño a saber, sino a hacer!
Muchas veces, por falta de dinero o por exceso del mismo, no se educa ni se forma; se deforma, sin darnos cuenta de que cada vez que los educamos realmente los estamos formando para gobernarse ellos mismos, y alejándolos de la posibilidad de que otros los gobiernen.
Por eso la solución a largo plazo de toda sociedad está en el hogar, en la educación y en la preparación de los seres humanos, que es donde sí tendríamos que hacer progreso y desarrollo. Por consiguiente, lo primero es que los hijos tengan ejemplo, que se les educe y que se les forme para que razonen y piensen por su cuenta. ¡Ser mejores y tener más educación y conocimientos, en vez de tener más o menos cosas!
¿La mejor inversión? La educación que pueden dar unos padres, y el conocimiento que puede adquirir un hijo, ya que sólo los educados e instruidos son libres; y para saber que sabemos lo que sabemos, y saber que no sabemos lo que no sabemos, hay que tener cierto conocimiento; ya que todos los vicios humanos afloran cuando el conocimiento se extingue.
Mis padres, no tenían muchos conocimientos, pero en contraposición tenían muy pocos vicios, y siempre me lo demostraron con muchísimo ejemplo.
¡Ay de los hijos tan pobres, que sólo tienen dinero! ¡Ay de las sociedades de estos hijos!
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