¿Cómo es posible que armas de guerras (AR-15, FAL, AT-4 y C-4) llegaran a la Casa de Reeducación y Trabajo Artesanal, conocida como “La Planta”, y horas después de su clausura no las encuentren? ¿Cómo es posible que el gobierno ignorara cuántos reclusos había en “La Planta”? ¿Cómo es posible que después de clausurado “La Planta” no hay información de la cantidad de dinero que manejaban los reclusos, e ignoremos nombres y apellidos de los funcionarios corruptos que se beneficiaron?
Así tal cual funciona la justicia en el país, preguntas y preguntas, sin respuestas. Hace un año un joven de 25 años de edad, pastelero de profesión, se comunicó con su novia desde un teléfono alquilado para informarle que le diera unos minutos más de tiempo, porque él se había comprometido a acompañarla al médico. El trabajo se le complicó y la llamó en dos oportunidades. Resulta que las veces que salió hasta el puesto de teléfonos a llamar a la novia, tenía que esperar porque sólo había un teléfono para realizar llamadas a Digitel, y casualmente lo estaba utilizando un delincuente que estaba llamando a los familiares de un portugués que tenían secuestrado cerca de allí.
Una vez que se paga el rescate, la policía rastrea las llamadas realizadas al teléfono de la esposa del portugués, y a través de la tecnología logran triangular las llamadas y desde dónde fueron realizadas al incautar el teléfono. Verificaron las llamadas y observaron las realizadas por el pastelero a su novia, y casualmente coincidieron con las realizadas con el delincuente. Luego la policía llamó al teléfono de la chica para citarlas, y ésta inocente de lo que pasaba acudió al llamado del cuerpo policial y la aprehendieron, porque supuestamente era cómplice del secuestro del portugués. Hoy día es la única detenida por este caso y está recluida en el Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF). No hubo juicio, no hubo investigación, no hubo nada a favor de la inocente muchacha. No hubo criterios, no hubo justicia.
También está el caso de un estudiante de 19 años, quien le pidió a su mamá en varias oportunidades un teléfono Blackberry, alegando que todos sus compañeros tenían y él no. La mamá accedió y le dio a su hijo Bs. 3.000,00 para que se comprara el ansiado teléfono, y lo acompañó un amigo. En la tienda le dijeron que el modelo que deseaba costaba Bs. 3.600,00. El amigo le dijo que había un “tipo” que se lo podía vender más barato y con el PIN liberado. Entonces fueron hasta donde el fulano y efectivamente le vendió el teléfono en Bs. 2.000,00, listo para usar. El muchacho contento con su teléfono lo usó sin ningún problema por dos meses. Sin embargo un día recibió un PIN pidiéndole que le aceptara la invitación, por lo que él aceptó. Empezó a chatear con la persona quien resultó ser una chica muy linda que le escribía todos los días. Como a los 15 días de haber comenzado a chatear con la chica, ésta lo invita a qué se conozcan y lo cita en el Centro Comercial “San Ignacio”. Ella le da su descripción y se reúnen en un café, a los pocos minutos de estar en el lugar llegaron dos hombres y la muchacha, quien le dijo que esos señores eran policías y se lo iban a llevar preso, porque el teléfono era de ella. La muchacha presentó su factura y la caja para demostrar que era suyo. Inmediatamente el muchacho inocente de todo se lo llevaron y fue recluido en la Casa de Reeducación y Trabajo Artesanal, conocida como cárcel de La Planta, donde a los pocos días murió víctima de un tiroteo dentro del penal. No hubo juicio, no hubo investigación, no hubo justicia. Esto es sólo la punta del iceberg de la injusticia venezolana, de miles de historias. ¡Ojo! Estas historias son reales.




