El periodista del siglo por Miguel E. Weil Di Miele

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No es el señor Pulitzer. Tampoco Jon Lee Anderson, Arturo Pérez-Reverte, Boris Muñoz, Alberto Salcedo Ramos, Ramon J. Velázquez, Iñaki Gabilondo, Christiane Amanpour, Ramón Hernández o Simón Alberto Consalvi: todos unos tontainas que abochornan la libertad de la que deberían ser máximos exponentes. Permitiendo opiniones ajenas, planteando discusiones racionales, reportando hechos sin alterar su esencia. Una vergüenza. Ninguno aquí, ni allá, ni más allá, como el Cristo de los Pobres.

El periodista del siglo es fanático de la libertad de expresión. De la suya, eso sí. No está atado a sujeciones o subordinaciones, ni a límite alguno sobre lo que dice o piensa; tiene todas las prerrogativas posibles para si. Un libertario total que menosprecia cualquiera de las regulaciones habituales del republicanismo democrático sobre su libertad, como la condena de la injuria o la prohibición del discurso de odio (que practica con fervor). Él los usa contra lo que alguna vez fueron minorías,  grupos religiosos, o contra quien le provoque: escuálidos, golpistas, asesinos, malditos israelitas, y pare usted de contar. ¿Qué importa la dignidad? Lo que importa es su libertad y no hay ley ni Cidh que valga. Total, su verdad es la verdad, y nada más que la verdad; lo juro.

El periodista del siglo es un comunicador masivo, que mezcla la información que pretende transmitir con fanfarrias populacheras que sacudan las pasiones más profundas de la audiencia. La seriedad de la información le importa un carrizo, pues el objetivo es divulgar aquello que le de la real gana, y cuando le de la real gana. El periodista del siglo se vale de cualquier cosa para acabar con la competencia. Clausura (o vence concesiones, según quien diga), multa, y le da matarile a todo aquel que menoscabe la verdad irrefutable de la que él es portador y transmisor, con un terror robespierano perfecto, procurador de la igualdad absoluta: la cabeza de todo el que sobresalga, se guillotina, chás. El silencio de los competidores ante los reportajes, transmisiones y en directos del periodista o periodisto en cuestión, es la regla ante el pavor. Y aún cuando los otros medios tienen derecho a decir alguna cosa, se autocensuran, porque el periodista del siglo sigue allí, siempre atento, en todos los medios, en todas las páginas web, en el Twitter, omnipresente para desmentir los atentados contra su verdad.

Muchos quieren ser como él y practicar el sensacionalismo como regla, la censura de lo opuesto, el libertinaje como pauta, pero sólo para ellos. Sembrada la intolerancia, recogemos ostracismo. El jurado del Premio Nacional de Periodismo debería discurrirlo: si hay un ejemplo de libertad de expresión absoluta, sin regulaciones y sin tapujos, ninguna como la ejercida por el periodista en cuestión. Quizás valga la pena considerar la idea, y extenderle, de ñapa, un premio por los siglos de los siglos. Amen.

Twitter: @weilmiguel

miguelwd@yahoo.com

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No es el señor Pulitzer. Tampoco Jon Lee Anderson, Arturo Pérez-Reverte, Boris Muñoz, Alberto Salcedo Ramos, Ramon J. Velázquez, Iñaki Gabilondo, Christiane Amanpour, Ramón Hernández o Simón Alberto Consalvi: todos unos tontainas que abochornan la libertad de la que deberían ser máximos exponentes. Permitiendo opiniones ajenas, planteando discusiones racionales, reportando hechos sin alterar su esencia. Una vergüenza. Ninguno aquí, ni allá, ni más allá, como el Cristo de los Pobres.

El periodista del siglo es fanático de la libertad de expresión. De la suya, eso sí. No está atado a sujeciones o subordinaciones, ni a límite alguno sobre lo que dice o piensa; tiene todas las prerrogativas posibles para si. Un libertario total que menosprecia cualquiera de las regulaciones habituales del republicanismo democrático sobre su libertad, como la condena de la injuria o la prohibición del discurso de odio (que practica con fervor). Él los usa contra lo que alguna vez fueron minorías,  grupos religiosos, o contra quien le provoque: escuálidos, golpistas, asesinos, malditos israelitas, y pare usted de contar. ¿Qué importa la dignidad? Lo que importa es su libertad y no hay ley ni Cidh que valga. Total, su verdad es la verdad, y nada más que la verdad; lo juro.

El periodista del siglo es un comunicador masivo, que mezcla la información que pretende transmitir con fanfarrias populacheras que sacudan las pasiones más profundas de la audiencia. La seriedad de la información le importa un carrizo, pues el objetivo es divulgar aquello que le de la real gana, y cuando le de la real gana. El periodista del siglo se vale de cualquier cosa para acabar con la competencia. Clausura (o vence concesiones, según quien diga), multa, y le da matarile a todo aquel que menoscabe la verdad irrefutable de la que él es portador y transmisor, con un terror robespierano perfecto, procurador de la igualdad absoluta: la cabeza de todo el que sobresalga, se guillotina, chás. El silencio de los competidores ante los reportajes, transmisiones y en directos del periodista o periodisto en cuestión, es la regla ante el pavor. Y aún cuando los otros medios tienen derecho a decir alguna cosa, se autocensuran, porque el periodista del siglo sigue allí, siempre atento, en todos los medios, en todas las páginas web, en el Twitter, omnipresente para desmentir los atentados contra su verdad.

Muchos quieren ser como él y practicar el sensacionalismo como regla, la censura de lo opuesto, el libertinaje como pauta, pero sólo para ellos. Sembrada la intolerancia, recogemos ostracismo. El jurado del Premio Nacional de Periodismo debería discurrirlo: si hay un ejemplo de libertad de expresión absoluta, sin regulaciones y sin tapujos, ninguna como la ejercida por el periodista en cuestión. Quizás valga la pena considerar la idea, y extenderle, de ñapa, un premio por los siglos de los siglos. Amen.

Twitter: @weilmiguel

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