La ambición de poder


El ambición de poder es una de las grandes pasiones que ha perturbado y alterado la historia. Los caudillos venezolanos del siglo XIX son  el mejor ejemplo. Páez volvió por una tercera vez, ya muy viejo. A José Tadeo Monagas le sucedió lo mismo. Guzmán Blanco también en tres ocasiones. A Joaquín Crespo la muerte le impidió volver por una tercera que ya tenía a la mano. Eso fueron los caudillos, pero también los civiles pecaron. Juan Pablo Rojas Paúl y Raimundo Andueza Palacio, como los militares, trataron quedarse.

Cuando llegó el siglo XX, el fenómeno se agravó. Ya no eran tres periodos, sino el poder vitalicio. Cipriano Castro, llamado El Cabito,cayó porque su compadre Juan Vicente le dio el golpe de Estado en 1908. El general Gómez se aferró al poder como ninguno antes. Durante su prolongado reinado de 1908 a 1935 se rodeó de intelectuales y éstos, con Vallenilla Lanz a la cabeza, esgrimieron la tesis de las  “constituciones de papel”, para oponerlas a las “reales”, o sea la presencia en el poder del “gendarme necesario”.  El pueblo venezolano era ignorante, alegaban, y necesitaba una mano de hierro que lo condujera. O sea, los “hombres fuertes” o providenciales.

López Contreras sucedió a Gómez y en 1941 instaló a Medina Angarita en Miraflores. López quiso volver en el 46 y Medina se opuso fuertemente, y entonces comenzó la guerra a muerte de los generales que desembocó en el 18 de Octubre de 1945. Los redactores de la Constitución democrática de 1961 cometieron el error de aprobar que los presidentes podían volver después de diez años, o dos periodos. Así regresaron Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera. No fue bueno. Está bien la reelección inmediata y por una sola vez. Pero no la fórmula de 1961, gran Constitución por lo demás.

Hemos tenido 26 Constituciones desde 1830. Pero no nos han salvado de las desgracias de la ambición de poder. Aunque ha sido de modo fragmentario, y siempre de manera confusa, vale la pena releer lo que Bolívar dijo en el Discurso de Angostura. No porque Bolívar lo dijera es la Biblia, pero vale, y esto fue lo que dijo:

“La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarle, de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”.

De la ambición de poder, ¡Líbranos, Señor!

SIMÓN ALBERTO CONSALVI

TelegramWhatsAppFacebookX


El ambición de poder es una de las grandes pasiones que ha perturbado y alterado la historia. Los caudillos venezolanos del siglo XIX son  el mejor ejemplo. Páez volvió por una tercera vez, ya muy viejo. A José Tadeo Monagas le sucedió lo mismo. Guzmán Blanco también en tres ocasiones. A Joaquín Crespo la muerte le impidió volver por una tercera que ya tenía a la mano. Eso fueron los caudillos, pero también los civiles pecaron. Juan Pablo Rojas Paúl y Raimundo Andueza Palacio, como los militares, trataron quedarse.

Cuando llegó el siglo XX, el fenómeno se agravó. Ya no eran tres periodos, sino el poder vitalicio. Cipriano Castro, llamado El Cabito,cayó porque su compadre Juan Vicente le dio el golpe de Estado en 1908. El general Gómez se aferró al poder como ninguno antes. Durante su prolongado reinado de 1908 a 1935 se rodeó de intelectuales y éstos, con Vallenilla Lanz a la cabeza, esgrimieron la tesis de las  “constituciones de papel”, para oponerlas a las “reales”, o sea la presencia en el poder del “gendarme necesario”.  El pueblo venezolano era ignorante, alegaban, y necesitaba una mano de hierro que lo condujera. O sea, los “hombres fuertes” o providenciales.

López Contreras sucedió a Gómez y en 1941 instaló a Medina Angarita en Miraflores. López quiso volver en el 46 y Medina se opuso fuertemente, y entonces comenzó la guerra a muerte de los generales que desembocó en el 18 de Octubre de 1945. Los redactores de la Constitución democrática de 1961 cometieron el error de aprobar que los presidentes podían volver después de diez años, o dos periodos. Así regresaron Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera. No fue bueno. Está bien la reelección inmediata y por una sola vez. Pero no la fórmula de 1961, gran Constitución por lo demás.

Hemos tenido 26 Constituciones desde 1830. Pero no nos han salvado de las desgracias de la ambición de poder. Aunque ha sido de modo fragmentario, y siempre de manera confusa, vale la pena releer lo que Bolívar dijo en el Discurso de Angostura. No porque Bolívar lo dijera es la Biblia, pero vale, y esto fue lo que dijo:

“La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarle, de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”.

De la ambición de poder, ¡Líbranos, Señor!

SIMÓN ALBERTO CONSALVI

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.