En los últimos días ocurrió un caso muy sonoro que en el fondo revela lo delicado del momento que vivimos, pero a la vez ofrece luces de un venezolano que no se deja amedrentar fácilmente. Hace escasos días, más de treinta personas fueron reprimidas y sometidas por la fuerza pública y posteriormente detenidas en la sede de la Policía Nacional, por realizar una protesta ante el mal funcionamiento del Metro de Caracas. Posteriormente, todas estas personas fueron dejadas en libertades aunque con medidas cautelares. El episodio muestra simultáneamente dos tendencias que están operando en la realidad venezolana: por una parte, el Gobierno se vuelve cada vez más intolerante a la crítica y procede a criminalizarla sistemáticamente, mientras que al mismo tiempo, lejos de aminorarse, la disidencia y la protesta aumenta en frecuencia y tono significativamente.
Más Criminalización
Empecemos con lo primero. Los factores oficiales, que se saben en problemas de opinión pública y están incómodos con el feedback ciudadano que reciben de su pobre ejecutoria en materia de políticas públicas, han resuelto que el antídoto definitivo para este “problema”, es acallar la disidencia y condenar con penas cada vez más fuertes a aquellos que osen tomar las calles y eleven su grito de inconformidad. El objetivo es disuadir e intimidar con la amenaza de cárcel a quien manifieste y exija sus derechos. De ese modo y no sin pecar de ilusos, piensan que la conflictividad bajará. Paralelamente, el aparato de propaganda oficial intenta “significar” estas movilizaciones y las etiqueta a todas sin excepción como “actos de conspiración” promovidos para desestabilizar y atentar contra el “Proceso”.
Torpemente, el propio Presidente de la República asumió que la decisión de “encarcelar a los saboteadores del Metro” la tomó él mismo, para a las pocas horas dar marcha atrás, reconocer el equívoco y percatarse de que haber condenado a esos ciudadanos humildes que legítimamente protestaban por un servicio público que está fallando de manera crónica, muy probablemente hubiese generado una reacción en cadena de protestas, que se sabe como comienzan, pero no como culminan.
Pareciera que en Miraflores la brújula política –tan afinada en tiempos pasados– hoy está descontrolada y errática. Lo ocurrido en las instalaciones del subterráneo sólo ha servido para desnudar y comunicar con mayor nitidez –incluso en muchos medios de comunicación internacionales– la imagen de un gobierno que acosa más y más a sus ciudadanos y que respeta cada vez menos las formas democráticas. ¿Cuál es el principal efecto de esto? Que hoy, alguien que se esté preguntando si mantiene o no su apoyo al gobierno, verá con rechazo estas acusaciones y terminará de una vez por todas de darle la espalda a quien alguna vez apoyó fervientemente. Al ver las escenas de represión ocurridas en las inmediaciones de la estación Propatria (sector popular y humilde del oeste de Caracas), los venezolanos se ven en ese espejo y se preguntan: “esto el día de mañana me podría ocurrir a mí… ¿Es este el gobierno que quiero? La conclusión parece obvia.
Más Conflictividad
El segundo factor es el más importante. Al tiempo que se endurece la mano del Gobierno, paradójicamente, el efecto deseado (la desmovilización) no se produce y ocurre exactamente lo contrario: la protesta se agudiza, se expande y se hace más frecuente. La sociedad venezolana se moviliza más y más en la lucha por reivindicaciones sociales e inclusive, hasta sectores inclinados hacia el oficialismo comienzan ya a perder el miedo y abiertamente comienzan a reclamar sus derechos. Basta con encender un televisor o leer la prensa para darse cuenta de esto. ¿El detalle? Que lejos de sentirse amenazados, los venezolanos parecen encarar con mayor determinación las retaliaciones. Es sintomático lo declarado por los detenidos del Metro al momento de su liberación: “no nos van a callar, seguiremos protestando donde haya que hacerlo para defender nuestros derechos”. Un signo de los nuevos tiempos.
Ya las manifestaciones no son como antes, pues no son exclusivamente políticas como lo fueron en 2002 ó 2003. Las movilizaciones y protestas cada vez tienen un contenido más social, que revela el profundo malestar que hay ante el alto costo de la vida, la inflación, la inseguridad, la falta de servicios públicos y un largo etcétera. Si el curso de la acción del gobierno se mantiene tal y cómo va (y no hay nada que indique por ahora que eso cambiará), la conclusión no puede ser otra que esperar mayor movilización en las principales ciudades del país y lamentablemente, mayor represión por parte del Estado, elevando la temperatura del sistema y poniendo de moda la palabra “ingobernabilidad”.
Lo anterior representa, como ya lo he manifestado en anteriores artículos, una oportunidad inmensa para los sectores alternativos que deberían articular demandas genuinas y acompañar a sectores sociales de un modo inteligente y estratégico, en el flanco más débil de este gobierno. La fórmula sigue siendo organización y propuesta alternativa para capitalizar el descontento y la evidente descomposición que se aprecia por doquier. No hacerlo puede llevarnos a un estado de mayor anomia al que ya vemos. Ése es el reto: Conducción, sobre todo ante una situación que empeorará y que producirá inevitablemente choques y mayor tensión en nuestro país.
El análisis de los acontecimientos me indica que el gobierno endurecerá su línea y seguirá criminalizando. La obcecación por imponer a la fuerza un modelo que no es atractivo para los venezolanos, la desconexión de la realidad de un gobierno cada vez más ideologizado y su incapacidad para resolver los problemas, son la garantía que el pueblo a pesar de las amenazas, seguirá protestando. Así que vendrán tiempos muy difíciles y de mayor conflictividad. No hay duda.




