La suerte no parece estar del lado de los demócratas venezolanos. La enfermedad y muerte de Hugo Chávez, han servido para distraer lo que debÃan ser las prioridades del régimen bolivariano. La crisis económica, financiera y social que atraviesa el paÃs. La crisis moral, que parece ser la principal obra de estos 14 años de gobierno y sus efectos, en primer lugar la violencia, la inseguridad, la impunidad. No hay más tiempo que perder, desempleo, inflación, devaluación, inversión, reducción del gasto público y particular énfasis en la suspensión definitiva e irrevocable de los regalos que se hacen al extranjero. Pero la urgencia y su interminable lista de prioridades, ha sido puesta de lado, para darle paso a una enésima campaña electoral.
Es cierto, se trata de un problema real, habÃa que elegir a un nuevo presidente de la República. ¿Pero podemos observar que dicho asunto no es nuevo? Que llevamos 14 años de elección en elección. Con una sola y misma persona a la cabeza del Estado, y ahora su delfÃn, su ungido, su designado, quien se dice comprometido a resolver los principales problemas, de ser electo.
En ese sentido, una hipotética continuidad del castrochavismo al frente de los destinos de la nación, solo deja espacio para imaginar algunas medidas para impresionar a la opinión pública, pero bien sabemos que las mismas no tienen como objetivo el bienestar de los venezolanos.
Pero no podemos hablar solo de crisis moral, el caso venezolano, es aún más complicado, por cuanto hay que sumarle la asfixiante crisis polÃtica.  El continuismo, luego de 14 años de desastrosa gestión, no ha tenido rubor alguno en culpabilizar al pasado democrático, de sus males. Venezuela, se ha ido quedando sin energÃa, sin sentido cÃvico, sin espÃritu solidario y el interés por la polÃtica se volvió meramente electoral. No hay ambición, no hay esperanza.
No hay guÃa, no hay autoridad. Vivimos en estado de abandono, sometidos a un sistema de opresión larvado, encapuchado y ejercido por una fuerza de ocupación extranjera, como lo es el castrismo. El Estado, la administración, la hacienda pública, no actúan con independencia al tiempo que se asumen irresponsable de la ruina.
La culpa integral, es del poder polÃtico actual. El chavismo no quiso o no supo proteger a la nación del estado de asfixia que hoy padece, por falta de autoridad, por dejadez, por entreguismo, por incompetencia.
El régimen chavista, fanfarronea con su nada discreta sumisión a la tiranÃa castrista. Lejos de ser un socio de La Habana, se convirtió en la caricatura del imperialismo antillano.  Ahora con el insoportable e insostenible discurso de Maduro, que va del pleonasmo al oxÃmoron. Un lÃder cuya incapacidad polÃtica es el carburante de su constante envalentonamiento, ante una audiencia que, padeció cual tétanos los 14 años del extremismo verbal de Chávez, hoy convulsiona al escuchar a Maduro.
Nadie ha pedido una República perfecta, lo cual es una ficción, pero asumir una conducta simple, son peticiones de principio, de rigor en los asuntos de Estado, de verdad y de inteligencia de las realidades. Con éste régimen se terminaron las esperanzas.
La moralización de la vida pública venezolana, solo se podrá realizar cuando el chavismo y sus herederos abandonen el poder. Moralizar una nación no es asunto de dÃas. Corregir las costumbres públicas, purificar conciencias individuales, es la tarea, que tarde o temprano llevaremos a cabo los demócratas de éste paÃs. Que no somos pocos, con nuestros logros y avances en la obtención de cada vez más, millones de votos.
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