Un milagro es una alteración de las leyes de la creación; de las leyes naturales. Cosas que no deberían pasar pasan, y las que deberían pasar no pasan. La historia está repleta de relatos milagrosos, de apariciones, de mantas, trozos de madera y muros, de espíritus, que se dejan ver en accionares milagrosos y extraordinarios. La fe católica, está repleta de apariciones: la Virgen de Coromoto se le apareció al cacique de los cospes, la de Betania a otros tantos, y la de Chiquinquirá a una humilde lavandera zuliana en una tablita que llegó flotando a sus manos. Eso en lo nacional y más famoso, porque aquí, como en todas partes sobran los milagros. Lourdes, Guadalupe, Santiago con la del Pilar, y qué se yo cuantos más.
Pero una cosa son vírgenes y santos, y otra muy distinta Comandantes Supremos. “Se me paran los pelos nada más de contarlo”, decía el señor del bigote al hacerse con una foto del último prodigio. Asegura él que es el rostro de la Patria, que no sabía yo que tenía una cara. Con certeza absoluta lo decía. Aquello es la mirada del jefe, de quién más iba a ser. La gente aplaude, y unas niñas poco enteradas de la parafernalia tiran besitos a la cámara. Un psiquiatra, seguramente experto en apariciones, muestra sonriente y orgulloso la imagen de la mirada, de la mirada de la Patria. Pero, en todas partes, desde tiempos de Matusalén, una cosa es la aparición de un santo, y otra muy distinta, la un muerto. Según algunos, los difuntos que no se terminan de ir, se quedan porque sus funerales fueron impropios; otros también creen que las almas errantes fuera de su tumba merodean por ahí por haber dejado el mundo de los mortales luego de cometer crímenes sin castigo. En conclusión, los muertos presentes en nuestro mundo lo hacen porque han dejado alguna cosa pendiente: Carlos Martel andaba por ahí errante por haberse quedado con las riquezas eclesiásticas o algo así; Gasparín tenía que acompañar a su padre; el Rey Hamlet se le aparece al hijo para vengar su muerte, ser o no ser, etcétera. Eso sí, ninguno con la mirada de la Patria, y mire usted la clarividencia de Joaquín Sabina, que hace años dijo sobre el nuestro: “no se puede ser tan fantasmón”. Pues sí, sí podía.
Somos gente de superstición, como todas las gentes. Desde el monstruo del lago en Escocia, hasta la Sayona, en todas partes no falta quien vea cosas raras. Pero lo nuestro, es de vanguardia total, no se aflija usted. Aquí la irracionalidad la impusimos como regla, y la votamos, un viaje de veces. Así que lo mejor será llevar la discusión a ese terreno, y el asunto pues, es el pajarito que ya no es pajarito sino un pedazo de muro de túnel de metro, y no dude el lector que seguirá por ahí divagando, el espíritu errante del Comandante Supremo. Por ello valdría la pena que sus devotos se preguntasen qué carrizo anda haciendo de aquí para allá el ex-presidente, revolucionario hasta para aparecerse, porque hay que ver, que para seguir dando tantas vueltas, debe ser seria la cosa la pendiente. Y lo que si queda claro, es que la mirada, esa mirada de la Patria, es para los que hoy mandan, igual que verle los ojos a un muerto y eso más que un milagro es, lamentablemente, una metáfora.
Miguel E. Weil Di Miele
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