“Lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”. Así se presentó al mundo, con boina y uniforme verde, luego de un intento de golpe de Estado, y entró en escena.
Años más tarde, como presidente de la República, relata una conversación con Arturo Úslar Pietri: “La vida es como un teatro, Comandante, me dijo… y los actores relevantes deben tener cuidado sobre todo en dos momentos: cuando entran en escena y cuando salen de ella. Usted entró a la escena con una boina y un Por ahora; ahora verá cómo sale de ella’”.
Y hay muchas maneras de salir.
Mandela entró en la escena política con un enemigo institucional: el Apartheid, y con muchos enemigos: los afrikáners. Años después, al llegar a presidente, no se dedicó a perseguir a los que practicaban el Apartheid, ya no eran sus enemigos: el enemigo era el Apartheid.
Mandela logró colocarse más allá de la condición de enemigo con la que entró en escena, y para ello, lo primero que tuvo que hacer fue superar sus propios miedos y fantasmas, los mismos que lo constituyeron como luchador político, defensor de sus semejantes y sus derechos humanos. Al superar sus miedos y fantasmas, la prisión ya no importó, ya era libre, y repitió: “soy el dueño de mi destino, soy el capitán de mi alma”
Como presidente, colocó al último presidente blanco, Frederik de Klierk, como vicepresidente, y juntos ganaron el Nobel de la Paz. Y así Mandela se plantó frente al antiguo enemigo como otra cosa, un líder capaz de mostrar con el ejemplo, que no eliminaría a nadie, que no necesitaban defenderse de sus antiguos enemigos ni tener miedo, que los negros y los blancos no tenían por qué matarse, que juntos podían superar la barbarie y el atraso del Apartheid. Su arma política más poderosa fue su sonrisa, frágil, sencilla, humana, labrada lentamente, durante todos y cada uno de los segundos transcurridos en los 27 años de reclusión en un diminuto calabozo. Y así se convirtió en padre de su patria e hizo que Sudáfrica saliera de la esclavitud, y entrara en la civilización y formara parte de la historia. Su preparación intelectual y su crecimiento como ser humano, le permitieron entender que si quería lograr sus objetivos, debía mantener sus convicciones, y debía superar la condición de enemigo de su enemigo.
Y hace poco, Mandela se fue, salió de la escena, y al irse, dejó un mejor país con un proyecto para todos.
En Venezuela en cambio, el “actor relevante” que también salió de la escena nos deja, por ahora, un país roto, quebrado y violento, atrapado en su autodestrucción, con Cuba como ejemplo. Un país cuyo ejercicio inculto del poder continúa detrás del fantasma de golpe con el que entró en escena, detrás de prejuicios en los que el poder se ejerce desde el miedo de ser eliminado por el otro, sin la menor conciencia de que la civilización está más allá de los fantasmas, y del golpe con el que se inició la función.
Mientras tanto, ¡fuerza para los que luchamos por la libertad! Y ¡Feliz Navidad!
Y a aquel capitán de su alma, le celebramos su vida: ¡Vuela pájaro libre, vuela Mandela, vuela!




